A pesar de las mejoras recientes, la educación financiera es una tarea pendiente en España, sobre todo en los más jóvenes Leer A pesar de las mejoras recientes, la educación financiera es una tarea pendiente en España, sobre todo en los más jóvenes Leer
¿Cuándo se convierte alguien en adulto? Legalmente, cuando se cumplen 18 años. Pero ¿cuándo empieza alguien a pensar, decidir y sufrir como un adulto? Algunas veces no tiene que ver con la edad… otras llega con una hipoteca. El contrato de alquiler de Zoe González (23 años) terminaba en febrero después de cinco años al mismo precio: «Pensé ‘esto va a durar lo justo’ porque mi casero tenía una hija de una edad parecida a la mía y si algún día iba a quererlo para ella, aunque me subiera el precio, el contrato daría igual». Era momento de buscar una casa (e iniciar la caza por la financiación). «Ya tenía el objetivo de comprar una, pero para el año que viene. Con esto tuve que adelantarlo».
Estos son los momentos en los que alguien empieza a sentirse adulto de verdad y a veces el conocimiento no acompaña. «Solo cotilleando las ofertas en en las páginas web ya surgían muchos términos que no conocía y cuando hablé con los bancos me explicaban algo y luego tenía que buscarlo», recuerda. «Además de las pegas que ponen, hay que estudiar un diccionario para poder hablar con alguien del banco y es una cosa que echa mucho para atrás».
TIN, TAE, ratio de endeudamiento, amortización… cada vez surgían más términos desconocidos. «Esa falta de conocimiento reduce enormemente su capacidad para comparar ofertas y negociar mejores condiciones», menciona Elizabeth Wakefield, asesora y divulgadora financiera. «En la práctica, muchas personas aceptan la primera propuesta que reciben del banco sin saber que, en ocasiones, existe margen para mejorar tanto el tipo de interés como las vinculaciones o las comisiones».
Por eso, no es fácil dar el salto a la vida adulta. No solo en cuanto a capacidad económica, sino en conocimientos financieros básicos. La última Encuesta de Competencias Financieras del Banco de España, relativa al 2021, concluye que existe un perfil de U invertida en el país: los más jóvenes y mayores son los que muestran un nivel de conocimientos menor. El 45,3% de quienes tienen entre 18 y 34 años cree que tiene un conocimiento medio de finanzas; sin embargo, quienes creen que tienen un nivel bastante bajo ha aumentado un 13,5% desde la encuesta de 2016. En cuanto a los conocimientos reales, el 45,6%no sabe o respondió mal las preguntas sobre inflación, interés compuesto y diversificación de riesgo, siendo la del interés compuesto la que más respuestas incorrectas registra en este grupo.
El «punto de inflexión» para que los jóvenes se den cuenta que no saben lo suficiente sobre dinero llega, normalmente, «cuando empiezan a tomar decisiones con impacto económico real», explica Wakefield. «La educación financiera suele echarse de menos precisamente cuando ya hace falta». Sobre todo, porque «sigue centrándose muy poco en cuestiones que cualquier persona necesita para desenvolverse en la vida adulta», como aprender a interpretar una nómina o entender cómo funciona una hipoteca. Todo esto «provoca que muchas de sus primeras decisiones económicas se tomen sin criterio suficiente, aumentando el riesgo de endeudamiento, malas decisiones o pérdida de oportunidades para construir patrimonio desde edades tempranas».
Precisamente es algo que González quería evitar. Se centró a la investigación intensiva de varias entidades financieras y en los conceptos que más le costaba entender. Aunque analizó más de una decena de bancos y tuvo atenciones directas con al menos cinco, se encontró con muchas trabas, sobre todo por su edad (aunque recalca que depende del gestor u oficina que se consulte). En uno, «me dijeron que era muy joven, que yo sola ni de coña y que necesitaba sí o sí o un cotitular o una aval. Que el problema no era los ingresos, pero que al no tener historial financiero que me olvidara». En otro, «lo mismo»: «Que iban a intentarlo, pero que tenía mala pinta por temas de edad». Incluso en su banco de toda la vida, «no pude negociar porque era muy joven y, por mucho que sea indefinida en mi trabajo, los años que tengo son los que son», detalla. En otros, las trabas fueron más por largos y complicados procesos para hacer la solicitud y presentar la documentación.
«Mi padre me ayudaba a revisar las nóminas o los contratos, pero él se hipotecó hace muchos años y no sabe ahora cómo gestionar con el banco», cuenta González. «Ahora todo se hace por internet y por teléfono. Él no lo concibe». Aunque la digitalización, especialmente en las entidades financieras, ha facilitado el acceso a productos financieros y ha reducido costes, también ha disminuido el acompañamiento personalizado. Algo que es esencial considerando el nivel de educación financiera que hay en España. En comparación con otros países evaluados en el informe PISA 2022, que midió el nivel de competencias financieras de jóvenes de 15 años, la puntuación media de los estudiantes españoles en alfabetización financiera fue de 486 puntos, por debajo del promedio de la OCDE de 498 puntos y aún menos que países como Bélgica (527), Dinamarca (521)o Canadá (519). Si se evalúan los países que han participado del módulo de competencias financieras en los cuatro ciclos del informe (España, Estados Unidos, Italia y Polonia), España ha mejorado en dos puntos desde la edición de 2012 y ahora está por encima solo de Italia (484).
«Hoy es posible contratar una cuenta, una inversión o incluso una financiación desde el móvil en pocos minutos, aunque muchas veces sin comprender realmente lo que se está contratando», sostiene la asesora financiera. «Se ha ganado comodidad, pero también se ha trasladado al consumidor una mayor responsabilidad para informarse y tomar decisiones que antes solían contar con más nivel de asesoramiento presencial». Y, especialmente para los jóvenes, este es un momento en el que entran las redes sociales (para bien o para mal).
Durante la caza de González en busca de una hipoteca para su primer piso, buscó también contenido en redes sociales de quienes publicaban vídeos intentando explicar el tema. «Hay bastante poca información ahí. Mucha gente sube cosas, pero orientado solo a inversión y eso no era lo que yo estaba buscando. Mi intención era ser realista para poder comprarme la casa y ya está». Sin embargo, se encontraba con mucha publicidad «engañosa» que ofrecía un 100% de financiación seguido de anuncios de intermediarios, como inmobiliarias o brokers. Un tipo de contenido que González asegura que «la gente ya está cansada de ver».
Al igual que la digitalización en los procesos, las redes sociales «han democratizado el acceso a la educación financiera», aclara Wakefield; lo que es una señal positiva y una oportunidad para mejorar la puntuación de los jóvenes españoles en conocimientos financieros. Sin embargo, «también han amplificado mensajes simplistas o poco rigurosos». Como la experiencia de González muestra, es frecuente encontrar jóvenes que creen que invertir garantiza rentabilidades elevadas y rápidas, que la independencia financiera puede alcanzarse en pocos años. «Una de las ideas erróneas más repetidas es confundir invertir con especular», apunta la asesora financiera. «Construir patrimonio suele ser un proceso mucho más lento, basado en planificación, diversificación y constancia, no en fórmulas milagrosas».
Después de conseguir finalmente la financiación y cansada del contenido engañoso, González decidió abrir su propia cuenta en redes sociales para compartir su proceso desde una perspectiva realista y cotidiana, desde la puntuación que le dio a los bancos en su proceso de búsqueda hasta un diccionario para hipotecarse para explicar términos como Central de Información de Riesgos del Banco de España (CIRBE) o las arras, que es el dinero que se entrega como reserva (normalmente entre un 5% y un 10% del precio). Para Wakefield, estos son parte de los contenidos en los que se debería centrar la educación: las competencias financieras prácticas. «Son conocimientos que cualquier persona utilizará durante toda su vida y que tienen un impacto directo sobre su bienestar financiero y su capacidad para tomar decisiones con criterio», asegura la asesora financiera.
«La mayoría del público que ve los vídeos es gente joven. Creo que, en general, es a los jóvenes a quienes nos interesa el tema, pero a mucha gente ni le merece la pena porque han renunciado directamente», explica González. Y es que además de casi necesitar un diccionario para hablar con las entidades financieras, a su juicio, la barrera del lenguaje financiero también se une a los precios inalcanzables para acceder a los mercados (sobre todo al inmobiliario) y a las trabas institucionales que «carecen de transparencia», lo que genera mucha frustración entre quienes están buscando formar su patrimonio. Por esto, González ha identificado el interés del público joven por saber cómo a su edad logró ahorrar lo suficiente para comprarse una casa en Madrid, una zona donde el mercado inmobiliario está desplazando a más jóvenes de tener su primer piso.
Vea el siguiente capítulo de No es país para jóvenes con la historia de Blanca, una azafata de vuelo que se obsesionó con el ahorro.
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