Leer Leer
Los impuestos son el precio que pagamos por la civilización (…). En la selva no existen». Francisco de la Torre arranca con esta cita ex aequo del juez del Tribunal Supremo Oliver Holmes y de Robert Wagner su libro ¿Hacienda somos todos?. De la Torre, inspector y ex presidente de la Comisión Constitucional del Congreso, sabe lo importante para una sociedad moderna de la legitimidad fiscal, es decir, de que los ciudadanos vean como una obligación con la comunidad el pago de una parte de sus ganancias para el bien común.
Si se atiende a las respuestas que los españoles vienen dando al Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) durante los últimos 40 años, la legitimidad fiscal goza de excelente salud. El círculo parece haberse cuadrado: en un momento en que el tipo medio del IRPF alcanza su máximo histórico hay menos ciudadanos que piensan que pagan muchos impuestos (43%) de los que opinan que pagan pocos o moderados (54%). Funcas ha analizado las respuestas y añade algunas salvedades, como una reciente modificación en la metodología y que el sesgo ideológico está más presente que nunca. Pero, pese al repunte de los últimos años, estamos muy alejados de los momentos de descontento generalizado, que se produjeron tras la crisis de 1992 y con las medidas de austeridad en 2014.
El truco viene del otro lado. El contribuyente no se queja tanto por pagar mucho al fisco como por lo obtienen en respuesta. Son muchos quienes opinan que reciben poco o nada a cambio de sus impuestos (54%) y una amplísima mayoría manifiesta que su distribución es injusta (77%). Esta percepción es coherente con los resultados de calidad democrática del Banco Mundial que detectan cierto retroceso en la opinión sobre la calidad de los servicios públicos, lo cual no deja de ser una forma, algo elíptica eso sí, de quejarse por los impuestos.
Hay una posible explicación alternativa que defiende el economista Benito Arruñada. Somos poco conscientes de los impuestos que pagamos porque el sistema fiscal está diseñado para escondérnoslo. Para la mayor parte de los contribuyentes el contacto con Hacienda se produce una vez al año con un resultado agradable: la devolución del IRPF, que cada vez es más rápida. Por contra, el golpe fiscal llega sigilosamente a través de la progresividad en frío.
Ese primaveral «la declaración me ha salido a devolver» oculta en nuestra conciencia el peso de las retenciones de impuestos y las cotizaciones que se realizan mensualmente en las nóminas. Ojos que no ven, bolsillo que no siente. Al menos, de momento.
Actualidad Económica // elmundo
