Análisis de las tendencias mundiales que, tarde o temprano, afectarán a su bolsillo. Leer Análisis de las tendencias mundiales que, tarde o temprano, afectarán a su bolsillo. Leer
El dominio energético del que habla Trump al referirse a la producción de carbón, petróleo y gas de EEUU, así como a su política hacia Venezuela (¿y también hacia Irán?) tiene su contraparte en la política de su rival estratégico: China. Este 2026 ha comenzado con el país asiático logrando que su capacidad de generación de electricidad con renovables supere por primera vez en su historia a la basada en combustibles fósiles (la generación, sin embargo, sigue dominada por estas últimas, que son más productivas). China se sitúa así en la línea de los países de Europa, mientras que, en EEUU, con una capacidad de generación renovable 20 puntos inferior a las fósiles, sigue el modelo de países asiáticos -industrializados o no- como Japón, Corea del Sur e India. En 2025, además, el consumo de carbón cayó en términos absolutos por primera vez en China, lo que sugiere que ese país ha alcanzado el pico en la utilización de la fuente de energía sucia por excelencia.
El jueves se celebró en Londres una reunión sin precedentes: un grupo de grandes bancos británicos se juntó para tratar de buscar una alternativa nacional a Visa y Mastercard. Esas dos empresas estadounidenses acumulan el 95% de las transacciones con tarjetas de crédito y débito en el Reino Unido y eso es un riesgo para la seguridad nacional. Aunque la creación de un sistema de medios de pago británico es un objetivo oficial de ese país desde 2023, la medida era puramente económica, hasta que en enero Donald Trump amenazó con ocupar Groenlandia e insultó a la OTAN en Davos. Si Washington decidiera prohibir a Visa y Mastercard dar sus servicios en el Reino Unido, la economía de ese país (o de casi cualquier otro de Europa) correría peligro de colapso. El objetivo no es crear una visa británica, que sería carísimo, sino expandir los minúsculos sistemas de pago nacionales y de pago directo de cuenta a cuenta.
Anthropic es una empresa muy especial. La segunda mayor compañía de Inteligencia Artificial del mundo, con una valoración de 380.000 millones de dólares (320.000 millones de euros), se toma muy en serio la ética de esa tecnología. Eso no impide que venda sus productos a Palantir, cuyo director ejecutivo, Alex Karp, ha dicho que «nuestro software sirve para matar gente. Estamos orgullosos de eso», y que usó la IA de Anthropic para ayudar al Pentágono a bombardear Caracas y capturar a Nicolás Maduro. La ética ha llevado ahora a Anthropic a entrar en una brutal guerra con el Departamento de Defensa de EEUU al rechazar que sus productos sean directamente empleados en operaciones que causan muertes (como, precisamente, la de enero en Venezuela). El Gobierno de Trump ha reaccionado amenazando no solo con dejar de trabajar con Anthropic, sino con cualquiera empresa que lo use, lo que supondría, muy probablemente, el cierre de la empresa.
¿Recuerda alguien a DeepSeek? El modelo de lenguaje (LLM) chino de Inteligencia Artificial apareció en enero de 2025 y sembró el terror entre sus pares de Occidente (y entre los accionistas de Nvidia) por su teóricamente bajísimo coste. Hoy nadie se acuerda de DeepSeek, aunque este aún tiene presencia en mercados emergentes y para funciones matemáticas y, además, se rumorea que en cualquier momento va a salir una versión nueva. Pero el pinchazo de DeepSeek revela un hecho innegable: la política industrial china ha sido un desastre sin paliativos en el sector de los microchips. Si Pekín esperaba que en 2025 el 70% de los chips que se usaran en el país fueran de producción nacional, el porcentaje real es de solo el 23%. Entre los chips avanzados que se emplean en IA, la cifra es un ridículo 1%. Todo eso después de haber gastado, solo en 2025, 40.000 millones de euros en el sector, el doble que EEUU y cuatro veces más que Europa.
A falta de dos días para que se cumplan cuatro años de la invasión de Ucrania, es Europa, y no EEUU, quien sostiene a ese país. De hecho, todo lo que Kiev obtuvo en 2025 de EEUU había sido aprobado por Joe Biden. Ahora, esa ayuda se ha agotado, así que Ucrania depende de Europa para resistir no solo a la invasión, sino, también -y esto es muy significativo por sus implicaciones geopolíticas-, al plan de Trump de un acuerdo de paz a la medida de Rusia. EEUU sigue dando a Kiev inteligencia, y vendiendo armas a los europeos que estos a su vez transfieren a Ucrania, lo que, en realidad, es una estrategia para beneficiar a su base industrial. Y, además, con limitaciones: en seis meses, Europa solo ha podido comprar armas por 4.500 millones de dólares (3.800 millones de euros) a EEUU. Parece que Trump, pese a sus palabras de apoyo a la base industrial y a las exportaciones de EEUU, solo está dispuesto a hacerlo en la medida en que eso no perjudique mucho a Moscú.
Acaso en un futuro no muy lejano veamos reactores nucleares portátiles. La idea puede parecer descabellada y puede provocar escalofríos, máxime en el 60 aniversario de la caída de las cuatro bombas atómicas de un B-52 en el pueblo almeriense de Palomares. Pero la semana pasada un avión de transporte C-17 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos cargó en su bodega un mini-reactor experimental y lo llevó desde California hasta Utah. El reactor, eso sí, no llevaba combustible nuclear. Pero el proyecto del Pentágono es tener literalmente centrales nucleares portátiles que puedan ser llevadas a teatros de operaciones en las que podrían abastecer de energía ilimitada a las fuerzas de combate . Todo el experimento es una señal de hacia dónde va la industria nuclear: reactores a base de módulos, más baratos, replicables y pequeños que, en teoría, deberían abastecer parte del aumento que está desatando la Inteligencia Artificial (IA).
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