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  VozCultural  ‘Rompientes’: dos maneras de mirar al inmigrante que descomponen un amor
VozCultural

‘Rompientes’: dos maneras de mirar al inmigrante que descomponen un amor

11 de marzo de 2026
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Sentir que tu pareja, de repente, se ha convertido en un extraño. Que la persona con la que compartes casa y cama es una desconocida. Admitir en unos segundos esa terrible certeza que desmorona un mundo, una vida y, en cierto modo, te resquebraja a ti mismo. Es lo que percibe angustiada, desolada, la protagonista del primero de los dos monólogos que componen Rompientes, de Paul Verrept, un díptico sobre la extrañeza producido por LAZONA y Teatro de La Abadía.

Hablamos con Fernando Guallar y Rebeca Hernando, las dos caras de este drama, los actores que trazan una bifurcación definitiva y repentina. Casi como una evidencia de la separación que representan, nos encontramos con Fernando en los camerinos del Teatro de La Abadía, mientras que la voz de Rebeca nos llega a través del teléfono. Es algo circunstancial, pero tiene su gracia. Hay ropa suelta a la vista. «Acabamos la función empapados y tenemos que cambiarnos rápidamente», reconoce Fernando. En Rompientes, el agua ocupa el espacio central de la escena. Una pequeña balsa a la que acceden y donde zambullen sus caras, simboliza un baño de realidad. Una especie de pila bautismal de la que emergen transformados.

La playa es un espacio de recreo y relajación, pero también representa una frontera líquida que puede convertirse en testimonio de muerte. La pareja anónima a la que dan vida Fernando y Rebeca vive al borde del mar y desde un ventanal contempla cada tarde el horizonte, pero pronto comprendemos que no se trata del mismo horizonte. La aparición de varios cadáveres de inmigrantes produce una reacción emocional muy diferente en cada uno y esa constatación rompe su relación definitivamente. Ella queda compungida, atravesada por el hallazgo, mientras que en él no causa ni un rasguño. Una playa de muerte es la imagen ahogada de un fracaso.

«Siempre pensamos en cómo reaccionaríamos ante una situación extrema que, por suerte, no se suele presentar -comenta Rebeca-. Quiénes seríamos de verdad ante algo así. En una pareja puede haber un dejarse llevar por el amor, pero quizás no te gustaría estar más con una persona si supieras la reacción ante algo así». Un sentimiento de extrañeza surgido tras la aparición del otro, del extraño.

«Vivimos en la rutina del primer mundo y en esta tranquilidad privilegiada todo parece más fácil, pero ante según qué cosas puedes no reconocer a tu pareja», comenta Fernando. «Imagínate que vas de copiloto con tu pareja en un coche, atropelláis a alguien y en vez de auxiliarle se da a la fuga. Has diseñado una relación con una persona y toda esa estructura de vida se rompe. Es la muerte de algo. Es un duelo. Esa persona ha dejado de ser la que era», concluye.

Recordamos aquella película de Ruben Östlund, Fuerza mayor (2014) en la que una avalancha sorprende a una familia en la terraza de una estación de esquí. El padre sale huyendo despavorido mientras la madre se queda protegiendo a sus hijos. Aquella vivencia tiene consecuencias y la película narra el desmoronamiento de la pareja a partir de ese momento. Algo de eso hay en Rompientes.

Ponemos encima de la mesa las encuestas que alguna aproximación a la realidad proporcionan -a pesar de haber sido elaboradas por el CIS-. La inmigración se percibe como uno de los problemas más importantes en la sociedad española. Dependiendo del mes escala posiciones, normalmente coincidiendo con la llegada de inmigrantes a nuestras costas. Fernando interviene tajante: «Es un cinismo tremendo. No es la inmigración lo que más les preocupa, sino lo que les pueda quitar el inmigrante. Tiene más que ver con el miedo a mantener una seguridad y responde a una asociación de la inmigración con según qué cosas. Hay un ingrediente de racismo y aporofobia, porque no les preocupa el inmigrante que compra una casa de medio millón de euros, al que se le otorga la residencia».

Rebeca refrenda esta visión y da la vuelta a los argumentos: «El problema efectivo es el de las condiciones en que acogemos a los migrantes, que tenemos que mejorar. Nos bombardean todo el rato con los ‘menas’, la ocupación de viviendas y la inmigración, pero no son problemas reales sino inventados absolutamente, generando alarma social y miedos. Todo esto habla de la capacidad de ser manipulados y los intereses de esa manipulación, que son muy grandes. Estamos expuestos en las redes sociales a una serie de conductas y nuestro cerebro genera prejuicios que nada tienen que ver con nuestra experiencia real. Lo virtual genera un relato más fuerte que lo que vivimos día a día», concluye.

Hace veinticinco años, una fotografía sobrecogedora reflejó de manera elocuente la indiferencia que provocan situaciones como la narrada en Rompientes. Formaba parte de un reportaje firmado por Javier Bauluz titulado Muerte a las puertas del paraíso, premiado en su momento. Otra fotografía del mismo trabajo mostraba un grupo de guardias civiles retirando un féretro en la playa, mientras al fondo un par de veraneantes jugaba a las palas. El apunte suscita una reflexión a Fernando: «Hay que darle voz siempre a la gente que asiste, porque es la gran mayoría. La pulsión del ser humano es colaborativa, pero también existe lo otro. Hay personas que cuando llega una patera y se baja un tío totalmente deshidratado, ejercen de superhéroes y lo inmovilizan en el suelo a la espera de que lleguen las fuerzas de seguridad. Es una indecencia absoluta».

Rompientes pretende generar preguntas en el espectador, según ha declarado su director, José María Esbec. ¿Qué cuestiones han surgido en los propios actores? «Durante los ensayos nos hemos preguntado quién es el otro, cuánto de lejos lo sentimos y qué condiciones debe cumplir para considerarlo un igual. Si las víctimas nos quedan lejos no las sentimos como nuestras y eso es una pena», comenta Rebeca. «Cuando hay 127 muertos en una patera, me encantaría que me enseñaran esas 127 caras. Que no se queden en un número y mirarles a los ojos -confiesa Fernando-. Luego también está la mercantilización de las víctimas. Que lo primero ante una víctima sea posicionarte ideológicamente, nos ha destrozado».

El sentimiento de extrañeza también puede sentirse hacia el mundo actual que nos rodea. «Hemos creído, durante los últimos cincuenta años, que quienes llevaban el mando rendían cuentas ante los ciudadanos y se manejaban con decencia, pero ahora estamos en otro momento donde todos se han quitado las caretas. Estamos en shock, desarticulados, a merced de un mar que no controlamos», reconoce Rebeca.

«Vivimos en un mundo liderado por personas que insultan, gritan y hacen cosas que en tu mismo salón no permitirías a un invitado –comenta Fernando–. Estamos comprando ese marco, pero yo he recibido una educación basada en una reglas de decoro, de mínimos, y esto lo está ensuciando todo». Esa sensación ha impactado en el modo de vida del actor, según reconoce: «Me marché a vivir a Londres durante seis meses, sin teléfono ni redes, porque no soportaba ver las imágenes de Palestina. No supe convivir con eso. De dos años hasta hoy he pasado mucho más tiempo solo en casa, porque me hacía polvo ver las noticias».

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Acabamos con una ventana a la esperanza, un horizonte que podamos mirar y entender de manera compartida, como cuando Rebeca desea «que nos encontremos en un teatro, en la realidad, no cada uno en nuestra casa con nuestro teléfono chino. Que compartamos preguntas y emociones es lo más importante». Fernando reconoce que esta función le ha llevado a revisarse por dentro. «Estoy aprendiendo los límites de la empatía. Que se pueden hacer muchas cosas desde el individuo, pero que tejer comunidad es lo más interesante. Crear pequeños núcleos, pequeñas redes». Acaba el actor con un llamamiento que esperemos no quede en agua de borrajas: «Me apetece muchísimo acabar la función, salir del teatro y hablar con las personas que lo deseen. Hablar con ellos, porque la función lo merece». Aprovechen la ocasión.

 Rebeca Hernando y Fernando Guallar interpretan Rompientes hasta el 22 de marzo en el Teatro de la Abadía y nos hablan sobre la inmigración y sus efectos  

Sentir que tu pareja, de repente, se ha convertido en un extraño. Que la persona con la que compartes casa y cama es una desconocida. Admitir en unos segundos esa terrible certeza que desmorona un mundo, una vida y, en cierto modo, te resquebraja a ti mismo. Es lo que percibe angustiada, desolada, la protagonista del primero de los dos monólogos que componen Rompientes, de Paul Verrept, un díptico sobre la extrañeza producido por LAZONA y Teatro de La Abadía.

Hablamos con Fernando Guallar y Rebeca Hernando, las dos caras de este drama, los actores que trazan una bifurcación definitiva y repentina. Casi como una evidencia de la separación que representan, nos encontramos con Fernando en los camerinos del Teatro de La Abadía, mientras que la voz de Rebeca nos llega a través del teléfono. Es algo circunstancial, pero tiene su gracia. Hay ropa suelta a la vista. «Acabamos la función empapados y tenemos que cambiarnos rápidamente», reconoce Fernando. En Rompientes, el agua ocupa el espacio central de la escena. Una pequeña balsa a la que acceden y donde zambullen sus caras, simboliza un baño de realidad. Una especie de pila bautismal de la que emergen transformados.

Rebeca Hernando y Fernando Guallar interpretan 'Rompientes', una obra de Paul Verrept.
Rebeca Hernando y Fernando Guallar interpretan ‘Rompientes’, una obra de Paul Verrept.©javiernaval

La playa es un espacio de recreo y relajación, pero también representa una frontera líquida que puede convertirse en testimonio de muerte. La pareja anónima a la que dan vida Fernando y Rebeca vive al borde del mar y desde un ventanal contempla cada tarde el horizonte, pero pronto comprendemos que no se trata del mismo horizonte. La aparición de varios cadáveres de inmigrantes produce una reacción emocional muy diferente en cada uno y esa constatación rompe su relación definitivamente. Ella queda compungida, atravesada por el hallazgo, mientras que en él no causa ni un rasguño. Una playa de muerte es la imagen ahogada de un fracaso.

«Siempre pensamos en cómo reaccionaríamos ante una situación extrema que, por suerte, no se suele presentar -comenta Rebeca-. Quiénes seríamos de verdad ante algo así. En una pareja puede haber un dejarse llevar por el amor, pero quizás no te gustaría estar más con una persona si supieras la reacción ante algo así». Un sentimiento de extrañeza surgido tras la aparición del otro, del extraño.

Fernando Guallar en una escena de 'Rompientes', de Paul Verrept.
Fernando Guallar en una escena de ‘Rompientes’, de Paul Verrept.©javiernaval

«Vivimos en la rutina del primer mundo y en esta tranquilidad privilegiada todo parece más fácil, pero ante según qué cosas puedes no reconocer a tu pareja», comenta Fernando. «Imagínate que vas de copiloto con tu pareja en un coche, atropelláis a alguien y en vez de auxiliarle se da a la fuga. Has diseñado una relación con una persona y toda esa estructura de vida se rompe. Es la muerte de algo. Es un duelo. Esa persona ha dejado de ser la que era», concluye. 

Recordamos aquella película de Ruben Östlund, Fuerza mayor (2014)en la que una avalancha sorprende a una familia en la terraza de una estación de esquí. El padre sale huyendo despavorido mientras la madre se queda protegiendo a sus hijos. Aquella vivencia tiene consecuencias y la película narra el desmoronamiento de la pareja a partir de ese momento. Algo de eso hay en Rompientes.

Ponemos encima de la mesa las encuestas que alguna aproximación a la realidad proporcionan -a pesar de haber sido elaboradas por el CIS-. La inmigración se percibe como uno de los problemas más importantes en la sociedad española. Dependiendo del mes escala posiciones, normalmente coincidiendo con la llegada de inmigrantes a nuestras costas. Fernando interviene tajante: «Es un cinismo tremendo. No es la inmigración lo que más les preocupa, sino lo que les pueda quitar el inmigrante. Tiene más que ver con el miedo a mantener una seguridad y responde a una asociación de la inmigración con según qué cosas. Hay un ingrediente de racismo y aporofobia, porque no les preocupa el inmigrante que compra una casa de medio millón de euros, al que se le otorga la residencia».

Rebeca refrenda esta visión y da la vuelta a los argumentos: «El problema efectivo es el de las condiciones en que acogemos a los migrantes, que tenemos que mejorar. Nos bombardean todo el rato con los ‘menas’, la ocupación de viviendas y la inmigración, pero no son problemas reales sino inventados absolutamente, generando alarma social y miedos. Todo esto habla de la capacidad de ser manipulados y los intereses de esa manipulación, que son muy grandes. Estamos expuestos en las redes sociales a una serie de conductas y nuestro cerebro genera prejuicios que nada tienen que ver con nuestra experiencia real. Lo virtual genera un relato más fuerte que lo que vivimos día a día», concluye.

Playa de Zahara de los Atunes con unos bañistas y el cadáver de un inmigrante, en el reportaje 'Muerte a las puertas del paraíso'
Playa de Zahara de los Atunes con unos bañistas y el cadáver de un inmigrante, en el reportaje ‘Muerte a las puertas del paraíso’Javier Bauluz

Hace veinticinco años, una fotografía sobrecogedora reflejó de manera elocuente la indiferencia que provocan situaciones como la narrada en Rompientes. Formaba parte de un reportaje firmado por Javier Bauluz titulado Muerte a las puertas del paraíso, premiado en su momento. Otra fotografía del mismo trabajo mostraba un grupo de guardias civiles retirando un féretro en la playa, mientras al fondo un par de veraneantes jugaba a las palas. El apunte suscita una reflexión a Fernando: «Hay que darle voz siempre a la gente que asiste, porque es la gran mayoría. La pulsión del ser humano es colaborativa, pero también existe lo otro. Hay personas que cuando llega una patera y se baja un tío totalmente deshidratado, ejercen de superhéroes y lo inmovilizan en el suelo a la espera de que lleguen las fuerzas de seguridad. Es una indecencia absoluta».

Rompientes pretende generar preguntas en el espectador, según ha declarado su director, José María Esbec. ¿Qué cuestiones han surgido en los propios actores? «Durante los ensayos nos hemos preguntado quién es el otro, cuánto de lejos lo sentimos y qué condiciones debe cumplir para considerarlo un igual. Si las víctimas nos quedan lejos no las sentimos como nuestras y eso es una pena», comenta Rebeca. «Cuando hay 127 muertos en una patera, me encantaría que me enseñaran esas 127 caras. Que no se queden en un número y mirarles a los ojos -confiesa Fernando-. Luego también está la mercantilización de las víctimas. Que lo primero ante una víctima sea posicionarte ideológicamente, nos ha destrozado».

Rebeca Hernando en la obra 'Rompientes', producida por LAZONA y Teatro de La Abadía.
Rebeca Hernando en la obra ‘Rompientes’, producida por LAZONA y Teatro de La Abadía.©javiernaval

El sentimiento de extrañeza también puede sentirse hacia el mundo actual que nos rodea. «Hemos creído, durante los últimos cincuenta años, que quienes llevaban el mando rendían cuentas ante los ciudadanos y se manejaban con decencia, pero ahora estamos en otro momento donde todos se han quitado las caretas. Estamos en shock, desarticulados, a merced de un mar que no controlamos», reconoce Rebeca. 

«Vivimos en un mundo liderado por personas que insultan, gritan y hacen cosas que en tu mismo salón no permitirías a un invitado –comenta Fernando–. Estamos comprando ese marco, pero yo he recibido una educación basada en una reglas de decoro, de mínimos, y esto lo está ensuciando todo». Esa sensación ha impactado en el modo de vida del actor, según reconoce: «Me marché a vivir a Londres durante seis meses, sin teléfono ni redes, porque no soportaba ver las imágenes de Palestina. No supe convivir con eso. De dos años hasta hoy he pasado mucho más tiempo solo en casa, porque me hacía polvo ver las noticias».

Rebeca Hernando y Fernando Guallar, tras una representación de 'Rompientes' en el Teatro de La Abadía.
Rebeca Hernando y Fernando Guallar, tras una representación de ‘Rompientes’ en el Teatro de La Abadía.Adolfo Ortega

Acabamos con una ventana a la esperanza, un horizonte que podamos mirar y entender de manera compartida, como cuando Rebeca desea «que nos encontremos en un teatro, en la realidad, no cada uno en nuestra casa con nuestro teléfono chino. Que compartamos preguntas y emociones es lo más importante». Fernando reconoce que esta función le ha llevado a revisarse por dentro. «Estoy aprendiendo los límites de la empatía. Que se pueden hacer muchas cosas desde el individuo, pero que tejer comunidad es lo más interesante. Crear pequeños núcleos, pequeñas redes». Acaba el actor con un llamamiento que esperemos no quede en agua de borrajas: «Me apetece muchísimo acabar la función, salir del teatro y hablar con las personas que lo deseen. Hablar con ellos, porque la función lo merece». Aprovechen la ocasión.

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