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  VozInternacional  Ucrania, Groenlandia, Irán… cómo EEUU ha llevado a la OTAN a sus horas más bajas
VozInternacional

Ucrania, Groenlandia, Irán… cómo EEUU ha llevado a la OTAN a sus horas más bajas

3 de abril de 2026
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La Unión Europea se hizo «para joder a Estados Unidos«. Lo dijo Donald Trump hace un año, cuando solo llevaba un mes de regreso al despacho oval de la Casa Blanca. ¿Y la OTAN? ¿Para qué se creó la OTAN? Fuera lo que fuese aquello, hace ya 77 años, la Alianza Atlántica es hoy, según el presidente de Estados Unidos, «un tigre de papel».

La relación de EEUU con la OTAN está en sus horas más bajas. Tanto que Trump está «más que considerando» sacar a su país de esa alianza. Es su conclusión después de ver que los aliados no le hayan secundado en la guerra contra Irán, ni siquiera para liberar el estrecho de Ormuz. Pero, en realidad, en la relación del republicano con sus socios europeos llueve sobre mojado.

Con Trump el paradigma saltó por los aires

Desde que en enero de 2025 Trump tomara posesión por segunda vez como presidente de EEUU, la relación con sus socios atlánticos, europeos o no, ha sido mala. Con él ha cambiado el paradigma, ha saltado por los aires. Lo vio enseguida el primer ministro de Canadá, Mark Carney: «Es una ruptura, no una transición».

«El vínculo entre las discusiones económicas y de seguridad, aunque no es completamente sin precedentes, representa una nueva dinámica», según Max Bergmann, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS). El caso es que Europa ya no sabe si al otro lado del Atlántico tiene un socio. Las palabras y los hechos dicen que no.

En febrero del pasado año, cuando Trump inició su cruzada arancelaria, ya señaló a los países europeos (la mayoría de ellos miembros de la OTAN). No sólo eran un objetivo más de sus ajustes de cuentas comerciales, sino que eran uno de los más señalados. Porque la Unión Europea «se ha aprovechado de nosotros», dijo el republicano.

«Seamos honestos, la Unión Europea se formó para joder a Estados Unidos», aseguró Trump a los periodistas mientras reunía a su gabinete por primera vez. «Ese es el propósito, y han hecho un buen trabajo. Pero ahora soy presidente», declaró. Fue ahí cuando el de MAGA anunció unos niveles arancelarios del 25% para la Unión Europea.

Imposible negar que Trump ha trastocado las reglas de la relación. «La marca de política internacional transaccionalista (y personalista) de Donald Trump ha traído cambios significativos a las relaciones entre Estados Unidos y Europa», según ha escrito Ronald H. Linden, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Pittsburgh. Esos cambios «incluyen efectos negativos en los lazos institucionales y la caracterización de los aliados económicos como explotadores de los Estados Unidos», ha escrito en Global Public Policy and Governance.

El «America First» también contra Europa

No es de ahora. A Trump nunca le gustó la unidad de Europa. De hecho, aplaudió al Reino Unido cuando se puso a lomos del Brexit, vía referéndum, y abandonó la Unión Europea. Luego, con su regreso a la Casa Blanca, el presidente hizo bandera de la política aislacionista que simboliza su «America First».

Las consecuencias para Europa de que sea Trump quien dirija los destinos de EEUU son muchas. Según el profesor Linden, «incluyen un impulso para que los países europeos reduzcan la dependencia de la defensa de los Estados Unidos; un impulso para encontrar otros socios comerciales; y una erosión del liderazgo democrático de los Estados Unidos».

Según Bergmann, «cada interacción transatlántica, nueva iniciativa de política de Estados Unidos o publicación en las redes sociales presidenciales tiene el potencial de desencadenar una ruptura profunda en la gran alianza«. Cree el del CSIS que «la sorpresa hasta ahora es que la explosión y la ruptura aún no han ocurrido».

El desencuentro de los viejos socios atlánticos ya se había visto incluso antes de la crisis de los aranceles. La postura de EEUU en la guerra de Ucrania ha cambiado drásticamente con el regreso de Trump y para regocijo de Vladimir Putin. El presidente ruso sí parece tener una buena relación personal con el estadounidense.

Ucrania, ¿quién paga la cuenta?

Ya el 25 de febrero de 2025, Trump se puso del lado de Rusia y contra casi todos los aliados europeos de las Naciones Unidas al respaldar una resolución que pedía un rápido fin a la guerra sin insistir en la integridad territorial de Ucrania. El presidente repitió que dependía de Europa, no de EEUU, proporcionar garantías de seguridad a Ucrania. «Vamos a hacer que Europa haga eso», dijo Trump.

Fue entonces cuando comenzó la cantinela de que Europa debía pagar más; más para Ucrania y más para su propia defensa. En aquellos días, el secretario de Estado, Marco Rubio, declaró que la alianza de la OTAN «no estaba en peligro», pero que Europa necesitaba gastar más en su propia defensa. «No estamos diciendo que hagas lo tuyo. Estamos diciendo que hagas más. Es su continente, ¿verdad?», aseguró Rubio.

La guerra de Ucrania, esa con la que Trump iba a acabar en unos pocos días una vez que volviera a la Casa Blanca, ha dividido la relación de Europa con EEUU. El país ha retirado la ayuda a Ucrania. Y la guerra continúa: ya son más de cuatro años.

Someterse a las demandas (y a las formas) del presidente estadounidense ha supuesto una buena dosis de humillación para los líderes europeos. Lo sabe bien Emmanuel Macron, de quien Trump vuelve a reírse esta semana al decir otra vez que su mujer le pega. Todo ello ha llevado, en palabras de Bergmann, a la acritud política de los líderes de Europa.

Pero si lo de Ucrania está siendo una diferencia de opiniones sobre quién debe pagar la cuenta del esfuerzo bélico, lo que vino después si dejó perplejos a todos los europeos. Trump quería Groenlandia.

Groenlandia: Trump amenaza a sus socios

Ya durante su primer mandato presidencial, propuso comprar la isla, que pertenece a Dinamarca que es un socio de la OTAN, pero nadie se tomó la idea muy en serio. Nada más volver al despacho oval Trump lo repitió: «Estados Unidos considera que la propiedad y el control de Groenlandia son una necesidad absoluta».

En el primer año de su segunda presidencia, Trump ha explicitado su deseo en más de una ocasión. Reclama Groenlandia, dice, «por motivos de seguridad nacional». Según el republicano «en este momento es un lugar muy estratégico, lleno de barcos rusos y chinos».

El presidente de EEUU ha llegado a la amenazas (amenazas a un socio), dejando en shock ya no sólo a Dinamarca sino a toda la Alianza Atlántica. «De una manera u otra, vamos a tener a Groenlandia», prometió Trump. Ya era demasiado. Como dijo el ex jefe del Consejo de la UE, Charles Michel, la relación transatlántica «como la conocemos desde hace décadas está muerta».

La parte buena del caso es que Europa demostró cierta unidad. Entre desafío o sumisión, los países europeos escogieron lo primero, pero con moderación y palabras muy medidas. «El apaciguamiento no significa resultados, solo humillación», dijo el primer ministro polaco Donald Tusk.

Finalmente, Trump tuvo que ceder o eso al menos parece un año después. La Casa Blanca no ha vuelto a hablar de Groenlandia, Dinamarca ha intensificado su compromiso con la enorme isla ártica y Europa ha cerrado filas. Al tiempo, el Viejo Continente ha asumido que debe encargarse de su propia defensa (y pagarla), por el miedo a Rusia y por el abandono del socio norteamericano, al menos del actual.

La guerra de Trump en Irán, que Europa rechaza

Y ahora, lo último, la guerra de Irán. Convencido o no por Benjamin Netanyahu, Trump decidió atacar el país persa. Iban a ser unos días, pero ya va un mes de guerra y no hay señales de que el régimen iraní esté derrotado.

Europa no se ha sumado a la operación, más bien la ha criticado por ser contraria al derecho internacional. Primero fue Pedro Sánchez y pareció que de nuevo el único rebelde era «ese que no quiere pagar a la OTAN el 5%», pero luego, con más o menos recato, se fueron sumando a esa postura crítica Francia, Alemania y hasta la Italia de Giorgia Meloni.

El secretario de Estado, Marco Rubio, dijo el martes que si los países de la OTAN se niegan a permitir que los estadounidenses usen sus bases, entonces «es difícil mantenerse comprometidos». Y es así que Trump amenaza con sacar a su país de la OTAN.

De momento, para apaciguar posturas, el primer ministro británico, Keir Starmer, ha anunciado una cumbre a finales de esta semana con aliados para estudiar «medidas diplomáticas y políticas» que contribuyan a reabrir el estrecho de Ormuz. «Estamos explorando todas las vías diplomáticas a nuestro alcance», dijo Starmer, pero «debo ser sincero con la gente: esto no será fácil».

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La reunión congregará a los países que firmaron una declaración conjunta el mes pasado. Varios más se han sumado desde entonces, entre ellos Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Países Bajos, así como Japón, Canadá, Corea del Sur, Nueva Zelanda, los Emiratos Árabes Unidos y Nigeria. No estarán ni EEUU ni España.

 La relación transatlántica, anclada desde 1949 en la OTAN, ha cambiado con la llegada de Trump a la Casa Blanca y hasta podría romperse.  

La Unión Europea se hizo «para joder a Estados Unidos«. Lo dijo Donald Trump hace un año, cuando solo llevaba un mes de regreso al despacho oval de la Casa Blanca. ¿Y la OTAN? ¿Para qué se creó la OTAN? Fuera lo que fuese aquello, hace ya 77 años, la Alianza Atlántica es hoy, según el presidente de Estados Unidos, «un tigre de papel».

La relación de EEUU con la OTAN está en sus horas más bajas. Tanto que Trump está «más que considerando» sacar a su país de esa alianza. Es su conclusión después de ver que los aliados no le hayan secundado en la guerra contra Irán, ni siquiera para liberar el estrecho de Ormuz. Pero, en realidad, en la relación del republicano con sus socios europeos llueve sobre mojado.

Con Trump el paradigma saltó por los aires

Desde que en enero de 2025 Trump tomara posesión por segunda vez como presidente de EEUU, la relación con sus socios atlánticos, europeos o no, ha sido mala. Con él ha cambiado el paradigma, ha saltado por los aires. Lo vio enseguida el primer ministro de Canadá, Mark Carney: «Es una ruptura, no una transición».

«El vínculo entre las discusiones económicas y de seguridad, aunque no es completamente sin precedentes, representa una nueva dinámica», según Max Bergmann, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS). El caso es que Europa ya no sabe si al otro lado del Atlántico tiene un socio. Las palabras y los hechos dicen que no.

En febrero del pasado año, cuando Trump inició su cruzada arancelaria, ya señaló a los países europeos (la mayoría de ellos miembros de la OTAN). No sólo eran un objetivo más de sus ajustes de cuentas comerciales, sino que eran uno de los más señalados. Porque la Unión Europea «se ha aprovechado de nosotros», dijo el republicano.

«Seamos honestos, la Unión Europea se formó para joder a Estados Unidos», aseguró Trump a los periodistas mientras reunía a su gabinete por primera vez. «Ese es el propósito, y han hecho un buen trabajo. Pero ahora soy presidente», declaró. Fue ahí cuando el de MAGA anunció unos niveles arancelarios del 25% para la Unión Europea.

Imposible negar que Trump ha trastocado las reglas de la relación. «La marca de política internacional transaccionalista (y personalista) de Donald Trump ha traído cambios significativos a las relaciones entre Estados Unidos y Europa», según ha escrito Ronald H. Linden, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Pittsburgh. Esos cambios «incluyen efectos negativos en los lazos institucionales y la caracterización de los aliados económicos como explotadores de los Estados Unidos», ha escrito en Global Public Policy and Governance.

El «America First» también contra Europa

No es de ahora. A Trump nunca le gustó la unidad de Europa. De hecho, aplaudió al Reino Unido cuando se puso a lomos del Brexit, vía referéndum, y abandonó la Unión Europea. Luego, con su regreso a la Casa Blanca, el presidente hizo bandera de la política aislacionista que simboliza su «America First».

Las consecuencias para Europa de que sea Trump quien dirija los destinos de EEUU son muchas. Según el profesor Linden, «incluyen un impulso para que los países europeos reduzcan la dependencia de la defensa de los Estados Unidos; un impulso para encontrar otros socios comerciales; y una erosión del liderazgo democrático de los Estados Unidos».

Según Bergmann, «cada interacción transatlántica, nueva iniciativa de política de Estados Unidos o publicación en las redes sociales presidenciales tiene el potencial de desencadenar una ruptura profunda en la gran alianza«. Cree el del CSIS que «la sorpresa hasta ahora es que la explosión y la ruptura aún no han ocurrido».

El desencuentro de los viejos socios atlánticos ya se había visto incluso antes de la crisis de los aranceles. La postura de EEUU en la guerra de Ucrania ha cambiado drásticamente con el regreso de Trump y para regocijo de Vladimir Putin. El presidente ruso sí parece tener una buena relación personal con el estadounidense.

Ucrania, ¿quién paga la cuenta?

Ya el 25 de febrero de 2025, Trump se puso del lado de Rusia y contra casi todos los aliados europeos de las Naciones Unidas al respaldar una resolución que pedía un rápido fin a la guerra sin insistir en la integridad territorial de Ucrania. El presidente repitió que dependía de Europa, no de EEUU, proporcionar garantías de seguridad a Ucrania. «Vamos a hacer que Europa haga eso», dijo Trump.

Fue entonces cuando comenzó la cantinela de que Europa debía pagar más; más para Ucrania y más para su propia defensa. En aquellos días, el secretario de Estado, Marco Rubio, declaró que la alianza de la OTAN «no estaba en peligro», pero que Europa necesitaba gastar más en su propia defensa. «No estamos diciendo que hagas lo tuyo. Estamos diciendo que hagas más. Es su continente, ¿verdad?», aseguró Rubio.

La guerra de Ucrania, esa con la que Trump iba a acabar en unos pocos días una vez que volviera a la Casa Blanca, ha dividido la relación de Europa con EEUU. El país ha retirado la ayuda a Ucrania. Y la guerra continúa: ya son más de cuatro años.

Someterse a las demandas (y a las formas) del presidente estadounidense ha supuesto una buena dosis de humillación para los líderes europeos. Lo sabe bien Emmanuel Macron, de quien Trump vuelve a reírse esta semana al decir otra vez que su mujer le pega. Todo ello ha llevado, en palabras de Bergmann, a la acritud política de los líderes de Europa.

Pero si lo de Ucrania está siendo una diferencia de opiniones sobre quién debe pagar la cuenta del esfuerzo bélico, lo que vino después si dejó perplejos a todos los europeos. Trump quería Groenlandia.

Groenlandia: Trump amenaza a sus socios

Ya durante su primer mandato presidencial, propuso comprar la isla, que pertenece a Dinamarca que es un socio de la OTAN, pero nadie se tomó la idea muy en serio. Nada más volver al despacho oval Trump lo repitió: «Estados Unidos considera que la propiedad y el control de Groenlandia son una necesidad absoluta».

En el primer año de su segunda presidencia, Trump ha explicitado su deseo en más de una ocasión. Reclama Groenlandia, dice, «por motivos de seguridad nacional». Según el republicano «en este momento es un lugar muy estratégico, lleno de barcos rusos y chinos».

El presidente de EEUU ha llegado a la amenazas (amenazas a un socio), dejando en shock ya no sólo a Dinamarca sino a toda la Alianza Atlántica. «De una manera u otra, vamos a tener a Groenlandia», prometió Trump. Ya era demasiado. Como dijo el ex jefe del Consejo de la UE, Charles Michel, la relación transatlántica «como la conocemos desde hace décadas está muerta».

La parte buena del caso es que Europa demostró cierta unidad. Entre desafío o sumisión, los países europeos escogieron lo primero, pero con moderación y palabras muy medidas. «El apaciguamiento no significa resultados, solo humillación», dijo el primer ministro polaco Donald Tusk.

Finalmente, Trump tuvo que ceder o eso al menos parece un año después. La Casa Blanca no ha vuelto a hablar de Groenlandia, Dinamarca ha intensificado su compromiso con la enorme isla ártica y Europa ha cerrado filas. Al tiempo, el Viejo Continente ha asumido que debe encargarse de su propia defensa (y pagarla), por el miedo a Rusia y por el abandono del socio norteamericano, al menos del actual.

La guerra de Trump en Irán, que Europa rechaza

Y ahora, lo último, la guerra de Irán. Convencido o no por Benjamin Netanyahu, Trump decidió atacar el país persa. Iban a ser unos días, pero ya va un mes de guerra y no hay señales de que el régimen iraní esté derrotado.

Europa no se ha sumado a la operación, más bien la ha criticado por ser contraria al derecho internacional. Primero fue Pedro Sánchez y pareció que de nuevo el único rebelde era «ese que no quiere pagar a la OTAN el 5%», pero luego, con más o menos recato, se fueron sumando a esa postura crítica Francia, Alemania y hasta la Italia de Giorgia Meloni.

El secretario de Estado, Marco Rubio, dijo el martes que si los países de la OTAN se niegan a permitir que los estadounidenses usen sus bases, entonces «es difícil mantenerse comprometidos». Y es así que Trump amenaza con sacar a su país de la OTAN.

De momento, para apaciguar posturas, el primer ministro británico, Keir Starmer, ha anunciado una cumbre a finales de esta semana con aliados para estudiar «medidas diplomáticas y políticas» que contribuyan a reabrir el estrecho de Ormuz. «Estamos explorando todas las vías diplomáticas a nuestro alcance», dijo Starmer, pero «debo ser sincero con la gente: esto no será fácil».

La reunión congregará a los países que firmaron una declaración conjunta el mes pasado. Varios más se han sumado desde entonces, entre ellos Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Países Bajos, así como Japón, Canadá, Corea del Sur, Nueva Zelanda, los Emiratos Árabes Unidos y Nigeria. No estarán ni EEUU ni España.

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