A mí Dani Martín me cae mal. Así, sin matices y con fundamento adolescente. Cuando comenzaba con El Canto del Loco, todavía el siglo pasado, vino a Zaragoza a dar un concierto y decidió liarse con la chica que me gustaba. Yo tenía casi veinte años, una autoestima perfectamente proporcionada a mi flequillo y un futuro sentimental que se hundió en directo, con guitarras eléctricas de fondo.
Aquella noche no solo me quedé sin beso; también le cogí tirria eterna al cantante. Él nunca lo supo, pero yo sí: guerra fría. Con el tiempo empecé a escuchar sus canciones. A regañadientes, claro. Uno puede odiar a un tipo, pero si te escribe la banda sonora de tus veranos, la cosa se complica. Me reconcilié con su música —maldita sea, era pegadiza—, aunque no con su pose, que me parecía demasiado calculada, de “malote sensible homologado”. Hasta que años más tarde lo vi hablar sin disfraz, contándole a Pablo Motos sus adicciones y el golpe brutal de la muerte de su hermana. Y ahí, qué quieren que les diga, bajé la guardia.
El enemigo resultó ser humano, descubrí que debajo de los tatuajes había una persona. Y ahora, cuando ya lo tenía casi perdonado, va y saca la canción “Veinticinco”. Y otra vez, de nuevo la traición. Porque esa canción es una máquina del tiempo sin cinturón de seguridad. “Éramos felices, no existían redes”, canta el muy… Y vuelves, claro. Al Nokia con la serpiente, al “llama y cuelga”, a los veranos infinitos donde una mirada valía más que mil corazones digitales. A cantar a gritos sin grabarlo, a vivir sin emitirlo en Instagram. La nostalgia engaña: ni todo fue tan bonito ni éramos tan guapos. También hubo desplantes —confirmo—, inseguridades y lunes criminales. Pero había algo que hoy escasea: presencia. Cuando estábamos, estábamos. Sin pantalla de por medio. Lo peor de la canción no es lo que me recuerda, sino lo que me revela: mis hijos no tendrán esa infancia. Tendrán otra. Y cuando veo a un chico de aquella edad deslizando el dedo por una pantalla, siento que se le escapan momentos únicos, irrepetibles, mientras el dedo hace scroll. No es culpa de Dani Martín (ojalá). Ni de la tecnología.
El tiempo siempre nos parece peor cuando deja de ser nuestro. Pero la canción me ha dejado una idea clara: no puedo dar a mis hijos mi pasado, pero sí puedo ayudarles a construir recuerdos de verdad. Con tierra en las zapatillas, risas sin filtro y canciones cantadas —no grabadas— a pleno pulmón. Maldito Dani Martín. Me quitó un amor adolescente, luego me robó la nostalgia… y ahora encima tiene razón.
Una anécdota juvenil y una canción reciente de Dani Martín sirven como punto de partida para una reflexión sobre la infancia vivida sin redes sociales, la idealización del pasado y los recuerdos que hoy construyen las nuevas generaciones.
A mí Dani Martín me cae mal. Así, sin matices y con fundamento adolescente. Cuando comenzaba con El Canto del Loco, todavía el siglo pasado, vino a Zaragoza a dar un concierto y decidió liarse con la chica que me gustaba. Yo tenía casi veinte años, una autoestima perfectamente proporcionada a mi flequillo y un futuro sentimental que se hundió en directo, con guitarras eléctricas de fondo.
Aquella noche no solo me quedé sin beso; también le cogí tirria eterna al cantante. Él nunca lo supo, pero yo sí: guerra fría. Con el tiempo empecé a escuchar sus canciones. A regañadientes, claro. Uno puede odiar a un tipo, pero si te escribe la banda sonora de tus veranos, la cosa se complica. Me reconcilié con su música —maldita sea, era pegadiza—, aunque no con su pose, que me parecía demasiado calculada, de “malote sensible homologado”. Hasta que años más tarde lo vi hablar sin disfraz, contándole a Pablo Motos sus adicciones y el golpe brutal de la muerte de su hermana. Y ahí, qué quieren que les diga, bajé la guardia.
El enemigo resultó ser humano, descubrí que debajo de los tatuajes había una persona. Y ahora, cuando ya lo tenía casi perdonado, va y saca la canción “Veinticinco”. Y otra vez, de nuevo la traición. Porque esa canción es una máquina del tiempo sin cinturón de seguridad. “Éramos felices, no existían redes”, canta el muy… Y vuelves, claro. Al Nokia con la serpiente, al “llama y cuelga”, a los veranos infinitos donde una mirada valía más que mil corazones digitales. A cantar a gritos sin grabarlo, a vivir sin emitirlo en Instagram. La nostalgia engaña: ni todo fue tan bonito ni éramos tan guapos. También hubo desplantes —confirmo—, inseguridades y lunes criminales. Pero había algo que hoy escasea: presencia. Cuando estábamos, estábamos. Sin pantalla de por medio. Lo peor de la canción no es lo que me recuerda, sino lo que me revela: mis hijos no tendrán esa infancia. Tendrán otra. Y cuando veo a un chico de aquella edad deslizando el dedo por una pantalla, siento que se le escapan momentos únicos, irrepetibles, mientras el dedo hace scroll. No es culpa de Dani Martín (ojalá). Ni de la tecnología.
El tiempo siempre nos parece peor cuando deja de ser nuestro. Pero la canción me ha dejado una idea clara: no puedo dar a mis hijos mi pasado, pero sí puedo ayudarles a construir recuerdos de verdad. Con tierra en las zapatillas, risas sin filtro y canciones cantadas —no grabadas— a pleno pulmón. Maldito Dani Martín. Me quitó un amor adolescente, luego me robó la nostalgia… y ahora encima tiene razón.
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