Apple celebra su aniversario convertida en una potencia tecnológica, pero también mirando al futuro del sector y a una tecnología que, por primera vez, no controla: la IA. Y afronta la salida, aún sin fecha, de su CEO con John Ternus como favorito Leer Apple celebra su aniversario convertida en una potencia tecnológica, pero también mirando al futuro del sector y a una tecnología que, por primera vez, no controla: la IA. Y afronta la salida, aún sin fecha, de su CEO con John Ternus como favorito Leer
Estamos a mediados de los 70. Dos jóvenes entusiastas de la electrónica, Steve Jobs y Steve Wozniak, crean un ordenador personal, el Apple I, en el garaje de los padres adoptivos de Jobs. Esa máquina se convierte en el impulso definitivo a algo que en la época aún sonaba a ciencia ficción, la idea de que cualquiera podría tener un ordenador en su casa. La historia es de sobra conocida y forma ya parte de la mitología de Silicon Valley.
Lo que menos gente sabe es que hubo un tercer fundador de Apple. Se llamaba Ronald Wayne, tenía 41 años (el doble que sus dos socios) y redactó a mano el primer contrato de la empresa. 12 días después de la fundación vendió su participación por unos 800 dólares.
Wayne, que hoy tiene 91 años, apareció hace unos días en un acto en el Museo de Historia de la Computación en Mountain View, California. Cuando le preguntaron si se arrepentía respondió que nunca ha pasado hambre. El 10% que vendió valdría hoy unos 400.000 millones de dólares.
Es, posiblemente, la peor decisión financiera de la historia moderna, pero también una anécdota perfecta para entender a Apple, una empresa donde todo, desde los aciertos a los errores, ha terminado adquiriendo proporciones desmesuradas.
El 1 de abril de 1976, Steve Jobs y Steve Wozniak firmaron con Wayne el acta fundacional de Apple Computer Company. Wozniak era el genio técnico, un ingeniero capaz de diseñar circuitos con una elegancia que sus compañeros de Hewlett-Packard no terminaban de apreciar. Jobs, el visionario comercial, el que entendía que un ordenador no tenía por qué ser un armatoste. Su idea era radical para la época porque no veía los ordenadores personales como un hobby para aficionados a la electrónica sino como herramientas que cualquiera podría usar para expandir sus habilidades. «Bicicletas para la mente», le gustaba decir.
El Apple I fue poco más que una placa base que se vendía como un kit y que uno tenía que montar por sí mismo. Vendieron unas 200 unidades, muchas de ellas a través de la tienda Byte Shop que Paul Terrell, el primer comerciante minorista que apostó por ellos, tenía en Mountain View.
En realidad fue el Apple II, lanzado en 1977, el ordenador que lo cambió todo. Con su carcasa de plástico beige, su teclado integrado y la posibilidad de mostrar gráficos en color, se convirtió en el primer ordenador personal de éxito masivo. La hoja de cálculo VisiCalc, que funcionaba exclusivamente en Apple II, convenció a miles de empresas de que estos aparatos tenían utilidad práctica. Tres años después de su lanzamiento, con miles de unidades vendidas (un hito para la época), Apple salió a bolsa y convirtió a más de 300 empleados en millonarios de la noche a la mañana.
El éxito trajo ambición y también el primer fracaso. La buena acogida del Apple II por las empresas llevó a Apple a diseñar el Apple III pensando claramente en ese mercado pero varios errores de diseño hundieron la reputación de la joven marca. Tenía fallos de fabricación tan graves que el manual oficial recomendaba levantar el ordenador y dejarlo caer sobre la mesa para recolocar los chips, terriblemente soldados a la placa base.
Jobs estaba ya por entonces a otras cosas. En esa época visitó por primera vez el centro de investigación de Xerox en Palo Alto y vio algo que le fascinó: un ordenador con interfaz gráfica, ventanas y un ratón. Xerox lo había creado como un concepto futurista pero Jobs vio una idea que no podía esperar. El primer intento de Apple por comercializar esa tecnología fue Lisa, lanzado en 1983 a un precio de 9.995 dólares (más de 30.000 euros actuales) que lo condenó al fracaso comercial.
El Macintosh, presentado en enero de 1984 con el célebre anuncio de Ridley Scott en la Super Bowl, corrigió parte de esos errores. Era más barato y más accesible, pero también tenía una pantalla diminuta, poca memoria y ninguna posibilidad de expansión. Vendió bien al principio, pero se estancó pronto.
Jobs, cuya personalidad abrasiva generaba tensiones constantes dentro de la empresa, pagó la factura. Un año antes había convencido a John Sculley, presidente de Pepsi, para unirse a Apple con una frase ya legendaria: «¿Quieres vender agua azucarada el resto de tu vida o quieres cambiar el mundo?». Sculley, en un intento por poner orden dentro de la compañía, lo expulsó en 1985.
Lo que siguió es lo que David Pogue, autor del recién publicado Apple: los primeros 50 años, llama «los años oscuros». Apple lanzó productos como el Newton, un asistente personal digital adelantado a su tiempo pero cuyo reconocimiento de escritura era tan malo que se convirtió en chiste recurrente. La empresa licenció el sistema operativo Mac OS a terceros fabricantes, lo que generó una avalancha de clones baratos que devoraron su cuota de mercado sin aportar ingresos significativos.
Una década más tarde, Apple perdía 1.000 millones de dólares al año. Las acciones estaban en mínimos históricos. Michael Dell, entonces el joven rey del negocio de los PC, resumió el sentir general cuando le preguntaron qué haría con Apple: «La cerraría y devolvería el dinero a los accionistas», sentenció.
En diciembre de 1996, Apple necesitaba un nuevo sistema operativo para sus Mac y Gil Amelio, entonces presidente, decidió comprar NeXT, la empresa que Jobs había fundado tras su expulsión, por 429 millones de dólares. La adquisición supuso el retorno de Jobs a la compañía, primero como asesor y meses después como CEO interino. Lo que se encontró fue peor de lo que imaginaba.
«Estábamos en las últimas», diría Jobs más tarde sobre aquellos primeros meses. La empresa había tenido tres directores ejecutivos en cuatro años. Acumulaba 70 modelos diferentes de Mac en el catálogo y nadie, ni dentro ni fuera de Apple, entendía la diferencia entre ellos. El nivel de caos interno era tal que, en un momento dado, los abogados de dos divisiones distintas de la propia Apple se presentaron en la oficina de patentes para demandarse mutuamente. Apple, la compañía que había iniciado la revolución de la informática personal, estaba a un trimestre de la bancarrota.
Jobs tomó decisiones drásticas. Despidió a casi todo el consejo de administración. Redujo la línea de productos de 70 modelos a cuatro y negoció con su archienemigo, Bill Gates, una inversión de 150 millones de dólares por parte de Microsoft que dio a la empresa oxígeno financiero. Cuando la cara de Gates apareció en una pantalla gigante durante la feria Macworld de 1997, el público le abucheó. Jobs calmó a la audiencia con una sola frase «Tenemos que dejar de pensar que para que Apple gane Microsoft debe perder».
Pero el movimiento que realmente cambió la compañía no fue tanto financiero como emocional. Jobs descubrió que la empresa tenía 12 campañas de publicidad diferentes, muchas de ellas contradictorias. Las reemplazó por una sola, «Think Different«, un anuncio que mostraba imágenes en blanco y negro de Einstein, Gandhi, Picasso, Dylan y otros «locos» que habían cambiado el mundo. No mostraba ningún producto. Lo que decía era que Apple compartía ese mismo espíritu.
Un año después, en la Macworld de enero de 1998, Jobs cerró su presentación sin un nuevo producto. Su one more thing, esa sorpresa que le gustaba reservar para el final de sus intervenciones públicas, fue diferente. Por primera vez en años, Apple tenía un beneficio trimestral.
Lo que siguió es probablemente la racha creativa más extraordinaria en la historia de la tecnología de consumo. En 1998 llegó el iMac, un ordenador translúcido de color azul Bondi que se atrevió a eliminar la disquetera y apostar por el USB. Vendió 800.000 unidades en cinco meses. En 2001, el iPod puso «mil canciones en tu bolsillo» y, combinado con la tienda iTunes, transformó por completo la industria musical. Para 2007, Apple había vendido 100 millones de iPods.
El golpe definitivo llegó el 9 de enero de 2007, cuando Jobs subió al escenario del Moscone Center en San Francisco y anunció tres productos: un iPod con pantalla panorámica y controles táctiles, un teléfono revolucionario y un dispositivo de comunicación por internet. La audiencia tardó unos segundos en entender que los tres eran el mismo dispositivo, el iPhone. El resto de la industria no supo ver la revolución que suponía. Steve Ballmer, entonces CEO de Microsoft, directamente se rio del dispositivo en televisión. «¿500 dólares? ¿Y ni siquiera tiene teclado?». Apple ha vendido desde entonces más de 2.200 millones de unidades.
La racha continuó. En 2010 llegó el iPad. En 2014, el Apple Watch. En 2016, los AirPods. Cada uno de estos productos ha creado una categoría nueva o redefinido una existente. Sólo la App Store, lanzada en 2008, ha generado un ecosistema de desarrolladores que hoy mueve cientos de miles de millones de dólares al año.
Steve Jobs falleció el 5 de octubre de 2011, a los 56 años. Cuando Tim Cook, hasta entonces responsable de operaciones, asumió el cargo, muchos dudaron de que Apple pudiera sobrevivir sin su fundador. Cook no era un showman ni un visionario de producto al estilo de Jobs, pero resultó ser un gestor operativo extraordinario y un líder más empático de lo que el mercado esperaba.
Bajo su dirección, Apple se convirtió en 2018 en la primera empresa en alcanzar un valor en bolsa de un billón de dólares. En 2020 llegó a los dos billones. Y en 2023, a los tres billones.
También tomó una de las decisiones técnicas más arriesgadas de la historia de Apple: abandonar los procesadores Intel y diseñar sus propios chips ARM con Apple Silicon. El primer MacBook Air con chip M1, lanzado en 2020, demostró que un portátil sin ventilador podía superar en rendimiento a máquinas que costaban el doble. Fue un golpe tan contundente que ha sacudido a toda la industria del PC.
Suya es también la estrategia de apostar por los servicios, que suponen ya la cuarta parte de los ingresos de la compañía. El mismo día de la presentación del iPhone, consciente de que el iPod y el futuro teléfono tendrían más peso que los Mac, Steve Jobs anunció que la empresa, entonces conocida como Apple Computer, pasaría a llamarse simplemente Apple, Inc. Pero ha sido Cook el que ha convertido esa visión en realidad con el lanzamiento de servicios como Apple Music, Apple Pay o Apple TV.
Hoy, Apple vale alrededor de 3,8 billones de dólares, aunque ya no es la empresa más valiosa del mundo. Nvidia, impulsada por el boom de la inteligencia artificial, la ha superado con una capitalización que roza los 4,5 billones. Alphabet, la matriz de Google, también ha pasado por delante en algunos momentos de 2026. Es un recordatorio de que en tecnología ningún trono es permanente.
Y es precisamente la inteligencia artificial donde Apple ahora muestra su mayor vulnerabilidad. Siri, que en 2011 fue el primer asistente virtual de un teléfono, se ha quedado rezagada frente a los modelos de lenguaje de OpenAI, Google o Anthropic. La versión mejorada de Siri con capacidades de IA lleva un año de retraso.
Apple ha tenido que firmar acuerdos para integrar otros modelos de IA en sus dispositivos. Para una empresa que siempre ha controlado cada pieza de la experiencia del usuario, depender de un tercero para la función más importante del futuro resulta incómodo.
Las Vision Pro, el visor de realidad mixta que Cook considera su gran apuesta personal, parece haberse vendido también por debajo de las expectativas. El dispositivo es una proeza técnica pero su elevado precio lo aleja del público masivo.
Ahora una potencia mundial, Apple también se ha vuelto vulnerable a las presiones geopolíticas. Los aranceles impuestos por la Administración de Trump a las importaciones desde China suponen otra amenaza. Apple fabrica prácticamente todo en Asia y lleva años trasladando parte de su producción a India y Vietnam, pero la escala de su cadena de suministro hace que cualquier reconversión sea lenta y costosa.
Tim Cook cumplió 65 años el pasado noviembre. En una entrevista de 2021, le preguntaron si seguiría al frente de Apple una década más. «¿Diez años más? Probablemente no», respondió. Desde entonces, ha matizado sus palabras pero todo apunta a que Apple prepara ya un nuevo capítulo en su historia.
El candidato más evidente es John Ternus, vicepresidente de ingeniería de hardware. Tiene 50 años, la misma edad que tenía Cook cuando sustituyó a Jobs. A principios de año, Cook le asignó discretamente la supervisión de los equipos de diseño de hardware y software, el corazón estético de Apple. Bloomberg publicó recientemente un extenso perfil en el que fuentes internas lo describen como «un ingeniero meticuloso y un ejecutivo prudente» y «la elección obvia» para el puesto.
Su perfil tiene sentido para la Apple que viene. Ternus ha supervisado cada generación de iPad, lideró la transición a Apple Silicon y ha revertido la tendencia a sacrificar rendimiento por delgadez que había erosionado la reputación de los Mac. La apuesta de Apple parece ser que, en la carrera de la inteligencia artificial, es más importante controlar el chip y el dispositivo que de construir centros de datos gigantescos y ese es exactamente el terreno de Ternus.
Mientras llega ese relevo, para celebrar su 50 aniversario, la compañía ha abierto las puertas de sus tiendas más emblemáticas a actuaciones en directo y eventos especiales. No han sido celebraciones multitudinarias. En una carta publicada este mes con motivo del aniversario, Cook escribió que Apple siempre ha preferido «construir el mañana a recordar el ayer». Es una frase que recuerda una de las máximas de Jobs y que aún guía muchas de las decisiones de la empresa: «Si haces algo bien, debes evitar detenerte en ello durante demasiado tiempo. Piensa qué es lo siguiente que puedes hacer».
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