Está en juego una discusión más amplia sobre soberanía, seguridad y legitimidad Leer Está en juego una discusión más amplia sobre soberanía, seguridad y legitimidad Leer
La tentación es volver a hablar de política migratoria o incidente fronterizo. El análisis geopolítico refleja otra realidad. Las imágenes de estos días representan una prueba de estrés simultánea para la política exterior española, la relación bilateral con Marruecos, la cohesión europea y el relato de la nueva derecha global sobre fronteras y soberanía. Ceuta es una advertencia estratégica sobre la posición de España en el mundo que ahora nace.
Desde 1986, España vivió bajo una suerte de excepción histórica. La integración europea, la globalización económica y la estabilidad relativa del entorno mediterráneo permitieron pensar que las cuestiones clásicas de poder, soberanía y seguridad habían quedado relegadas a un segundo plano. La política exterior se convirtió en gestión, sin apenas perfil o debate público. La geopolítica parecía un asunto propio de otras regiones del mundo. Aquella era de la globalización feliz ha terminado. Ceuta nos recuerda que España vive hoy en un entorno internacional más agresivo que el de hace apenas diez años. La guerra ha regresado al continente europeo. El Mediterráneo occidental acumula inestabilidad en el Sahel, presión migratoria, dependencias energéticas y competencia geopolítica. La relación entre Marruecos y Argelia atraviesa uno de los momentos más delicados de las últimas décadas. Y España ocupa, precisamente, la posición geográfica donde convergen todas esas tensiones. Por eso interpretar la crisis como un asunto migratorio sería quedarse en la superficie. No es significativo conocer cuántas personas han cruzado o cuántas volvieron en las siguientes 48 horas. La cuestión pertinente es discutir qué revela esa entrada masiva sobre las vulnerabilidades de España en un mundo hostil.
La primera vulnerabilidad es geopolítica. Desde 2022, la política española hacia Marruecos ha perseguido un objetivo comprensible: estabilizar la relación bilateral y evitar la repetición de episodios como el de 2021. El resultado ha sido una cooperación más fluida. Dicha política no elimina la dependencia, sino que le concede carta de naturaleza. Porque cuando la capacidad de controlar una frontera europea depende en gran medida de la colaboración de un tercero, la política deja de ser migratoria para convertirse en realismo. 22 socios europeos expresan esta dinámica de apoyo operativo y financiero vinculado a una respuesta securitaria, control fronterizo y protección de la soberanía. La clave geopolítica indica que Marruecos es a un tiempo vecino, socio estratégico, policía migratorio y actor con intereses propios. Es una descripción tan precisa como incómoda. Además, ha mejorado su relación estratégica con Estados Unidos, posicionándose como una suerte de modelo de democracia iliberal a seguir en el Norte de África, socio militar y cabeza de puente de la relación regional con Israel.
La segunda debilidad es económica. La desglobalización genera inestabilidad, precisamente, porque no se ha reducido la interdependencia ni el comercio global. Sin embargo, el mundo actual tiene nuevas normas. La energía, el neomercantilismo, la tecnología, las materias primas, las cadenas logísticas o los flujos migratorios se han convertido en instrumentos de influencia política. Los Estados vuelven a utilizar el comercio, la industria y la economía para aumentar su capacidad de negociación. También en el Mediterráneo. Argelia suministra alrededor del 35% del gas natural que importamos, pero no olvida la cuestión del Sáhara Occidental. El riesgo de seguridad energética es relevante ante el deseo europeo de sustituir el gas ruso. China ha construido Tánger Med y Tanger Tech, dos infraestructuras portuarias e industriales, destinadas a convertirse en la plataforma principal de exportación en el continente africano lejos de los aranceles europeos. Los vecinos han ganado agencia en la nueva competencia global.
Existe una tercera brecha, quizá la más importante de todas: la institucional. A diferencia de la crisis de 2021, la actual crisis incorpora una dimensión jurídica inédita. La reciente sentencia del Tribunal Supremo sobre las devoluciones en caliente no es un detalle técnico, mas introduce una discusión de fondo sobre los límites legales del control fronterizo y obliga a replantear la relación entre seguridad y Estado de derecho. Aquí aparece una de las grandes fracturas de las democracias europeas. El orden liberal construyó su legitimidad sobre la capacidad de garantizar en un mismo plano derechos, seguridad y prosperidad. Hoy ese equilibrio resulta más difícil de sostener. La creciente presión migratoria, el auge de los movimientos populistas y la percepción de inseguridad llevan a una parte de la opinión pública a considerar que las restricciones jurídicas son un obstáculo para la acción del Estado. No es una discusión exclusiva de España. Está presente en Estados Unidos, Francia, Alemania, Suecia, Finlandia, Italia o Países Bajos. La crisis de Ceuta, de manera inexorable, nos obliga a preguntarnos cuánta frontera quiere proteger el Estado y qué límites jurídicos acepta para hacerlo.
Y precisamente ahí conectamos con la última derivada de esta crisis. Las imágenes -reales o infectadas por IA- inundan las redes sociales y alimentan una narrativa política que atraviesa todo Occidente. Trump en Estados Unidos, Meloni en Italia, Le Pen en Francia o AfD en Alemania llevan años sosteniendo una tesis similar: las democracias liberales han perdido el control de sus fronteras, de sus instituciones y de su capacidad de decisión. Cada episodio fronterizo se interpreta inmediatamente dentro de ese marco ideológico, en clave doméstica.
Por eso la batalla política que se libra en Ceuta no termina en Ceuta. Lo que está en juego es una discusión mucho más amplia sobre soberanía, seguridad y legitimidad democrática en el siglo XXI. Al final, la enseñanza de esta crisis es incómoda. España ha descubierto que opera en un mundo donde las dependencias cuentan más que las reglas, la geopolítica pesa más que las buenas intenciones y las democracias liberales se enfrentan a presiones crecientes desde dentro y desde fuera. Un mundo más hostil. Una economía desglobalizada y neomercantilista. Unas democracias cada vez más iliberales. Los borderlands suelen revelar antes que nadie los cambios de época. Y lo que Ceuta nos está diciendo es que España ha entrado definitivamente en una nueva.
Juan Luis Manfredi es catedrático de Estudios Internacionales e investigador del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Castilla-La Mancha.
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