Aprovecho la semana de Sant Jordi para confesar que tengo una novela publicada con pseudónimo de mujer. Me la encargó una gran editorial hace una década, aunque mis planes como escritor eran otros. Ya tenía novelas juveniles en librerías, había conocido a un par de mandamás que deciden qué libros acaban en las mesas de novedades y quería dar el salto al lector adulto. Presenté una historia y les gustó cómo escribía, aunque mi nombre no sonaba lo suficiente como para arriesgarse. Y eso que llevaba una comedia romántica justo cuando la tendencia editorial eran las historias de treintañeras urbanitas en busca del amor, a lo Bridget Jones. Pero la mía la protagonizaba y firmaba un chico, así que me propusieron aparcarla y escribir una más femenina. Con la condición de que la firmara con nombre de mujer.
No iba a ser el primero, descubrí que era habitual encargar libros a gente con callo y cambiar el género si era necesario. ¿El motivo? Las estadísticas llevan años diciendo que en España leen más las mujeres. Según el Ministerio de Cultura, entre el 65 y el 70% leen libros frente al 50% de hombres. El perfil más habitual es el de mujer, joven, universitaria y urbana, así que para ellas llegó a las librerías mi novela, escrita supuestamente por la redactora de una revista de moda. La prota era del estilo porque los libros funcionan mejor cuando el lector se identifica. Algo parecido ocurre con las autoras, el aura aspiracional es atractivo. Y mejor si son de fuera, los nombres internacionales suelen dominar las ventas, así que me puse un pseudónimo que sonaba igual en inglés que en español; podía ser una escritora de Fuenlabrada o de Nueva York. Toqué tantas teclas del marketing editorial que el libro funcionó.
Tampoco a lo Carmen Mola, pero cumplió lo esperado por la editorial. Ahora, a mí la jugada me salió regular. Por un error en la web, la biografía de mi pseudónimo llevaba directamente a mi nombre real, con foto incluida. Me encontré con el conflicto moral que supone firmar como mujer. Al parecer, estaba siendo de lo más machista robándole a una autora su puesto. El caso es que yo sentía lo contrario, que era a mí a quien le quitaban la posibilidad de publicar con mi nombre porque mi género no era tendencia. Daba igual que dijera que el encargo me lo había hecho una editora. Ni que recordara que, según la Biblioteca Nacional, las mujeres ya firman el 45% de los libros publicados y en géneros como el que me tocó la cifra sube mucho más. Total, que cogí el dinero para pagar el alquiler y no repetí la experiencia.
No fui el primero. Descubrí que era habitual encargar libros a gente con callo y cambiar el género si era necesario
Con los años conseguí publicar con mi nombre y dejé atrás el atajo de la narrativa femenina, aunque cada Sant Jordi lo recuerdo. Es que fue el único año que me invitaron a firmar en la ciudad condal. Un librero despistado. O igual uno que pensaba que la desigualdad de género no se reparte igual en todos los espacios.
Firmé una novela con pseudónimo de mujer porque siendo hombre no encajaba en la tendencia editorial.
Aprovecho la semana de Sant Jordi para confesar que tengo una novela publicada con pseudónimo de mujer. Me la encargó una gran editorial hace una década, aunque mis planes como escritor eran otros. Ya tenía novelas juveniles en librerías, había conocido a un par de mandamás que deciden qué libros acaban en las mesas de novedades y quería dar el salto al lector adulto. Presenté una historia y les gustó cómo escribía, aunque mi nombre no sonaba lo suficiente como para arriesgarse. Y eso que llevaba una comedia romántica justo cuando la tendencia editorial eran las historias de treintañeras urbanitas en busca del amor, a lo Bridget Jones. Pero la mía la protagonizaba y firmaba un chico, así que me propusieron aparcarla y escribir una más femenina. Con la condición de que la firmara con nombre de mujer.
No iba a ser el primero, descubrí que era habitual encargar libros a gente con callo y cambiar el género si era necesario. ¿El motivo? Las estadísticas llevan años diciendo que en España leen más las mujeres. Según el Ministerio de Cultura, entre el 65 y el 70% leen libros frente al 50% de hombres. El perfil más habitual es el de mujer, joven, universitaria y urbana, así que para ellas llegó a las librerías mi novela, escrita supuestamente por la redactora de una revista de moda. La prota era del estilo porque los libros funcionan mejor cuando el lector se identifica. Algo parecido ocurre con las autoras, el aura aspiracional es atractivo. Y mejor si son de fuera, los nombres internacionales suelen dominar las ventas, así que me puse un pseudónimo que sonaba igual en inglés que en español; podía ser una escritora de Fuenlabrada o de Nueva York. Toqué tantas teclas del marketing editorial que el libro funcionó.
Tampoco a lo Carmen Mola, pero cumplió lo esperado por la editorial. Ahora, a mí la jugada me salió regular. Por un error en la web, la biografía de mi pseudónimo llevaba directamente a mi nombre real, con foto incluida. Me encontré con el conflicto moral que supone firmar como mujer. Al parecer, estaba siendo de lo más machista robándole a una autora su puesto. El caso es que yo sentía lo contrario, que era a mí a quien le quitaban la posibilidad de publicar con mi nombre porque mi género no era tendencia. Daba igual que dijera que el encargo me lo había hecho una editora. Ni que recordara que, según la Biblioteca Nacional, las mujeres ya firman el 45% de los libros publicados y en géneros como el que me tocó la cifra sube mucho más. Total, que cogí el dinero para pagar el alquiler y no repetí la experiencia.
No fui el primero. Descubrí que era habitual encargar libros a gente con callo y cambiar el género si era necesario
Con los años conseguí publicar con mi nombre y dejé atrás el atajo de la narrativa femenina, aunque cada Sant Jordi lo recuerdo. Es que fue el único año que me invitaron a firmar en la ciudad condal. Un librero despistado. O igual uno que pensaba que la desigualdad de género no se reparte igual en todos los espacios.
20MINUTOS.ES – Cultura
