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  VozInternacional  Cuando la voz de las mujeres afganas no fue escuchada
VozInternacional

Cuando la voz de las mujeres afganas no fue escuchada

25 de junio de 2026
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En Bruselas, representantes de quince países europeos recibieron a los talibanes. El Parlamento Europeo describió el encuentro como un «diálogo técnico», una expresión diplomática que quizá tenga un significado preciso para los responsables políticos. Pero para nosotras, las mujeres afganas, esta reunión tuvo otro significado: una vez más, la voz de las mujeres de Afganistán no fue escuchada.

Desde el 12 de mayo, mujeres y niñas afganas han salido a las calles en distintos países del mundo. En Bruselas, Madrid, Londres, Berlín y países bajos, las comunidades afganas se manifestaron con un mensaje claro: no inviten a los talibanes. Un régimen que ha privado a las mujeres de sus derechos humanos más fundamentales no puede ser tratado como un interlocutor normal.

Sin embargo, nuestras voces fueron ignoradas. Bruselas concedió visados de un día a representantes talibanes y la reunión se celebró. Además, este encuentro no fue un hecho aislado, sino la continuación de contactos y conversaciones que ya habían tenido lugar anteriormente en Afganistán.

Para las mujeres afganas, el problema no es simplemente una reunión diplomática. El problema es que cada vez que los talibanes son invitados a una mesa de diálogo, sin haber cambiado en lo más mínimo su comportamiento hacia las mujeres, se envía un mensaje a las víctimas: su sufrimiento puede ser ignorado.

20 millones de mujeres y niñas, sin derechos en Afganistán

Hoy, más de veinte millones de mujeres y niñas viven en Afganistán bajo un sistema que las priva de sus derechos fundamentales únicamente por su condición de mujeres. En ningún otro país del mundo las mujeres han sido expulsadas de la vida pública de una manera tan sistemática.

Los talibanes cerraron las puertas de las escuelas secundarias y de las universidades para las niñas. Millones de jóvenes que soñaban con convertirse en médicas, periodistas, ingenieras o maestras están hoy confinadas en sus hogares. Miles de mujeres han perdido sus empleos y se les ha prohibido trabajar en numerosos sectores. Las mujeres tienen restringido el acceso a espacios públicos e incluso su libertad de movimiento está severamente limitada.

Estas medidas no son simples normas administrativas. Son instrumentos diseñados para eliminar gradualmente a las mujeres de la sociedad. Los talibanes han intentado convertir a las mujeres afganas, de ciudadanas con derechos, en personas invisibles, sin capacidad para decidir sobre sus propias vidas.

Junto a estas restricciones, se han agravado fenómenos como el matrimonio infantil y los matrimonios forzados. Familias atrapadas en la pobreza y la desesperación se ven cada vez más obligadas a casar a sus hijas siendo todavía niñas. La violencia contra las mujeres ha aumentado y muchas víctimas ya no tienen ninguna institución a la que acudir en busca de protección. Un sistema de justicia que antes ya era insuficiente prácticamente ha dejado de existir para ellas.

En estas circunstancias, resulta profundamente doloroso para las mujeres afganas observar cómo la comunidad internacional comienza a normalizar sus relaciones con los talibanes. Nos preguntamos: si privar a millones de mujeres del derecho a la educación, al trabajo y a la libertad no constituye un límite moral para invitar a los talibanes a foros internacionales, ¿dónde está entonces la línea roja de los derechos humanos?

Como mujer que se ha visto obligada a abandonar su país y a vivir el exilio, siento un profundo dolor cada vez que veo a los talibanes ser recibidos en reuniones internacionales bajo diferentes denominaciones. Este dolor no tiene que ver únicamente con el pasado; tiene que ver, sobre todo, con el futuro que se les está arrebatando a millones de niñas afganas.

Pienso en las niñas que alguna vez tuvieron sueños y hoy ni siquiera pueden asistir a la escuela. Pienso en las madres que contemplan con angustia el futuro de sus hijas y se preguntan cómo mantener la esperanza en una sociedad donde la mitad de la población ha sido privada de sus derechos.

Pienso también en las mujeres que, desde los primeros días del regreso de los talibanes al poder, salieron a las calles con un valor extraordinario. Protestaron a pesar de las amenazas, las detenciones, la tortura y la humillación. Muchas de ellas pagaron un precio muy alto: algunas desaparecieron, otras fueron encarceladas y muchas se vieron obligadas a abandonar su país. Y, sin embargo, su reivindicación sigue siendo extraordinariamente simple: el derecho a vivir con dignidad.

En los últimos meses, afganos y afganas se han manifestado en las calles de Europa, Canadá, Estados Unidos y el Reino Unido. Han pedido al mundo que no normalice a los talibanes. Han pedido a las democracias que permanezcan al lado de las mujeres afganas y que no permitan que los intereses políticos y de seguridad prevalezcan sobre los principios de los derechos humanos.

La realidad, sin embargo, es dolorosa. En ocasiones parece que el sufrimiento de las mujeres afganas se ha convertido en una cuestión secundaria dentro de los cálculos políticos internacionales. Cuando entran en juego la seguridad, la migración, la lucha contra el terrorismo o los intereses geopolíticos, los derechos de las mujeres afganas son fácilmente relegados a un segundo plano.

Europa se ha presentado históricamente como defensora de los derechos humanos, de la igualdad y de la dignidad humana. Estos valores han inspirado a millones de personas en todo el mundo. Pero los valores solo adquieren un verdadero significado cuando defenderlos tiene un coste, no cuando resulta cómodo hacerlo.

Invitar a los talibanes, incluso bajo el nombre de un «diálogo técnico», no es un simple acto administrativo o diplomático. Es un acto con un profundo significado político. Para las mujeres afganas, este gesto se traduce en un mensaje inquietante: el mundo está dispuesto a dialogar con un régimen que aplica una de las formas más severas y sistemáticas de discriminación de género que existen hoy en el planeta.

No pedimos al mundo que recuerde únicamente a Afganistán. Pedimos que no olvide a las mujeres de Afganistán. No queremos que se tomen decisiones sobre nuestro futuro sin escuchar nuestras voces. Queremos que el mundo entienda que detrás de cada estadística y de cada informe hay millones de mujeres y niñas que cada día viven la privación, la discriminación y la desesperanza.

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La historia juzgará estos días. Y recordará quiénes estuvieron al lado de las mujeres afganas en uno de los periodos más oscuros de su historia y quiénes, una vez más, decidieron no escuchar sus voces.

 Cada vez que los talibanes son invitados a una mesa de diálogo, sin haber cambiado en lo más mínimo su comportamiento hacia las mujeres, se envía un mensaje a las víctimas: su sufrimiento puede ser ignorado.  

En Bruselas, representantes de quince países europeos recibieron a los talibanes. El Parlamento Europeo describió el encuentro como un «diálogo técnico», una expresión diplomática que quizá tenga un significado preciso para los responsables políticos. Pero para nosotras, las mujeres afganas, esta reunión tuvo otro significado: una vez más, la voz de las mujeres de Afganistán no fue escuchada.

Desde el 12 de mayo, mujeres y niñas afganas han salido a las calles en distintos países del mundo. En Bruselas, Madrid, Londres, Berlín y países bajos, las comunidades afganas se manifestaron con un mensaje claro: no inviten a los talibanes. Un régimen que ha privado a las mujeres de sus derechos humanos más fundamentales no puede ser tratado como un interlocutor normal.

Sin embargo, nuestras voces fueron ignoradas. Bruselas concedió visados de un día a representantes talibanes y la reunión se celebró. Además, este encuentro no fue un hecho aislado, sino la continuación de contactos y conversaciones que ya habían tenido lugar anteriormente en Afganistán.

Para las mujeres afganas, el problema no es simplemente una reunión diplomática. El problema es que cada vez que los talibanes son invitados a una mesa de diálogo, sin haber cambiado en lo más mínimo su comportamiento hacia las mujeres, se envía un mensaje a las víctimas: su sufrimiento puede ser ignorado.

Hoy, más de veinte millones de mujeres y niñas viven en Afganistán bajo un sistema que las priva de sus derechos fundamentales únicamente por su condición de mujeres. En ningún otro país del mundo las mujeres han sido expulsadas de la vida pública de una manera tan sistemática.

Los talibanes cerraron las puertas de las escuelas secundarias y de las universidades para las niñas. Millones de jóvenes que soñaban con convertirse en médicas, periodistas, ingenieras o maestras están hoy confinadas en sus hogares. Miles de mujeres han perdido sus empleos y se les ha prohibido trabajar en numerosos sectores. Las mujeres tienen restringido el acceso a espacios públicos e incluso su libertad de movimiento está severamente limitada.

Protesta de mujeres contra los talibanes.
Protesta de mujeres contra los talibanes.Khadija Amin

Estas medidas no son simples normas administrativas. Son instrumentos diseñados para eliminar gradualmente a las mujeres de la sociedad. Los talibanes han intentado convertir a las mujeres afganas, de ciudadanas con derechos, en personas invisibles, sin capacidad para decidir sobre sus propias vidas.

Junto a estas restricciones, se han agravado fenómenos como el matrimonio infantil y los matrimonios forzados. Familias atrapadas en la pobreza y la desesperación se ven cada vez más obligadas a casar a sus hijas siendo todavía niñas. La violencia contra las mujeres ha aumentado y muchas víctimas ya no tienen ninguna institución a la que acudir en busca de protección. Un sistema de justicia que antes ya era insuficiente prácticamente ha dejado de existir para ellas.

En estas circunstancias, resulta profundamente doloroso para las mujeres afganas observar cómo la comunidad internacional comienza a normalizar sus relaciones con los talibanes. Nos preguntamos: si privar a millones de mujeres del derecho a la educación, al trabajo y a la libertad no constituye un límite moral para invitar a los talibanes a foros internacionales, ¿dónde está entonces la línea roja de los derechos humanos?

Como mujer que se ha visto obligada a abandonar su país y a vivir el exilio, siento un profundo dolor cada vez que veo a los talibanes ser recibidos en reuniones internacionales bajo diferentes denominaciones. Este dolor no tiene que ver únicamente con el pasado; tiene que ver, sobre todo, con el futuro que se les está arrebatando a millones de niñas afganas.

Pienso en las niñas que alguna vez tuvieron sueños y hoy ni siquiera pueden asistir a la escuela. Pienso en las madres que contemplan con angustia el futuro de sus hijas y se preguntan cómo mantener la esperanza en una sociedad donde la mitad de la población ha sido privada de sus derechos.

Pienso también en las mujeres que, desde los primeros días del regreso de los talibanes al poder, salieron a las calles con un valor extraordinario. Protestaron a pesar de las amenazas, las detenciones, la tortura y la humillación. Muchas de ellas pagaron un precio muy alto: algunas desaparecieron, otras fueron encarceladas y muchas se vieron obligadas a abandonar su país. Y, sin embargo, su reivindicación sigue siendo extraordinariamente simple: el derecho a vivir con dignidad.

En los últimos meses, afganos y afganas se han manifestado en las calles de Europa, Canadá, Estados Unidos y el Reino Unido. Han pedido al mundo que no normalice a los talibanes. Han pedido a las democracias que permanezcan al lado de las mujeres afganas y que no permitan que los intereses políticos y de seguridad prevalezcan sobre los principios de los derechos humanos.

La realidad, sin embargo, es dolorosa. En ocasiones parece que el sufrimiento de las mujeres afganas se ha convertido en una cuestión secundaria dentro de los cálculos políticos internacionales. Cuando entran en juego la seguridad, la migración, la lucha contra el terrorismo o los intereses geopolíticos, los derechos de las mujeres afganas son fácilmente relegados a un segundo plano.

Europa se ha presentado históricamente como defensora de los derechos humanos, de la igualdad y de la dignidad humana. Estos valores han inspirado a millones de personas en todo el mundo. Pero los valores solo adquieren un verdadero significado cuando defenderlos tiene un coste, no cuando resulta cómodo hacerlo.

Invitar a los talibanes, incluso bajo el nombre de un «diálogo técnico», no es un simple acto administrativo o diplomático. Es un acto con un profundo significado político. Para las mujeres afganas, este gesto se traduce en un mensaje inquietante: el mundo está dispuesto a dialogar con un régimen que aplica una de las formas más severas y sistemáticas de discriminación de género que existen hoy en el planeta.

No pedimos al mundo que recuerde únicamente a Afganistán. Pedimos que no olvide a las mujeres de Afganistán. No queremos que se tomen decisiones sobre nuestro futuro sin escuchar nuestras voces. Queremos que el mundo entienda que detrás de cada estadística y de cada informe hay millones de mujeres y niñas que cada día viven la privación, la discriminación y la desesperanza.

La historia juzgará estos días. Y recordará quiénes estuvieron al lado de las mujeres afganas en uno de los periodos más oscuros de su historia y quiénes, una vez más, decidieron no escuchar sus voces.

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