Las cifras de crecimiento son buenas, pero es necesario contextualizarlas para analizar las oportunidades y los retos del país. Leer Las cifras de crecimiento son buenas, pero es necesario contextualizarlas para analizar las oportunidades y los retos del país. Leer
España cerró 2025 con un crecimiento del 2,8%, por encima de la mayoría de las economías avanzadas. La demanda interna tiró con fuerza, mientras la externa restó cerca de un punto. Y el mercado laboral confirmó el buen pulso: el paro se situó en torno al 10%, niveles no vistos desde antes de la crisis financiera. Con estas cifras, las noticias son positivas. Pero es importante entender por qué crecemos: sobre todo por la creación de empleo, más que por el avance de la productividad. Conviene, por lo tanto, analizar este crecimiento para examinar su composición, evaluar cuáles son las oportunidades de mejora y entender por qué el debate sobre productividad, empleo e inversión es tan relevante.
El patrón de crecimiento del último trimestre confirma lo que venimos observando desde 2022: España está creciendo de forma más extensiva (más empleo) que intensiva (más producción por trabajador o por hora trabajada). La Contabilidad Nacional Trimestral ofrece señales claras: en el cuarto trimestre de 2025, la productividad por ocupado se estancó y la productividad por hora trabajada incluso disminuyó cuatro décimas en términos trimestrales. Este diagnóstico es consistente con lo que se observa al comparar el último trimestre de 2025 con el de 2019: el PIB per cápita está 5,6 puntos por encima del nivel prepandemia, pero el PIB por ocupado sigue prácticamente estancado (3 décimas por debajo). En otras palabras: el PIB per cápita crece porque hay más personas trabajando sobre la población total, no porque cada ocupado produzca en promedio mucho más. El efecto composición de un crecimiento heterogéneo entre sectores y ocupaciones permite que el estancamiento agregado de la productividad sea compatible con su crecimiento tanto en empresas como en ocupados individualmente. Pero el reto es conseguir que este efecto no impida que el crecimiento de la productividad media sea compatible con el del empleo, como en muchas economías (EEUU, por ejemplo) o incluso en España en otros periodos.
La forma más pedagógica y sencilla de explicar este argumento es descomponer el PIB per cápita en el producto del PIB por persona ocupada, por la ratio entre ocupados y la población total. El primer término es la productividad por ocupado. El segundo es la tasa de empleo ampliada (cuántas personas trabajan respecto al total de la población). En los últimos años, lo que más ha tirado del PIB per cápita ha sido precisamente el segundo factor: más ocupados por habitante, que se sitúa 6 puntos por encima de su nivel prepandemia, hace 6 años.
Y aquí entra un elemento diferencial del ciclo actual: desde la primera mitad de 2022, cuando el PIB y las personas ocupadas se recuperaron de los efectos de la covid, el mercado laboral está ganando tracción gracias al apoyo demográfico de la inmigración.
En 2025 se crearon, en promedio, 567.200 empleos (un 2,6%). La disminución de la tasa de paro fue, además, compatible con una mayor tasa de participación en el mercado de trabajo. El avance reciente de la población activa se explica principalmente por la inmigración, permitiendo sostener la creación de empleo y amortiguar un aumento mayor de las vacantes sin cubrir por parte de las empresas. Este crecimiento continuará en 2026 y 2027 según las previsiones de BBVA Research con un aumento del empleo en torno a 400.000 personas por año,
La inmigración ayuda al crecimiento del PIB per cápita por dos vías concretas. Primero, aumenta la población en edad de trabajar, lo que eleva el potencial de empleo. Segundo, dada su estructura de edad, en promedio presenta tasas de actividad más elevadas que los trabajadores nativos, lo que refuerza el crecimiento de la población activa.
El resultado es un crecimiento con más población activa, más empleo, más renta agregada y, por tanto, más consumo y demanda interna. No es casual que el crecimiento de 2025 se apoye cada vez más en la demanda interna y en la creación de empleo, con avances modestos de la productividad y de la remuneración real por asalariado, que se encuentra 2 décimas por debajo de su nivel prepandemia. Buena parte de esta dinámica se explica por el hecho de que el nuevo empleo inmigrante está sesgado hacia ocupaciones menos productivas y tiene menor capital humano que la población nativa.
Que el empleo crezca es una muy buena señal. Pero, como estamos viendo, hay otras que no conviene ignorar. Primero, la mejora de la productividad por ocupado sigue siendo un reto. Segundo, el uso del factor trabajo presenta fricciones: el seguimiento de la EPA destaca el aumento del número de ocupados que no trabajaron en la semana de referencia por enfermedad o incapacidad temporal, situándose en niveles por encima de los habituales antes de la pandemia. Esto importa porque, aunque la ocupación aumente, las horas efectivamente trabajadas y su distribución condicionan la productividad real que se traduce en la remuneración por asalariado y competitividad.
El tercer pilar (y probablemente el más estratégico) es la inversión. En el cuarto trimestre, la formación bruta de capital fijo creció con fuerza (un 2,2% trimestral), y su composición subraya el tirón de la vivienda, otras construcciones y propiedad intelectual. Pero el dato trimestral, aunque alentador, muestra una lenta recuperación de la maquinaria y bienes de equipo. Toda esta evidencia reciente sugiere que el crecimiento ha estado más impulsado por la demanda agregada que por factores de oferta, de manera que la inversión productiva por persona ocupada sólo ha crecido tímidamente y por debajo de lo que se esperaba de un impulso como los fondos NGEU y las reformas asociadas.
Aquí aparece un reto europeo, no solo español: Europa ahorra más de lo que invierte y necesita convertir su ahorro en inversión productiva. España, además, arrastra una brecha en inversión pública desde hace más de una década y las previsiones de la Comisión Europea apuntan a que 2025 se habrá situado en el 2,9% del PIB, por debajo del 3,6% de la UE. Cerrar la brecha abierta estos años es necesario, puesto que la inversión pública evita cuellos de botella sobre el crecimiento, eleva la productividad (si atiende a criterios de eficiencia) y evita la congestión de servicios públicos.
Con este diagnóstico como punto de partida (crecimiento sólido, empleo dinámico, productividad rezagada e inversión productiva todavía insuficiente), la hoja de ruta necesaria para mantener un crecimiento sostenido resulta evidente. España está demostrando que puede crecer con un mercado laboral más resiliente. El gran reto y la gran oportunidad ahora es que el crecimiento de los próximos años sea el resultado de aumentar a la vez la tasa de empleo y la productividad, elevando la inversión y mejorando su eficiencia, para asegurar un incremento sostenido de los salarios reales y del bienestar.
*Rafael Doménech es catedrático de la Universidad de Valencia y responsable de análisis económico de BBVA Research.
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