Un eclipse total, y otro terremoto en Colombia, y los incendios voraces que engullen comarcas resultarían elementos un tanto excesivos en cualquier ficción, hasta el punto de que esta línea argumental solo podría desarrollarse de dos maneras: o realmente nos enfrentamos al fin del mundo, o la tarea de solventar cada una de estas catástrofes requiere no solo de uno, sino de toda una coalición de superhéroes, cada uno de ellos altamente especializado en combatir el desastre que se le asigna.
Por supuesto que sabemos que la cosa no funciona exactamente así, pero el discurso aprendido (ahora lo llaman narrativa) resulta mucho más potente que la realidad, y así ha sido desde que el ser humano comenzó a narrar y a nombrar amigos y enemigos, hermano sol, hermana luna, aterrador abismo. De la misma manera en la que las justificaciones mágicas (ahora las llaman conspiranoicas) se solaparon a los hechos durante la pandemia, el confinamiento, el estallido de un volcán o el caprichoso paso de las nubes, toda teoría arranca con un pensamiento simbólico, y perdura ante las explicaciones más aburridas y los tediosos procedimientos lógicos.
Preferimos, además, las historias con superhéroes, pasada su trama de libro de caballerías por la siempre optimista y siempre belicosa mentalidad estadounidense, porque los dioses se muestran caprichosos y antojadizos, poco fiables, si somos sinceros, invisibles casi todo el tiempo. En las ficciones de héroes incluso el fin de todo aparece como transitorio, o la Tierra se salva, o el eclipse puede revertirse o los humanos habitamos en un universo paralelo en el que nada de eso ocurre. Las historias de héroes no demandan mejor formación ni mayor gasto en material para actualizarse, no piden más recursos, no se dan de bruces con las bajadas de impuestos ni con uniformes que se caen a jirones, ni con recortes en I+D.
En esas historias el presidente de EEUU es siempre valiente y leal, si bien a menudo errado o mal aconsejado. Los daños de los terremotos se corrigen inmediatamente con ciudades aún más sólidas, y cuando el eclipse desaparece la naturaleza resplandece, intacta y hermosa, como si nunca un incendio se hubiera alimentado de ella. Así, como por arte de magia, los héroes velan por nosotros de manera incansable, sin pedir nada a cambio, un poco atormentados, quizás, en esas historias que nos cuentan y nos contamos, pobres seres humanos en busca de consuelo.
Mientras tanto, allá arriba, los dioses se ríen de nosotros.
Un eclipse total, un terremoto en Colombia, incendios… O realmente nos enfrentamos al fin del mundo, o la tarea de solventar cada una de estas catástrofes requiere no solo de uno, sino de toda una coalición de superhéroes.
Un eclipse total, y otro terremoto en Colombia, y los incendios voraces que engullen comarcas resultarían elementos un tanto excesivos en cualquier ficción, hasta el punto de que esta línea argumental solo podría desarrollarse de dos maneras: o realmente nos enfrentamos al fin del mundo, o la tarea de solventar cada una de estas catástrofes requiere no solo de uno, sino de toda una coalición de superhéroes, cada uno de ellos altamente especializado en combatir el desastre que se le asigna.
Por supuesto que sabemos que la cosa no funciona exactamente así, pero el discurso aprendido (ahora lo llaman narrativa) resulta mucho más potente que la realidad, y así ha sido desde que el ser humano comenzó a narrar y a nombrar amigos y enemigos, hermano sol, hermana luna, aterrador abismo. De la misma manera en la que las justificaciones mágicas (ahora las llaman conspiranoicas) se solaparon a los hechos durante la pandemia, el confinamiento, el estallido de un volcán o el caprichoso paso de las nubes, toda teoría arranca con un pensamiento simbólico, y perdura ante las explicaciones más aburridas y los tediosos procedimientos lógicos.
Preferimos, además, las historias con superhéroes, pasada su trama de libro de caballerías por la siempre optimista y siempre belicosa mentalidad estadounidense, porque los dioses se muestran caprichosos y antojadizos, poco fiables, si somos sinceros, invisibles casi todo el tiempo. En las ficciones de héroes incluso el fin de todo aparece como transitorio, o la Tierra se salva, o el eclipse puede revertirse o los humanos habitamos en un universo paralelo en el que nada de eso ocurre. Las historias de héroes no demandan mejor formación ni mayor gasto en material para actualizarse, no piden más recursos, no se dan de bruces con las bajadas de impuestos ni con uniformes que se caen a jirones, ni con recortes en I+D.
En esas historias el presidente de EEUU es siempre valiente y leal, si bien a menudo errado o mal aconsejado. Los daños de los terremotos se corrigen inmediatamente con ciudades aún más sólidas, y cuando el eclipse desaparece la naturaleza resplandece, intacta y hermosa, como si nunca un incendio se hubiera alimentado de ella. Así, como por arte de magia, los héroes velan por nosotros de manera incansable, sin pedir nada a cambio, un poco atormentados, quizás, en esas historias que nos cuentan y nos contamos, pobres seres humanos en busca de consuelo.
Mientras tanto, allá arriba, los dioses se ríen de nosotros.
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