Cuando nos sentamos con ella, Dolores Redondo lleva ya una veintena de entrevistas, una presentación con lectores de alfombra roja y un viaje desde el norte, donde vive, escribe y crea su universo personalísimo. Aun así, saca una excelente cara, se ve que está contenta por su último ‘parto’, del que se preocupa en resaltar que ha nacido sin un solo atisbo de IA (sello sine machina). Nos encontramos en un club de jazz de un hotel madrileño. No suena música, si bien su discurso tiene algo de lírico, por el fervor que invierte en destejer su última y ambiciosa novela Todas las noches, todas las ciudades (Destino), un libro con muchísimas capas y tan complejo y negro como sicológico. Redondo (San Sebastián, 1969) aborda la tercera entrega de su serie Los Valles Tranquilos, tres libros que no tienen nada que ver en su argumento y que, sin embargo, quedan entrelazados por su elaborado juego literario. Su último libro, precedido por Nash (2024), relata la inesperada aparición del padre de esta última, Benedict Newman, un escritor de thrillers que de repente sufre un desdoblamiento de personalidad y se convierte en su propio protagonista, el detective Colt Star. Entre Esperando al diluvio (la primera arte) y Todas las noches, todas las ciudades han pasado cuatro años y… los que quedan. Dolores Redondo se convirtió en best-seller en 2012, cuando publicó El guardián invisible, primer volumen de la Trilogía del Baztán. A partir de allí, premios, adaptaciones al cine (Spielberg incluido), reconocimiento de la crítica y rendición de los fans han abundado en su día a día. Una vida familiar que discurre en Elizondo, el pueblo navarro que tiene una ruta turística con su nombre al estilo de Camilla Lackberg en su ciudad sueca de Fjällbacka. ¿Fenómeno, locura, devoción? Sus millones de lectores son los verdaderos turistas de sus libros.
Los escritores nos debemos a lo mismo: intentar llevar al lector por otro camino distinto dentro del laberinto
Yo tuve una disociación que dio lugar a la novela: creíque una calle de Elizondo era la de mi colegio y yo nunca estudié allí. Le dije a mi familia ‘se me ha ido la chapa’
Delibes, había momentos en que decía que estaba más en la cabeza de sus personajes que en la suya. Y no era un ‘friki’, ni tomaba drogas
El personaje con el que me he sentido más identificada es Manuel Ortigosa, el escritor de ‘Todo esto te daré’
Yo pertenezco a un matriarcado, soy yo el centro ahora sin mi madre y mi tía. Convoco, celebro y cocinamos en ese feudo que antes tenía la mujer, relegada a la cocina
Los males tienen que ver con la pérdida del humanismo. La identidad se construye con la lectura. Los libros nos ayudan a poner nombres a las emociones
Siempre distingo entre autor y escritor. El autor decide qué va a escribir y a veces coincide con la lista de éxitos. Al escritor le nace de dentro
La escritora regresa al mercado con ‘Todas las noches, todas las ciudades’, la tercera y ambiciosa entrega de ‘Los Valles Tranquilos’, su novela negra más sicológica.
Entrevista

La escritora regresa al mercado con ‘Todas las noches, todas las ciudades’, la tercera y ambiciosa entrega de ‘Los Valles Tranquilos’, su novela negra más sicológica.
Cuando nos sentamos con ella, Dolores Redondo lleva ya una veintena de entrevistas, una presentación con lectores de alfombra roja y un viaje desde el norte, donde vive, escribe y crea su universo personalísimo. Aun así, saca una excelente cara, se ve que está contenta por su último ‘parto’, del que se preocupa en resaltar que ha nacido sin un solo atisbo de IA (sello sine machina). Nos encontramos en un club de jazz de un hotel madrileño. No suena música, si bien su discurso tiene algo de lírico, por el fervor que invierte en destejer su última y ambiciosa novela Todas las noches, todas las ciudades (Destino), un libro con muchísimas capas y tan complejo y negro como sicológico. Redondo (San Sebastián, 1969) aborda la tercera entrega de su serie Los Valles Tranquilos, tres libros que no tienen nada que ver en su argumento y que, sin embargo, quedan entrelazados por su elaborado juego literario. Su último libro, precedido por Nash (2024), relata la inesperada aparición del padre de esta última, Benedict Newman, un escritor de thrillers que de repente sufre un desdoblamiento de personalidad y se convierte en su propio protagonista, el detective Colt Star. Entre Esperando al diluvio (la primera arte) y Todas las noches, todas las ciudades han pasado cuatro años y… los que quedan. Dolores Redondo se convirtió en best-seller en 2012, cuando publicó El guardián invisible, primer volumen de la Trilogía del Baztán. A partir de allí, premios, adaptaciones al cine (Spielberg incluido), reconocimiento de la crítica y rendición de los fans han abundado en su día a día. Una vida familiar que discurre en Elizondo, el pueblo navarro que tiene una ruta turística con su nombre al estilo de Camilla Lackberg en su ciudad sueca de Fjällbacka. ¿Fenómeno, locura, devoción? Sus millones de lectores son los verdaderos turistas de sus libros.
Hay tantas lecturas en esta novela que cuesta resumirla, para que el lector sepa de qué va.
Evidentemente, cada lector lee una novela distinta, porque la lee con su propio filtro y claro, van viendo matices diferentes y se van haciendo preguntas sobre eso. Hay tantas cuestiones… Hay el que se queda con más la parte criminal, pero hay quien va a la parte identitaria y hay quien va a toda la parte que tiene que ver con la construcción literaria.
Lo cierto es que solo han transcurrido dos años desde que finalizó Nash, Las que no duermen, y ya está aquí lo nuevo, con casi mil páginas y una trama realmente intrincada.
Hay que recordar que la nueva pertenece a la serie Los Valles Tranquilos, y que entre el argumento de la primera, El año del diluvio, y esta, han pasado cuarenta años de ficción. La primera novela aparentemente no tenía ninguna relación con Nash, la segunda. Y ahora vemos que sí. Nash ocurría en los primeros días de la pandemia, cuando nos iban a confinar. Y todas las noches… arranca justamente cuando acaba el confinamiento.
Los escritores nos debemos a lo mismo: intentar llevar al lector por otro camino distinto dentro del laberinto
El día que comenzó Los Valles Tranquilos ¿ya tenía toda la trama en su cabeza tal cual la ha ido publicado?
Cuando la arméya lo tenía concebido todo. Lo primero que quería era que no fuese la manera habitual de construir las trilogías, que no fuese lineal. Quería que hubiera elementos comunes que llevaran al lector de un lugar a otro. Quería llevar al lector por otro camino. Por eso, era muy difícil de explicar cómo se parecían, cómo El Diluvio y Nash formaban parte de lo mismo. Y me decían, pero si no tienen nada en común, ocurren en otro tiempo, otros personajes… Y yo respondía, bueno, tenéis que esperar a a la tercera para ver que sí tienen que ver. Es otra manera de contar la historia, pues al fin y al cabo, es a lo que nos debemos los escritores: intentar llevarte por otro camino dentro del laberinto.

¿Habrá cuarta parte?
Yo la concebí como un cuarteto inicialmente, aunque ahora no estoy segura de que vaya a ser así. Me surgen dudas de si podría haber una quinta parte. Pero la cuarta estaba totalmente preconcebida. Escribir es artesanía pura. Cada día que te pones vas descartando cosas o decidiendo que lo que sucede es distinto a lo que habías pensado.
Yo tuve una disociación que dio lugar a la novela: creíque una calle de Elizondo era la de mi colegio y yo nunca estudié allí. Le dije a mi familia ‘se me ha ido la chapa’
Su personaje disocia la realidad de la ficción, parece que tiene un problema mental. Pero esto, ha sugerido en la novela, le sucede a mucha gente ‘normal’.
Yo ya tenía pensada esta novela, pero me sucedió una cosa un año antes de ponerme que es lo que motivó el personaje de Benedict Newman, que se despierta de un colapso convertido en otra persona. Estaba un día paseando por Elizondo y y tuve un episodio de disociación. Pensé que por la calle por donde iba yo había caminado de pequeña cuando iba al colegio. Hasta allí normal, pero es que yo no fui al colegio a Elizondo nunca, yo iba al colegio en Pasajes (Donostia). He contado un millón de veces que estudié en dos colegios de allí. Inmediatamente, cuando me pasó eso pensé: ‘¡Hostia!, he tenido un pensamiento que no es mío¡ Estaba casi segura de que ninguno de mis personajes habían pasado por allí para ir al colegio pero aun así lo busqué y efectivamente, ni Amaya ni las hermanas Mitxelena… nadie. Me dije, he disociado. Se lo conté a mi familia y les dije: ‘Que se me ha ido la chapa, que he tenido un pensamiento de Amaya’. Y me respondieron: ‘Qué raro, claro, piensas tanto en ella…’. Luego hay que tener en cuenta que estar Elizondo es para mí como estar en el parque de atracciones de mi cabeza. Veo las calles de mis historias, veo las casas donde viven, veo los lugares donde trabajan, veo las tiendas donde compran los personajes.

Usted es parte del paisaje de Elizondo, una más y encima, famosa.
Esta anécdota ya la he contado, porque desde El Guardián Invisible, en la comisaría de la Policía Foral, hay un despacho con una placa que pone, ‘Este es el despacho de Amaya Salazar’. Claro, así es más fácil que te pasen cosas. El caso es que empecé a investigar qué estaba ocurriendo con esa disociación mía. Y vi que le había pasado a más gente, como cuento en la novela, por ejemplo los actores Béla Lugosi y Johnny Weissmüller, quienes se llegaron a creer que eran sus personajes, Drácula y Tarzán. El primero se metió, incluso en un ataúd. La gente decía que estaban locos, pero seguramente no era locura. Simplemente se creen un personaje que han construido de tal manera. Lo ha construido tanto, han pensado tanto en él, lo han amado tanto y lo han tenido tan interiorizado que ha llegado a ocupar una parte importante en su cerebro. Entonces, cuando colapsan, por lo que sea, pues por la edad, por la degeneración, por lo que sea, su cerebro no funciona. Pero yo quería investigar si esto le había ocurrido a algún escritor.
Delibes, había momentos en que decía que estaba más en la cabeza de sus personajes que en la suya. Y no era un ‘friki’, ni tomaba drogas
¿Y qué averiguó?
Yo sabía que algún divo de la ópera mientras interpretaba, había pasado por esto. Son giras larguísimas, en personajes como Otelo, hubo un caso en que un un cantante estuvo a punto de hacerle daño a su compañera, a Desdémona, porque esa ira que sentía de la trasladó a la vida real y casi la mata.
O hay casos como el de Lola Herrera en España, que tras hacer Cinco años con Mario tantos años, le afectó la pena, le afectó la depresión. Era una depresión prestada. Lo hablé con mi editor. Le dije, Emili (Rosales), me ha pasado esto y quiero escribir sobre esto. Y voy a ir con Benedict Newman porque me fascina. Y él me recordó que ya le había pasado a Delibes.

Imagino, que de ahí su arranque en la novela, a modo de recuerdo: «Los amigos me dicen con la mejor voluntad: que conserve usted la cabeza muchos años. ¿Qué cabeza?, ¿La mía, la del viejo Eloy, la del señor Cayo, la de Pacífico Pérez, la de Menchu Sotillo?» (Miguel Delibes. Discurso del Cervantes)
Claro. Él se preguntaba eso, había momentos en que decía que estaba más en la cabeza de sus personajes que en la suya. Ahí yo no me sentí muy refrenada porque dije, este hombre no es sospechoso de ser un friki que se inventa cosas, ni de tomar drogas, ni de que yo estuviera alucinando. Delibes era un señor muy cabal y muy entregado a su oficio. Como apuntan los investigadores de la novela, además, muchas veces fingir amnesias es una herramienta que utiliza la gente para eludir la Justicia.
El personaje con el que me he sentido más identificada es Manuel Ortigosa, el escritor de ‘Todo esto te daré’
¿Ha pensado en algún momento Dolores Redondo que era Amaya Salazar o Nash?
No me ha vuelto a ocurrir aquello. Tengo que decir, que fue bastante desconcertante. Otra cosa es que me preguntes qué tengo que ver con ellas, Amaya, Nash, las Mitxelena…
¿Cuál es el nexo de la autora con sus mujeres de ficción?
Tiene que ver con con mi crianza en un matriarcado. Y con mi educación y es que amo a esas mujeres. Me encanta ese tipo de mujeres que no odian a las otras, que se cuidan y que además se dan cuenta de que nos tenemos que querer y cuidar entre todas, porque estamos en las mismas. También he de decir que yo siempre me he sentido más identificada con los personajes que son escritores en mis novelas. Ahora, con Benedict Newman, pero con el personaje con el que yo más identificada me he sentido es con Manuel Ortigosa (protagonista de Todo esto te daré), que además está roto por un duelo y me representa mucho en ese modo de encontrar el lugar donde estar bien, que es la escritura.
Yo pertenezco a un matriarcado, soy yo el centro ahora sin mi madre y mi tía. Convoco, celebro y cocinamos en ese feudo que antes tenía la mujer, relegada a la cocina
Hábleme de ese matriarcado que tanto la ha marcado.
Sigo viviendo en un matriarcado, yo misma estoy dentro. Lo construyo a mi alrededor con mis hermanos, con mis hijos, con mis sobrinos. Estoy en el centro porque mi tía murió y mi madre está malilla. La pobre ha sufrido mucho, pero seguramente aguantará, aunque tiene un tipo de dolencias con las que lleva muchos años, de las que te matan un poco todos los días, pero no te llevan a la tumba de golpe. Así que he asumido el papel de convocar, de celebrar, de cocinar… Tiene mucho que ver que las cosas pasen en torno a la cocina, que era siempre el feudo de las mujeres, el lugar donde nos tenían relegadas, que en el matriarcado se convirtió en la torre del homenaje, el lugar más importante del castillo.

Sin embargo, sus madres noveladas son muy potentes, y a veces, destructivas, como la de Amaya Salazar. ¿Por qué?
Son madres vascas y muy temperamentales. La de Nash la cuida. En esta novela se entenderá cuánto la ha querido su madre, pero hay que leerla entera. La historia de su madre es de amor y sacrificio, o sea, que tiene que ver con lo que sacrificas por el bien de otros, aunque está comprobado que a veces ocultar una verdad dolorosa no es la solución, porque tarde o temprano termina por aparecer. Esos vacíos en la existencia de cualquier persona hacen que innegablemente se vea inducido, espoleado hacia ahí todo el tiempo, a completar esa pieza que falta.
¿Deja más trauma una infancia y juventud sin padre que sin madre?
Por suerte, mi padre no falleció en el mar, pero vivíamos en la costa y en el Puerto de Pasajes, cualquiera que recuerde cómo eran los 60, los 70, los 80, la mortandad en los puertos, en las grúas, en los cargueros…moría mucha gente trabajando dentro del puerto. Y ni te cuento en el mar. Todavía del puerto de Pasajes falta un barco que se llamaba Marero, que se fue entero a pique con con toda la tripulación, y no ha sido encontrado ninguno, solo tablones. Yo además vivía enfrente de la iglesia y tocaba funeral día sí y día también. Entonces, había muchas más viudas que viudos. En esos tiempos de matriarcado había muchas mujeres solas, que eso sí, tenían vecinas, compañeras, tenderas que les echaban una mano. Sobre todo, en un pueblo. Se cuidaban entre todas. Pero ahora, la sociedad se ha vuelto muy hermética en la cuestión de las emociones, por eso se generan tantos problemas de convivencia.
Los males tienen que ver con la pérdida del humanismo. La identidad se construye con la lectura. Los libros nos ayudan a poner nombres a las emociones
La identidad y las emociones son una cuestión sobresaliente en Todas las noches, todas las ciudades.
Benedict Newman al inicio de la novela, habla de la construcción de la identidad y de la importancia que para eso tiene leer, la lectura. Ojalá tuviera la solución para tantos males, pero creo que uno de ellos tiene que ver con la pérdida del humanismo. Tiene que ver con que no nos estamos construyendo a nivel humano por dentro. Y no nos construimos porque no leemos. No nos sabemos narrar. Y no sabemos qué contar, qué nos duele porque nos faltan palabra para diferenciar la soledad del abandono, para diferenciar la tristeza de la melancolía. No sabemos diferenciar el echar de menos del echar de más. Cuando sabemos quiénes somos, pues vamos mejor dirigidos por el mundo. Leyendo, no solamente aprendemos a ponerle nombre a nuestras emociones, no somos Adán y Eva recién llegados al mundo. Hay millones de personas que han pasado por el mundo antes que nosotros. Y todas las pasiones, todos los dolores ya los han vivido antes. Y están en los libros. Leyendo aprendemos a a identificar esas emociones y a tolerar las de los demás.
¿Dolores Redondo se miente a sí misma, como hace la trama para despistar al lector?
No me miento nunca. Soy absolutamente honesta conmigo misma. Opino lo mismo que Benedict Newman sobre los libros. De hecho, hay un momento en que Nash tiene que hablar con un escritor, y habla con Dolores Redondo. Ahí tenía dos opciones: o parar o romper la cuarta pared. Decirle al lector, esto es lo que pasa por la mente de un escritor. Saber dónde están los límites, de qué sería capaz uno por vender un libro. Como decía Ana María Matute, ‘el que quiera conocerme, que me lea’.
Siempre distingo entre autor y escritor. El autor decide qué va a escribir y a veces coincide con la lista de éxitos. Al escritor le nace de dentro
¿Hasta dónde llegaría Dolores Redondo por vender más? Ya es un fenómeno.
A mí no me interesa que mis novelas sean las más vendidas. Yo lo que quiero es que sean las más amadas. Y si son las más amadas, se venderán mucho. Pero no me importa si hay otro un pódium de un día, esa que de pronto vende más. No creo en pódiums de un día. Lo de ser un fenómeno igual tiene que ver con que hay un tema de moda y ocurre algo socialmente que lo dispara. También hay gente que se sube al carro. Siempre distingo entre autor y escritor. El autor decide qué va a escribir y a veces coincide con la lista de éxitos. Al escritor le nace de dentro. Y aquí hablo siempre de mi queridísimo Fernando Aramburu, que arrasó con Patria y luego escribió Los vencejos, que no tiene nada que ver. Porque es un escritor. Yo vuelvo al pasado en mis novelas porque para mí tiene más credibilidad en mi universo.
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