Una ola inédita de retiradas de proyectos ganadores frustra la subasta comunitaria que preveía inyectar 1.200 millones al sector. Expertos advierten que producir este combustible limpio en Europa es inviable al coste actual Leer Una ola inédita de retiradas de proyectos ganadores frustra la subasta comunitaria que preveía inyectar 1.200 millones al sector. Expertos advierten que producir este combustible limpio en Europa es inviable al coste actual Leer
El optimismo inquebrantable del Gobierno alrededor del hidrógeno verde ha chocado estos días con un baño de realidad. La segunda subasta del Banco Europeo del Hidrógeno, el mecanismo estrella de Bruselas para impulsar este combustible limpio, no ha podido repartir casi el 80% del presupuesto disponible porque, a la hora de la verdad, muchas de las empresas ganadoras han renunciado a las ayudas.
Seis proyectos, tres de ellos localizados en España, se han hecho con 270 millones de euros. Lo que Bruselas ha oficializado como buenas noticias es, en realidad, un jarro de agua fría para el sector, pues la convocatoria estaba dotada con 1.200 millones. Es decir, casi cuatro de cada cinco euros del concurso han quedado sin adjudicar.
«No es que no se presenten empresas, nos presentamos. Los fondos se adjudican, pero luego el modelo de acuerdo es tan imposible de cumplir que la gente renuncia masivamente«, afirman desde una de las compañías participantes en el proceso competitivo. La subasta, ideada para acortar la brecha entre lo que cuesta realmente producir hidrógeno en Europa y lo que los consumidores están dispuestos a pagar, evidencia las dificultades de escalar de forma acelerada una tecnología que aún lucha por ser viable.
«El diseño de las subastas europeas ha puesto de manifiesto el problema. La falta de exigencia de garantías [económicas] en las fases iniciales ha permitido que proyectos con baja madurez y viabilidad superen el primer corte», diagnostica Javier Ferrer, socio de McKinsey & Company. En definitiva, «cuando llega el momento de aportar garantías financieras reales, muchos de ellos no tienen la capacidad de hacerlo y se retiran».
Las reglas de la subasta fijan que los promotores deben aportar unos avales financieros equivalentes al 8% de la ayuda solicitada. Es decir, en última instancia, el verdadero poder de decisión recae en bancos y aseguradoras que tienen que conceder estas garantías y justificarlas en sus balances. Pero los dueños del capital cada vez son más escépticos.
«La última subasta europea de hidrógeno pone de relieve lo que los inversores están observando cada vez más sobre el terreno: el hidrógeno verde no carece de ambición, sino de viabilidad económica a los costes actuales», corrobora Océane Balbinot-Viale, analista de investigación de inversiones sostenibles de Crédit Mutuel Asset Management, uno de los grandes grupos financieros de Francia con 86.000 millones de activos bajo gestión.
La renuncia masiva a las ayudas no es una excepción, sino el síntoma más visible de grietas más profundas. Como apunta Balbinot-Viale, la demanda de hidrógeno sigue siendo «frágil» porque la mayoría de los compradores industriales no están dispuestos o no pueden pagar una prima ecológica sin contratos a largo plazo y sin certeza normativa. Esa debilidad está provocando una reestructuración inevitable: «Solo seguirán adelante los proyectos con energía renovable barata, compradores garantizados y vías creíbles de reducción de costes». Una trinidad que, a día de hoy, es difícil de reunir.
Para Ferrer, el «enfriamiento» del mercado del hidrógeno verde responde a una combinación de factores estructurales y coyunturales: «En los últimos tres años, el debate ha evolucionado progresivamente desde la sostenibilidad hacia la seguridad de suministro, competitividad de costes y viabilidad financiera».
El resultado de la subasta se enmarca en esta nueva etapa. «No falta interés ni proyectos sobre el papel, pero escasean los contratos firmes de suministro desde el lado de la demanda, y la capacidad de convertirlos en proyectos bancables», apunta Ferrer. En otras palabras, proyectos capaces de traspasar el papel y convencer a bancos e inversores de que podrán devolver los créditos.
«No todo son malas noticias», asegura Ferrer, que recuerda que, en paralelo, se están produciendo las primeras decisiones finales de inversión de calado, superiores a 100 megavatios (MW) en España, y una «necesaria limpieza» de un largo catálogo de proyectos anunciados sin viabilidad real. «Este ajuste es probablemente un paso imprescindible para que el mercado del hidrógeno verde entre en una fase más sólida y creíble», pronostica.
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