Prever el rumbo de esta guerra exige construir escenarios con instrumentos imperfectos y supuestos frágiles en medio de la incertidumbre Leer Prever el rumbo de esta guerra exige construir escenarios con instrumentos imperfectos y supuestos frágiles en medio de la incertidumbre Leer
Audio generado con IA
En abril de 1916 el explorador británico Ernest Shackleton comprendió que nadie vendría a rescatarles. El hielo había destruido su barco y llevaba año y medio deambulando por la Antártida con los 27 miembros de su tripulación. Tenían una barca de madera de 7 metros, un sextante, una brújula rota y un mapa que decía que si atravesaba 1.300 kilómetros de uno de los mares más peligrosos del mundo podría llegar a una pequeña isla (sólo una, nada más en miles de kilómetros a la redonda). Un error de un par de kilómetros en los cálculos y el barco habría llegado cargado de cadáveres a Sudáfrica o Australia meses después. Pero atinaron con la isla y pudieron volver con ayuda a rescatar a sus compañeros.
Diseñar escenarios de futuro evoca en cierta medida esa tarea de apuntar -con instrumentos que no terminan de funcionar- a una isla lejana. Para empezar, hay que hacer conjeturas acerca de un montón de factores. Por ejemplo, el escenario central de Allianz Research presupone que: en primer lugar, Ormuz permanecerá cerrado en abril; en segundo, se irá abriendo gradualmente a lo largo de mayo; además, más del 50% de la producción perdida se compensa con el uso de reservas estratégicas, oleoductos alternativos y un incremento de producción por parte de Estados Unidos y Rusia; y que, por último, no hay una destrucción sustantiva de infraestructura en la industria energética. Sobre esas suposiciones se construyen modelos para estimar el impacto de la crisis. Un error significativo en una de esas cuatro conjeturas haría que la estimación se desvíe, y que solo sirva para maravillarnos de nuestra falta de visión en unos años. Un ejemplo: en abril de 2022 casi todos los escenarios de consenso concluían que la guerra en Ucrania terminaría antes de que terminara el año. El que contemplaba una guerra realmente larga incluso más allá de 2023, especulaba con que Rusia tomaba el control de Ucrania a través de un gobierno marioneta y la resistencia ucraniana montaba una guerra de guerrillas financiada por la OTAN.
En resumen, nadie sabe cómo terminará esto. Sin embargo, con seis semanas de conflicto a las espaldas algunas de las conjeturas que sustentaban los escenarios más optimistas han empezado a caer. Por ejemplo, ya es demasiado tarde para esgrimir que los precios de la energía pueden recobrar la normalidad y volver a sus precios anteriores a la guerra relativamente pronto. En teoría, una semana bastaría para dejar salir y entrar a todos los barcos que esperan, pero la experiencia nos dice que, incluso con un acuerdo de paz inmediato, muchas líneas tardarían meses en normalizar el tráfico. Cuando en octubre de 2025 los hutíes pararon los ataques a los barcos que circulaban por el mar Rojo, grandes compañías como Maersk tardaron más de dos meses en enviar su primer carguero, y hoy, seis meses después, el flujo normal aún no ha sido recuperado. Además, ningún barco se arriesgaría a entrar en el golfo ante la posibilidad de quedarse atrapado si se vuelve a cerrar. Muchos otros eliminarán la región de sus rutas cuando se den cuenta de que, con los nuevos precios de las pólizas de seguro, los fletes no son rentables.
Luego están los problemas técnicos. La reactivación de un pozo requiere un lento proceso de represurización que solo un puñado de especialistas puede llevar a cabo de manera segura. En Qatar, volver a poner en marcha Ras Laffan -la mayor planta de licuado de gas del mundo donde se produce además el 10% de la urea y el 30% del helio mundial- puede tomar unos cuatro meses, y las reparaciones para recuperar el 20% de capacidad de producción que destruyó Irán tomarán de tres a cinco años. La planta emiratí que produce el 10% del aluminio del mundo necesita un año para volver a producción. Por todo esto algunas consultoras ya estiman que el precio del petróleo apenas bajará de los 90 dólares hasta el final de año.
Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿dónde está el punto de no retorno, aquel en el que la inflación ya no es controlable? Aunque nadie sabe cómo identificar ese punto de inflexión, habrá pistas: expectativas de inflación que se desanclan, subyacente que repunta, contagio de la inflación a otros productos, etc. Ahora mismo no estamos ahí, pero identificar ese momento es fundamental para que los inversores no sufran grandes pérdidas. Mientras llega ese momento, seguiremos diseñando escenarios porque no hay una herramienta mejor para ordenar ideas, entender qué variables son importantes y proponer relaciones entre ellas. Pero siendo conscientes de que intentar vislumbrar el futuro casi siempre termina en un doloroso baño de humildad.
Actualidad Económica // elmundo
