
Ha llovido mucho desde que el Sputnik lanzara la carrera espacial entre soviéticos y estadounidenses, pero esta generación está asistiendo a una nueva, y tan apasionante, como la que protagonizaron Yuri Gagarin y Neil Armstrong. En este caso, China y Estados Unidos se han citado para pisar el polvo grisáceo antes de 2030. Y aunque ya hay humanos cabalgando hacia la Luna, como vimos en la exitosa misión Artemis 2 de la NASA, la bandera más importante de esta fase es la que posarán las sondas robóticas en el polo sur de la Luna, donde está el verdadero tesoro: agua helada. Pero, tras una década clavando sus planes, los chinos tuvieron que aplazar el domingo el lanzamiento de la misión Chang’e 7. Un simple aplazamiento que puede darle la vuelta a la carrera.
El retraso del lanzamiento de la misión Chang’e‑7 aprieta las fechas en las que estadounidenses y chinos se disputan llegar primero a la zona más codiciada del satélite
Ha llovido mucho desde que el Sputnik lanzara la carrera espacial entre soviéticos y estadounidenses, pero esta generación está asistiendo a una nueva, y tan apasionante, como la que protagonizaron Yuri Gagarin y Neil Armstrong. En este caso, China y Estados Unidos se han citado para pisar el polvo grisáceo antes de 2030. Y aunque ya hay humanos cabalgando hacia la Luna, como vimos en la exitosa misión Artemis 2 de la NASA, la bandera más importante de esta fase es la que posarán las sondas robóticas en el polo sur de la Luna, donde está el verdadero tesoro: agua helada. Pero, tras una década clavando sus planes, los chinos tuvieron que aplazar el domingo el lanzamiento de la misión Chang’e 7. Un simple aplazamiento que puede darle la vuelta a la carrera.
La Administración Espacial Nacional de China anunció el aplazamiento sine die de su más ambiciosa misión al polo sur lunar en un escueto comunicado que, ante la opacidad de los chinos, ha generado muchas especulaciones. La sonda ya estaba instalada a bordo del cohete portador, a punto de lanzamiento, cuando la aparición de una tormenta tropical ha obligado a cancelarlo “al no darse las condiciones de seguridad”.
En un lanzamiento de rutina, un aplazamiento por mal tiempo no tendría más repercusión que un retraso de pocas semanas, hasta que Tierra y Luna vuelvan a situarse en posición adecuada al disparo. Pero es que el Chang’e 7 va dirigido a la zona del polo sur lunar, donde las condiciones de iluminación son críticas para garantizar un aterrizaje seguro. Con sol rasante, que aumenta los contrastes del terreno y exagera los relieves, probablemente habrá que rehacer los cálculos de trayectoria para los primeros meses de 2027.
Pero algunos especialistas también apuntan a que quizá la nave no estaba en plena forma. Sobre todo después de que el 10 de agosto su cohete Larga Marcha 7 estallara nada más despegar desde el Centro de Lanzamiento Espacial de Wenchang. La nueva carrera espacial está siendo tan difícil como lo fue la anterior: los planes de EE UU se han retrasado muchas veces y la NASA ha tenido que repensar todos sus planes mientras corre.

¿Qué implica ese aplazamiento chino? Si todo iba bien, Chang’e 7 habría llegado en noviembre a su objetivo. Ahora, le da la oportunidad a EE UU de tomar la delantera. La sonda robótica rival del lado americano es un proyecto de Blue Origin, la compañía espacial de Jeff Bezos: la Base Lunar 1, con el módulo de aterrizaje Blue Moon Mark 1 Endurance. Aunque se supone que tendrían que lanzar en otoño de 2026, no lo harán hasta el primer trimestre de 2027, si todo va bien.
No es que no haya sitio para los dos, pero el primero en llegar tendrá una ventaja estratégica importante. Las dos misiones tienen como objetivo los alrededores del cráter Shackleton, un frío, oscuro y escarpado territorio dominado por la oscuridad y las trampas del terreno. Nadie ha logrado un aterrizaje suave en esa zona de la Luna. Y quien empiece a desplegar sus vehículos y robots por la zona podrá arrinconar las opciones de su rival en el acceso a los mejores recursos.
Aunque poco conocido por el gran público, el programa de sondas lunares Chang’e es uno de los grandes éxitos de la astronáutica china. La primera de la serie se lanzó en 2007, un modesto orbitador. Desde entonces, en menos de 20 años y con apenas seis misiones, se han conseguido resultados extraordinarios.
Las sondas Chang’e (nombre de la diosa de la Luna en la mitología china) han orbitado y fotografiado nuestro satélite, han depositado pequeños vehículos rodantes tanto en la cara visible como en la oculta, han traído a la Tierra muestras de ambos hemisferios por métodos completamente automáticos, han establecido una constelación de satélites de comunicaciones frente al lado oculto para poder comunicarse con futuros vehículos que se envíen allá, han instalado en la Luna un contenedor o “biosfera” en el que hacer germinar semillas (duró poco, por un fallo del calefactor) y, además, han completado ese programa con numerosas observaciones astronómicas.
¿Y qué intentará hacer la misión Chang’e 7 cuando llegue ese momento? Ante todo, alcanzar la Luna, entrar en órbita a su alrededor y dedicar varios meses a explorar en detalle la zona de aterrizaje, en busca de un terreno lo más regular posible donde posarse.
Durante ese tiempo, el orbitador realizará tareas de observación astronómica. A bordo va media docena de instrumentos suministrados por otras agencias espaciales: Una cámara para mapear la composición del terreno, contribución de Egipto y Bahrein; un medidor tailandés de rayos cósmicos y un medidor suizo de radiación solar. Además, en el módulo de aterrizaje va instalado un telescopio para el estudio de la Vía Láctea (cortesía de las universidades de Hong Kong y Hawái), un detector ruso de polvo lunar y un reflector láser italiano, para facilitar la localización de la nave una vez en el suelo. China mantiene un amplio programa de cooperación científica internacional.
La zona de aterrizaje está en las proximidades del cráter Shackleton, cerca del polo sur. Es uno de los numerosos pozos oscuros: la luz y el poco calor del Sol llegan tan rasantes que nunca alcanzan su fondo. Ahí las temperaturas son bajísimas, unos 200 grados bajo cero. Eso favorece la conservación de hielo en el terreno, el tesoro oculto de la Luna.
¿Cuánto hielo? Hace años, la NASA lanzó un doble vehículo destinado a impactar en esa zona. El primero —una etapa agotada del cohete portador— provocaría una nube de detritus y el segundo, zambulléndose inmediatamente en ella, analizaría su composición. El resultado sugería entre un 5 y un 10% de agua en el total de masa expulsada.
Está por ver qué forma adopta ese hielo. Podría ser una capa helada, pero más probablemente se presentará mezclado con el regolito, como un barro sucio. Una posible explotación de esa agua requeriría calentarla, filtrarla y purificarla. Una tarea nada fácil en la Luna.
En todo caso, la Chang’e aterrizará fuera del cráter Shackleton, donde haya suficiente luz para que sus cámaras de descenso puedan localizar y evitar obstáculos peligrosos. Una vez en el suelo, empezará la exploración del interior del cráter, que puede resultar la parte más espectacular del proyecto.

Es imposible enviar un vehículo rodante a moverse por las empinadas pendientes del cráter. Las ruedas perderían tracción y resbalaría hacia el fondo. En su lugar, los técnicos chinos han diseñado una sonda que se mueve dando brincos. Impulsado por unos pequeños motores cohete, ese vehículo saltará hasta unos 15 kilómetros de altura, suficiente para salvar las paredes del cráter y caer en su interior. Con la escasa gravedad lunar, el golpe se amortiguará con un tren de aterrizaje de cuatro patas con sistema de absorción de impactos.
Este saltarín está diseñado para entrar en lugares oscuros donde los róver tradicionales lo tienen imposible: ninguna misión lunar ha utilizado antes un explorador concebido específicamente para saltar al interior de cráteres permanentemente oscuros.
Una vez en el suelo, un raspador intentará liberar parte de la cubierta helada que un espectrómetro se encargará de examinar, en busca de la firma característica de moléculas de hidrógeno y oxígeno. Y luego, nuevos saltos y nuevas sesiones de análisis.
Ya se tiene confirmación de la presencia de agua en la región polar austral de la Luna. Fue un descubrimiento confirmado desde órbita en 2009 por la sonda india Chandrayaan 1, equipada con un detector de la NASA.
Si la prospección del Chang’e 7 en Shackleton tiene éxito y confirma la existencia de toneladas de agua congelada, se abren dos posibilidades: Purificarla, si es posible, y utilizarla para consumo humano o descomponerla para producir combustible (hidrógeno) y oxígeno respirable. En el futuro, cuando se establezcan bases permanentes en nuestro satélite, la desierta y estéril Luna puede convertirse en la gasolinera del sistema solar.
Ahora, el retraso chino reabre la competición y recuerda que, medio siglo después de Armstrong, la Luna sigue resistiéndose a quienes pretenden conquistarla. Sobre todo en uno de los entornos más hostiles de nuestro vecindario espacial.
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