Entre las muchas cualidades de la IA hay una que, al menos de momento, es tan relevante como imposible de remediar: es incorpórea. Leer Entre las muchas cualidades de la IA hay una que, al menos de momento, es tan relevante como imposible de remediar: es incorpórea. Leer
En la frontera más avanzada de la innovación tecnológica empieza a intuirse el siguiente gran modelo de negocio. Si la IA ya escribe correos, analiza balances, programa código o diseña estrategias de inversión, quizá el siguiente paso lógico sea que también gestione… personas.
Plataformas como Rentahuman.ai exploran un modelo sorprendente: agentes de IA que alquilan humanos para ejecutar tareas físicas en el mundo real. En la práctica, el sistema funciona con microtareas muy concretas: desde comprobar una dirección o hacer una fotografía en una ubicación determinada hasta realizar pequeños trabajos manuales que luego son verificados por el propio sistema. El mensaje que aparece en la página es tan directo como inquietante: «La IA necesita tu cuerpo.»
La frase, que podría parecer provocadora, resume bien la paradoja tecnológica que emerge. Nos acostumbramos a imaginar el progreso como una carrera hacia la automatización total. Las máquinas sustituirían al humano, liberándonos de tareas repetitivas y físicas. Pero la realidad que empieza a dibujarse es más curiosa y, en cierto modo, más circular.
Los sistemas de inteligencia artificial ya pueden analizar datos, redactar informes o programar software con una eficiencia extraordinaria. Sin embargo, todavía hay algo que no pueden hacer: interactuar físicamente con el mundo. No pueden abrir una puerta, recoger un paquete o grabar en una ubicación concreta.
Para eso necesitan manos humanas.
Así empiezan a aparecer plataformas donde agentes de software asignan tareas físicas a personas distribuidas por el mundo. El algoritmo detecta una necesidad -hacer una fotografía, verificar una dirección, recoger un objeto- y la envía al humano disponible más cercano. La inteligencia artificial analiza, planifica y coordina; el ser humano ejecuta.
El progreso, visto así, adopta una forma curiosamente circular. Tras décadas intentando sustituir al trabajador humano, terminamos descubriendo que el sistema más eficiente quizá no sea eliminarlo, sino organizarlo mejor. Los algoritmos piensan; los humanos ejecutan.
No estamos hablando de SaaS sino de HaaS, Humans as a Service.
Desde el punto de vista económico, la lógica no es tan extravagante como parece. Los mercados llevan siglos intentando optimizar la asignación de recursos escasos. El capital se alquila en los mercados financieros. La computación se alquila en la nube. Cada revolución tecnológica amplía el perímetro de lo que puede convertirse en servicio.
Amazon Web Services convirtió los servidores en infraestructura alquilable por minutos. Uber hizo algo parecido con los coches. Airbnb lo hizo con las viviendas. En cada caso, el mismo principio: transformar activos rígidos en recursos flexibles que pueden activarse bajo demanda.
Lo interesante es que ahora ese mismo principio empieza a aplicarse al recurso más antiguo de todos: el trabajo humano. En estas plataformas los trabajadores no aparecen como empleados tradicionales ni siquiera como freelancers. Funcionan más bien como nodos de una red física distribuida: ojos, manos y presencia disponibles cuando un algoritmo los necesita.
Para algunos tecnólogos este modelo representa la culminación lógica de la economía digital. Un agente de IA detecta una tarea en el mundo físico y la asigna automáticamente al humano disponible más eficiente, más cercano o más barato. La eficiencia, al menos sobre el papel, sería casi perfecta.
Los mercados llevan siglos reorganizando el trabajo humano cada vez que aparece una nueva tecnología. La revolución industrial trasladó a millones de personas del campo a las fábricas. Décadas más tarde, la economía de servicios movió ese empleo desde las fábricas hacia oficinas, comercios y actividades profesionales.
Lo que parecía diferente con la inteligencia artificial era que, por primera vez, la tecnología amenazaba directamente al capital humano en su dimensión más valiosa: la capacidad de pensar. Durante siglos las máquinas sustituyeron principalmente esfuerzo físico; ahora empiezan a competir con el cerebro.
De ahí el temor recurrente a que la IA destruya masivamente puestos de trabajo. El debate se ha intensificado en las últimas semanas con artículos muy comentados como Something Big Is Happening de Matt Shumer, que advierten de una transformación acelerada del mercado laboral.
Pero la historia económica rara vez es tan lineal.
Cada revolución tecnológica desplaza el trabajo humano hacia nuevas actividades que antes simplemente no existían. La ironía es que la inteligencia artificial, que parecía destinada a sustituir completamente al trabajador humano, empieza a mostrar algo distinto.
En muchos casos, nos necesita. Necesita ojos que vean el mundo físico, manos que interactúen con él y presencia humana allí donde el software todavía no puede llegar. Los algoritmos pueden analizar, decidir y coordinar con una eficiencia extraordinaria, pero todavía necesitan alguien que ejecute en el mundo real.
Tal vez esta nueva ola tecnológica simplemente nos esté recordando que la innovación no elimina necesariamente al ser humano del sistema productivo. A menudo simplemente cambia el lugar desde el que participamos en él.
*Manuel Mendívil es CEO y CIO de la División de Gestión de Activos en Arcano Partners
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