Cuando Adela, la protagonista de Un adiós (coeditada por Lengua de Trapo y Círculo de Bellas Artes) sube a un taxi rumbo al funeral del monarca que la dejó embarazada, lo que se activa no es el recuerdo de un rey, sino el mapa de una clase social.
La primera novela de Bárbara Arena (Madrid, 1988) no es tanto la historia de una relación de amor imposible como una inmersión en la psicología de las élites españolas: sus códigos, sus rituales, su manera de relacionarse, de callar y de protegerse. Hija de un conocido banquero y de una reconocida artista y criada en la España del Club de Campo, los veranos en Comillas y los salones elegantes, Arena no solo escribe sobre ese mundo: es parte de él y lo mira desde dentro.
El viaje en taxi –un trayecto por un Madrid reconocible– funciona como espacio liminal desde el que la protagonista recompone su pasado mediante analepsis (flashbacks). El resultado es una estampa costumbrista y a la vez incómoda de un mundo que rara vez se deja mirar desde dentro.
Arena, conocida durante años por su presencia en internet, se aleja de una escritura reconocible como ‘literatura de redes’. «He habitado y aún habito en internet, pero también he habitado en la literatura clásica y contemporánea. Y en la terapia psicoanalítica, que quizá sea lo que más ha afectado mi manera de expresarme». De ahí que, aunque esté escrita en tercera persona, la voz de Un adiós mimetice la de la protagonista, acompañando el proceso por el que Adela deshace el nudo que la asfixia.
La premisa es poderosa: siendo muy joven, Adela se queda embarazada del ‘invitado ilustre’, una figura que el lector identifica sin dificultad como el rey. El funeral de Estado, situado al final del libro, opera como clímax narrativo y como excusa estructural: «Por el carácter de la serie de Episodios Nacionales necesitaba un hecho histórico que justificara el retrato de la vieja España. En realidad, el funeral era la manera de reunir a la gente que me apetecía reflejar».
La novela, 114 páginas de pulso ágil, frases largas y ritmo vertiginoso, se adentra en la mentalidad de un estrato social que parece vivir suspendido en el tiempo. No hay fechas ni referencias temporales precisas. «Es una clase que se resiste al cambio, que pretende suspenderse en el tiempo. Me interesaba mantener esa sensación de limbo ajeno al progreso», señala Arena. Monterías, fiestas en Puerta de Hierro, partidos de tenis, meriendas de sandwichitos: los rituales se repiten como si el país no hubiera cambiado.
Aunque Un adiós se presenta como una historia de amor, pronto se despliega como algo más inquietante: un retrato de los mecanismos de autoprotección de las élites y de una violencia.
La maternidad, la crianza, atravesadas por la desigualdad y la asimetría de poder, ocupan un lugar central. «Es la historia de un desequilibrio que se produce con la connivencia de un entorno. El sexo se permite mientras no se nombre; el embarazo, en cambio, condena. Ella nunca había ido al ginecólogo, se refieren a la menstruación con eufemismos, su única interacción erótica previa fue un beso tímido, no sabe nada. De repente se la azota con un hecho inabordable que cambia su devenir y el de su familia».
«Es la historia de una sumisión integral –ella llega al hombre ya sometida y ni antes ni durante ni después se atreve a protestar– y la historia de una ausencia de imaginación no se aventura siquiera a fantasear con otras vías posibles», explica Arena. La vida de ella cambia por completo; la de él, no se altera en absoluto.
Uno de los ejes más incisivos del libro es el silencio. Arena matiza: «Más que el silencio como herramienta de clase, diría que la palabra es una incapacidad de clase. No es tanto que elijan el silencio como que no saben aproximarse a la palabra. Nombrar es poner sobre la mesa, es confrontar, y ellos no confrontan, ellos gestionan. Hay un pánico visceral a la naturaleza humana. A la verdad». Ese miedo se aprende, se interioriza, se hereda. Lo que no conviene se sepulta bajo un mundo cuidadosamente construido.
Estos códigos son complejos y están diseñados para no poder imitarse. Hay una dicción específica, unas jerarquías internas, una combinación de frialdad y calidez
El taxista con el que Adela conversa durante el trayecto, una figura casi onírica, cercana a Caronte, introduce una grieta en ese universo cerrado. «Va en taxi porque no puede ir de otra manera: no cogería el metro y apenas conduce, carece de habilidades prácticas porque siempre le han dado todo hecho», explica la autora. El taxi es también un espacio pequeño y seguro en el que se topa con alguien que no pertenece a su mundo. El desplazamiento, añade, brotó de manera natural: un tránsito entre clases sociales y entre estados de conciencia.
La novela rehúye tanto la parodia como la fascinación, trampas frecuentes al abordar el mundo de las élites. «La caricatura puede ser interesante, pero solo si se entiende muy bien el material primario», afirma Arena. «Estos códigos son complejos y están diseñados para no poder imitarse. Hay una dicción específica, unas jerarquías internas, una combinación de frialdad y calidez, una falsa bondad condescendiente». Y eso suele perderse cuando se mira desde fuera.
Evito la denuncia explícita porque, para que el texto llegara a ciertos estratos, necesitaba que no hubiera una confrontación
En la tradición anglosajona, de Jane Austen a Truman Capote, la aristocracia ha sido retratada con precisión quirúrgica. En España, en cambio, ese mundo ha tendido a aparecer idealizado o caricaturizado. Arena cree que han faltado «agentes internos capaces de narrar con doble mirada». Quizá por eso Un adiós funciona como un caballo de Troya: un texto aparentemente ligero que esconde una historia de enorme tristeza. «Evito la denuncia explícita porque, para que el texto llegara a ciertos estratos, necesitaba que no hubiera una confrontación a priori», reconoce. El resultado es una novela que no juzga ni absuelve, pero que deja al descubierto la fidelidad patética de una clase a sus instituciones y a sus silencios.
La escritora, hija de un banquero y una reconocida artista, firma su primera novela sobre una mujer que se queda embarazada de un rey.
Cuando Adela, la protagonista de Un adiós (coeditada por Lengua de Trapo y Círculo de Bellas Artes) sube a un taxi rumbo al funeral del monarca que la dejó embarazada, lo que se activa no es el recuerdo de un rey, sino el mapa de una clase social.
La primera novela de Bárbara Arena (Madrid, 1988) no es tanto la historia de una relación de amor imposible como una inmersión en la psicología de las élites españolas: sus códigos, sus rituales, su manera de relacionarse, de callar y de protegerse. Hija de un conocido banquero y de una reconocida artista y criada en la España del Club de Campo, los veranos en Comillas y los salones elegantes, Arena no solo escribe sobre ese mundo: es parte de él y lo mira desde dentro.
El viaje en taxi –un trayecto por un Madrid reconocible– funciona como espacio liminal desde el que la protagonista recompone su pasado mediante analepsis (flashbacks). El resultado es una estampa costumbrista y a la vez incómoda de un mundo que rara vez se deja mirar desde dentro.
Arena, conocida durante años por su presencia en internet, se aleja de una escritura reconocible como ‘literatura de redes’. «He habitado y aún habito en internet, pero también he habitado en la literatura clásica y contemporánea. Y en la terapia psicoanalítica, que quizá sea lo que más ha afectado mi manera de expresarme». De ahí que, aunque esté escrita en tercera persona, la voz de Un adiós mimetice la de la protagonista, acompañando el proceso por el que Adela deshace el nudo que la asfixia.

La premisa es poderosa: siendo muy joven, Adela se queda embarazada del ‘invitado ilustre’, una figura que el lector identifica sin dificultad como el rey. El funeral de Estado, situado al final del libro, opera como clímax narrativo y como excusa estructural: «Por el carácter de la serie de Episodios Nacionales necesitaba un hecho histórico que justificara el retrato de la vieja España. En realidad, el funeral era la manera de reunir a la gente que me apetecía reflejar».
La novela, 114 páginas de pulso ágil, frases largas y ritmo vertiginoso, se adentra en la mentalidad de un estrato social que parece vivir suspendido en el tiempo. No hay fechas ni referencias temporales precisas. «Es una clase que se resiste al cambio, que pretende suspenderse en el tiempo. Me interesaba mantener esa sensación de limbo ajeno al progreso», señala Arena. Monterías, fiestas en Puerta de Hierro, partidos de tenis, meriendas de sandwichitos: los rituales se repiten como si el país no hubiera cambiado.

Aunque Un adiós se presenta como una historia de amor, pronto se despliega como algo más inquietante: un retrato de los mecanismos de autoprotección de las élites y de una violencia.
La maternidad, la crianza, atravesadas por la desigualdad y la asimetría de poder, ocupan un lugar central. «Es la historia de un desequilibrio que se produce con la connivencia de un entorno. El sexo se permite mientras no se nombre; el embarazo, en cambio, condena. Ella nunca había ido al ginecólogo, se refieren a la menstruación con eufemismos, su única interacción erótica previa fue un beso tímido, no sabe nada. De repente se la azota con un hecho inabordable que cambia su devenir y el de su familia».
«Es la historia de una sumisión integral –ella llega al hombre ya sometida y ni antes ni durante ni después se atreve a protestar– y la historia de una ausencia de imaginación no se aventura siquiera a fantasear con otras vías posibles», explica Arena. La vida de ella cambia por completo; la de él, no se altera en absoluto.
Uno de los ejes más incisivos del libro es el silencio. Arena matiza: «Más que el silencio como herramienta de clase, diría que la palabra es una incapacidad de clase. No es tanto que elijan el silencio como que no saben aproximarse a la palabra. Nombrar es poner sobre la mesa, es confrontar, y ellos no confrontan, ellos gestionan. Hay un pánico visceral a la naturaleza humana. A la verdad». Ese miedo se aprende, se interioriza, se hereda. Lo que no conviene se sepulta bajo un mundo cuidadosamente construido.
Estos códigos son complejos y están diseñados para no poder imitarse. Hay una dicción específica, unas jerarquías internas, una combinación de frialdad y calidez
El taxista con el que Adela conversa durante el trayecto, una figura casi onírica, cercana a Caronte, introduce una grieta en ese universo cerrado. «Va en taxi porque no puede ir de otra manera: no cogería el metro y apenas conduce, carece de habilidades prácticas porque siempre le han dado todo hecho», explica la autora. El taxi es también un espacio pequeño y seguro en el que se topa con alguien que no pertenece a su mundo. El desplazamiento, añade, brotó de manera natural: un tránsito entre clases sociales y entre estados de conciencia.
La novela rehúye tanto la parodia como la fascinación, trampas frecuentes al abordar el mundo de las élites. «La caricatura puede ser interesante, pero solo si se entiende muy bien el material primario», afirma Arena. «Estos códigos son complejos y están diseñados para no poder imitarse. Hay una dicción específica, unas jerarquías internas, una combinación de frialdad y calidez, una falsa bondad condescendiente». Y eso suele perderse cuando se mira desde fuera.
Evito la denuncia explícita porque, para que el texto llegara a ciertos estratos, necesitaba que no hubiera una confrontación
En la tradición anglosajona, de Jane Austen a Truman Capote, la aristocracia ha sido retratada con precisión quirúrgica. En España, en cambio, ese mundo ha tendido a aparecer idealizado o caricaturizado. Arena cree que han faltado «agentes internos capaces de narrar con doble mirada». Quizá por eso Un adiós funciona como un caballo de Troya: un texto aparentemente ligero que esconde una historia de enorme tristeza. «Evito la denuncia explícita porque, para que el texto llegara a ciertos estratos, necesitaba que no hubiera una confrontación a priori», reconoce. El resultado es una novela que no juzga ni absuelve, pero que deja al descubierto la fidelidad patética de una clase a sus instituciones y a sus silencios.
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