Hubo un tiempo en el que, al pasear por casi cualquier zona turística de España, desde las Ramblas de Barcelona hasta los paseos marítimos de la Costa del Sol o las callejuelas de los cascos históricos, era fácil encontrarse con tiendas de souvenirs donde colgaban enormes sombreros mexicanos junto a imanes de paella, abanicos y camisetas de equipos de fútbol.
Aquello era un claro anatopismo, término que describe el error de colocar un elemento en un lugar geográfico o cultural que no le corresponde, porque esos sombreros no pertenecían a la tradición española ni tenían vínculo real con las ciudades donde se vendían, y aun así durante décadas llegaron a verse como parte natural del paisaje turístico.
Para entender cómo empezó todo hay que retroceder al gran boom turístico de los años sesenta y setenta, cuando la España franquista se vendió al exterior con el lema Spain is different y empaquetó sol, playa y folclore en un único producto. El turista sueco, alemán o británico que llegaba a Benidorm, Torremolinos o Barcelona veía borrosas las fronteras entre lo español y lo mexicano, alimentado por películas rodadas en Almería donde charros y bandoleros compartían casi el mismo vestuario, y por una publicidad que convertía lo ‘hispano’ en un cóctel de calor, fiesta y exotismo en el que el sombrero mexicano encajaba a la perfección.
Aunque el sombrero cordobés era el icono español original, en las estanterías de las tiendas de recuerdos el sombrero mexicano ganó por goleada, más grande, más colorido, más fotogénico y mejor para protegerse del sol. Los fabricantes empezaron a exagerar formas y adornos hasta que, empujados por la demanda de algo festivo y barato, el catálogo derivó hacia versiones simplificadas del sombrero de charro.
A los turistas les daba igual la fidelidad cultural, buscaban un disfraz para las vacaciones. Con el tiempo, la renovación de los souvenirs y el cambio de gustos fueron desplazando esos sombreros, que quedaron como una de las estampas más curiosas del turismo de masas en España.
Hubo un tiempo en el que, al pasear por casi cualquier zona turística de España, desde las Ramblas de Barcelona hasta los paseos marítimos de la Costa del Sol o las callejuelas de los cascos históricos, era fácil encontrarse con tiendas de souvenirs donde colgaban enormes sombreros mexicanos junto a imanes de paella, abanicos y camisetas de equipos de fútbol.
Hubo un tiempo en el que, al pasear por casi cualquier zona turística de España, desde las Ramblas de Barcelona hasta los paseos marítimos de la Costa del Sol o las callejuelas de los cascos históricos, era fácil encontrarse con tiendas de souvenirs donde colgaban enormes sombreros mexicanos junto a imanes de paella, abanicos y camisetas de equipos de fútbol.
Aquello era un claro anatopismo, término que describe el error de colocar un elemento en un lugar geográfico o cultural que no le corresponde, porque esos sombreros no pertenecían a la tradición española ni tenían vínculo real con las ciudades donde se vendían, y aun así durante décadas llegaron a verse como parte natural del paisaje turístico.
Para entender cómo empezó todo hay que retroceder al gran boom turístico de los años sesenta y setenta, cuando la España franquista se vendió al exterior con el lema Spain is different y empaquetó sol, playa y folclore en un único producto. El turista sueco, alemán o británico que llegaba a Benidorm, Torremolinos o Barcelona veía borrosas las fronteras entre lo español y lo mexicano, alimentado por películas rodadas en Almería donde charros y bandoleros compartían casi el mismo vestuario, y por una publicidad que convertía lo ‘hispano’ en un cóctel de calor, fiesta y exotismo en el que el sombrero mexicano encajaba a la perfección.
Aunque el sombrero cordobés era el icono español original, en las estanterías de las tiendas de recuerdos el sombrero mexicano ganó por goleada, más grande, más colorido, más fotogénico y mejor para protegerse del sol. Los fabricantes empezaron a exagerar formas y adornos hasta que, empujados por la demanda de algo festivo y barato, el catálogo derivó hacia versiones simplificadas del sombrero de charro.
A los turistas les daba igual la fidelidad cultural, buscaban un disfraz para las vacaciones. Con el tiempo, la renovación de los souvenirs y el cambio de gustos fueron desplazando esos sombreros, que quedaron como una de las estampas más curiosas del turismo de masas en España.
20MINUTOS.ES – Cultura
