Aunque no necesita presentación, vamos a presentar (una vez más) a Pedro Almodóvar, (Calzada de Calatrava, 1949): no al cineasta más célebre de nuestro país, ni al escritor de relatos, ni al articulista, ni al crítico, ni al laureado personaje dentro y fuera de España. Con ustedes, llega el Pedro Almodóvar novelista, en conversación, además, con la editora Sabina Urraca. Los dos han conducido un debate sobre literatura y existencia, muy almodovariano, donde se pone a prueba el poder de la fanfiction, o sea, una historia de ficción escrita por fans que utilizan elementos de obras preexistentes. O sea, El hombre que solo escribía en los aviones, su debut novelesco.
«Yo escribo todos los días. No quiero imaginarme a mí mismo en el momento en que no tenga nada que contar. Es una buena práctica para que el futuro me encuentro ocupado». Frase antigua pero que sirve para entrar en este acto a dos, en un lugar tan idóneo para él como La Casa del Lector, en el Matadero de Madrid, con un público (entre ellos su hermano Agustín y familia, el actor Carlos Areces... sus fans más íntimos) que fue con ganas de aplaudir y aplaudió, incluso antes de empezar a hablar el cineasta.
Almodóvar ha presentado su opera prima, El hombre que solo escribía en los aviones (Reservoir Books), que muchos verán, cuando la lean, como una especie de autorretrato. Con matices, claro: Flavio Guijarro lleva media vida reinventándose. Ha sido de todo (interiorista, sicólogo, músico, dibujante…), aficiones que ha ejercido sin brillantez. Hasta que le ofrecen acompañar a un actor en una promoción y hacerle de traductor. Viajando entre Madrid, Nueva York, Roma y París descubre que su vocación auténtica es la escritura, que le roba al sueño y que se convierte en una actividad febril, hasta que toca tierra de nuevo y su inspiración se extingue.
Lector pasional e incombustible desde que era un niño y leía de un tirón la enciclopedia que le compraron, antes de esta primera novela Almódovar publicó el libro de relatos El último sueño, Fuego en las entrañas y Patty Diphusa, una obra literaria que ya ha sido traducida a más de 30 idiomas. En su haber de tierno lector estaban Herman Hess y Francoise Sagan, gracias a la generosidad de sus hermanas.
Ahora le llega el turno a El hombre... que aunque pretende huir de lo autorreferencial, Flavio (quizás Almodóvar) cae en sus propias trampas; bloqueo, amores de amarga juventud, trasuntos de otros que están en el imaginario del escritor, desde Blade Runner, de Ridley Scott, al victoriano Henry James.
Entre las identidades prestadas para esta novela fanfiction están Roberto Bolaño, Fernando Pessoa, Susan Sontang, Vladimir Nabokov, Henry James, Colm Toibin y Joan Didion, nombres en mayúsculas que devora el propio Almodóvar. Gracias a ellos, a sus ‘prestamos’, a medida que la narración se abre en diversas direcciones emergen los argumentos del ideario del cineasta-novelista: el deseo, el fracaso, la pérdida, la relación entre arte y vida. La ansiedad de vivir y de escribir.
Cuando la empecé sabía que había mucha carne en el asador que asar
Urraca ha contado cómo se gestó este libro, que comenzó por un cuento que Almodóvar le mandó para que le diera su opinión de editora y escritora. Ella pensó que había mucho más que un relato breve en esa consulta. «Hoy es un libro veloz y barroco en los meandros de la creación, una novela poliédrica, un ejercicio de metaliteratura».
¿Por qué ahora esta ficción?: «Mi primera vocación fue literaria y de pintor. Nunca me senté con la idea de que algo se iba a convertir en una novela, o en un guion. Mi actitud es simplemente escribir. Escribo por entretenimiento. Lo que escrito está guardado en archivos y esas pequeñas piezas terminan encontrando un lugar».
«Cuando empecé esto intuía que había mucha carne en el asador que asar. Esta cosa de escribir sin una finalidad me ha dado buen resultado. Cuando estaba escribiendo he mezclado historias sin respeto pero con pasión. Escribir, como buen manchego, es como tener una tinaja de la que sacas el tapón y empieza a fluir lo que hay dentro».
Hay una cosa un poco delincuente de apropiarte de lo que no te pertenece. Hay un acto de amor y un acto de ratilla
«Tenía la impresión de que tenía la novela dentro de mí. Siempre he sido así. Me di la licencia de que lo escribiera tendría carácter holístico, para eso es mi novela. Hay muchas citas que me han inspirado. Hay una cosa de amor y otra de morro. Lo coges y lo metes como si fuera tuyo. Lo he digerido y lo hago mío. No es caprichoso. Son fragmentos que funcionan siempre por sí mismos», admite al recordar los grandes nombres que le han iluminado el argumento ‘robado’.
«Esta novela es una declaración de amor a la palabra. Flavio quiere escribir pero no sabe. Todo es admirable porque es literatura. Mi protagonista coge todos los tópicos de un escritor, incluso vuelve a fumar y se da paseos. Pero la pulsión creadora fagocita tu propia vida, lo que implica mi vocación primera de escribir y la fascinación que me provoca el hecho de escribir. En un libro tienes más dominio para poder hacer disgresiones, en el cine es más difícil y más caro».
Urraca ha recordado que en muchas de sus películas hay personajes que quieren ser escritores, lo que abunda en la idea de Almodóvar que primero fue la escritura y luego el cine.
«Lo que hay y me maravilla es la pasión del fanático, del seguidor que no se resigna a que eso se termine. Las historias no terminan nunca, las continúa uno mismo».
«Hay una cosa un poco delincuente de apropiarte de lo que no te pertenece. Hay un acto de amor y un acto de ratilla», ha ironizado el director, quien ha levantado en muchos momentos los aplausos y las risas por sus comentarios, su humor reconocible, su inseguridad, también, cuando duda de sus párrafos y su proverbial facilidad para mezclar realidad y ficción, ahora en el papel.
El cineasta presenta ‘El hombre que solo escribía en los aviones’, un relato que mezcla sus referentes literarios con el humor y la pasión.
Aunque no necesita presentación, vamos a presentar (una vez más) a Pedro Almodóvar, (Calzada de Calatrava, 1949): no al cineasta más célebre de nuestro país, ni al escritor de relatos, ni al articulista, ni al crítico, ni al laureado personaje dentro y fuera de España. Con ustedes, llega el Pedro Almodóvar novelista, en conversación, además, con la editora Sabina Urraca. Los dos han conducido un debate sobre literatura y existencia, muy almodovariano, donde se pone a prueba el poder de la fanfiction, o sea, una historia de ficción escrita por fans que utilizan elementos de obras preexistentes. O sea, El hombre que solo escribía en los aviones, su debut novelesco.
«Yo escribo todos los días. No quiero imaginarme a mí mismo en el momento en que no tenga nada que contar. Es una buena práctica para que el futuro me encuentro ocupado». Frase antigua pero que sirve para entrar en este acto a dos, en un lugar tan idóneo para él como La Casa del Lector, en el Matadero de Madrid, con un público (entre ellos su hermano Agustín y familia, el actor Carlos Areces... sus fans más íntimos) que fue con ganas de aplaudir y aplaudió, incluso antes de empezar a hablar.
Almodóvar ha presentado su opera prima, El hombre que solo escribía en los aviones (Reservoir Books), que muchos verán, cuando la lean, como una especie de autorretrato. Con matices, claro: Flavio Guijarro lleva media vida reinventándose. Ha sido de todo (interiorista, sicólogo, músico, dibujante…), aficiones que ha ejercido sin brillantez. Hasta que le ofrecen acompañar a un actor en una promoción y hacerle de traductor. Viajando entre Madrid, Nueva York, Roma y París descubre que su vocación auténtica es la escritura, que le roba al sueño y que se convierte en una actividad febril, hasta que toca tierra de nuevo y su inspiración se extingue.
Lector pasional e incombustible desde que era un niño y leía de un tirón la enciclopedia que le compraron, antes de esta primera novela Almódovar publicó el libro de relatos El último sueño, Fuego en las entrañas y Patty Diphusa, una obra literaria que ya ha sido traducida a más de 30 idiomas. En su haber de tierno lector estaban Herman Hess y Francoise Sagan, gracias a la generosidad de sus hermanas.
Ahora le llega el turno a El hombre... que aunque pretende huir de lo autorreferencial, Flavio (quizás Almodóvar) cae en sus propias trampas; bloqueo, amores de amarga juventud, trasuntos de otros que están en el imaginario del escritor, desde Blade Runner, de Ridley Scott, al victoriano Henry James.

Entre las identidades prestadas para esta novela fanfiction están Roberto Bolaño, Fernando Pessoa, Susan Sontang, Vladimir Nabokov, Henry James, Colm Toibin y Joan Didion, nombres en mayúsculas que devora el propio Almodóvar. Gracias a ellos, a sus ‘prestamos’ a medida que la narración se abre en diversas direcciones emergen los argumentos del ideario del cineasta-novelista: el deseo, el fracaso, la pérdida, la relación entre arte y vida. La ansiedad de vivir y de escribir.
Cuando la empecé sabía que había mucha carne en el asador que asar
Urraca ha contado cómo se gestó este libro, que comenzó por un cuento que Almodóvar le mandó para que le diera su opinión de editora y escritora. Ella pensó que había mucho más que un relato breve en esa consulta. «Hoy es un libro veloz y barroco en los meandros de la creación, una novela poliédrica, un ejercicio de metaliteratura».
¿Por qué ahora esta ficción?: «Mi primera vocación fue literaria y de pintor. Nunca me senté con la idea de que algo se iba a convertir en una novela, o en un guion. Mi actitud es simplemente escribir. Escribo por entretenimiento. Lo que escrito está guardado en archivos y esas pequeñas piezas terminan encontrando un lugar».
«Cuando empecé esto intuía que había mucha carne en el asador que asar. Esta cosa de escribir sin una finalidad me ha dado buen resultado. Cuando estaba escribiendo he mezclado historias sin respeto pero con pasión. Escribir, como buen manchego, es como tener una tinaja de la que sacas el tapón y empieza a fluir lo que hay dentro».
Hay una cosa un poco delincuente de apropiarte de lo que no te pertenece. Hay un acto de amor y un acto de ratilla
» Tenía la impresión de que tenía la novela dentro de mí. Siempre he sido así. Me di la licencia de que lo escribiera tendría carácter holístico, para eso es mi novela. Hay muchas citas que me han inspirado. Hay una cosa de amor y otra de morro. Lo coges y lo metes como si fuera tuyo. Lo he digerido y lo hago mío. No es caprichoso. Son fragmentos que funcionan siempre por sí mismos», admite al recordar los grandes nombres que le han iluminado el argumento ‘robado’.
«Esta novela es una declaración de amor a la palabra. Flavio quiere escribir pero no sabe. Todo es admirable porque es literatura. Mi protagonista coge todos los tópicos de un escritor, incluye vuelve a fumar y se da paseos. Pero la pulsión creadora fagocita tu propia vida, lo que implica mi vocación primera de escribir y la fascinación que me provoca el hecho de escribir. En un libro tienes más dominio para poder hacer disgresiones, en el cine es más difícil y más caro, como la inseguridad».
Urraca ha recordado que en muchas de sus películas hay personajes que quieren ser escritores, lo que abunda en la idea de Almodóvar que primero fue la escritura y luego el cine.
«Lo que hay y me maravilla es la pasión del fanático, del seguidor que no se resigna a que eso se termine. Las historias no terminan nunca, las continúa uno mismo».
«Hay una cosa un poco delincuente de apropiarte de lo que no te pertenece. Hay un acto de amor y un acto de ratilla». Almodóvar ha levantado en muchos momentos los aplausos y las risas por sus comentarios y su proverbial facilidad para mezclar realidad y ficción.
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