Con una emoción a flor de piel y recuperada de los problemas de salud que la obligaron a cancelar su concierto en Milán (Italia), Rosalía salió este lunes al escenario del Movistar Arena de Madrid como una niña con zapatos nuevos. O, mejor dicho, estrenando zapatillas de ballet. «Hace mas de una década que vengo a Madrid y es una ciudad que quiero mucho», explicó a un público entregado al máximo.
Los aplausos que recibió en los primeros minutos hicieron que las lágrimas brotaran de sus ojos. Hacía cuatro años que la catalana no actuaba en el recinto y muchas cosas han pasado desde entonces, también en lo musical: ha cambiado la música reguetonera e industrial por la sinfónica y espiritual, se ha entregado a los idiomas y ha explorado el universo femenino. Su propuesta en escena es otra.
Rosalía respetó este lunes, en gran medida, el setlist planteado en los espectáculos de Francia y Suiza y abrió con Sexo, violencia y llantas y Reliquia. «Estoy muy feliz de estar aquí», lanzó a sus fans. Muchos hicieron gala del color blanco y de la estética mística, de los velos, las cruces, las perlas, las mantillas y los halos hechos con purpurina dorada. Había gente de Albacete, Murcia, Valencia, Málaga, Jaén… y hasta de México. «Nos quedamos sin entradas y nos organizamos para comprar las de aquí. En total nos ha costado 2.000 euros con vuelos y alojamiento incluidos«, explicaron algunos de ellos a 20minutos.
En las tablas, donde antes todo eran pregrabados y minimalismo, hubo Lux (luz) y decenas de bailarines arropando a la protagonista; la que antes estaba despechá –canción, por cierto, que desató la locura junto al remix de Berghain– y se mostraba inquieta por la ‘fama’, ahora le canta a Dios y va, como en uno de sus últimos temas, a ‘la yugular’. Y aún le quedan siete noches en España: otras tres en Madrid y cuatro en Barcelona.
Recitó los temas de su último disco tal como lo concibió: como si fuera una misa, una comunión con su público, cuyo primer éxtasis recayó en Mio Cristo Piange Diamanti, en italiano, pero universal, lo más cerca que ha podido estar de María Callas. Una voz que enmudeció a los presentes. Hubo algunas –pocas– concesiones al pasado, pero ahí estuvieron, seguidas, Saoko, La fama y La combi Versace, columna vertebral de Motomami, que enamoró y que sigue en el inconsciente colectivo. Para entonces ya vestía de negro, como requería el cambio de tercio, y había tenido un guiño muy apreciado a los «chulapos y chulapas». También tuvo su hueco, quizá por Semana Santa, El redentor, de su debut, Los Ángeles.
Otro de los momentos impactantes del concierto fue La perla, que contó con la colaboración sorpresa de la youtuber Soy una pringada, invitada al confesionario para contarle como prólogo sus penas de amor. Así, mientras la de San Esteban Sasroviras le leía durante la canción, supuestamente, la cartilla a su ex, Rauw Alejandro –extremo que nunca ha confirmado– el Movistar Arena se vino abajo. La voz de Rosalía seguía perfecta, lo que demostró con Sauvignon Blanc, que sonó justo después de confesar que tiene pocos vicios; se la dedicó a Eugenia, una seguidora que le gritó que su vicio era ella. «No me voy a olvidar de esta noche», diría poco después.
Su batidora musical le llevó a explayarse también en una ‘rumba del perdón’ que anticipó la muy electrónica CUUUUuuuuuute: no había este lunes límites para una estrella que desató una enajenación colectiva con Bizcochito y Despechá. No sonaron algunos de sus hits, ni Pienso en tu mirá ni Catalina ni Chicken Teriyaki. Pero fue igual. Además de una versión de Can’t Take My Eyes off You, Rosalía decidió meter en su repertorio otra de la cantante canadiense Alanis Morissette, Thank you, que dejó a sus fans con los ojos abiertos. Se despidió, como mandan los cánones, con Magnolias. No dijo adiós, quizá porque este fue solo un hola a España dentro de un tour especial: el de una cantante en su mejor momento.
La artista desata la locura en el Movistar Arena de Madrid ante unos seguidores entregados y repasa los éxitos de su último disco
Con una emoción a flor de piel y recuperada de los problemas de salud que la obligaron a cancelar su concierto en Milán (Italia), Rosalía salió este lunes al escenario del Movistar Arena de Madrid como una niña con zapatos nuevos. O, mejor dicho, estrenando zapatillas de ballet. «Hace mas de una década que vengo a Madrid y es una ciudad que quiero mucho», explicó a un público entregado al máximo.
Los aplausos que recibió en los primeros minutos hicieron que las lágrimas brotaran de sus ojos. Hacía cuatro años que la catalana no actuaba en el recinto y muchas cosas han pasado desde entonces, también en lo musical: ha cambiado la música reguetonera e industrial por la sinfónica y espiritual, se ha entregado a los idiomas y ha explorado el universo femenino. Su propuesta en escena es otra.
Rosalía respetó este lunes, en gran medida, el setlist planteado en los espectáculos de Francia y Suiza y abrió con Sexo, violencia y llantas y Reliquia. «Estoy muy feliz de estar aquí», lanzó a sus fans. Muchos hicieron gala del color blanco y de la estética mística, de los velos, las cruces, las perlas, las mantillas y los halos hechos con purpurina dorada. Había gente de Albacete, Murcia, Valencia, Málaga, Jaén… y hasta de México. «Nos quedamos sin entradas y nos organizamos para comprar las de aquí. En total nos ha costado 2.000 euros con vuelos y alojamiento incluidos«, explicaron algunos de ellos a 20minutos.
En las tablas, donde antes todo eran pregrabados y minimalismo, hubo Lux (luz) y decenas de bailarines arropando a la protagonista; la que antes estaba despechá –canción, por cierto, que desató la locura junto al remix de Berghain– y se mostraba inquieta por la ‘fama’, ahora le canta a Dios y va, como en uno de sus últimos temas, a ‘la yugular’. Y aún le quedan siete noches en España: otras tres en Madrid y cuatro en Barcelona.
Recitó los temas de su último disco tal como lo concibió: como si fuera una misa, una comunión con su público, cuyo primer éxtasis recayó en Mio Cristo Piange Diamanti, en italiano, pero universal, lo más cerca que ha podido estar de María Callas. Una voz que enmudeció a los presentes. Hubo algunas –pocas– concesiones al pasado, pero ahí estuvieron, seguidas, Saoko, La fama y La combi Versace, columna vertebral de Motomami, que enamoró y que sigue en el inconsciente colectivo. Para entonces ya vestía de negro, como requería el cambio de tercio, y había tenido un guiño muy apreciado a los «chulapos y chulapas». También tuvo su hueco, quizá por Semana Santa, El redentor, de su debut, Los Ángeles.
Otro de los momentos impactantes del concierto fue La perla, que contó con la colaboración sorpresa de la youtuber Soy una pringada, invitada al confesionario para contarle como prólogo sus penas de amor. Así, mientras la de San Esteban Sasroviras le leía durante la canción, supuestamente, la cartilla a su ex, Rauw Alejandro –extremo que nunca ha confirmado– el Movistar Arena se vino abajo. La voz de Rosalía seguía perfecta, lo que demostró con Sauvignon Blanc, que sonó justo después de confesar que tiene pocos vicios; se la dedicó a Eugenia, una seguidora que le gritó que su vicio era ella. «No me voy a olvidar de esta noche», diría poco después.
Su batidora musical le llevó a explayarse también en una ‘rumba del perdón’ que anticipó la muy electrónica CUUUUuuuuuute: no había este lunes límites para una estrella que desató una enajenación colectiva con Bizcochito y Despechá. No sonaron algunos de sus hits, ni Pienso en tu mirá ni Catalina ni Chicken Teriyaki. Pero fue igual. Además de una versión de Can’t Take My Eyes off You, Rosalía decidió meter en su repertorio otra de la cantante canadiense Alanis Morissette, Thank you, que dejó a sus fans con los ojos abiertos. Se despidió, como mandan los cánones, con Magnolias. No dijo adiós, quizá porque este fue solo un hola a España dentro de un tour especial: el de una cantante en su mejor momento.
20MINUTOS.ES – Cultura
