¿Buscas algún límite? Yo no, disfruto con esta edición de La Cúpula, Tedward de Josh Pettinger, una obra plena de mala simientes y líneas euclídeas, pero cuanto más ángulos rectos dentro de las viñetas, más posibilidades hay que se aparezca el delirio en forma de mugre. Un autor británico con alma de americano salvaje, el humor extraño y crudo de Pettinger recuerda, con su personaje y sus compañeros al nadador de John Cheever en una fiesta de líquidos íntimos. Leo Tedward y vuelvo, otra vez, a mis tiempos leyendo el Monográfico en garitos de garrafón y fanzines. Y eso es bueno.
Relatos cortos con un punto de fuga tan académico que asusta: franquiciado de sexo turbio en un esquema Ponzi donde el hedor se mezcla al negro alquitrán que es el líquido/sudor de un Parque de Atracciones. La máquina blanda de William S. Burroughs. Madre e hijo, calcetines acartonados, un sótano de lavadoras, pantalones sexuales, probadores de profilácticos: «Los sombreros para el soldadito» ¿Existe algún camino? En el puñado de viñetas, se intuye el botón del pánico de la vida. ¿Qué hacer después de todo aquello, en el parking? Hasta aquí.
La canción, Fly me to the moon. El soltero más deseado de América. Contrato de confidencialidad para una cita de Tinder. Cuando alguien se burla de todo, no sabes quién es Dave Rubin. La derecha extrema, el pasado y el futuro se confunden en un mundo sin referentes. De pronto, hacia atrás, como una escena de The Office, cambiando la bolera por una pista de patinaje. Y la violencia. Y el olor a pino, la sangre, todo artificial, como las flores. Rosas y sexo, mundo patín, tiendas y látex.
Cruzar la calle con una amiga de tu madre. Eyacular. El éxtasis del paso de cebra. La historia de la televisión caliente, las monedas canadienses, es la cumbre del volumen. Sumergirse en las distopías analógicas de George Saunders, un presente retardado, viñetas de autismo emocional, un proyecto de amor sostenido por reposiciones en blanco y negro. Y ojo a la viñeta, página completa, los carteles de los Corey, Lisence to drive («Papá Cadillac» en España, de 1988) con los Corey, con Haim y Feldman, los chicos perdidos, dueños de una tienda de tebeos, vampiros devorados por la pasta base y el sueño americano. Aunque Haim era canadiense. Como las monedas.
Piedras candentes, playa atómica, de un vertido oscuro, pútrido delirio de motos de baja cilindrada, un personaje siniestro llamado Kelly Kapowski (sí, lo sé, sé que os suena, salvados por la campana, Dustin Diamond como Samuel «Screech» Powers. Y su cinta para adultos, Tiffani Amber Thiessen), blanco, calvo, depravado: palomitas y ruibarbos en un mundo enfermo. Sin solución. La violencia en la narrativa, con sus saltos, abnegando de esquizoide profundidad que hace de este tebeo una obra sobresaliente. Asusta y seduce.
El final de Isla Tracy cierra un polígono imperfecto y seductor, de papel maché, cuerpos fofos, delirios y dioramas. Una sociedad claustrofóbica con olor a pegamento barato y que amasa una violencia que escapa de las medidas usuales. Es todo irónico, extraño, al borde del punto de no retorno, pero he de admitir, que no he podido dejar de mirar en ningún momento. Brenna, bosques asmáticos, imaginería de un futurismo sórdido.
Una sociedad que cambia de lugar los ejes de referencia: «Este tipo de violencia no va con el espíritu del papel maché».
Todo vale, el final, ¿o es el comienzo? Pulp, ciencia ficción, la soledad con orden, la felicidad es la ausencia de incertidumbre, aunque eso ahuyente, explícitamente, la libertad. Es eso la cárcel, es eso el blues del ruibarbo: «Me gusta bastante estar aquí… me dicen cuándo comer, cuándo dormir. Fuera de aquí todo es extraño y confuso». Un blues del ruibarbo mezclado con la sinfonía sórdida de un mundo que tienta, que te atrapa, que desmenuza al hombre entre sus dedos. Tedward, una oda a los romances chapuceros, la vida como sinónimo de catástrofe y, como os he dicho antes, nadie sabe muy bien si hemos tirado o no el libro de instrucciones.
Romances chapuceros, la vida como catástrofe, Tedward de Josh Pettinger
¿Buscas algún límite? Yo no, disfruto con esta edición de La Cúpula, Tedward de Josh Pettinger, una obra plena de mala simientes y líneas euclídeas, pero cuanto más ángulos rectos dentro de las viñetas, más posibilidades hay que se aparezca el delirio en forma de mugre. Un autor británico con alma de americano salvaje, el humor extraño y crudo de Pettinger recuerda, con su personaje y sus compañeros al nadador de John Cheever en una fiesta de líquidos íntimos. Leo Tedward y vuelvo, otra vez, a mis tiempos leyendo el Monográfico en garitos de garrafón y fanzines. Y eso es bueno.

Relatos cortos con un punto de fuga tan académico que asusta: franquiciado de sexo turbio en un esquema Ponzi donde el hedor se mezcla al negro alquitrán que es el líquido/sudor de un Parque de Atracciones. La máquina blanda de William S. Burroughs. Madre e hijo, calcetines acartonados, un sótano de lavadoras, pantalones sexuales, probadores de profilácticos: «Los sombreros para el soldadito» ¿Existe algún camino? En el puñado de viñetas, se intuye el botón del pánico de la vida. ¿Qué hacer después de todo aquello, en el parking? Hasta aquí.

La canción, Fly me to the moon. El soltero más deseado de América. Contrato de confidencialidad para una cita de Tinder. Cuando alguien se burla de todo, no sabes quién es Dave Rubin. La derecha extrema, el pasado y el futuro se confunden en un mundo sin referentes. De pronto, hacia atrás, como una escena de The Office, cambiando la bolera por una pista de patinaje. Y la violencia. Y el olor a pino, la sangre, todo artificial, como las flores. Rosas y sexo, mundo patín, tiendas y látex.
Cruzar la calle con una amiga de tu madre. Eyacular. El éxtasis del paso de cebra. La historia de la televisión caliente, las monedas canadienses, es la cumbre del volumen. Sumergirse en las distopías analógicas de George Saunders, un presente retardado, viñetas de autismo emocional, un proyecto de amor sostenido por reposiciones en blanco y negro. Y ojo a la viñeta, página completa, los carteles de los Corey, Lisence to drive («Papá Cadillac» en España, de 1988) con los Corey, con Haim y Feldman, los chicos perdidos, dueños de una tienda de tebeos, vampiros devorados por la pasta base y el sueño americano. Aunque Haim era canadiense. Como las monedas.

Piedras candentes, playa atómica, de un vertido oscuro, pútrido delirio de motos de baja cilindrada, un personaje siniestro llamado Kelly Kapowski (sí, lo sé, sé que os suena, salvados por la campana, Dustin Diamond como Samuel «Screech» Powers. Y su cinta para adultos, Tiffani Amber Thiessen), blanco, calvo, depravado: palomitas y ruibarbos en un mundo enfermo. Sin solución. La violencia en la narrativa, con sus saltos, abnegando de esquizoide profundidad que hace de este tebeo una obra sobresaliente. Asusta y seduce.
El final de Isla Tracy cierra un polígono imperfecto y seductor, de papel maché, cuerpos fofos, delirios y dioramas. Una sociedad claustrofóbica con olor a pegamento barato y que amasa una violencia que escapa de las medidas usuales. Es todo irónico, extraño, al borde del punto de no retorno, pero he de admitir, que no he podido dejar de mirar en ningún momento. Brenna, bosques asmáticos, imaginería de un futurismo sórdido.
Una sociedad que cambia de lugar los ejes de referencia: «Este tipo de violencia no va con el espíritu del papel maché».
Todo vale, el final, ¿o es el comienzo? Pulp, ciencia ficción, la soledad con orden, la felicidad es la ausencia de incertidumbre, aunque eso ahuyente, explícitamente, la libertad. Es eso la cárcel, es eso el blues del ruibarbo: «Me gusta bastante estar aquí… me dicen cuándo comer, cuándo dormir. Fuera de aquí todo es extraño y confuso». Un blues del ruibarbo mezclado con la sinfonía sórdida de un mundo que tienta, que te atrapa, que desmenuza al hombre entre sus dedos. Tedward, una oda a los romances chapuceros, la vida como sinónimo de catástrofe y, como os he dicho antes, nadie sabe muy bien si hemos tirado o no el libro de instrucciones.
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