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  VozCultural  Treinta años de ‘Omega’, el «golpe de Estado» de Enrique Morente y Lagartija Nick: «No es solo un disco, es una lucha»
VozCultural

Treinta años de ‘Omega’, el «golpe de Estado» de Enrique Morente y Lagartija Nick: «No es solo un disco, es una lucha»

30 de junio de 2026
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Parecía un novísimo don nadie más que un maestro: era rechazado por cada discográfica a la que presentaba el proyecto, daba igual que su nombre ya estuviera labrado en el pan de oro del flamenco. Que no tenía coherencia, decían; que aquello ni era flamenco, ni era rock, ni era un proyecto viable ni tenía futuro; que mejor sería no sacarlo y, como dijo Camarón después de las críticas por La leyenda del tiempo, apostar por las palmitas y la garganta. Pensaron que el disco estaba maldito, pero el maestro era un agraciado cabezón y lo sacó adelante gracias a El Europeo, un pequeño sello discográfico que le compró el invento. El maestro era Enrique Morente y su proyecto, Omega, el imprescindible disco que fusionó el flamenco y el rock gracias a Lagartija Nick para convertir su música en un insomnio onírico por el que nadie quiere dormir: las iguanas vivas llevan treinta años mordiendo a los hombres que sueñan despiertos con aquel milagro parido en Granada.

«La movida es que no envejece. Sigue dialogando con nosotros, con el público», explica Antonio Arias, de Lagartija Nick, en una conversación con 20minutos. El grupo musical, coautor junto al maestro de Omega, estuvo ahí, codo con codo, cocinando aquel disco que parecía maldito, que fue más fruto de la obstinación psicodélica de fusionar las letras de Cohen y los poemas de Lorca, empañándolo todo con un mestizaje de rock y flamenco muy duramente juzgado en la época, que de un movimiento lógico en la industria. Sin embargo, el pasar de los años les ha dado la razón: «Hace no tanto, en una tienda de discos de Granada, me dijeron que seguía siendo el más vendido cada semana. Esa vocación de universal lo tiene por su enraizamiento: aparentemente, es local, pero deviene en global. Juega en otra liga, esa es la verdad», continúa Arias.

Para entender Omega, o para entender lo que en su momento supuso, hay que hacer un ejercicio de transubstanciación temporal y viajar a su génesis, a esos mediados de los años noventa en los que Europa roneaba a los españoles para convencernos de que éramos de los suyos, de que podíamos formar parte de una gran unión, de que éramos también modernos y diletantes del progreso. Todo cambiaba rápido, también las estructuras culturales, y España se enfrentaba a una crisis de identidad musical: ¿cómo debía ser nuestra industria?, ¿cómo debía ser el sonido que exportáramos?, ¿qué modelo de negocio aceptaríamos como propio? Y ahí llegó Omega para trastocar, o al menos cuestionar, las reglas del juego del producto.

«Desafió todo el establishment del momento. Cuando se estructuraba la idea de cómo debía ser la música en el país, de cómo debíamos desarrollarnos para ser o parecer más europeos, este disco se convierte en algo mundial que desafía al sistema», continúa Antonio Arias. «Busca crear una escena propia, no imitar la escena comercial que tanta visibilidad tenía. Es un golpe de estado en sí mismo. Cambió la forma, no solo nuestra, de mirar la música y el negocio. Cambió nuestra manera de relacionarnos con las compañías de discos, con el público, con todo. Teníamos que empezar a fijarnos en nosotros mismos. Qué estábamos convocando, a quiénes estábamos convocando y por qué lo estábamos convocando a través de esta experiencia tan personal».

La prueba es que este golpe de estado musical sigue vivo treinta años después. Tanto, que Lagartija Nick y Kiki Morente, hijo del maestro granadino, se embarcarán en una gira por España para acercar Omega a viejos súbditos y jóvenes conversos; una gira que se ha tenido que posponer para que Antonio Arias pudiera recuperarse de una operación de riñón: «Lo que me ha pasado es muy propio de Omega», comenta entre risas, refiriéndose al malditismo que siempre rodeó al disco.

«Aportar, no sé; no lo veo como una aportación, sino más una traducción a la gente joven», responde ahora Kiki Morente, quien se sumerge en la conversación cuando se le pregunta por la sustitución que hará de su desaparecido padre. No en la memoria colectiva de los fans, porque eso es imposible, pero sí en esta gira. «En aquel momento, aparte de ser una declaración de intenciones, fue un milagro porque salvó a gente. Muchos de los que se rompieron la cabeza con el proyecto acabaron agradecidos de haberlo entendido para abrirse en sus carreras y sus mentes. Ahora intento acercárselo a los jóvenes, refrescarlo… por eso está teniendo tan buena aceptación. Como nunca envejece, mucha gente lo mantiene tan vivo como al principio”, continúa. “Haré alguna que otra aportación, pero a ver quién aporta ahí. Algunos matices de llevarme a mi registro las cosas, pero me gusta tanto cómo lo canta mi padre, que intento cantarlo como él”.

Sin embargo, y pese al éxito que mantiene al proyecto con vida en tantas casas de flamencos ilusorios, en tantos reproductores plagados de melancolía de los rockeros, Omega es indivisible de su propia época y su edad. ¿Sería posible publicar un disco como este hoy en día?, ¿causaría acaso el mismo efecto? «Si saliese ahora, no sé cómo sería, pero apuesto a que algo también muy rompedor y llamativo. Está tan bien hecho y es tan único, es tan personal y tiene tanta identidad…», afirma Kiki Morente.

«No lo sé», se pregunta Antonio. «Tendría que ser una fórmula distinta, que nos sorprendiese. Todo lo que venga de una imitación va a ser difícil. ¿Qué es lo que se pretendería imitar? ¿La profundidad, las antenas y hacia dónde estaban enfocadas? ¿El universo que miraba? ¿El éxito que representó? Porque el éxito que representó también está en la lucha que significó. No es solo un disco, es la lucha de los años posteriores. Picando piedra, convenciendo a la gente, ¡preguntándonos dónde estaba la gente! Lo que nos rodeaba nos incitaba a abandonar, pero la llamada interior nos buscaba el camino más combativo”.

El éxito, cuenta Antonio, no fue ni mucho menos inmediato: «El disco en sí es una cosa y la lucha por él fue otra. Aquí en España no nos contrataban. Ni mucho, ni poco: nada. Sobrevivíamos por los conciertos que Enrique tenía, suyos, en Europa. Podíamos tocarlo en Amberes, en París, en Córcega, donde la gente no pillaba ni papa, pero era el público que teníamos y con el que testeábamos el disco. Aquí, nada. Volvías de haber llenado París y ni te daban los buenos días«.

Mientras cierto reconocimiento se vislumbraba fuera, la industria entera, también el público, recibía con la antipatía del nuevo milenio el disco; y no solo los flamencos puristas, sino también los rockeros que cuestionaban el proyecto, que no lo entendían, que lo veían como un cabezazo histriónico al muro de un sonido tan ejemplarmente levantado. Pero el tiempo, apoyado en la cabezonería de Enrique Morente y Lagartija Nick, encauzó por la rivera correcta este milagro.

«Empezamos a ver reconocimiento en España en el Espárrago Rock del 98«, prosigue el alma máter de Lagartija. «El disco no estaba vendiendo mal, pero nadie lo criticaba bien. Era todo muy confuso. Cuando vimos en aquel ocaso del sol a tantísima gente disfrutar del disco y las canciones, lo entendimos. Se le encendió la luz a Enrique y dijo: ‘tío, hemos estado obsesionados en plasmarlo a lo pequeño, a nuestro entorno, pero la gente está aquí y lo disfruta; ellos son los que necesitan este disco y nosotros lo necesitamos a ellos’. Aquella fue la luz. Aquella puesta de sol tocando aquellas canciones».

Y vinieron el éxito y el reconocimiento, y la elevación hacia unos altares aún más inmensos a quien ya era un genio del cante jondo. Enrique Morente, el autor de Sacromonte, el intérprete místico y misterioso de Aunque es de noche. La leyenda viva, el maestro de los maestros, el compungido de los ojos hinchados que había decidido poner un punto y seguido a su carrera para construirse también desde la renovación. Una decisión que podía marcar, y marcaría, su pasado y su presente.

«Mi padre era un hombre que quería mucho a todos sus trabajos», cuenta Kiki. «Este fue tan importante en su carrera que todo el mundo le decía: ‘Enrique, es que no sé qué de tu disco Omega’, y el respondía: ‘Espérate, que tengo también otros proyectos, no solo este’. Le había costado mucho llegar hasta ahí. Cuando Enrique ya se abre, ¿cuánto habría cantado? Nunca presumía ni le gustaba hacer un análisis exagerado del disco, pero lo consideraba su trabajo más divertido».

Podía haber muchos más trabajos, pero aquello era arrollador, tan estrambótico en su éxito que ponía contra las cuerdas la trayectoria también de Lagartija Nick, una banda que podía lucir como galones en su solapa de Inercia y Su, quizá dos de los álbumes más influyentes de los noventa; Omega estaba arrasando con todo, pero, al menos a Antonio, no le importaba: «Recuerdo una vez, en alguna entrevista, que nos preguntaron si no estábamos hartos de que con la cantidad de trabajos que teníamos en la espalda nada más que nos hablaran del Omega, y Enrique me dijo después: ‘pero, Antoñico, este parece que les gusta. Sacamos discos todos los años y nadie se acuerda del título, pero este parece que sí’. Todos tenemos una motivación artística que nos mantiene vivos y por la que editamos trabajos que son muy importantes para nosotros. Pero Omega trabaja en otra liga, busca otra dirección, busca al mundo y el mundo se reconoce en él. Este álbum me posibilitó conocer a Leonard Cohen y hacernos una foto, cosa por la que mis amigos más punkis darían un brazo. Todo lo que nos aporta y aportará es lo suficientemente bueno como para perdonar el olvido de la gente sobre otros trabajos. Es la verdad».

Y ahora, treinta años después, Lagartija y Morente, Antonio y Kiki, volverán a esos mismos escenarios sobre los que humanamente no se pudo hacer entender una obra que el tiempo se encargó de engalanar como un mito. Recorrerán varias ciudades con su propuesta, como Valencia, Madrid o Granada, para tocar el álbum entero. Para la mayoría de las fechas, no quedan entradas disponibles.

—Una última pregunta, Antonio. En estos treinta años, ¿habéis descubierto qué víscera agitasteis para hacer un álbum así?

—Es difícil saberlo, incluso después de tanto tiempo. Nos metimos tanto, nos quedamos tan cegados por el aspecto creativo que incluso para nosotros es un disco interrumpido. Si no nos lo llegan a quitar de las manos, seguiríamos trabajando en él; en los aspectos lorquianos, en cómo buscamos la musicalidad. Es una cosa muy pueril, ¿cómo buscamos la musicalidad de Lorca y se nos devuelve a nosotros mismos? La pregunta era dónde estaba el límite; dónde está el límite de este universo, por qué océanos vamos a caer desparramados. Aquel disco fue una crisis. En su momento, no nos fijamos tanto en tocar el disco completo, pero ahora sí; ahora estamos frente a frente con el disco y nos damos cuenta de que es algo muy serio. Kiki no está supliendo a nadie, está incorporando todo el bagaje que trae desde niño con lo que sabe por sus propias obras. Nos estamos mirando frente a frente de nuevo y creo que esa es la mirada del álbum. Mirarse frente a frente. Travestirse. Ser el uno el otro, y viceversa. Ser flamencos los rockeros; los rockeros, flamencos. ¿Qué es todo esto en realidad? Esas preguntas seguirán flotando en el ambiente y darán vida infinita al disco.

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 Entrevista a Antonio Arias, de Lagartija Nick, y Kiki Morente, hijo del maestro Enrique Morente, quienes tocarán el legendario Omega en una gira por España  

Parecía un novísimo don nadie más que un maestro: era rechazado por cada discográfica a la que presentaba el proyecto, daba igual que su nombre ya estuviera labrado en el pan de oro del flamenco. Que no tenía coherencia, decían; que aquello ni era flamenco, ni era rock, ni era un proyecto viable ni tenía futuro; que mejor sería no sacarlo y, como dijo Camarón después de las críticas por La leyenda del tiempo, apostar por las palmitas y la garganta. Pensaron que el disco estaba maldito, pero el maestro era un agraciado cabezón y lo sacó adelante gracias a El Europeo, un pequeño sello discográfico que le compró el invento. El maestro era Enrique Morente y su proyecto, Omega, el imprescindible disco que fusionó el flamenco y el rock gracias a Lagartija Nick para convertir su música en un insomnio onírico por el que nadie quiere dormir: las iguanas vivas llevan treinta años mordiendo a los hombres que sueñan despiertos con aquel milagro parido en Granada.

«La movida es que no envejece. Sigue dialogando con nosotros, con el público», explica Antonio Arias, de Lagartija Nick, en una conversación con 20minutos. El grupo musical, coautor junto al maestro de Omega, estuvo ahí, codo con codo, cocinando aquel disco que parecía maldito, que fue más fruto de la obstinación psicodélica de fusionar las letras de Cohen y los poemas de Lorca, empañándolo todo con un mestizaje de rock y flamenco muy duramente juzgado en la época, que de un movimiento lógico en la industria. Sin embargo, el pasar de los años les ha dado la razón: «Hace no tanto, en una tienda de discos de Granada, me dijeron que seguía siendo el más vendido cada semana. Esa vocación de universal lo tiene por su enraizamiento: aparentemente, es local, pero deviene en global. Juega en otra liga, esa es la verdad», continúa Arias.

Para entender Omega, o para entender lo que en su momento supuso, hay que hacer un ejercicio de transubstanciación temporal y viajar a su génesis, a esos mediados de los años noventa en los que Europa roneaba a los españoles para convencernos de que éramos de los suyos, de que podíamos formar parte de una gran unión, de que éramos también modernos y diletantes del progreso. Todo cambiaba rápido, también las estructuras culturales, y España se enfrentaba a una crisis de identidad musical: ¿cómo debía ser nuestra industria?, ¿cómo debía ser el sonido que exportáramos?, ¿qué modelo de negocio aceptaríamos como propio? Y ahí llegó Omega para trastocar, o al menos cuestionar, las reglas del juego del producto.

«Desafió todo el establishment del momento. Cuando se estructuraba la idea de cómo debía ser la música en el país, de cómo debíamos desarrollarnos para ser o parecer más europeos, este disco se convierte en algo mundial que desafía al sistema», continúa Antonio Arias. «Busca crear una escena propia, no imitar la escena comercial que tanta visibilidad tenía. Es un golpe de estado en sí mismo. Cambió la forma, no solo nuestra, de mirar la música y el negocio. Cambió nuestra manera de relacionarnos con las compañías de discos, con el público, con todo. Teníamos que empezar a fijarnos en nosotros mismos. Qué estábamos convocando, a quiénes estábamos convocando y por qué lo estábamos convocando a través de esta experiencia tan personal».

La prueba es que este golpe de estado musical sigue vivo treinta años después. Tanto, que Lagartija Nick y Kiki Morente, hijo del maestro granadino, se embarcarán en una gira por España para acercar Omega a viejos súbditos y jóvenes conversos; una gira que se ha tenido que posponer para que Antonio Arias pudiera recuperarse de una operación de riñón: «Lo que me ha pasado es muy propio de Omega», comenta entre risas, refiriéndose al malditismo que siempre rodeó al disco.

«Aportar, no sé; no lo veo como una aportación, sino más una traducción a la gente joven», responde ahora Kiki Morente, quien se sumerge en la conversación cuando se le pregunta por la sustitución que hará de su desaparecido padre. No en la memoria colectiva de los fans, porque eso es imposible, pero sí en esta gira. «En aquel momento, aparte de ser una declaración de intenciones, fue un milagro porque salvó a gente. Muchos de los que se rompieron la cabeza con el proyecto acabaron agradecidos de haberlo entendido para abrirse en sus carreras y sus mentes. Ahora intento acercárselo a los jóvenes, refrescarlo… por eso está teniendo tan buena aceptación. Como nunca envejece, mucha gente lo mantiene tan vivo como al principio”, continúa. “Haré alguna que otra aportación, pero a ver quién aporta ahí. Algunos matices de llevarme a mi registro las cosas, pero me gusta tanto cómo lo canta mi padre, que intento cantarlo como él”.

Lagartija Nick y Kiki Morente en el local de ensayo de Granada donde están preparando la nueva gira de 'Omega'
Lagartija Nick y Kiki Morente en el local de ensayo de Granada donde están preparando la nueva gira de ‘Omega’Elias Fersan

Sin embargo, y pese al éxito que mantiene al proyecto con vida en tantas casas de flamencos ilusorios, en tantos reproductores plagados de melancolía de los rockeros, Omega es indivisible de su propia época y su edad. ¿Sería posible publicar un disco como este hoy en día?, ¿causaría acaso el mismo efecto? «Si saliese ahora, no sé cómo sería, pero apuesto a que algo también muy rompedor y llamativo. Está tan bien hecho y es tan único, es tan personal y tiene tanta identidad…», afirma Kiki Morente.

«No lo sé», se pregunta Antonio. «Tendría que ser una fórmula distinta, que nos sorprendiese. Todo lo que venga de una imitación va a ser difícil. ¿Qué es lo que se pretendería imitar? ¿La profundidad, las antenas y hacia dónde estaban enfocadas? ¿El universo que miraba? ¿El éxito que representó? Porque el éxito que representó también está en la lucha que significó. No es solo un disco, es la lucha de los años posteriores. Picando piedra, convenciendo a la gente, ¡preguntándonos dónde estaba la gente! Lo que nos rodeaba nos incitaba a abandonar, pero la llamada interior nos buscaba el camino más combativo”.

El éxito, cuenta Antonio, no fue ni mucho menos inmediato: «El disco en sí es una cosa y la lucha por él fue otra. Aquí en España no nos contrataban. Ni mucho, ni poco: nada. Sobrevivíamos por los conciertos que Enrique tenía, suyos, en Europa. Podíamos tocarlo en Amberes, en París, en Córcega, donde la gente no pillaba ni papa, pero era el público que teníamos y con el que testeábamos el disco. Aquí, nada. Volvías de haber llenado París y ni te daban los buenos días«.

Mientras cierto reconocimiento se vislumbraba fuera, la industria entera, también el público, recibía con la antipatía del nuevo milenio el disco; y no solo los flamencos puristas, sino también los rockeros que cuestionaban el proyecto, que no lo entendían, que lo veían como un cabezazo histriónico al muro de un sonido tan ejemplarmente levantado. Pero el tiempo, apoyado en la cabezonería de Enrique Morente y Lagartija Nick, encauzó por la rivera correcta este milagro. 

«Empezamos a ver reconocimiento en España en el Espárrago Rock del 98«, prosigue el alma máter de Lagartija. «El disco no estaba vendiendo mal, pero nadie lo criticaba bien. Era todo muy confuso. Cuando vimos en aquel ocaso del sol a tantísima gente disfrutar del disco y las canciones, lo entendimos. Se le encendió la luz a Enrique y dijo: ‘tío, hemos estado obsesionados en plasmarlo a lo pequeño, a nuestro entorno, pero la gente está aquí y lo disfruta; ellos son los que necesitan este disco y nosotros lo necesitamos a ellos’. Aquella fue la luz. Aquella puesta de sol tocando aquellas canciones».

Y vinieron el éxito y el reconocimiento, y la elevación hacia unos altares aún más inmensos a quien ya era un genio del cante jondo. Enrique Morente, el autor de Sacromonte, el intérprete místico y misterioso de Aunque es de noche. La leyenda viva, el maestro de los maestros, el compungido de los ojos hinchados que había decidido poner un punto y seguido a su carrera para construirse también desde la renovación. Una decisión que podía marcar, y marcaría, su pasado y su presente.

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«Mi padre era un hombre que quería mucho a todos sus trabajos», cuenta Kiki. «Este fue tan importante en su carrera que todo el mundo le decía: ‘Enrique, es que no sé qué de tu disco Omega’, y el respondía: ‘Espérate, que tengo también otros proyectos, no solo este’. Le había costado mucho llegar hasta ahí. Cuando Enrique ya se abre, ¿cuánto habría cantado? Nunca presumía ni le gustaba hacer un análisis exagerado del disco, pero lo consideraba su trabajo más divertido».

Podía haber muchos más trabajos, pero aquello era arrollador, tan estrambótico en su éxito que ponía contra las cuerdas la trayectoria también de Lagartija Nick, una banda que podía lucir como galones en su solapa de Inercia y Su, quizá dos de los álbumes más influyentes de los noventa; Omega estaba arrasando con todo, pero, al menos a Antonio, no le importaba: «Recuerdo una vez, en alguna entrevista, que nos preguntaron si no estábamos hartos de que con la cantidad de trabajos que teníamos en la espalda nada más que nos hablaran del Omega, y Enrique me dijo después: ‘pero, Antoñico, este parece que les gusta. Sacamos discos todos los años y nadie se acuerda del título, pero este parece que sí’. Todos tenemos una motivación artística que nos mantiene vivos y por la que editamos trabajos que son muy importantes para nosotros. Pero Omega trabaja en otra liga, busca otra dirección, busca al mundo y el mundo se reconoce en él. Este álbum me posibilitó conocer a Leonard Cohen y hacernos una foto, cosa por la que mis amigos más punkis darían un brazo. Todo lo que nos aporta y aportará es lo suficientemente bueno como para perdonar el olvido de la gente sobre otros trabajos. Es la verdad».

Y ahora, treinta años después, Lagartija y Morente, Antonio y Kiki, volverán a esos mismos escenarios sobre los que humanamente no se pudo hacer entender una obra que el tiempo se encargó de engalanar como un mito. Recorrerán varias ciudades con su propuesta, como Valencia, Madrid o Granada, para tocar el álbum entero. Para la mayoría de las fechas, no quedan entradas disponibles.

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—Es difícil saberlo, incluso después de tanto tiempo. Nos metimos tanto, nos quedamos tan cegados por el aspecto creativo que incluso para nosotros es un disco interrumpido. Si no nos lo llegan a quitar de las manos, seguiríamos trabajando en él; en los aspectos lorquianos, en cómo buscamos la musicalidad. Es una cosa muy pueril, ¿cómo buscamos la musicalidad de Lorca y se nos devuelve a nosotros mismos? La pregunta era dónde estaba el límite; dónde está el límite de este universo, por qué océanos vamos a caer desparramados. Aquel disco fue una crisis. En su momento, no nos fijamos tanto en tocar el disco completo, pero ahora sí; ahora estamos frente a frente con el disco y nos damos cuenta de que es algo muy serio. Kiki no está supliendo a nadie, está incorporando todo el bagaje que trae desde niño con lo que sabe por sus propias obras. Nos estamos mirando frente a frente de nuevo y creo que esa es la mirada del álbum. Mirarse frente a frente. Travestirse. Ser el uno el otro, y viceversa. Ser flamencos los rockeros; los rockeros, flamencos. ¿Qué es todo esto en realidad? Esas preguntas seguirán  flotando en el ambiente y darán vida infinita al disco.

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