La actriz Mariam Bustos (24 años) está exponiendo su vida en un local a pie de calle muy cerca de Atocha. Se ha encerrado allí durante quince días, sin móvil, en un reto que tiene algo de artístico pero también alcanza lo personal, para poner a prueba sus capacidades. A través de tres grandes ventanales podemos ver un colchón en el suelo, alguna silla, materiales para pintar, una planta, un espejo… La experiencia lleva por título Te doy mi vida.
Si viviéramos en Países Bajos no resultaría tan extraño, porque en aquel país son aficionados a mostrar sus domicilios sin rubor a los transeúntes. Lo de las cortinas no va con ellos y de las persianas ya ni hablamos. Posiblemente sea un rasgo del hogar clásico protestante que se vanagloriaba de no tener nada que ocultar.
Mariam cocina patatas y judías con un pequeño hornillo y pasa el día entre libretas y lecturas. Duerme a la vista de cualquiera que atraviese la calle Fúcar y finalizará su encierro el próximo domingo por la mañana. Ya lleva diez días enclaustrada y su ánimo va por días, según nos reconocía tras el cristal.
Con esta experiencia, Mariam pretende mirarse a sí misma y hacerlo a la vista de todos; ahondar en algunos aspectos de su persona que le intrigan. «El primer motivo de este encierro es ser capaz de superar mis miedos porque, aunque parezca valiente, los tengo y quiero darles voz, naturalizarlos», nos comentaba un par de horas antes de iniciar el encierro, mientras repasaba la lista de lo que no debía olvidar antes de ingresar en el local.
La soledad y el aburrimiento son dos de los fantasmas con los que estará librando estos días. Más el segundo que el primero, según confesaba conforme se aproximaba la fecha. Para combatirlos, se ha llevado unas cuantas lecturas: «Algo de autoayuda y también filosofía. Me gusta Nietzsche y ahora puede ser el momento de leerlo con más calma. También Herman Hesse y Dostoievski. Según el estado de ánimo». Además de actriz es escritora y su formación en arte dramático la realizó en la Escuela de Cristina Rota.
De vez en cuando extiende una esterilla y hace algo de gimnasia. También realiza breves performances de diez minutos algunas tardes. Las próximas serán el jueves, viernes y sábado, a las 20 horas. La semana pasada en una de ellas interpretó un monólogo con un teléfono fijo, de los que ya casi ni existen, que recordaba aquel de La voz humana escrito por Jean Cocteau. Lo finalizó aporreando el teléfono contra el suelo hasta casi destruirlo, con tal fuerza que casi se deja un dedo en la función. Parecía el momento adecuado para encontrar un remedio apaciguador. «He traído algo de música clásica para ponerme en modo zen si tengo que calmar la ansiedad». Esperemos que no haya elegido La consagración de la primavera.
Con este experimento público trata de evidenciar el ritmo desaforado que vivimos los urbanitas. «Quiero ir más lento porque tengo la sensación de que en las grandes ciudades la vida nos atropella. Voy a rebufo de cosas sin ser consciente. Quiero parar». Ha renunciado casi a todas las pantallas que hoy en día captan nuestra atención demasiadas horas. Desde luego el móvil o la tableta, aunque mantiene contacto a través del chat de su canal de YouTube, conectado las veinticuatro horas del día a su encierro.
«Mi abuela dice que la soledad elegida es buenísima, pero cuando es obligada es una condena. Siempre me ha gustado estar sola -reconocía Mariam-, pero soy una persona superactiva, con lo que el aburrimiento es lo que más me puede llegar a afectar». En cuanto a esa aparente contradicción que supone vivir la soledad y exponerse completamente al mismo tiempo, nos comentaba lo siguiente: «quiero hacer mi vida sin ser tan consciente de que me estén observando. Es cierto que parecen dos cosas opuestas. Me estoy exponiendo, pero a la vez muestro mi soledad y creo que a la gente le puede tocar».
Lo primero que hará el domingo a las 12 del mediodía, cuando finalice su encierro, será darse una buena ducha, porque el local no tiene baño completo. «Lo siguiente será hacerme un pedazo de ‘brunch‘ y estar con mi gente. Hay muchas personitas pendientes desde fuera y querré darles un abrazo», comentaba Mariam. Quizás estas horas de retiro a la vista produzcan algún efecto en su interior y quién sabe si sus miedos se desvanezcan. Nos lo contará al pisar de nuevo las calles de Madrid y reincorporarse a esa vida apresurada de los que miran desde el otro lado del cristal. Durante estos quince días habrá puesto a prueba su fortaleza mental y quizás haya animado a algún observador a parar un poco el ritmo.
La actriz Mariam Bustos va a completar el domingo 22 de febrero un encierro de quince días en un local de Madrid a pie de calle
La actriz Mariam Bustos (24 años) está exponiendo su vida en un local a pie de calle muy cerca de Atocha. Se ha encerrado allí durante quince días, sin móvil, en un reto que tiene algo de artístico pero también alcanza lo personal, para poner a prueba sus capacidades. A través de tres grandes ventanales podemos ver un colchón en el suelo, alguna silla, materiales para pintar, una planta, un espejo… La experiencia lleva por título Te doy mi vida.
Si viviéramos en Países Bajos no resultaría tan extraño, porque en aquel país son aficionados a mostrar sus domicilios sin rubor a los transeúntes. Lo de las cortinas no va con ellos y de las persianas ya ni hablamos. Posiblemente sea un rasgo del hogar clásico protestante que se vanagloriaba de no tener nada que ocultar.
Mariam cocina patatas y judías con un pequeño hornillo y pasa el día entre libretas y lecturas. Duerme a la vista de cualquiera que atraviese la calle Fúcar y finalizará su encierro el próximo domingo por la mañana. Ya lleva diez días enclaustrada y su ánimo va por días, según nos reconocía tras el cristal.
Con esta experiencia, Mariam pretende mirarse a sí misma y hacerlo a la vista de todos; ahondar en algunos aspectos de su persona que le intrigan. «El primer motivo de este encierro es ser capaz de superar mis miedos porque, aunque parezca valiente, los tengo y quiero darles voz, naturalizarlos», nos comentaba un par de horas antes de iniciar el encierro, mientras repasaba la lista de lo que no debía olvidar antes de ingresar en el local.
La soledad y el aburrimiento son dos de los fantasmas con los que estará librando estos días. Más el segundo que el primero, según confesaba conforme se aproximaba la fecha. Para combatirlos, se ha llevado unas cuantas lecturas: «Algo de autoayuda y también filosofía. Me gusta Nietzsche y ahora puede ser el momento de leerlo con más calma. También Herman Hesse y Dostoievski. Según el estado de ánimo». Además de actriz es escritora y su formación en arte dramático la realizó en la Escuela de Cristina Rota.
De vez en cuando extiende una esterilla y hace algo de gimnasia. También realiza breves performances de diez minutos algunas tardes. Las próximas serán el jueves, viernes y sábado, a las 20 horas. La semana pasada en una de ellas interpretó un monólogo con un teléfono fijo, de los que ya casi ni existen, que recordaba aquel de La voz humana escrito por Jean Cocteau. Lo finalizó aporreando el teléfono contra el suelo hasta casi destruirlo, con tal fuerza que casi se deja un dedo en la función. Parecía el momento adecuado para encontrar un remedio apaciguador. «He traído algo de música clásica para ponerme en modo zen si tengo que calmar la ansiedad». Esperemos que no haya elegido La consagración de la primavera.
Con este experimento público trata de evidenciar el ritmo desaforado que vivimos los urbanitas. «Quiero ir más lento porque tengo la sensación de que en las grandes ciudades la vida nos atropella. Voy a rebufo de cosas sin ser consciente. Quiero parar». Ha renunciado casi a todas las pantallas que hoy en día captan nuestra atención demasiadas horas. Desde luego el móvil o la tableta, aunque mantiene contacto a través del chat de su canal de YouTube, conectado las veinticuatro horas del día a su encierro.
«Mi abuela dice que la soledad elegida es buenísima, pero cuando es obligada es una condena. Siempre me ha gustado estar sola -reconocía Mariam-, pero soy una persona superactiva, con lo que el aburrimiento es lo que más me puede llegar a afectar». En cuanto a esa aparente contradicción que supone vivir la soledad y exponerse completamente al mismo tiempo, nos comentaba lo siguiente: «quiero hacer mi vida sin ser tan consciente de que me estén observando. Es cierto que parecen dos cosas opuestas. Me estoy exponiendo, pero a la vez muestro mi soledad y creo que a la gente le puede tocar».
Lo primero que hará el domingo a las 12 del mediodía, cuando finalice su encierro, será darse una buena ducha, porque el local no tiene baño completo. «Lo siguiente será hacerme un pedazo de ‘brunch‘ y estar con mi gente. Hay muchas personitas pendientes desde fuera y querré darles un abrazo», comentaba Mariam. Quizás estas horas de retiro a la vista produzcan algún efecto en su interior y quién sabe si sus miedos se desvanezcan. Nos lo contará al pisar de nuevo las calles de Madrid y reincorporarse a esa vida apresurada de los que miran desde el otro lado del cristal. Durante estos quince días habrá puesto a prueba su fortaleza mental y quizás haya animado a algún observador a parar un poco el ritmo.
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