La cetísima industrial recuerda a algunos de los instantes de Camilo José Cela en sus novelas autobiográficas, en sus recuerdos de los tiempos pretéritos, allí donde están todos los anuncios, los productos, las tristes marcas, las mínimas partes del tremendismo urbano, movimiento que retuerce a las personas y las calles hasta hacer que las cosas se conviertan en algo pop, Arrabal Pop, Delicias Pop, qué lejos, que descampados, todo pop, toda la sed. Las noticias en prensa, los avisos, los productos y los proveedores industriales. De empresas pequeñas, de marcas minúsculas, de negocios familiares: parpadea y me habré ido. Las cocinas de Zeta. Todos los mercados de la tierra, la cólera de Dios, qué diferencia hay entre cien mil y ciento quince mil. Pollos asados, restaurantes chinos, pizzas. La comida barata: ¿Qué le ponías a una ensalada? El cordero. (el viejo profesor de insituto). Las 8:30. La cartera vieja y ajada en la mano. Discreta americana, precio discreto. No corbata. Pero, claro, todo sabe a lluvia, a polideportivo, sudor. Enciende la luz del aula, los fluorescentes parpadean, agotan, el neón destructivo, pasar las ausencias, los apellidos, te suenan o no, hijos, hermanos o primos.
Tizas, un pilot, un kit kat, un café de máquina, una lavativa: «Este hombre es el autor de Zeta. Uno de los autores, quise decir». El autor ha conseguido tener más lectores que compañeros de viaje, más lectores que alumnos en un curso, en un instituto grande. Pasillo, cruzar el pasillo, la paradoja del pasillo: primero la mitad del pasillo, antes la cuarta parte, todavía antes la octava parte, no sabemos muy bien si MV saldrá alguna vez de su clase y acabará en la otra clase. El manuscrito se somete a la normativa de los números reales «Oh, pero si es el viejo profesor de lengua, no se acuerda de mí, alumna de 4º ESO, de cualquier 4º en la primera fila, no se acuerda, no se acuerda de lo bien que me salían los comentarios de texto, delo bien que averiguaba la oculta ciencia que latía bajo el complemento directo». Miles de calles, de tiendas absurdas, cansados, McDonald’s, un Big Mac, tengo las monedas, todas las monedas apretadas en la mano. Contadas. Ella, la exalumna. El bello monstruo del tiempo, era usted tan guapo, o así me lo parecía, ahora tiene los dientes negros, la barba blanca, ojalá fuera al revés, barba negra y dientes blancos, ese indecente sarro. No sé cómo le han dejado entrar a aquí. Tiene dinero, verdad, todos los países de Ceta, en los distintos barrios, están el duermevela de la revolución. Estoy en todos los pasillos del mundo, en todos los institutos de Aragón, de España y del mundo. Estoy en tu pasillo, adelante, pasa, Octavio: yo cerraré la puerta. Ojalá me des un beso. Pero, por favor, no me pidas que te lo dé.
Trabajadores perdidos en la historia de España. Veinte años, 6:45, un café con leche, otro a media mañana. Miles de mecánicos en Cetísima. Poliuretano inyectado en la piel, arrojarse por la ventana, buscar la excusa para celebrar un entierro. ¿Quién viene? Dragones y perros. Casablanca, Juslibol, Montemolín. La Estación de Delicias. El Carrefour. Una gasolinera. En un descampado, rodeada de la nada, indescriptibles hierbajos, la acera vacía, de color rojo, cálidos y desgastado. Los grandes camiones no pueden parar allí. Porque son enormes. Aplastarían las frágiles calles de Zeta. Lleno, lleno por favor. Hasta que la gasolina se impregna en tu piel y avisas al entrar en un bar, en una casa, en cualquier sitio, impregnas y recibes, suministras tu aroma, tus efluvios a tu comida, las mandarinas. Las aceras de los descampados se ven invadidas de hierbas. Si te descuidas puedes perderte en el interior. Llora, por favor. Si no te gustan cómo van las cosas, es sencillo, tienes suficiente gasolina para impregnarlo todo, el fuego se eleva. En el velatorio acudirá tu profesor de lengua. Quizá tu profesor de matemáticas que se desplace más de cien kilómetros y pida un descuento para llenar el depósito, por pena, por cariño, por ahorrarse unos euros.
Toda Zeta llena de cuerpos que nadie reclama, Franz, hará falta más gasolina, cuerpos y manuscritos inéditos. K visita Z. «Bueno, ya te he dicho el autobús que tienes que coger, puedes coger los dos, el 20 y el 23«. Dame un beso. Te dejo un hueco en mi piso. K ha atravesado el pasillo. Ha vencido la confluencia de los números reales. El funcionario: «Fui un funcionario de la maldad innecesaria, extraño funcionario de cetísima». El electricista: ¿Cómo es posible que puede beberme una cerveza casi helada? No se oscurecen las calles de Zeta ni cuando llegaba la noche. Era la electricidad la que me guía. Ahora veo brujas, ahora ya no veo vampiros. El moderno Carrier, otra vez, el frío conserva los cuerpos. Bombillas: descansarán, dormirán hasta que Dios las vuelva a despertar con la llegada de la oscuridad. En el Corte Inglés. No entra la luz del cielo, es un símbolo que no entre, siempre hay bombillas funcionando en Zeta. Antes era una bruja inorgánica. Oh, honey. It was paradise. You’re right and I’m wrong. Hey babe, I’m gonna miss you now that you’re gone. One sweet day. Oh, you’re right and I’m wrong.
Electricity flowing thought my veins. En Zeta ya no existen los callejones, Z no tiene esquinas.
El defraudador (encerrado en las paredes del piso), más que otro lugar, parece que elige la infidelidad, no la infelicidad. Permuta de caracteres hasta hacerlo importante. Carne de cemento y ladrillo. Ellas me lo pidieron, si usted quiere que pague impuestos por este piso, en fin, no sabe uste a qué se enfrenta. ¿Es un fantasma? ¿O son humedades? Sentirse huérfano o alimentarse por benzodiacepinas, ¿Habrá más huérfanos en Zeta? Ellos y ellas estaban condenados a no encontrarse más, a vivir en líneas temporales paralelas, terror variado, multivariable.
(Hombre en Zeta esperando la llamada): Un Toyota, casi medio millón de kilómetros y recibió una llamada para la revisión. Tienes un futuro, tienes un propósito en la vida. El Toyota hace las veces de Dios. No el Audi. Uno hubiera pensado en un Audi 100. Otra vez los mismos códigos para diferentes situaciones, otra vez el fontanero, en la calle Gonzalo Calamita. Las miles de variaciones del calor artificial, del frío industrial convertido en fenomenología. El hielo de Varsovia. Comer el mar con todos sus hijos. Hijos, eso sí, criados fuera del mar: marisquería y congeladores en las afueras de Zeta, los ataúdes de vampiros industriales, las almejas devoradas junto a las cáscaras de las gambas, la sosa sepia, el langostino insípido, el congelado son sabor a palito de cangrejo. Acabar en el McDonald’s, cuando todavía estaba en la Plaza España. Aliviar el apetito.
Papá, llévame a la gran plaza de Cetísima, necesito una conexión gratis, se me han acabado los datos, papá, cómprame maíces y trigos para alimentar a las palomas, antes de que esas mujeres nos insulten porque no te quieres rascar el bolsillo. Unas pocas monedas. Jubilado, jinetes del autobús, los billetes, me acuerdo cuando llevaba a mi hijo, cuando me llevaban a mí a los caballitos, dinero y viajes, más viajes por menos dinero, 2×3 y 3×5. Acumulamos otra vez.
Camareras del McDonald’s, el 20 y el 23, odio y cansancio, la Casa Grande, otra vez, tótem del miedo y la esperanza, el fontanero, el padre del fontanero, nos acercamos aquí, con ganas, con miedo, con esperanza. Otra vez. Un hijo espera la llegada de su padre. Hijo, no vengas, no vuelvas nunca, pueden echarte, hazte la cama, métete en la cama, fría, de cambio diario.
Olvídate si puedes. De ti y de mí. Despiértate y pregunta quién eras anoche. Quién vas a ser hoy.
Un inválido ahorra para comprar unas botas, 80 euros, pero solo tenía un pie. Solo tienes un pie o solo hay una bota. Al final se reirán de él. Negros, gatos, patos y chinos. Soy el cojo de Cetísima, el cojo mantecas maño, el cojo Miguel Pellicer, espero la llegada de Felipe VI, de Juan Carlos I, su beso, el beso de todos los Borbones para seguir caminando. B
Bésame en la zona seccionada, haz que crezca, disfruta de la hinchazón, de la reconstrucción.
Soy el que vive en un piso del casco Viejo, muy cascado, tanto que nunca hago la cama, no tiene sentido, abro las ventanas y el olor de dentro es igual de malo que el de fuera, no sé de dónde viene, de que todos los sentidos se queden intoxicados, en la calle Sacramento, al lado del Mercado Central. Todo el mundo te dice: tienes mucho dinero, dinero para un piso magnífico. Una calle sucia da igual, es el nombre, es la dirección. Y volveremos a las concentraciones.
Viene un fragmento de acumulaciones. Nada más. Tomando muchas pastillas para calmar los nervios y me dio un valium trescientos mil y me lo tomé yo también y me quedé dormido. No hay ganas, no hay obligación de despertarte: en un barrio, el barrio de Las Fuentes de Zeta. La mutación. La ciudad mutante, los chinos, veo a trabajadores sentados en una taberna en un lejano barrio de Zeta. Qué buena la tortilla de patata, con aceite de girasol, jugosa, tan lejos, en el barrio de La Jota. Feliz. Me trae el bocadillo mi padre a la salida de clase, los alumnos pasan y ven a un profesor con un señor mayor que le lleva un bocadillo en papel de aluminio y no entienden nada. Mi padre camina desde la Plaza San Francisco hasta la Jota con el bocadillo. Está bueno, sabe muy fuerte. Vino frío, demasiado frío, más pesado que la cerveza, mirar las ventanas. Ellos dos, clavados, 2304, 300 años por 700 años, 3004. Mil años, dos mil años. Acumulando, otra vez. ¿Qué has hecho todos estos años? Dicen las dos almas, aburridas y cansados. He estado leyendo y pensando. Le pide el dueño de la cafetería que se marchen de una vez, diez, cien siglos ahí clavados.
El cementerio de Torrero, no se construye Z sobre el Ebro. Z no se construye sobre el Pilar. Se construye sobre el cementerio. Se oxigena con la arteria vieja (entonces era nueva), la que serpenteaba el 20 y el 23. Y hoy, escribiendo, más bien, todo se construye a través de la línea del Tranvía. Piden otra segunda vía, pero no, por favor, tiene que mantener el poder, el control. La fealdad del cementerio de Torrero eres tú, Zeta, la fealdad suprema de todos tus barrios y tus urbanizaciones y avenidas sin nadie y el barrio del Actur y Valdespartera. Hasta la plaza San Francisco, hasta la plaza San Francisco es fe.
(Historia de una peluquera): zumbidos, aulas, acumulación aparentemente sencillas y los ascensores siempre están a disposición de ofrecer facultades extraordinarias, emiten constantemente un zumbido cuyo origen estriba en la electricidad, en el flujo violento de electricidad que soportan sin queja: «El veneno seriamente administrado«. Nada más que decir.
La peluquera, cuarenta años, la peluquera que, nda más regresar del trabajo, se mete en la cama y ahí se queda, esperando su desaparición.
El zumbido de las aulas, la aparente sencillez de la acumulación, como un recurso literario. Marcando estilo. La peluquera anónima: «Emiten constantemente un zumbido cuyo origen estriba en la electricidad, en el violento flujo de electricidad que soportan sin queja»
El urbanismo, los suburbios de Cetísima, esos barrios lejanos, escasamente alumbrados, con farolas vivas. Un clasismo literario, los vagabundos que se sientan en el sofá, en el salón, beber un vaso de vino, de todo el vino del mundo. Vagabundos, emigrantes, aburridas personas vacías, sin máscaras.
Y así va pasando el tiempo, Zeta, Cetísima, ZgZ, ZarAGOTA, La GOTA. Es una ciudad de marca blanca.
Un párroco, una iglesia, un barrio, almas que han estado miles de años solas. Que esperan a la muerte como los enfermos. Como un resumen, el hospital Miguel Servet, la Casa Grande. No hay luz. Los pasillos de la Casa Grande, cuentos de persona, casi todas con la humillación de la muerte. La muerte encinta de la enfermedad. Las coronas resplandecientes, los pasillos parpadeando, la gente sigue fumando en las escaleras. Miro por la ventana y hay ladrillos. Lo he visto mejor hoy, las incómodas sillas de plástico en la UCI, una joven embarazada, tosiendo, esperando noticias de su padre, cada día, por la mañana, una ronda aleatoria, por apellidos o por gravedad, la doctora y sus números, hoy lo he visto mejor. Mañana hablamos. No hay luz, hay pasillos, muerte, carteles que piden no golpear a las enfermeras.
¿Vampiros o ángeles? Éramos monstruos. Espejo y día. Noche: En una noche triste buscábamos un beso y no lo hallamos.
Línea 23, la línea de Nico, el autobús, el Pryca, el Carrefour, Nico y Matías Uribe. CPS. Estamos el viejo, el negro y yo esperando el 23. El 23 y Zeta. El tiempo ha terminado. El 23 no para porque va lleno. Y el 20, 23, 42, pegados al aire: la fábrica de ingenieros que acabará deambulando por Aragón, sin trabajo, buscando un sitio donde les den pan a cambio de sus matemáticas.
La Navidad. 25 diciembre. Terminar con el proletario. Las chicas de Frutos Secos El Rincón. Las chicas del Martín Martín. Entonces me acordé de las dependientas de Zara, que son muy hermosas, y consumen su hermosura por el trabajo. Pero también el universo es muy hermoso y refulge en vano porque nadie lo mira.
Gente de Z. Levitan por la noche. Arden. Rezan sin fe. Dios es química. Dios Es Zeta. Dios es un fontanero que, con su frío industrial quiere imponerse al calor del estío en Zeta. Y el final: «Oh, gentes de Zeta, trabajadores perdidos en los barrios más feos de la tierra, prevaleceréis en esta honesta y humilde capilla».
La fundación apócrifa de la ciudad de Zaragoza y sus habitantes por Manuel VIlas
La cetísima industrial recuerda a algunos de los instantes de Camilo José Cela en sus novelas autobiográficas, en sus recuerdos de los tiempos pretéritos, allí donde están todos los anuncios, los productos, las tristes marcas, las mínimas partes del tremendismo urbano, movimiento que retuerce a las personas y las calles hasta hacer que las cosas se conviertan en algo pop, Arrabal Pop, Delicias Pop, qué lejos, que descampados, todo pop, toda la sed. Las noticias en prensa, los avisos, los productos y los proveedores industriales. De empresas pequeñas, de marcas minúsculas, de negocios familiares: parpadea y me habré ido. Las cocinas de Zeta. Todos los mercados de la tierra, la cólera de Dios, qué diferencia hay entre cien mil y ciento quince mil. Pollos asados, restaurantes chinos, pizzas. La comida barata: ¿Qué le ponías a una ensalada? El cordero. (el viejo profesor de insituto). Las 8:30. La cartera vieja y ajada en la mano. Discreta americana, precio discreto. No corbata. Pero, claro, todo sabe a lluvia, a polideportivo, sudor. Enciende la luz del aula, los fluorescentes parpadean, agotan, el neón destructivo, pasar las ausencias, los apellidos, te suenan o no, hijos, hermanos o primos.

Tizas, un pilot, un kit kat, un café de máquina, una lavativa: «Este hombre es el autor de Zeta. Uno de los autores, quise decir». El autor ha conseguido tener más lectores que compañeros de viaje, más lectores que alumnos en un curso, en un instituto grande. Pasillo, cruzar el pasillo, la paradoja del pasillo: primero la mitad del pasillo, antes la cuarta parte, todavía antes la octava parte, no sabemos muy bien si MV saldrá alguna vez de su clase y acabará en la otra clase. El manuscrito se somete a la normativa de los números reales «Oh, pero si es el viejo profesor de lengua, no se acuerda de mí, alumna de 4º ESO, de cualquier 4º en la primera fila, no se acuerda, no se acuerda de lo bien que me salían los comentarios de texto, delo bien que averiguaba la oculta ciencia que latía bajo el complemento directo». Miles de calles, de tiendas absurdas, cansados, McDonald’s, un Big Mac, tengo las monedas, todas las monedas apretadas en la mano. Contadas. Ella, la exalumna. El bello monstruo del tiempo, era usted tan guapo, o así me lo parecía, ahora tiene los dientes negros, la barba blanca, ojalá fuera al revés, barba negra y dientes blancos, ese indecente sarro. No sé cómo le han dejado entrar a aquí. Tiene dinero, verdad, todos los países de Ceta, en los distintos barrios, están el duermevela de la revolución. Estoy en todos los pasillos del mundo, en todos los institutos de Aragón, de España y del mundo. Estoy en tu pasillo, adelante, pasa, Octavio: yo cerraré la puerta. Ojalá me des un beso. Pero, por favor, no me pidas que te lo dé.

Trabajadores perdidos en la historia de España. Veinte años, 6:45, un café con leche, otro a media mañana. Miles de mecánicos en Cetísima. Poliuretano inyectado en la piel, arrojarse por la ventana, buscar la excusa para celebrar un entierro. ¿Quién viene? Dragones y perros. Casablanca, Juslibol, Montemolín. La Estación de Delicias. El Carrefour. Una gasolinera. En un descampado, rodeada de la nada, indescriptibles hierbajos, la acera vacía, de color rojo, cálidos y desgastado. Los grandes camiones no pueden parar allí. Porque son enormes. Aplastarían las frágiles calles de Zeta. Lleno, lleno por favor. Hasta que la gasolina se impregna en tu piel y avisas al entrar en un bar, en una casa, en cualquier sitio, impregnas y recibes, suministras tu aroma, tus efluvios a tu comida, las mandarinas. Las aceras de los descampados se ven invadidas de hierbas. Si te descuidas puedes perderte en el interior. Llora, por favor. Si no te gustan cómo van las cosas, es sencillo, tienes suficiente gasolina para impregnarlo todo, el fuego se eleva. En el velatorio acudirá tu profesor de lengua. Quizá tu profesor de matemáticas que se desplace más de cien kilómetros y pida un descuento para llenar el depósito, por pena, por cariño, por ahorrarse unos euros.

Toda Zeta llena de cuerpos que nadie reclama, Franz, hará falta más gasolina, cuerpos y manuscritos inéditos. K visita Z. «Bueno, ya te he dicho el autobús que tienes que coger, puedes coger los dos, el 20 y el 23«. Dame un beso. Te dejo un hueco en mi piso. K ha atravesado el pasillo. Ha vencido la confluencia de los números reales. El funcionario: «Fui un funcionario de la maldad innecesaria, extraño funcionario de cetísima». El electricista: ¿Cómo es posible que puede beberme una cerveza casi helada? No se oscurecen las calles de Zeta ni cuando llegaba la noche. Era la electricidad la que me guía. Ahora veo brujas, ahora ya no veo vampiros. El moderno Carrier, otra vez, el frío conserva los cuerpos. Bombillas: descansarán, dormirán hasta que Dios las vuelva a despertar con la llegada de la oscuridad. En el Corte Inglés. No entra la luz del cielo, es un símbolo que no entre, siempre hay bombillas funcionando en Zeta. Antes era una bruja inorgánica. Oh, honey. It was paradise. You’re right and I’m wrong. Hey babe, I’m gonna miss you now that you’re gone. One sweet day. Oh, you’re right and I’m wrong.
Electricity flowing thought my veins. En Zeta ya no existen los callejones, Z no tiene esquinas.
El defraudador (encerrado en las paredes del piso), más que otro lugar, parece que elige la infidelidad, no la infelicidad. Permuta de caracteres hasta hacerlo importante. Carne de cemento y ladrillo. Ellas me lo pidieron, si usted quiere que pague impuestos por este piso, en fin, no sabe uste a qué se enfrenta. ¿Es un fantasma? ¿O son humedades? Sentirse huérfano o alimentarse por benzodiacepinas, ¿Habrá más huérfanos en Zeta? Ellos y ellas estaban condenados a no encontrarse más, a vivir en líneas temporales paralelas, terror variado, multivariable.

(Hombre en Zeta esperando la llamada): Un Toyota, casi medio millón de kilómetros y recibió una llamada para la revisión. Tienes un futuro, tienes un propósito en la vida. El Toyota hace las veces de Dios. No el Audi. Uno hubiera pensado en un Audi 100. Otra vez los mismos códigos para diferentes situaciones, otra vez el fontanero, en la calle Gonzalo Calamita. Las miles de variaciones del calor artificial, del frío industrial convertido en fenomenología. El hielo de Varsovia. Comer el mar con todos sus hijos. Hijos, eso sí, criados fuera del mar: marisquería y congeladores en las afueras de Zeta, los ataúdes de vampiros industriales, las almejas devoradas junto a las cáscaras de las gambas, la sosa sepia, el langostino insípido, el congelado son sabor a palito de cangrejo. Acabar en el McDonald’s, cuando todavía estaba en la Plaza España. Aliviar el apetito.

Papá, llévame a la gran plaza de Cetísima, necesito una conexión gratis, se me han acabado los datos, papá, cómprame maíces y trigos para alimentar a las palomas, antes de que esas mujeres nos insulten porque no te quieres rascar el bolsillo. Unas pocas monedas. Jubilado, jinetes del autobús, los billetes, me acuerdo cuando llevaba a mi hijo, cuando me llevaban a mí a los caballitos, dinero y viajes, más viajes por menos dinero, 2×3 y 3×5. Acumulamos otra vez.
Camareras del McDonald’s, el 20 y el 23, odio y cansancio, la Casa Grande, otra vez, tótem del miedo y la esperanza, el fontanero, el padre del fontanero, nos acercamos aquí, con ganas, con miedo, con esperanza. Otra vez. Un hijo espera la llegada de su padre. Hijo, no vengas, no vuelvas nunca, pueden echarte, hazte la cama, métete en la cama, fría, de cambio diario.
Olvídate si puedes. De ti y de mí. Despiértate y pregunta quién eras anoche. Quién vas a ser hoy.
Un inválido ahorra para comprar unas botas, 80 euros, pero solo tenía un pie. Solo tienes un pie o solo hay una bota. Al final se reirán de él. Negros, gatos, patos y chinos. Soy el cojo de Cetísima, el cojo mantecas maño, el cojo Miguel Pellicer, espero la llegada de Felipe VI, de Juan Carlos I, su beso, el beso de todos los Borbones para seguir caminando. B
Bésame en la zona seccionada, haz que crezca, disfruta de la hinchazón, de la reconstrucción.
Soy el que vive en un piso del casco Viejo, muy cascado, tanto que nunca hago la cama, no tiene sentido, abro las ventanas y el olor de dentro es igual de malo que el de fuera, no sé de dónde viene, de que todos los sentidos se queden intoxicados, en la calle Sacramento, al lado del Mercado Central. Todo el mundo te dice: tienes mucho dinero, dinero para un piso magnífico. Una calle sucia da igual, es el nombre, es la dirección. Y volveremos a las concentraciones.

Viene un fragmento de acumulaciones. Nada más. Tomando muchas pastillas para calmar los nervios y me dio un valium trescientos mil y me lo tomé yo también y me quedé dormido. No hay ganas, no hay obligación de despertarte: en un barrio, el barrio de Las Fuentes de Zeta. La mutación. La ciudad mutante, los chinos, veo a trabajadores sentados en una taberna en un lejano barrio de Zeta. Qué buena la tortilla de patata, con aceite de girasol, jugosa, tan lejos, en el barrio de La Jota. Feliz. Me trae el bocadillo mi padre a la salida de clase, los alumnos pasan y ven a un profesor con un señor mayor que le lleva un bocadillo en papel de aluminio y no entienden nada. Mi padre camina desde la Plaza San Francisco hasta la Jota con el bocadillo. Está bueno, sabe muy fuerte. Vino frío, demasiado frío, más pesado que la cerveza, mirar las ventanas. Ellos dos, clavados, 2304, 300 años por 700 años, 3004. Mil años, dos mil años. Acumulando, otra vez. ¿Qué has hecho todos estos años? Dicen las dos almas, aburridas y cansados. He estado leyendo y pensando. Le pide el dueño de la cafetería que se marchen de una vez, diez, cien siglos ahí clavados.

El cementerio de Torrero, no se construye Z sobre el Ebro. Z no se construye sobre el Pilar. Se construye sobre el cementerio. Se oxigena con la arteria vieja (entonces era nueva), la que serpenteaba el 20 y el 23. Y hoy, escribiendo, más bien, todo se construye a través de la línea del Tranvía. Piden otra segunda vía, pero no, por favor, tiene que mantener el poder, el control. La fealdad del cementerio de Torrero eres tú, Zeta, la fealdad suprema de todos tus barrios y tus urbanizaciones y avenidas sin nadie y el barrio del Actur y Valdespartera. Hasta la plaza San Francisco, hasta la plaza San Francisco es fe.

(Historia de una peluquera): zumbidos, aulas, acumulación aparentemente sencillas y los ascensores siempre están a disposición de ofrecer facultades extraordinarias, emiten constantemente un zumbido cuyo origen estriba en la electricidad, en el flujo violento de electricidad que soportan sin queja: «El veneno seriamente administrado«. Nada más que decir.
La peluquera, cuarenta años, la peluquera que, nda más regresar del trabajo, se mete en la cama y ahí se queda, esperando su desaparición.
El zumbido de las aulas, la aparente sencillez de la acumulación, como un recurso literario. Marcando estilo. La peluquera anónima: «Emiten constantemente un zumbido cuyo origen estriba en la electricidad, en el violento flujo de electricidad que soportan sin queja»

El urbanismo, los suburbios de Cetísima, esos barrios lejanos, escasamente alumbrados, con farolas vivas. Un clasismo literario, los vagabundos que se sientan en el sofá, en el salón, beber un vaso de vino, de todo el vino del mundo. Vagabundos, emigrantes, aburridas personas vacías, sin máscaras.
Y así va pasando el tiempo, Zeta, Cetísima, ZgZ, ZarAGOTA, La GOTA. Es una ciudad de marca blanca.
Un párroco, una iglesia, un barrio, almas que han estado miles de años solas. Que esperan a la muerte como los enfermos. Como un resumen, el hospital Miguel Servet, la Casa Grande. No hay luz. Los pasillos de la Casa Grande, cuentos de persona, casi todas con la humillación de la muerte. La muerte encinta de la enfermedad. Las coronas resplandecientes, los pasillos parpadeando, la gente sigue fumando en las escaleras. Miro por la ventana y hay ladrillos. Lo he visto mejor hoy, las incómodas sillas de plástico en la UCI, una joven embarazada, tosiendo, esperando noticias de su padre, cada día, por la mañana, una ronda aleatoria, por apellidos o por gravedad, la doctora y sus números, hoy lo he visto mejor. Mañana hablamos. No hay luz, hay pasillos, muerte, carteles que piden no golpear a las enfermeras.
¿Vampiros o ángeles? Éramos monstruos. Espejo y día. Noche: En una noche triste buscábamos un beso y no lo hallamos.
Línea 23, la línea de Nico, el autobús, el Pryca, el Carrefour, Nico y Matías Uribe. CPS. Estamos el viejo, el negro y yo esperando el 23. El 23 y Zeta. El tiempo ha terminado. El 23 no para porque va lleno. Y el 20, 23, 42, pegados al aire: la fábrica de ingenieros que acabará deambulando por Aragón, sin trabajo, buscando un sitio donde les den pan a cambio de sus matemáticas.

La Navidad. 25 diciembre. Terminar con el proletario. Las chicas de Frutos Secos El Rincón. Las chicas del Martín Martín. Entonces me acordé de las dependientas de Zara, que son muy hermosas, y consumen su hermosura por el trabajo. Pero también el universo es muy hermoso y refulge en vano porque nadie lo mira.

Gente de Z. Levitan por la noche. Arden. Rezan sin fe. Dios es química. Dios Es Zeta. Dios es un fontanero que, con su frío industrial quiere imponerse al calor del estío en Zeta. Y el final: «Oh, gentes de Zeta, trabajadores perdidos en los barrios más feos de la tierra, prevaleceréis en esta honesta y humilde capilla».
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