Es como un asiento en primera fila en una guerra. Eso le contó el bueno de Hemingway a un compañero de la Primera Guerra Mundial llamado Bill Horne sobre los encierros de San Fermín. Esos entre dos y cuatro minutos en los que se recorren 848,6 metros que separan los Corrales de Santo Domingo de la Plaza de Toros, le parecían a Hemingway una tragedia bellísima. Ayer Mikel Merino necesitó incluso menos de dos minutos sobre el campo para captar el rechace de Senne Lammes, que había entrado por el lesionado Courtois, y dirigirlo al fondo de la red. El reloj del partido marcaba el minuto 85 cuando entró y el 87 cuando anotó. La misma fórmula exacta que contra Portugal en octavos.
La maquinaria ya no funciona por acumulación de pases, sino por una capacidad extraordinaria para detectar el momento preciso en el que hacer daño
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
La maquinaria ya no funciona por acumulación de pases, sino por una capacidad extraordinaria para detectar el momento preciso en el que hacer daño

Es como un asiento en primera fila en una guerra. Eso le contó el bueno de Hemingway a un compañero de la Primera Guerra Mundial llamado Bill Horne sobre los encierros de San Fermín. Esos entre dos y cuatro minutos en los que se recorren 848,6 metros que separan los Corrales de Santo Domingo de la Plaza de Toros, le parecían a Hemingway una tragedia bellísima. Ayer Mikel Merino necesitó incluso menos de dos minutos sobre el campo para captar el rechace de Senne Lammes, que había entrado por el lesionado Courtois, y dirigirlo al fondo de la red. El reloj del partido marcaba el minuto 85 cuando entró y el 87 cuando anotó. La misma fórmula exacta que contra Portugal en octavos.
El juego de esta selección aburre a bastantes aficionados, propios y extraños, y quizá sea inevitable porque somos prisioneros de la nostalgia del tiki-taka. Se puede decir que hemos sido superados por nuestra propia criatura, como ese sastre llamado Franz Reichelt que murió lanzándose desde la Torre Eiffel al probar el paracaídas que él mismo había diseñado.
Durante años nos acostumbramos a pensar que la única versión posible del fútbol consistía en monopolizar la pelota, un tipo de deporte de precisión casi científico. Tras el Mundial de Sudáfrica llegó un punto en el que parecía que el nuestro era un dominio perfectamente autosostenible en el tiempo. Mientras, medio mundo trataba de copiar nuestra fórmula, multiplicando versiones cada vez más pobres de la camiseta original.
Pero el tiki-taka estaba condenado a ser superado en cuanto los rivales entendieron cómo funcionaba. Y el estilo se llevó demasiado lejos una vez alcanzó su punto álgido. Tal era la obsesión por la posesión que hubo un momento en el que las estadísticas pasaron a importar más que el marcador. En el Mundial del 2014 la selección siguió tocando y tocando mientras se hundía, como los músicos de Titanic en la cubierta del barco. Por momentos fue como ver una mala parodia de una función teatral.
La selección de Luis de la Fuente pertenece a otra especie futbolística porque el fútbol no deja de ser un ejercicio de adaptación constante. Esta selección no tiene la estética refinada de aquella máquina tikitakiense, todo geometría y metrónomo, pero tiene una eficacia igualmente implacable. En seis partidos del Mundial solo ha encajado un gol. No ha necesitado prórrogas ni penaltis. Nunca ha ido por detrás en el marcador en todo el torneo. La maquinaria ya no funciona por acumulación de pases, sino por equilibrio, presión y una capacidad extraordinaria para detectar el momento preciso en el que hacer daño.
Decía Lamine Yamal al terminar el partido ante Bélgica que “ningún equipo nos ha jugado de tú a tú. Todos se encierran contra nosotros. Si Francia tiene que temer a algún equipo, es a España”. Habrá quien vea prepotencia en sus palabras, especialmente por el estado de forma de la todopoderosa Francia, aunque solo describen una realidad: todos los rivales han afrontado los partidos frente a la Selección tratando de convertirlos en un encierro.
Y de encierros, precisamente, en este país sabemos bastante, en especial con un pamplonica inspirado dirigiendo la marcha. Sabemos de sobra que el mejor desenlace no pertenece al más prudente, sino al que sabe exactamente cuándo echar a correr.
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