Veteranos de la Inteligencia española, estupefactos: «No tenemos credibilidad» Leer Veteranos de la Inteligencia española, estupefactos: «No tenemos credibilidad» Leer
Así como Tántalo traicionó a los dioses al revelar secretos olímpicos y lo pagó -por eso y por otras cosas que no vienen al caso ahora- con un tormento insoportable y eterno, así temen los servicios de Inteligencia españoles que caiga sobre sus cabezas la condena unánime del resto de agencias de espionaje, tras la desclasificación de los documentos secretos de la crisis de Ceuta.
Las agencias de espionaje, celosas de sus misterios como los dioses griegos y vengativas con quienes traicionan sus códigos de silencio, aprovechan también la debilidad de quienes quedan desguarnecidos. Y en el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) lo saben. Y lo esperan, después de que el dosier de La Moncloa revelase cómo operan, a quiénes les envían sus avisos, cuál es su grado de penetración en Marruecos, cuánta información acumulan y, sobre todo, cómo fallan los procesos internos de reacción temprana -y contundente- a las alertas.
Los testimonios de tres fuentes de Inteligencia, recabados desde la desclasificación, hace ahora una semana, coinciden en que esa jugada del Gobierno, que estaba destinada a refrendar la tesis de Pedro Sánchez -que la avalancha no se pudo prever- no sólo se ha vuelto en contra del presidente. Sino, también, del propio CNI, que queda tocado en el escenario global de la Inteligencia. Y con Marruecos crecido por las caricias públicas del Ejecutivo español.
Lo relata así un agente en activo, y con trienios de servicio en Ceuta, cuyo testimonio EL MUNDO reproduce -obviamente- desde el anonimato: «Dicen que la desclasificación es un ejercicio de transparencia, pero es una barbaridad. Nos ha descubierto ante otros servicios. Es que no tenemos credibilidad nunca más, pero a ningún nivel. Ni a nivel militar, ni a nivel de servicios de Inteligencia de Estado… ¡a nivel ninguno! ¡Es que nos han hundido!».
La decisión, inédita, de revelar los avisos y documentos secretos que recibió el Ejecutivo, unida al choque indisimulado de La Moncloa contra el CNI -que no se puede defender- han puesto en guardia a los agentes del espionaje español. Sobre todo, a los que más conocen Ceuta, que denuncian que esto ha podido demoler algunos de los principales puentes de confianza: «Lo van a quemar todo» si mantienen este enfrentamiento, lamentan.
En el Gobierno saben que hay malestar en los servicios secretos, en la Inteligencia militar y en la Policía y en la Guardia Civil. Pero se mantienen en que el CNI no avisó en ningún caso de la «magnitud» de la avalancha que se habría de producir. Eso sí, el Ejecutivo pasa por alto un informe clave: el 29 de julio, el CNI trasladó por escrito a los servicios secretos exterior e interior de Marruecos la inminencia de un «asalto» a la frontera al día siguiente. Y el país vecino no hizo nada mínimamente suficiente para reforzar la frontera. De haberlo hecho, no habría pasado ni un solo inmigrante, como el 15 de agosto, cuando el poder marroquí sí se movilizó para evitar otra oleada.
La trampa dialéctica de la «magnitud» se desmonta sola. ¿Por qué? Porque proteger de manera real la frontera es, precisamente, lo que habría evitado el alcance que finalmente tuvo la tragedia territorial del 30 de julio. Con saber que iban a intentar colarse 5.000 -por ejemplo- y haber actuado de manera proporcional, ya no habrían entrado a Ceuta 70.000 inmigrantes.
Por eso el relato de uno de los agentes de inteligencia que ha recabado este diario es así de duro en lo cualitativo: «Es todo una exageración. Descaradamente, se está intentando crear un campo de refugiados permanente». «Ceuta es un sitio que funciona porque tiene un equilibrio muy, muy, muy inestable, pero que es suficiente. Se están cargando ese equilibrio», alerta. «Nadie va a creer en nosotros» si no logramos devolverle la normal convivencia «a 80.000 conciudadanos», ataja.
El choque del poder Ejecutivo contra los servicios secretos es real, y el malestar de éstos no se oculta igual que de costumbre. Otro de los testimonios recabados en privado apunta a que el momento de mayor debilitamiento del CNI en esta crisis fue el del envío a la prensa, desde Moncloa, de unas «fuentes» del Centro en las que se avalaba la interpretación laxa de los documentos que hacía el Gobierno.
«Eso no salió de aquí», lamentan, señalando por tanto a la jerarquía de la Inteligencia española. Es decir, fue un movimiento político, no de trasparencia de la estrategia operativa del Centro. El comunicado en fuentes constaba de dos puntos. El primero asegura que el CNI «no anticipó la magnitud y naturaleza de lo que terminó ocurriendo el día 30, al ser un fenómeno inusual que no se corresponde con las crisis migratorias conocidas hasta la fecha». En el segundo, el CNI aclara que «no se ha realizado ninguna valoración o comentario» oficial desde el Centro sobre la desclasificación, «ya que se ha mantenido el deber de secreto». En ese sentido, cabe incidir, por si acaso, en que las atribuciones de este artículo tampoco son oficiales, sino que se enmarcan en el terreno del comentario individual.
Mientras vuelan los cuchillos de Ferraz a Moncloa y de Moncloa al CNI, y mientras el chivo expiatorio vuelve a ser el mejor amigo del político español, conviene recordar que alguien tiene que hacer el trabajo encubierto -y, a veces, sucio- del Estado. Claro, pero siempre con la condición de posibilidad de la omertá. Un servicio secreto no sirve si no sirve en secreto.
Por esa razón ha cundido un pánico cierto entre algunos agentes españoles. Temen, invocando de nuevo la mitología griega, que el Olimpo de las agencias extranjeras se vuelva contra ellos tras la revelación de los secretos. A Tántalo, Odiseo se lo encuentra dolorido y sediento en el mundo de los muertos, dentro de un lago cuyas aguas desaparecen absorbidas bajo sus pies en cuanto se agacha para intentar beber de ellas. Y cuando se estira para alcanzar frutos de los árboles, el viento se los lleva hacia las nubes. Tántalo simboliza la frustración perpetua. La impotencia. Pues eso.
España // elmundo
