Un partido de fútbol nunca es solamente un partido de fútbol. Mucho menos un Barça-Madrid, dos poderosos fenómenos sociológicos marcados por una fiera rivalidad desde hace muchas generaciones y que trasciende lo deportivo.
Al arbitraje español podemos pedirle explicaciones, coherencia en los criterios, una utilización más clara del VAR y mecanismos de rendición de cuentas. Pero nada justifica que los convirtamos en sospechosos permanentes
Un partido de fútbol nunca es solamente un partido de fútbol. Mucho menos un Barça-Madrid, dos poderosos fenómenos sociológicos marcados por una fiera rivalidad desde hace muchas generaciones y que trasciende lo deportivo.
Si el fútbol se mide por talento, este partido tiene una categoría incomparable. Si se mide por dinero, cada equipo suma muchos cientos de millones. Si se mide por expectativas, estamos ante un espectáculo de dimensión planetaria. Si se mide por emociones, resulta difícil encontrar una concentración mayor de pasión, incertidumbre, amor y, digámoslo, odio.
Y, sin embargo… No sé si el pobre árbitro al que le toque dirigir este partido le habrá dado alguna vez una patada a un balón. Lo que sí sabemos es que no es candidato al Balón de Oro ni jugará el Clásico.
Pero, en unos de los partidos que provoca una mayor expectación, donde se enfrentarán dos porteros que están entre los mejores del mundo, dos delanteros que son candidatos al Balón de Oro y un puñado de cracks que pisan posiciones intermedias del campo, buena parte de las miradas recaerán sobre este hombre. No será por admiración.
El reglamento no le ayuda porque el tiempo no ha hecho más que complicarlo. Si hubiéramos hecho lo mismo con los diez mandamientos ya no sabríamos ni pecar.
La justicia suele representarse con una venda en los ojos. Pero ambas aficiones están convencidas de que el árbitro se la quitará para favorecer al rival. Aún no sabemos a quién robará ni por qué, pero estamos ante un presunto ladrón.
Llegados a este punto, parece normal que un artículo sobre el gran partido de la semana comience poniéndole acento a la figura arbitral. Pero esa normalidad es una aberración, una vergüenza y una estupidez.
Ese pobre hombre, intimidado por todas las sospechas imaginables, tendrá que poner los cinco sentidos ante un saque lateral. Para las jugadas comprometidas, que Dios le ayude. Haga lo que haga, más le valdrá mantenerse alejado de las redes sociales después del partido, porque para uno de los dos equipos, sin descartar que sea para los dos, pasará de sospechoso a culpable.
Daniel Passarella, seguramente el mejor defensor de la historia del fútbol argentino, solía llamar a los periodistas, sin ningún afán elogioso, “los invictos”, porque nunca perdían. Ahora los invictos son los clubes: cuando ganan es porque han sido mejores; cuando pierden siempre tienen un culpable a mano. Mecanismo que empobrece a la Liga y a nuestra cultura deportiva.
Al arbitraje español podemos pedirle explicaciones, coherencia en los criterios, una utilización más clara del VAR y mecanismos de rendición de cuentas. Pero nada justifica que los convirtamos en sospechosos permanentes.
Pasemos ahora a lo anecdótico, que es el partido. Y, como no queda mucho sitio, simplifiquemos: será una lucha entre el balón y el espacio.
El Barça convierte el balón en un objeto de disfrute que le sirve para dominar los partidos y, por criterio e insistencia, desequilibrarlo. En cuanto a los espacios, son resquicios que buscará el Madrid para aprovechar la relampagueante velocidad de Mbappé y la habilidad hacia delante de Diomande y Bellingham. El balón para mover al rival, distraerlo y, finalmente, sorprenderlo; el espacio, para lanzar cohetes que juegan al fútbol.
Dos plantillas millonarias, dos proyectos de juego diferentes. Los antecedentes inmediatos y la condición de local hablan de un favorito, pero la historia dice que “la víctima” es capaz de cualquier cosa.
Ahí está el Clásico, envuelto para regalo y adornado con un lazo. Mañana lo desenvolveremos y descubriremos qué hay dentro. Esperemos que no sea el árbitro.
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