Cada primavera y cada otoño, millones de europeos adelantan o atrasan sus relojes una hora. Se suele afirmar que estos cambios perjudican el sueño, la salud y la seguridad laboral. Pero ¿debemos valorar únicamente sus efectos inmediatos o también las consecuencias de cómo organizamos nuestras actividades en relación con la luz natural?
El balance de los efectos del cambio de hora sobre la salud no está del todo claro y mantener los cambios estacionales podría ser beneficioso a largo plazo
Cada primavera y cada otoño, millones de europeos adelantan o atrasan sus relojes una hora. Se suele afirmar que estos cambios perjudican el sueño, la salud y la seguridad laboral. Pero ¿debemos valorar únicamente sus efectos inmediatos o también las consecuencias de cómo organizamos nuestras actividades en relación con la luz natural?
El balance de los efectos del cambio de hora sobre la salud no está del todo claro. De hecho, mantener los cambios estacionales podría ser beneficioso a largo plazo. Nuestro reloj biológico regula el sueño, el estado de alerta y numerosas funciones fisiológicas, y la luz natural es su principal señal de sincronización. El horario estacional permite aprovechar más luz por la tarde en verano sin retrasar excesivamente el amanecer en invierno.
Pero, ¿qué ocurre si nos centramos en la salud laboral? Es cierto que el cambio de hora puede alterar temporalmente el sueño y la atención, especialmente en primavera, cuando perdemos una hora. Una revisión publicada en 2026 en el European Journal of Epidemiology, que analizó 157 estudios, encontró algunos efectos adversos inmediatos, sobre todo en accidentes de tráfico y determinados episodios cardiovasculares. Sin embargo, los resultados son heterogéneos y no indican efectos perjudiciales generalizados. La revisión también identificó posibles efectos beneficiosos.
Para los trabajadores conviene distinguir tres cuestiones: los accidentes en los días posteriores al cambio, lo que ocurre durante el turno nocturno en que se modifica la hora y los riesgos de trabajar habitualmente de noche.
¿Aumentan los accidentes laborales?
Una explicación habitual es que, tras el cambio de primavera, dormir menos reduce la atención y aumenta los accidentes. Algunos estudios lo respaldan: uno realizado en Italia observó aproximadamente un 2% más de accidentes laborales durante los tres días siguientes, mientras que después del cambio de otoño registró una reducción superior al 10%. Sin embargo, otros estudios no han confirmado este aumento y, en conjunto, la evidencia sigue siendo inconsistente.
La reciente revisión europea encontró algunos indicios de una reducción de los accidentes laborales tras el cambio de otoño, pero no un aumento consistente en primavera. Por tanto, aunque el mecanismo es plausible, no podemos afirmar que los cambios de hora aumenten sistemáticamente los accidentes laborales. Cuando se observan diferencias, parecen ser transitorias.
¿Qué ocurre con quienes trabajan esa noche?
Pensemos en una enfermera o un trabajador industrial con un turno de 22.00 a 6.00. En otoño, cuando atrasamos el reloj, ese turno puede durar nueve horas reales; en primavera, siete. Las empresas pueden ajustar los horarios para mantener las ocho horas habituales, pero no siempre lo hacen.
La hora adicional de otoño puede aumentar el cansancio y reducir la atención al final del turno, aunque no disponemos de estudios suficientes para cuantificar el riesgo añadido. Además, las consecuencias dependen del trabajo: una pérdida de atención no implica lo mismo en una tarea rutinaria que al conducir, manejar maquinaria o atender una urgencia médica. También deben acordarse la compensación de la hora adicional, teniendo en cuenta el cómputo anual de la jornada, y el descanso correspondiente.
El problema de fondo: trabajar de noche habitualmente
El cambio de hora nos recuerda un problema de salud laboral mucho más importante. Los hospitales, el transporte y numerosos servicios necesitan personal nocturno. Sin embargo, trabajar repetidamente durante la noche biológica puede alterar los ritmos circadianos, perjudicar el descanso y contribuir a enfermedades crónicas. Una revisión de estudios estimó un riesgo de lesiones laborales un 36% mayor en los turnos nocturnos que en los de mañana.
La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, de la Organización Mundial de la Salud, clasificó el trabajo nocturno como probablemente cancerígeno para los seres humanos, una investigación a la que contribuyeron nuestros equipos. En el estudio MCC-Spain, con miles de participantes de distintas regiones españolas, observamos asociaciones entre el trabajo nocturno y un mayor riesgo de cáncer de mama y próstata, especialmente en determinados grupos con exposiciones prolongadas. En investigaciones complementarias examinamos los mecanismos biológicos en trabajadores con turnos de día y de noche. Detectamos cambios importantes en los horarios de producción de melatonina, la denominada hormona del sueño, y de hormonas sexuales, que muestran cómo el trabajo nocturno puede alterar procesos fisiológicos potencialmente relacionados con enfermedades crónicas. Estos resultados todavía no se reflejan suficientemente en las prácticas de prevención.
No debemos confundir estas exposiciones repetidas durante años con el pequeño desfase producido dos veces al año. Su intensidad, duración y posibles consecuencias son muy diferentes.
¿Qué podemos hacer?
Las medidas deben ser proporcionadas y adaptadas a cada sector. No parece necesario imponer soluciones uniformes por el cambio de hora. Empresas y trabajadores pueden acordar ajustes para evitar la hora adicional en otoño o, cuando no sea posible, garantizar una compensación adecuada y suficiente descanso. En tareas especialmente sensibles a la fatiga pueden ser útiles pausas adicionales y una mejor distribución de las actividades más exigentes.
La prioridad, sin embargo, es organizar mejor el trabajo nocturno habitual: limitar los turnos nocturnos consecutivos, garantizar descansos suficientes entre jornadas y gestionar adecuadamente la exposición a la luz. La prevención debe incorporarse a la organización del trabajo, no depender solo de la adaptación individual. La vigilancia de la salud debe detectar pronto los trastornos del sueño, la fatiga persistente y las dificultades de adaptación a los turnos. También habría que evitar pérdidas de ingresos cuando sea necesario cambiar de puesto o turno por motivos de salud y valorar la jubilación anticipada en casos justificados.
El debate sobre mantener o abolir los cambios estacionales es legítimo y exige considerar tanto los efectos inmediatos como la distribución de la luz natural durante el año y sus posibles beneficios a largo plazo. Pero no deberíamos exagerar los riesgos de mover el reloj una hora mientras pasamos por alto un desafío mucho mayor.El principal problema de salud laboral no es cambiar la hora dos veces al año, sino trabajar contra nuestro reloj biológico noche tras noche.
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