Isabel y José Luis donaron un riñón para ofrecer una nueva oportunidad de vida a dos de sus seres más queridos Isabel y José Luis donaron un riñón para ofrecer una nueva oportunidad de vida a dos de sus seres más queridos
Isabel Folgado, una mujer de 74 años, donó uno de sus riñones libremente a su marido. Ahora, jubilada y desde el salón de su casa … en Bétera, en compañía de José María Cambrils, su esposo, cuenta la historia con la misma facilidad con la que afrontó aquella decisión. «El riñón se lo doy porque es mío, porque es la persona que más amo en este mundo». Con esas palabras, Isabel convenció a la jueza de que en su decisión no había dudas ni presiones, solo la voluntad de que José María pudiera seguir viviendo una vida tranquila.
Historias como la suya son cada vez menos excepcionales. El trasplante renal de donante vivo gana protagonismo como una alternativa que no solo mejora la calidad de vida del receptor, sino que, consigue evitar que se llegue a iniciar tratamiento de diálisis.
Desde 2024, los hospitales públicos valencianos han realizado 61 trasplantes renales de donante vivo. El Hospital La Fe concentra la mayor actividad, con 33 intervenciones. Le sigue el Hospital Doctor Peset, con 20 trasplantes en el mismo periodo, mientras que el Hospital General Doctor Balmis de Alicante suma ocho. En conjunto, las cifras reflejan una tendencia al alza en este tipo de trasplantes en la Comunitat Valenciana.
Para Isabel Folgado, sin embargo, las cifras nunca fueron importantes. Todo empezó cuando los médicos del Hospital La Fe le comunicaron a su marido en abril de 2025 que su problema de azúcar había empeorado considerablemente su salud renal, y que, tarde o temprano, tendría que comenzar diálisis. Mientras los sanitarios explicaban el proceso al matrimonio, ella formuló una pregunta que cambiaría la vida de ambos: «¿Yo le puedo dar mi riñón?».
Aquella cuestión dio comienzo a meses de pruebas médicas, consultas con distintos especialistas y finalmente, una comparecencia el primer trimestre de 2026 ante una jueza que quiso asegurarse de que nadie la obligaba a donar.
Fue precisamente durante esa conversación en el juzgado cuando pronunció unas palabras que todavía hoy recuerda de memoria. «Si su cuerpo rechaza el trasplante, yo me quedaré con que lo he intentado.», afirma la mujer dando la mano a su marido. «Y si él se va de mi vida, pensaré que se lleva algo de mí. Por todo eso se lo quiero dar, libremente y sabiendo todo lo que me pueda pasar y a todo lo que nos vamos a enfrentar».
La autorización llegó y la operación pudo programarse para abril de 2026, antes de que su marido necesitara diálisis. Para ella, ese era el objetivo principal. «No quiero que vaya a diálisis ni un solo día», asegura de manera firme. La recuperación sorprendió incluso a sus tres hijas. En apenas unas semanas ambos cicatrizaron favorablemente y, pocos meses después, retomaron sus costumbres habituales. «Él lleva una vida normal, hacemos una rutina exactamente igual a la de antes», resume la mujer.
La vivencia de esta pareja refleja una de las principales ventajas del trasplante renal de donante vivo. Al poder planificar la intervención cuando tanto donante como receptor se encuentran en las mejores condiciones posibles, aumenta la probabilidad de éxito. Además, al extraerse e implantarse el órgano prácticamente de forma simultánea, el tiempo que el riñón permanece sin riego sanguíneo es mucho menor y favorece una recuperación más rápida de la función renal, afirma Pablo Molina, jefe del Servicio de Nefrología del Hospital La Fe.
Sin embargo, no todas las historias son iguales. José Luis Piedrabuena nos cuenta su experiencia, acompañado de su hijo, en una cafetería cercana al mercado del Cabanyal, el barrio donde ambos viven. Cuando los médicos comunicaron en 2022 a su hijo David Piedrabuena, que padecía una enfermedad renal crónica avanzada y que en pocos años necesitaría diálisis, la respuesta en casa fue inmediata. Pero lo que parecía una decisión tomada se encontró con un obstáculo inesperado. Los médicos rechazaron inicialmente su candidatura como donante.
La razón no era la falta de voluntad, sino la seguridad. José Luis no cumplía los requisitos de salud necesarios. El equipo de trasplantes consideró que la intervención suponía un riesgo demasiado elevado para él. Lejos de desanimarse, aquella negativa se convirtió en un objetivo. «Ese mismo día empecé a salir a correr», explica entre risas. Apenas podía recorrer cien metros seguidos, pero durante dos meses caminó y entrenó a diario, incluso bajo la lluvia o lesionado, mientras cambiaba completamente sus hábitos. El esfuerzo dio resultado, perdió veinte kilos, mejoró todos sus parámetros de salud y lo que antes era imposible para los médicos pasó a convertirse en una opción viable.
Cuando regresó al hospital, los facultativos apenas le reconocieron. Su estado físico había cambiado tanto que el protocolo de donación volvió a activarse. A partir de ese momento comenzó un nuevo proceso de pruebas médicas que se prolongó durante meses. Analíticas, estudios de compatibilidad, y una entrevista con un juez para certificar que la decisión era completamente altruista. Solo cuando el equipo confirmó que donar no suponía un riesgo para él, recibió la autorización definitiva.
Mientras tanto, la enfermedad de David seguía avanzando. El deterioro de sus riñones fue más rápido de lo previsto y terminó necesitando diálisis antes de que pudiera realizarse el trasplante. Con apenas 18 años y recién iniciada la universidad, tuvo que reorganizar completamente su rutina. Salía de clase, comía deprisa y acudía al hospital para permanecer conectado durante cuatro horas a la máquina de diálisis, tres días por semana. «Tenía un seis por ciento de funcionalidad renal», recuerda. Antes incluso de empezar el tratamiento convivía con dolores de cabeza constantes, náuseas, falta de apetito y una sensación permanente de agotamiento. «Era como una resaca que nunca terminaba», resume el joven.
La operación llegó el 21 de octubre de 2022 en el Hospital Doctor Peset. Padre e hijo entraron en quirófano el mismo día. Mientras David recuperaba rápidamente la función del nuevo riñón, José Luis necesitó algo más de tiempo para adaptarse a vivir con uno solo. «Él pasó de cero a diez y yo de diez a cinco», bromea al recordar aquellos primeros días. Aun así, asegura que nunca se arrepintió. «Lo volvería a hacer mil veces».
Con la perspectiva que dan los años, afirma que la parte más difícil no fue la recuperación, sino todo lo vivido antes del trasplante. «Los malos recuerdos los tengo de antes de la operación, no de después». Hoy vuelve a montar en bicicleta, sale a correr y lleva una vida completamente normal. «Las secuelas son cero», asegura. Tanto él como su hijo continúan acudiendo a revisiones periódicas, pero consideran ese seguimiento una garantía más que una limitación.
A pesar de los buenos resultados, la donación renal en vida sigue siendo una opción desconocida para gran parte de la población. Cuando se habla de trasplantes, la mayoría de personas piensa automáticamente en un donante fallecido. Sin embargo, la legislación española también permite la donación entre personas vivas, siempre que el procedimiento no suponga un riesgo para el donante y que su decisión sea libre, voluntaria y altruista.
Los datos de la Organización Nacional de Trasplantes muestran un perfil bastante definido. En la mayoría de los casos, la donación se produce entre parejas, hermanos o progenitores, una circunstancia que, además del vínculo emocional, aporta una mayor compatibilidad inmunológica entre ambas personas.
Esa fue precisamente la razón por la que los médicos recomendaron a José Luis convertirse en el donante de su hijo. Compartir parte de la carga genética disminuye las posibilidades de rechazo del órgano y mejora el pronóstico a largo plazo. Aun así, insiste en que ningún vínculo familiar está por encima de la seguridad del donante. Él mismo fue descartado en un primer momento hasta demostrar que se encontraba en condiciones óptimas para afrontar la cirugía. «Ahí fue cuando entendí lo serio que era todo esto», recuerda.
Tras la operación, la vida continúa prácticamente con normalidad. Donantes y receptores deben someterse a revisiones periódicas para controlar la función renal y ajustar, en el caso de los receptores, la medicación inmunosupresora. Ese acompañamiento continúa durante toda la vida del donante. Desde marzo de 2025, además, quienes deciden donar un órgano en vida cuentan con un régimen especial de incapacidad temporal que protege su situación laboral durante la intervención y el periodo de recuperación, una medida que busca eliminar algunas de las barreras que todavía frenan este tipo de donaciones.
Sin embargo, detrás de cada cifra hay una historia distinta. La de una mujer de 74 años que nunca dudó en ofrecer un riñón a su marido. La de un padre que transformó por completo su vida y recuperó su salud para poder donar a su hijo. Historias que comienzan con una enfermedad, continúan con meses de incertidumbre y terminan compartiendo una misma decisión: asumir un riesgo propio para ofrecer una oportunidad a otra persona.
Para Isabel, aquella decisión nunca tuvo el carácter extraordinario que muchos le atribuyen. De hecho, reconoce que todavía le sorprende cuando alguien la felicita por lo que hizo. «Hay gente que me dice que soy una heroína, pero yo no me siento así», explica entre risas. Para ella, donar un riñón no fue un acto de heroicidad, sino una consecuencia de toda una vida compartida con la persona a la que quería ayudar, «era lo mínimo que podía hacer, llevo sesenta años con mi marido, que es lo mejor que me ha pasado en la vida, con el que sigo levantándome y sigo sintiéndome muy querida a su lado», afirma.
Antes de la operación, la protagonista tenía claro que el trasplante podía no salir como esperaba. «Si hubiera salido mal, también lo hubiéramos aceptado», reconoce. Pero, hoy habla desde la tranquilidad de quien ve a su marido hacer una vida normal. Su mensaje, dirigido a quienes algún día puedan encontrarse en su situación, es sencillo: perder el miedo. Porque como repite, el mayor cambio no fue donar un riñón, sino evitar que la enfermedad les arrebatara una vida que todavía querían seguir compartiendo.
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