Un cuadrado delimitado en el escenario y una actriz que nos habla antes de entrar en él. Atravesada esa frontera, que separa nuestra realidad y la del teatro, se dibuja una existencia que trata de desbordar los límites. En ese marco desnudo, Natalia Huarte (Pamplona, 1989) recompone con talento descomunal una biografía vitalista y doliente, obrando el silencio en la grada de la Abadía. Es Leonora, la última creación de Alberto Conejero.
La vida de Leonora Carrington (1917-2011), pintora y escritora británica nacionalizada mexicana, es una epopeya íntima del siglo XX que se agota en el XXI. Perseguida por un padre que intentó domeñar un carácter contestatario, siempre constreñida por un mundo hostilmente conformista, se abrió paso a tientas, pero con entereza.
Ante nosotros, se traza la trayectoria de una mujer que desde niña buscó el envés de la realidad sin importarle quién la presentara ni cómo. Un espíritu que no se adaptó a moldes y, por ello mismo, la sociedad acomodada a la que pertenecía intentó ocultarla. Tenía que desaparecer aquella muchacha, aquel lunar indeseado.
Alberto Conejero ha seguido la estela de aquella mujer que quiso ser artista y lo logró a pesar de todo y de todos, y ha construido un recorrido apasionante, repleto de lirismo, de verdad y angustia por alcanzar un deseo. La capacidad narrativa y poética del escritor jiennense alcanza en Leonora un depurado resultado que atrapa la atención del espectador. Plasma una lucha contra el mundo desde la raíz a la copa. Conejero domina la expresión a una voz, como hemos comprobado en obras anteriores, tan inspiradas como En mitad de tanto fuego, de la mano de Rubén de Eguía; o en su reciente retrato musicado de Laurencia, reimaginando a aquella chica mancillada de Fuenteovejuna.
El periplo es el de la artista Mary Leonora Carrington, que para nosotros ya es Leonora, desde Inglaterra hasta México pasando por Francia, España o Portugal. En Florencia descubre los lienzos de Paolo Uccello -quizás La Battaglia di San Romano– y tiene la certeza de que su futuro estará guiado por la pintura. Imposible no sentir esa llamada en una ciudad como aquella.
Leonora trota inmóvil, como si fuera a lomos de Tártaro, aquel caballito de cartón que le regaló su madre y acabó reducido a cenizas. La figura del caballo aparece reiteradamente en sus cuadros de juventud, como símbolo de su elegante naturaleza salvaje, de la libertad sin doma. Aún podemos recorrer virtualmente aquella retrospectiva con que Fundación Mapfre nos dio a conocer a la pintora.
En París descubrirá la bohemia y, por primera vez, vislumbra la felicidad a la vera del pintor Max Ernst, en una casa del sur de Francia. Efímera plenitud. La II Guerra Mundial aparece en forma de separación forzosa y ahí comienza una odisea. Algo que no somos capaces de calibrar, desde nuestra perspectiva del smartphone geolocalizado. Una simple nota manuscrita con una vaga indicación, será la pista que quedará sobre la cama antes de partir. Su maleta lleva el nombre de Leonora cosido y una placa de latón grabada con la palabra ‘Revelación’, pero nada vemos en escena salvo una actriz asomándose al vacío.
Durante una hora, Natalia Huarte es Leonora cabalgando con determinación una vida que tuvo demasiados momentos amargos. Rota por la barbarie, aquella España de los cuarenta donde campaban manadas de cafres con boina roja, impacta sobre ella de la manera más vil. Es una Laurencia del siglo XX, pero ella nunca baja la mirada, aunque amanezca acurrucada bajo un ángel caído en medio de un parque solitario, oliendo a semen y a colonia.
El desdén con que se arrinconaba a los enfermos mentales se deja ver en esta función. Una sensibilidad fulgurante como la de Carrington, que había descubierto en el surrealismo el terreno donde volcar sus obsesiones, resultaba insoportable para un padre obstinado en recluirla. Su paso por un hospital psiquiátrico de Santander está marcado por el cardiazol, un fármaco que desencadenaba en el paciente una crisis convulsiva. El recorrido por nuestro país resulta desolador y vejatorio, pero siempre hay una ventana por la que escapar.
Natalia Huarte está deslumbrante y nos transmite una personalidad que surge a borbotones en un discurso continuo, repleto de ideas e imágenes, con una claridad meridiana, sin estridencias ni efectismos. Mayúscula interpretación, desde una sobriedad que nos alumbra con intensidad. Inmóvil en el suelo, como amarrada a la cama de un psiquiátrico, o proclamando su libertad descamisada, crece el personaje, apenas acentuado con unos precisos apuntes musicales y luminosos. Asistimos a una narración esencial, hipnótica.
Tras recorrer la frontera de las tinieblas, la luz se apaga finalmente sobre la artista, esta y aquella, y uno quiere más. Se hace corta esta Leonora, a pesar de su nutritivo texto, pero esa inusual brevedad hace a esta función más grande.
Las entradas están agotadas desde hace tiempo, pero acudan a la puerta del teatro en busca de una butaca huérfana, de un resquicio como los que Leonora Carrington encontró durante su vida para conseguir lo que deseaba.
Natalia Huarte recorre la vida de Leonora Carrington en una soberbia interpretación, hasta el 13 de septiembre en el Teatro de La Abadía
Un cuadrado delimitado en el escenario y una actriz que nos habla antes de entrar en él. Atravesada esa frontera, que separa nuestra realidad y la del teatro, se dibuja una existencia que trata de desbordar los límites. En ese marco desnudo, Natalia Huarte (Pamplona, 1989) recompone con talento descomunal una biografía vitalista y doliente, obrando el silencio en la grada de la Abadía. Es Leonora, la última creación de Alberto Conejero.
La vida de Leonora Carrington (1917-2011), pintora y escritora británica nacionalizada mexicana, es una epopeya íntima del siglo XX que se agota en el XXI. Perseguida por un padre que intentó domeñar un carácter contestatario, siempre constreñida por un mundo hostilmente conformista, se abrió paso a tientas, pero con entereza.

Ante nosotros, se traza la trayectoria de una mujer que desde niña buscó el envés de la realidad sin importarle quién la presentara ni cómo. Un espíritu que no se adaptó a moldes y, por ello mismo, la sociedad acomodada a la que pertenecía intentó ocultarla. Tenía que desaparecer aquella muchacha, aquel lunar indeseado.
Alberto Conejero ha seguido la estela de aquella mujer que quiso ser artista y lo logró a pesar de todo y de todos, y ha construido un recorrido apasionante, repleto de lirismo, de verdad y angustia por alcanzar un deseo. La capacidad narrativa y poética del escritor jiennense alcanza en Leonora un depurado resultado que atrapa la atención del espectador. Plasma una lucha contra el mundo desde la raíz a la copa. Conejero domina la expresión a una voz, como hemos comprobado en obras anteriores, tan inspiradas como En mitad de tanto fuego, de la mano de Rubén de Eguía; o en su reciente retrato musicado de Laurencia, reimaginando a aquella chica mancillada de Fuenteovejuna.
El periplo es el de la artista Mary Leonora Carrington, que para nosotros ya es Leonora, desde Inglaterra hasta México pasando por Francia, España o Portugal. En Florencia descubre los lienzos de Paolo Uccello -quizás La Battaglia di San Romano– y tiene la certeza de que su futuro estará guiado por la pintura. Imposible no sentir esa llamada en una ciudad como aquella.

Leonora trota inmóvil, como si fuera a lomos de Tártaro, aquel caballito de cartón que le regaló su madre y acabó reducido a cenizas. La figura del caballo aparece reiteradamente en sus cuadros de juventud, como símbolo de su elegante naturaleza salvaje, de la libertad sin doma. Aún podemos recorrer virtualmente aquella retrospectiva con que Fundación Mapfre nos dio a conocer a la pintora.
En París descubrirá la bohemia y, por primera vez, vislumbra la felicidad a la vera del pintor Max Ernst, en una casa del sur de Francia. Efímera plenitud. La II Guerra Mundial aparece en forma de separación forzosa y ahí comienza una odisea. Algo que no somos capaces de calibrar, desde nuestra perspectiva del smartphone geolocalizado. Una simple nota manuscrita con una vaga indicación, será la pista que quedará sobre la cama antes de partir. Su maleta lleva el nombre de Leonora cosido y una placa de latón grabada con la palabra ‘Revelación’, pero nada vemos en escena salvo una actriz asomándose al vacío.

Durante una hora, Natalia Huarte es Leonora cabalgando con determinación una vida que tuvo demasiados momentos amargos. Rota por la barbarie, aquella España de los cuarenta donde campaban manadas de cafres con boina roja, impacta sobre ella de la manera más vil. Es una Laurencia del siglo XX, pero ella nunca baja la mirada, aunque amanezca acurrucada bajo un ángel caído en medio de un parque solitario, oliendo a semen y a colonia.
El desdén con que se arrinconaba a los enfermos mentales se deja ver en esta función. Una sensibilidad fulgurante como la de Carrington, que había descubierto en el surrealismo el terreno donde volcar sus obsesiones, resultaba insoportable para un padre obstinado en recluirla. Su paso por un hospital psiquiátrico de Santander está marcado por el cardiazol, un fármaco que desencadenaba en el paciente una crisis convulsiva. El recorrido por nuestro país resulta desolador y vejatorio, pero siempre hay una ventana por la que escapar.
Natalia Huarte está deslumbrante y nos transmite una personalidad que surge a borbotones en un discurso continuo, repleto de ideas e imágenes, con una claridad meridiana, sin estridencias ni efectismos. Mayúscula interpretación, desde una sobriedad que nos alumbra con intensidad. Inmóvil en el suelo, como amarrada a la cama de un psiquiátrico, o proclamando su libertad descamisada, crece el personaje, apenas acentuado con unos precisos apuntes musicales y luminosos. Asistimos a una narración esencial, hipnótica.

Tras recorrer la frontera de las tinieblas, la luz se apaga finalmente sobre la artista, esta y aquella, y uno quiere más. Se hace corta esta Leonora, a pesar de su nutritivo texto, pero esa inusual brevedad hace a esta función más grande.
Las entradas están agotadas desde hace tiempo, pero acudan a la puerta del teatro en busca de una butaca huérfana, de un resquicio como los que Leonora Carrington encontró durante su vida para conseguir lo que deseaba.
20MINUTOS.ES – Cultura
