Un vídeo viral muestra una vivienda iluminada en un bloque abandonado hace años por su promotora. Es el símbolo de los «edificios de cola podrida», donde miles de compradores esperan unas casas que nunca llegan mientras continúan pagando la hipoteca. Algunos han decidido mudarse entre escombros Leer Un vídeo viral muestra una vivienda iluminada en un bloque abandonado hace años por su promotora. Es el símbolo de los «edificios de cola podrida», donde miles de compradores esperan unas casas que nunca llegan mientras continúan pagando la hipoteca. Algunos han decidido mudarse entre escombros Leer
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En medio de una mole de hormigón, con decenas de ventanas negras y las plantas superiores perdidas en la oscuridad, hay una pequeña luz encendida. Es la única señal de vida en un rascacielos sin terminar donde los obreros desaparecieron hace años. Detrás de esa ventana vive una familia que se cansó de esperar mientras seguía pagando la hipoteca. La promotora nunca acabó su vivienda, así que los propietarios decidieron acondicionarla por su cuenta, improvisar las conexiones de agua y electricidad y mudarse. Cada día deben subir más de 20 pisos por unas escaleras que todavía pertenecen a una obra.
El vídeo se ha convertido estos días en uno de los símbolos más tristes de la crisis inmobiliaria china. Las imágenes se han viralizado en las redes sociales, acompañadas de comentarios de indignación y solidaridad. Muchos internautas se preguntan cuántas familias estarán atravesando situaciones parecidas sin que nadie conozca sus historias.
En China existe un término para estos esqueletos de hormigón que salpican el paisaje urbano: lanweilou, que literalmente significa «edificios de cola podrida«. Son urbanizaciones cuya construcción quedó paralizada después de que las promotoras se quedaran sin dinero. Hay rascacielos con fachadas terminadas pero sin instalaciones, torres desnudas rodeadas de grúas oxidadas y complejos residenciales enteros donde las malas hierbas han sustituido a los jardines prometidos. Los compradores pagaron por adelantado viviendas que probablemente nunca podrán habitar.
En Chengdu, al suroeste del país, Qi Qi decidió que no iba a seguir esperando. Tenía 28 años cuando contó su historia al medio chino Sixth Tone. Había comprado en 2023 un apartamento de 57 metros cuadrados por 500.000 yuanes, unos 60.000 euros al cambio aproximado de entonces. Era prácticamente todo lo que podía permitirse después de años trabajando como dependienta en una tienda. La vivienda debía entregarse en enero de 2024. Pero los obreros desaparecieron y el edificio quedó inacabado.
Qi Qi pagaba mensualmente 2.500 yuanes de hipoteca y otros 1.500 de alquiler. Cuando compró el piso, su sueldo rondaba los 4.000 yuanes. Aquella ecuación era insostenible. Por eso, en 2025, se mudó a un apartamento sin electricidad, agua corriente ni gas. Subió sus pertenencias a la tercera planta alumbrándose con una linterna. El pasillo estaba cubierto de polvo y el ascensor no funcionaba. Su casa, recién pintada de colores claros, contrastaba con el abandono del resto del inmueble.
Esta historia no era una excepción. Miles de familias en la misma situación han intentado negociar con las promotoras y reclamar ante los tribunales. Incluso han saltado protestas en varias ciudades, la mayoría censuradas en la prensa local. Se trataba de una rebelión desesperada: quienes habían invertido sus ahorros para escapar del alquiler terminaban viviendo en condiciones peores que las de muchas viviendas precarias.
El origen del desastre se encuentra en el modelo que alimentó durante décadas el milagro del ladrillo chino. Las promotoras vendían pisos sobre plano y utilizaban esos ingresos para financiar nuevas promociones. En 2021, alrededor del 87% de las viviendas nuevas se comercializaban antes de estar terminadas. El negocio funcionaba mientras los precios subían y los compradores seguían apareciendo. Las empresas acumulaban terrenos y deudas, las administraciones locales ingresaban miles de millones vendiendo derechos de uso del suelo y las familias consideraban el ladrillo su inversión más segura.
Pero en 2020, cuando el Gobierno chino vio que la burbuja seguía hinchándose y que la explosión podría ser incontrolable, endureció las restricciones al endeudamiento de las promotoras. Al año siguiente estalló la crisis de Evergrande, el gigante inmobiliario que había levantado su imperio sobre una montaña de deuda. Otras empresas también terminaron atrapadas por problemas financieros. La caída de las ventas redujo los ingresos y numerosas obras se quedaron sin fondos.
La crisis también golpeó la confianza en un país donde tener una vivienda propia sigue siendo una condición fundamental para muchos matrimonios. Incluso estalló un movimiento de boicot hipotecario: compradores de promociones paralizadas amenazaron con dejar de pagar sus préstamos. Las autoridades respondieron impulsando mecanismos de financiación para terminar las obras y contener un problema que amenazaba con extenderse al sistema bancario.
Pero el agujero todavía está lejos de cerrarse. Según una encuesta de Reuters publicada el pasado agosto, los analistas esperaban que la inversión inmobiliaria cayera un 20% en 2026 y que los precios de la vivienda descendieran un 3,4%. Las ventas por superficie retrocedieron un 12,1% interanual durante los ocho primeros meses del año. Pekín ha tratado de sostener el sector con ayudas, facilidades crediticias y programas para completar promociones paralizadas, mientras busca reducir la dependencia del antiguo modelo de preventas.
A finales de verano, las autoridades anunciaron una reforma para favorecer la venta de viviendas terminadas, reforzar la vigilancia del dinero adelantado por los compradores y evitar que nuevas familias terminen atrapadas en edificios sin entregar. El problema es que ninguna modificación normativa puede borrar de golpe los esqueletos de hormigón acumulados durante años.
En la segunda economía del mundo, capaz de levantar ciudades enteras en tiempo récord, algunas familias tienen que terminar sus propias casas después de haberlas pagado. La luz que se ve desde la calle no anuncia que la obra haya concluido. Es la señal de alguien que, después de años esperando las llaves de su futuro, ha decidido vivir entre las ruinas de una promesa.
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