
En diciembre de 2022, mientras se jugaba el Mundial en Qatar, en un canal de noticias en Argentina entrevistaron a los transeúntes en la 9 de Julio y Corrientes, pleno centro de Buenos Aires, por lo que era el único tema en la agenda de ese país: la colosal expectativa por la final entre la Albiceleste y Francia. En medio de los comentarios naturales sobre Lionel Messi, Kylian Mbappé y un triunfo que la mayoría de argentinos daba por descontado, sobresalió la respuesta que una venezolana residente en Chile ensayó ante la movilera de TV que la había consultado sin saber que se trataba de una turista. “Queríamos vivir el Mundial y con mi marido decidimos venir a Buenos Aires para estar acá en los últimos partidos”, dijo con el Obelisco de fondo, como si Argentina —el país, sus calles, sus plazas, su gente— se hubiese convertido en el estadio de fútbol más grande del mundo, y entonces contó su procedencia.
Con los boletos a los estadios cada vez más inaccesibles, los festejos urbanos implican un resquicio frente a una industria que trata a los fanáticos cada vez más como consumidores 
En diciembre de 2022, mientras se jugaba el Mundial en Qatar, en un canal de noticias en Argentina entrevistaron a los transeúntes en la 9 de Julio y Corrientes, pleno centro de Buenos Aires, por lo que era el único tema en la agenda de ese país: la colosal expectativa por la final entre la Albiceleste y Francia. En medio de los comentarios naturales sobre Lionel Messi, Kylian Mbappé y un triunfo que la mayoría de argentinos daba por descontado, sobresalió la respuesta que una venezolana residente en Chile ensayó ante la movilera de TV que la había consultado sin saber que se trataba de una turista. “Queríamos vivir el Mundial y con mi marido decidimos venir a Buenos Aires para estar acá en los últimos partidos”, dijo con el Obelisco de fondo, como si Argentina —el país, sus calles, sus plazas, su gente— se hubiese convertido en el estadio de fútbol más grande del mundo, y entonces contó su procedencia.
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