Sostiene Eric Hobsbawm que en nuestros tiempos la mayoría de las religiones han aprendido a soportar la ciencia, pero al tiempo subraya el asombro que causa que en la era moderna –es decir, desde el siglo XIX– se nos diga que Italia o Alemania son naciones recientemente «inventadas»; que Clodoveo, «el primer rey cristiano de Francia», nació en Bélgica –que por aquel entonces no existía–, y que no hablaba francés, como tampoco lo hacía Carlomagno. Un asombro que llena de inquietud a quienes aprendieron todas estas cosas en la escuela y a aquellos para quienes la identidad nacional es importante, teniendo en cuenta que las identidades, y no solo las nacionales, son ahora más importantes que nunca. Por eso, nuestro autor se remonta a la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides para recordar que «las antiguas historias de hechos transmitidos por la tradición, pero escasamente confirmadas por la experiencia, de repente dejan de ser increíbles».
Dicho lo anterior, agradecería que nadie, por aceptar estas reflexiones, me considerara merecedor de ser alineado en la hueste de los entusiastas del expresidente Mariano Rajoy, ni tampoco en la de sus furibundos detractores que le han declarado hereje para siempre por identificar indebidamente la nacionalidad francesa con el color de la piel, negando al combinado que competía bajo bandera francesa en el campeonato mundial de fútbol esa condición nacional. Aquí el triunfo de la selección española en Nueva Jersey ha llenado de entusiasmo patrio las calles de muchas ciudades de la Península y archipiélagos adyacentes, pero ha incitado también a los negacionistas para que procedieran a agredir en Navarra a unos militares a quienes declararon reos por estar viendo el partido entre los equipos de Argentina y de España.
En otra muestra significativa, impregnada de odio gratuito, leo que fue vandalizado la noche del martes un mural pintado en Barcelona por el artista urbano TvBoy y dedicado a Ferran Torres, autor del gol que le dio la Copa del Mundo a la selección española. Los vándalos lo han tapado con pintura blanca y negra para ocultar el rostro del delantero del Barcelona, escribir encima el lema «Puta Espanya» y reclamar selecciones catalanas. Dicen que el mural mostraba al jugador del Barça con la camiseta de la selección española y dándole un beso a la Copa del Mundo. ¡Habrase visto insolencia semejante!
Como Hobsbawm, nuestro autor, escribió de forma premonitoria, «la paradoja del nacionalismo consiste en que al formar su propia nación creaba de forma automática el contranacionalismo de quienes se veían obligados a elegir entre la asimilación y la inferioridad». Coincidimos con él en que «la historia es la materia prima de la que se nutren las ideologías nacionalistas, étnicas y fundamentalistas, del mismo modo que las adormideras son el elemento que sirve de base a la adicción a la heroína». Sucede que «el pasado es un factor esencial –quizá el factor más esencial– de dichas ideologías y que cuando no hay uno que resulte adecuado, siempre es posible inventarlo». El ejemplo de ‘España nos roba’, desmentido en el libro Las cuentas y los cuentos de la independencia de Josep Borrell y Joan Llorac, viene como de molde para probarlo. Atentos.
Como Hobsbawm escribió de forma premonitoria, el nacionalismo trae consigo la paradoja del contranacionalismo. Ambas cosas se han visto tras la victoria de España en el Mundial.
Sostiene Eric Hobsbawm que en nuestros tiempos la mayoría de las religiones han aprendido a soportar la ciencia, pero al tiempo subraya el asombro que causa que en la era moderna –es decir, desde el siglo XIX– se nos diga que Italia o Alemania son naciones recientemente «inventadas»; que Clodoveo, «el primer rey cristiano de Francia», nació en Bélgica –que por aquel entonces no existía–, y que no hablaba francés, como tampoco lo hacía Carlomagno. Un asombro que llena de inquietud a quienes aprendieron todas estas cosas en la escuela y a aquellos para quienes la identidad nacional es importante, teniendo en cuenta que las identidades, y no solo las nacionales, son ahora más importantes que nunca. Por eso, nuestro autor se remonta a la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides para recordar que «las antiguas historias de hechos transmitidos por la tradición, pero escasamente confirmadas por la experiencia, de repente dejan de ser increíbles».
Dicho lo anterior, agradecería que nadie, por aceptar estas reflexiones, me considerara merecedor de ser alineado en la hueste de los entusiastas del expresidente Mariano Rajoy, ni tampoco en la de sus furibundos detractores que le han declarado hereje para siempre por identificar indebidamente la nacionalidad francesa con el color de la piel, negando al combinado que competía bajo bandera francesa en el campeonato mundial de fútbol esa condición nacional. Aquí el triunfo de la selección española en Nueva Jersey ha llenado de entusiasmo patrio las calles de muchas ciudades de la Península y archipiélagos adyacentes, pero ha incitado también a los negacionistas para que procedieran a agredir en Navarra a unos militares a quienes declararon reos por estar viendo el partido entre los equipos de Argentina y de España.
En otra muestra significativa, impregnada de odio gratuito, leo que fue vandalizado la noche del martes un mural pintado en Barcelona por el artista urbano TvBoy y dedicado a Ferran Torres, autor del gol que le dio la Copa del Mundo a la selección española. Los vándalos lo han tapado con pintura blanca y negra para ocultar el rostro del delantero del Barcelona, escribir encima el lema «Puta Espanya» y reclamar selecciones catalanas. Dicen que el mural mostraba al jugador del Barça con la camiseta de la selección española y dándole un beso a la Copa del Mundo. ¡Habrase visto insolencia semejante!
Como Hobsbawm, nuestro autor, escribió de forma premonitoria, «la paradoja del nacionalismo consiste en que al formar su propia nación creaba de forma automática el contranacionalismo de quienes se veían obligados a elegir entre la asimilación y la inferioridad». Coincidimos con él en que «la historia es la materia prima de la que se nutren las ideologías nacionalistas, étnicas y fundamentalistas, del mismo modo que las adormideras son el elemento que sirve de base a la adicción a la heroína». Sucede que «el pasado es un factor esencial –quizá el factor más esencial– de dichas ideologías y que cuando no hay uno que resulte adecuado, siempre es posible inventarlo». El ejemplo de ‘España nos roba’, desmentido en el libro Las cuentas y los cuentos de la independencia de Josep Borrell y Joan Llorac, viene como de molde para probarlo. Atentos.
20MINUTOS.ES – Nacional
