Empresas y empleados empiezan a plantearse hasta qué punto debe redundar en los salarios el aumento de productividad propiciado por la IA. Leer Empresas y empleados empiezan a plantearse hasta qué punto debe redundar en los salarios el aumento de productividad propiciado por la IA. Leer
Otro fantasma recorre Europa, que diría Marx. El proletarIAdo acecha. Este verano, Katrin Bennhold escribía en un curioso artículo en The New York Times que el Partido Comunista Chino tiene a sus mejores académicos desarrollando un campo de estudio bautizado como Marxismo de IA. Al parecer, en los laboratorios ideológicos de Pekín están surgiendo preguntas como: «¿Quién o qué crea valor tras la revolución de la IA?». O sea, si producimos el doble que antes de la IA, ¿quién se lo está llevando calentito? Porque ChatGPT no tiene que hacer la compra. En China, el asunto probablemente se resuelva como le parezca al Partido y punto. En las democracias liberales, la cuestión es más compleja.
La Guía Salarial de Michael Page incluye este año un experimento en México, de tradición revolucionaria. Su encuesta reveló que, mientras que hasta el 52% de los profesionales cree que dominar la IA justifica un salario más alto, sólo el 14% de las empresas considera este aspecto como criterio para diferenciar salarios.
Fabio Zapata, salomónico director general de Michael Page, explica que, aunque la IA funciona como un «acelerador de valor», hay que tener en cuenta que «el impacto real no proviene del mero acceso o conocimiento de las herramientas, sino de la capacidad de aplicarlas de forma estratégica». Patricio Garretón, socio de Page Executive, coincide en que las compañías ya no ven la IA como una ventaja adicional, sino como algo «innato e implícito» en los profesionales, por lo que dar el salto a la IA ya se ve más como una obligación; sin embargo, precisa que «el sector tecnológico sí podría estar valorando y compensando de manera distinta el conocimiento en IA».
En ese sentido, una investigación de los profesores del IESE Enrique Ide y Eduard Talamàs, publicada en el Journal of Political Economy, concluye que, a medida que la IA gana autonomía, los trabajadores con menos conocimientos son los más susceptibles de ser sustituidos por ella, mientras que los séniors siempre se benefician reorientándose hacia la resolución de problemas especializados. Y más interesante aún: esto concuerda con investigaciones anteriores que muestran que la demanda de directivos aumenta en las empresas que adoptan sistemas de IA.
Traducido al chino (de la República Popular), cualquiera diría que se podría estar forjando una burguesÍA.
No es tan sencillo. El mes pasado, Brian Eastwood reconocía en la MIT Management Sloan Review que «hay estudios con contables y empresas manufactureras que han demostrado que la IA puede impulsar la productividad, y nuevas investigaciones han revelado que lo está logrando también con los desarrolladores de software», pero matizaba que en este último sector «las ventajas de la IA se aprecian principalmente al inicio del ciclo de vida del desarrollo, antes de que se lleven a cabo las tareas dirigidas por personas». Mientras se marea con el cómo y el dónde, el asunto de quién se lleva ese extra de productividad sigue en el alero.
Korn Ferry ha cogido el toro por los cuernos con un informe titulado directamente: «¿Mayor productividad con IA, mayor salario?».Tom McMullen, experto en Compensaciones de la consultora, asegura que «este será un tema candente dentro de un año». Su compañero Renee Whalen, encargado de Búsqueda Profesional, le replica: «Sigo escuchando a muchos clientes que no están seguros de cómo obtener un retorno de la inversión. Dadas sus enormes inversiones financieras en IA, la mayoría de las empresas han asumido, hasta ahora, que los beneficios de la tecnología serían suyos».
Hasta ahora… «Siempre que hay una transición, surge la pregunta de quién debe compartir los beneficios», dice Jenna Young, directora de Creatividad de Korn. Desde luego, «las empresas no están dispuestas a aumentar la remuneración solo porque los empleados utilicen herramientas ampliamente disponibles. Históricamente, lo que sí pagan es la experiencia relevante del empleado, como en el caso de los ejecutivos que dominan las finanzas, la inteligencia empresarial y la IA». Bryan Ackermann, director de Estrategia y Transformación de IA, cree que «la implementación y el uso experto de la IA en las empresas probablemente será una habilidad muy demandada durante un tiempo», lo que conllevará una alta remuneración.
McMullen insiste en que la IA se diferencia de la mayoría de los avances tecnológicos anteriores en que una minoría considerable de empleados puede cuantificar su mayor valor económico. Y tiene toda la pinta de que la cosa irá a más. «Si las empresas siguen aumentando los objetivos de rendimiento, llegará un punto en que los empleados empezarán a esperar una mayor remuneración», asegura Joshua Dahle, director de Remuneración de la Fuerza Laboral, que concluye con la mejor definición del momento actual cuando explica que, si bien casi todos sus clientes quieren saber cómo están recompensando sus competidores la productividad de la IA, casi ninguno ha tomado medidas al respecto.
Más allá, el informe apela a «la presión del mercado» con un ejemplo muy básico: un médico con un 30% más de pacientes gracias a la IA, dice, simplemente se cambiará a otra empresa dispuesta a pagarle un 30% más.
Ross Clark sostiene en The Spectator que las estadísticas de la zona de San Francisco, cuna de la IA, revelan que la productividad no se ha recuperado desde la crisis de 2008. Ve varias razones, pero la principal es que la tecnología de la era digital distrae demasiado: «Una sierra eléctrica no es precisamente una fuente de entretenimiento».
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