
Bon Marché de París, en la orilla izquierda del Sena, sigue siendo un centro comercial único casi 200 años después. Lo mejor es pasear por la planta baja en busca de objetos absurdos que no podrás pagar. Todo es bonito. Original. Empezando por el propio edificio, el primero de ese tipo, si no nos ponemos exquisitos e incluimos en el inventario lugares como el Mercado de Trajano. Lo fundó en 1852 Aristide Boucicaut y Gustave Eiffel, el Calatrava de aquel periodo (en todos los sentidos), aportó su granito de arena. Fue un éxito, cruzó el Atlántico en su versión moderna. Para mal, claro. En 1952, Victor Gruen le dio una vuelta e inventó el famoso mall. Un lugar ya sin adscripción espacio temporal al que uno llega en coche y cuando entra ya no sabe dónde demonios está ni que ha venido a hacer al mundo. Una anodina plaza pública con ambiciones privadas que contiene respuestas a la mayoría de preguntas sobre la decadencia humana.
La Copa del Mundo se deja en cada edición algo de identidad cultural y de vínculo con el lugar donde se organiza, aunque añada diversión con el nuevo sistema de clasificación, como si fuera un videojuego
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
La Copa del Mundo se deja en cada edición algo de identidad cultural y de vínculo con el lugar donde se organiza, aunque añada diversión con el nuevo sistema de clasificación, como si fuera un videojuego


Bon Marché de París, en la orilla izquierda del Sena, sigue siendo un centro comercial único casi 200 años después. Lo mejor es pasear por la planta baja en busca de objetos absurdos que no podrás pagar. Todo es bonito. Original. Empezando por el propio edificio, el primero de ese tipo, si no nos ponemos exquisitos e incluimos en el inventario lugares como el Mercado de Trajano. Lo fundó en 1852 Aristide Boucicaut y Gustave Eiffel, el Calatrava de aquel periodo (en todos los sentidos), aportó su granito de arena. Fue un éxito, cruzó el Atlántico en su versión moderna. Para mal, claro. En 1952, Victor Gruen le dio una vuelta e inventó el famoso mall. Un lugar ya sin adscripción espacio temporal al que uno llega en coche y cuando entra ya no sabe dónde demonios está ni que ha venido a hacer al mundo. Una anodina plaza pública con ambiciones privadas que contiene respuestas a la mayoría de preguntas sobre la decadencia humana.
Una Copa del Mundo, como unos Juegos Olímpicos, fue durante mucho tiempo un viaje exprés a una cultura y a un lugar. Un paisaje de fondo, es posible, lleno de estereotipos y postales de medio pelo. Lo que explicaron Robert Venturi y compañía en el libro Aprendiendo de Las Vegas. Kitsch y único a la vez. En el recuerdo flotaban estampas de Italia 90, de España 82 o de EEUU en 1994 como si fueran recuerdos fabricados en serie. Pero ocurre hoy, como en el resto de fenómenos ligados a las grandes ciudades o a lugares que un día habían sido especiales, que todo se parece demasiado, como un piso de estudiantes amueblado en Ikea. O en uno de esos centros comerciales de suburbio que se inventó Gruen.
El mundo es cada vez más un lugar uniforme y aburrido. Y en el Mundial se parecen hasta las camisetas. Puma, Adidas y Nike. Variaciones sobre el mismo tema. Les cambias el color y un par de rayas y ya tienes la de tu equipo. Los escenarios son clones, los estadios, platillos volantes calcados con menos personalidad que la jaula de MMA de la Casa Blanca, verdadero circo romano del poder. Ni siquiera el legendario Azteca se llama ya así. No ayuda la triple sede, en la que uno, sentado en el sofá, ya no sabe en qué país está. Desde el televisor de casa, todo huele a pasillo entre la perfumería, el Bershka y la tienda de carcasas. Incluso la inauguración de este año desprendía un aire a simulacro, con una Shakira en versión déjà vu de Sudáfrica, aunque alguien hubiera mandado esta vez a su doble.
Lo mejor son los clásicos, ver cómo se atizan Ceferin e Infantino por persona interpuesta. El presidente de la UEFA está cabreado a cuenta de algunos cambios, como la inclusión de más equipos en la fase previa, que permite ver a selecciones como Curazao, Uzbekistán, Irak o Cabo Verde que, al final, le amargó el debut a España. Pero también asistir a goleadas impulsadas por esa diferencia de calidad de los equipos y, sobre todo, por la necesidad de amasar un gran goal average que permita llegar primero de grupo y no zamparse a un monstruo en los dieciseisavos (a España y a Argentina, más les vale, por ejemplo), donde verdaderamente empezará este Mundial.
Las nuevas reglas permiten también pasar de fase a ocho terceros de los 12 grupos. Es decir, no palma casi ningún grande en la fase de grupos, y ya no existen grupos de la muerte: es muy complicado que una selección grande no se clasifique, como ocurrió otros años. Quizá eso sea bueno. El Mundial es un lugar cada vez más anodino, pero también más divertido si uno lo vive como un videojuego.
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