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  VozInternacional  Venezuela afronta el riesgo de brotes de dengue, zika o sarampión tras los terremotos: «El sistema ya era precario y ahora está roto»
VozInternacional

Venezuela afronta el riesgo de brotes de dengue, zika o sarampión tras los terremotos: «El sistema ya era precario y ahora está roto»

8 de julio de 2026
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Los daños de un terremoto van más allá de la atención inmediata a los heridos. El devastador doblete sísmico de magnitud 7,2 y 7,5 que vivió el norte de Venezuela el pasado 24 de junio, que causó más 3.500 muertos y casi 17.000 heridos —según el balance oficial de este lunes—, trae consigo el riesgo de brotes epidémicos relacionados con las afectaciones al sistema de saneamiento y agua potable, el hacinamiento de las personas que se ha quedado sin hogar o la fragilidad del sistema sanitario y de vacunación. Los pacientes crónicos y las embarazadas también pueden ver sus tratamientos interrumpidos. Y todo ello en un sistema sanitario venezolano que «ya era precario y ahora se ha roto».

Tal y como explica a 20minutos el vicepresidente de la Sociedad Española de Epidemiología (SEE), Pello Latasa, tras el desastre causado por la sacudida de la Tierra cabe diferenciar «dos momentos importantes»: el más inmediato, en el que se atienden heridos con lesiones mecánicas como fracturas, aplastamientos, quemaduras, laceraciones, ahogamientos o traumatismos craneoencefálicos, así como personas con lesiones pulmonares por inhalación de polvo o gases procedentes de tuberías rotas; y los impactos a «medio-largo plazo», que «ya no son intrínsecos al propio desastre y dependen del tiempo que se tarde en recuperarse del desastre y las condiciones en las que se gestiona».

Entre los impactos a medio-largo plazo, los epidemiólogos destacan el riesgo de infecciones o complicaciones de heridas abiertas, circunstancias que pueden darse «por el hacinamiento de personas que se quedan sin hogar y se instalan en asentamiento provisionales. Si estos no cumplen con las condiciones de higiene y saneamiento, aumenta el riesgo de enfermedades transmisibles y brotes epidémicos. Esto está también vinculado a la rotura del sistema de prevención y control o de los programas de vacunación. Si las heridas abiertas no se limpian adecuadamente, pueden infectarse y favorecer la aparición de riesgos infecciosos», expone Latasa.

El especialista en Salud Pública agrega que también existe el riesgo de que pacientes crónicos puedan ver interrumpidos sus tratamientos por la afectación de las infraestructuras sanitarias, con el consiguiente aumento de la mortalidad, o de que aumenten las complicaciones obstétricas y neonatales por la suspensión de los servicios de atención al parto para las mujeres embarazadas.

Asimismo, Latasa recalca que los problemas relacionados con la salud medioambiental por falta de acceso a agua potable y alimentos seguros y saludables «son los prioritarios a la hora de resolver» porque «si se rompen las cadenas de suministros, podemos tener problemas muy importantes». Lo mismo ocurre, continúa, con los sistemas de gestión de basuras y excretas. «Cuando hay problemas estructurales, puede favorecerse la acumulación de aguas estancadas, estas contaminarse y dar lugar a la aparición de mosquitos o roedores», afirma. A esto se añade el riesgo de exposición a agentes tóxicos químicos o radiológicos liberados al entorno tras el daño estructural en complejos industriales o tecnológicos.

«Ahora hay temor de que puedan aparecer brotes»

Por su parte, el médico Luis Roberto Jiménez Guadarrama, miembro del Grupo de Trabajo de Incidentes de Múltiples Víctimas y Desastres (IMVDES) de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEMES), que también diferencia «dos tiempos» en la gestión sanitaria de la emergencia, señala que los brotes epidémicos «tienen que ver con el déficit en el saneamiento, con el acceso a agua potable o el hacinamiento de los supervivientes».

El mayor riesgo a nivel sanitario, prosigue, es el de la aparición de «infecciones respiratorias, brotes de enfermedades para las que no están bien vacunados, como el sarampión, o problemas gastrointestinales relacionados con no tener acceso regular y seguro al agua potable y sistemas de saneamiento». A ello, el experto añade que «ahora hay temor de que puedan aparecer brotes» de enfermedades transmitidas por vectores como los mosquitos (virus del zika, dengue o chikungunya, entre otras) o las ratas (leptospirosis). También apunta que la interrupción de tratamientos para pacientes crónicos, como por ejemplo de tuberculosis, «podrían ser un problema».

El epidemiólogo Juan José Badiola subraya igualmente que «existe un riesgo superior al habitual para la población del norte de Venezuela por la propagación de brotes de enfermedades transmisibles a causa, fundamentalmente, de la destrucción total o parcial de los servicios de salud y la interrupción de las redes de agua potable y de saneamiento, lo cual permitiría el contacto de aguas contaminadas con agua potable y podría ser un vehículo de transmisión de patógenos». El catedrático emérito de Sanidad Animal de la Universidad de Zaragoza (Unizar) menciona por ejemplo bacterias como el cólera, la fiebre tifoidea producida por una salmonela, protozoos, virus como la hepatitis A, los rotavirus o los norovirus. Además, advierte de que enfermedades endémicas como el dengue, el chikungunya, el zika o la malaria «podrían exacerbarse y pudieran producir brotes epidémicos».

Daños en centros sanitarios

«El problema en este caso no es solo el desastre que ha habido, sino lo vulnerable que era el sistema sanitario venezolano antes de que ocurriera. Ya era un un sistema precario, y ahora, lo es mucho mucho más. Nuestra esperanza de vida ha mejorado en los últimos 100 años no por las medicinas y las operaciones, sino por la vacunación, el saneamiento, el alcantarillado… Todo lo que ahora va a empezar a fallar», advierte Jiménez, al tiempo que insiste en que el sistema sanitario venezolano «ya era precario y ahora se ha roto».

La OPS, la entidad regional de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha podido evaluar ocho centros médicos, de los cuales todos requieren apoyo y tres de ellos han sufrido daños estructurales. En concreto, el Hospital José María Vargas, uno de los grandes hospitales públicos de referencia en Caracas, presenta una situación es crítica, con » 96 pacientes en una sala de ocho camas y su banco de sangre está a niveles extremadamente bajos», alertó la OMS el viernes pasado. Mientras, en La Guaira, el Hospital Rafael Medina Jiménez ha reducido su número de camas de 108 a 35, y otros 22 centros sanitarios también han informado de graves carencias.

La prioridad era sacar gente de los escombros, pero ahora una serie de problemas se les viene encima a lo largo de las próximas semanas o meses, quizá años, hasta volver a estar al menos como estaban»

Jiménez, que también es médico del CES 061 de Granada, señala que los hospitales en las zonas afectadas por los terremotos de Venezuela «no están en condiciones de recibir y atender pacientes, sus espacios se han visto reducidos y su personal, afectado también. Se necesita ayuda desde fuera para volver a arrancar. La prioridad ahora era sacar gente de los escombros, pero ahora tienes diabéticos, hipertensos, epilépticos, pacientes con enfermedades mentales previas, mujeres embarazadas a las que se les ha dejado de seguir el embarazo… Una serie de problemas que se les van a venir encima a lo largo de las próximas semanas o meses, quizá años, hasta volver a estar al menos como estaban antes«.

Acumulación de cadáveres

Históricamente, tras un desastre natural de gran magnitud, emerge de forma sistemática el temor social y político a que los cuerpos sepultados originen epidemias masivas. Sin embargo, desde la SEE recuerdan que «la evidencia científica sostiene que los cuerpos de los cadáveres de personas fallecidas a consecuencia directa de un desastre natural no suelen ser una fuente de enfermedades infecciosas». Salvo en el caso excepcional de que la persona hubiera fallecido por una enfermedad previa altamente contagiosa, como por ejemplo podría ser el ébola, «los cadáveres, en general, no suelen ser una fuente de enfermedades infecciosas«, asegura a 20minutos Latasa. Esto se debe a que la mayoría de los microorganismos patógenos no sobreviven más allá de 48 horas en un cuerpo inerte.

En este sentido, tanto Latasa como Jiménez coinciden al señalar que el riesgo de contagio se circunscribe al personal forense o de rescate si entra en contacto con fluidos biológicos y materia fecal que pueden emergen del cuerpo después del fallecimiento. Para evitarlo, los expertos aconsejan el uso de guantes, mascarilla y equipos de protección. «Lo más importante en el manejo de cadáveres en estas situaciones es recuperarlos e identificarlos, más que nada por el impacto psicosocial más que por riesgo biológico», indica Latasa.

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Desde la SEE reclaman una respuesta integral que aborde igualmente la salud mental de las personas afectadas y los problemas de movilidad para las personas más vulnerables. «Las personas enfermas, mayores, o con discapacidad no se pueden trasladar y se ven mucho más aisladas, además es un problema muchas veces invisibilizado», apunta.

 Los expertos señalan que el riesgo de propagación de enfermedades aumenta tras el desastre, que ha afectado a hospitales y a redes de saneamiento. Los cadáveres, aseguran, «no suelen ser una fuente de patologías infecciosas».  

Los daños de un terremoto van más allá de la atención inmediata a los heridos. El devastador doblete sísmico de magnitud 7,2 y 7,5 que vivió el norte de Venezuela el pasado 24 de junio, que causó más 3.500 muertos y casi 17.000 heridos —según el balance oficial de este lunes—, trae consigo el riesgo de brotes epidémicos relacionados con las afectaciones al sistema de saneamiento y agua potable, el hacinamiento de las personas que se ha quedado sin hogar o la fragilidad del sistema sanitario y de vacunación. Los pacientes crónicos y las embarazadas también pueden ver sus tratamientos interrumpidos. Y todo ello en un sistema sanitario venezolano que «ya era precario y ahora se ha roto». 

Tal y como explica a 20minutos el vicepresidente de la Sociedad Española de Epidemiología (SEE), Pello Latasa, tras el desastre causado por la sacudida de la Tierra cabe diferenciar «dos momentos importantes»: el más inmediato, en el que se atienden heridos con lesiones mecánicas como fracturas, aplastamientos, quemaduras, laceraciones, ahogamientos o traumatismos craneoencefálicos, así como personas con lesiones pulmonares por inhalación de polvo o gases procedentes de tuberías rotas; y los impactos a «medio-largo plazo», que «ya no son intrínsecos al propio desastre y dependen del tiempo que se tarde en recuperarse del desastre y las condiciones en las que se gestiona».

Entre los impactos a medio-largo plazo, los epidemiólogos destacan el riesgo de infecciones o complicaciones de heridas abiertas, circunstancias que pueden darse «por el hacinamiento de personas que se quedan sin hogar y se instalan en asentamiento provisionales. Si estos no cumplen con las condiciones de higiene y saneamiento, aumenta el riesgo de enfermedades transmisibles y brotes epidémicos. Esto está también vinculado a la rotura del sistema de prevención y control o de los programas de vacunación. Si las heridas abiertas no se limpian adecuadamente, pueden infectarse y favorecer la aparición de riesgos infecciosos», expone Latasa.

El especialista en Salud Pública agrega que también existe el riesgo de que pacientes crónicos puedan ver interrumpidos sus tratamientos por la afectación de las infraestructuras sanitarias, con el consiguiente aumento de la mortalidad, o de que aumenten las complicaciones obstétricas y neonatales por la suspensión de los servicios de atención al parto para las mujeres embarazadas. 

Asimismo, Latasa recalca que los problemas relacionados con la salud medioambiental por falta de acceso a agua potable y alimentos seguros y saludables «son los prioritarios a la hora de resolver» porque «si se rompen las cadenas de suministros, podemos tener problemas muy importantes». Lo mismo ocurre, continúa, con los sistemas de gestión de basuras y excretas. «Cuando hay problemas estructurales, puede favorecerse la acumulación de aguas estancadas, estas contaminarse y dar lugar a la aparición de mosquitos o roedores», afirma. A esto se añade el riesgo de exposición a agentes tóxicos químicos o radiológicos liberados al entorno tras el daño estructural en complejos industriales o tecnológicos.

«Ahora hay temor de que puedan aparecer brotes»

Por su parte, el médico Luis Roberto Jiménez Guadarrama, miembro del Grupo de Trabajo de Incidentes de Múltiples Víctimas y Desastres (IMVDES) de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEMES), que también diferencia «dos tiempos» en la gestión sanitaria de la emergencia, señala que los brotes epidémicos «tienen que ver con el déficit en el saneamiento, con el acceso a agua potable o el hacinamiento de los supervivientes». 

El mayor riesgo a nivel sanitario, prosigue, es el de la aparición de «infecciones respiratorias, brotes de enfermedades para las que no están bien vacunados, como el sarampión, o problemas gastrointestinales relacionados con no tener acceso regular y seguro al agua potable y sistemas de saneamiento». A ello, el experto añade que «ahora hay temor de que puedan aparecer brotes» de enfermedades transmitidas por vectores como los mosquitos (virus del zika, dengue o chikungunya, entre otras) o las ratas (leptospirosis). También apunta que la interrupción de tratamientos para pacientes crónicos, como por ejemplo de tuberculosis, «podrían ser un problema».

El epidemiólogo Juan José Badiola subraya igualmente que «existe un riesgo superior al habitual para la población del norte de Venezuela por la propagación de brotes de enfermedades transmisibles a causa, fundamentalmente, de la destrucción total o parcial de los servicios de salud y la interrupción de las redes de agua potable y de saneamiento, lo cual permitiría el contacto de aguas contaminadas con agua potable y podría ser un vehículo de transmisión de patógenos». El catedrático emérito de Sanidad Animal de la Universidad de Zaragoza (Unizar) menciona por ejemplo bacterias como el cólera, la fiebre tifoidea producida por una salmonela, protozoos, virus como la hepatitis A, los rotavirus o los norovirus. Además, advierte de que enfermedades endémicas como el dengue, el chikungunya, el zika o la malaria «podrían exacerbarse y pudieran producir brotes epidémicos».

Daños en centros sanitarios

«El problema en este caso no es solo el desastre que ha habido, sino lo vulnerable que era el sistema sanitario venezolano antes de que ocurriera. Ya era un un sistema precario, y ahora, lo es mucho mucho más. Nuestra esperanza de vida ha mejorado en los últimos 100 años no por las medicinas y las operaciones, sino por la vacunación, el saneamiento, el alcantarillado… Todo lo que ahora va a empezar a fallar», advierte Jiménez, al tiempo que insiste en que el sistema sanitario venezolano «ya era precario y ahora se ha roto».

La OPS, la entidad regional de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha podido evaluar ocho centros médicos, de los cuales todos requieren apoyo y tres de ellos han sufrido daños estructurales. En concreto, el Hospital José María Vargas, uno de los grandes hospitales públicos de referencia en Caracas, presenta una situación es crítica, con » 96 pacientes en una sala de ocho camas y su banco de sangre está a niveles extremadamente bajos», alertó la OMS el viernes pasado. Mientras, en La Guaira, el Hospital Rafael Medina Jiménez ha reducido su número de camas de 108 a 35, y otros 22 centros sanitarios también han informado de graves carencias. 

La prioridad era sacar gente de los escombros, pero ahora una serie de problemas se les viene encima a lo largo de las próximas semanas o meses, quizá años, hasta volver a estar al menos como estaban»

Jiménez, que también es médico del CES 061 de Granada, señala que los hospitales en las zonas afectadas por los terremotos de Venezuela «no están en condiciones de recibir y atender pacientes, sus espacios se han visto reducidos y su personal, afectado también. Se necesita ayuda desde fuera para volver a arrancar. La prioridad ahora era sacar gente de los escombros, pero ahora tienes diabéticos, hipertensos, epilépticos, pacientes con enfermedades mentales previas, mujeres embarazadas a las que se les ha dejado de seguir el embarazo… Una serie de problemas que se les van a venir encima a lo largo de las próximas semanas o meses, quizá años, hasta volver a estar al menos como estaban antes«. 

Acumulación de cadáveres 

Históricamente, tras un desastre natural de gran magnitud, emerge de forma sistemática el temor social y político a que los cuerpos sepultados originen epidemias masivas. Sin embargo, desde la SEE recuerdan que «la evidencia científica sostiene que los cuerpos de los cadáveres de personas fallecidas a consecuencia directa de un desastre natural no suelen ser una fuente de enfermedades infecciosas». Salvo en el caso excepcional de que la persona hubiera fallecido por una enfermedad previa altamente contagiosa, como por ejemplo podría ser el ébola, «los cadáveres, en general, no suelen ser una fuente de enfermedades infecciosas«, asegura a 20minutos Latasa. Esto se debe a que la mayoría de los microorganismos patógenos no sobreviven más allá de 48 horas en un cuerpo inerte.

Rescatistas trasladan un cuerpo este sábado, en La Guaira (Venezuela).
Rescatistas trasladan un cuerpo este sábado, en La Guaira (Venezuela).EFE

En este sentido, tanto Latasa como Jiménez coinciden al señalar que el riesgo de contagio se circunscribe al personal forense o de rescate si entra en contacto con fluidos biológicos y materia fecal que pueden emergen del cuerpo después del fallecimiento. Para evitarlo, los expertos aconsejan el uso de guantes, mascarilla y equipos de protección. «Lo más importante en el manejo de cadáveres en estas situaciones es recuperarlos e identificarlos, más que nada por el impacto psicosocial más que por riesgo biológico», indica Latasa.

Desde la SEE reclaman una respuesta integral que aborde igualmente la salud mental de las personas afectadas y los problemas de movilidad para las personas más vulnerables. «Las personas enfermas, mayores, o con discapacidad no se pueden trasladar y se ven mucho más aisladas, además es un problema muchas veces invisibilizado», apunta.

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