Pekín convierte la isla tropical de Hainan en un gigantesco laboratorio económico con el que aspira a competir con Hong Kong, Singapur y Dubái mientras las empresas españolas buscan aprovechar la nueva puerta de entrada al mercado chino Leer Pekín convierte la isla tropical de Hainan en un gigantesco laboratorio económico con el que aspira a competir con Hong Kong, Singapur y Dubái mientras las empresas españolas buscan aprovechar la nueva puerta de entrada al mercado chino Leer
A primera hora de la mañana, en el puerto de Haikou, grúas gigantes descargan contenedores procedentes del Sudeste Asiático mientras los camiones abandonan los muelles rumbo a los nuevos polígonos industriales levantados en los alrededores de la capital de Hainan. En apariencia, podría ser otro de los muchos puertos que jalonan la costa de esta isla al sur de la gran fábrica del mundo. Pero aquí ocurre algo excepcional para los estándares chinos: muchas de esas mercancías han entrado sin pagar aranceles. Y algunas podrán saltar después desde esta provincia tropical al gigantesco mercado continental disfrutando también de ventajas fiscales.
Estamos en el corazón del Puerto de Libre Comercio de Hainan, el mayor del mundo por superficie. No se trata de un puerto en el sentido tradicional. Es una isla entera, un territorio de dimensiones similares a Bélgica convertido en una enorme zona franca. Es el experimento económico más ambicioso que ha puesto en marcha Pekín desde aquellas zonas económicas especiales que el líder aperturista Deng Xiaoping utilizó hace más de cuatro décadas para abrir las primeras grietas capitalistas en la China comunista.
La superpotencia asiática está transformando esta antigua isla de piratas en una plataforma para el comercio, las finanzas, la tecnología y el turismo. Una especie de híbrido chino que aspira a mirar de frente a Hong Kong, Singapur o Dubái. Y, en Europa, España ha sido el primer país en llamar a esta prometedora puerta.
Durante el verano de 2025, el gobernador de Hainan, Liu Xiaoming, se encontraba de visita oficial en Madrid cuando el ex dirigente socialista Antonio Miguel Carmona, ahora empresario y profesor en la Universidad de Pekín, recibió una llamada del embajador chino, Jao Ying. Este le pidió ayuda para reunir, con apenas un par de horas de margen, a representantes de algunas de las principales compañías del Ibex. Carmona logró movilizar a varios empresarios y aquella misma jornada se celebró un encuentro con el gobernador en la Embajada china. Al terminar, Liu lanzó una propuesta: ayudar a llevar inversión española a Hainan.
Meses después, Carmona volvió a reunirse con el gobernador, esta vez en la isla china y acompañado por el abogado Antonio Álvarez-Ossorio y el financiero Ángel Fernández-Pola. De aquellas conversaciones surgió un plan para crear, con el respaldo de las autoridades provinciales, una oficina que ejerciera de intermediaria entre el tejido empresarial español y el nuevo Puerto de Libre Comercio. El equipo de Carmona fue así el primero de Europa en poner en marcha una estructura de este tipo en la isla, con el objetivo de facilitar tanto la llegada de inversiones como la comercialización de productos españoles.
«La principal motivación para montar una oficina en Hainan fue el desequilibrio de la balanza comercial española con respecto a China», explica Carmona a EL MUNDO. «A partir de ahí, y a petición del gobernador de Hainan, nos propusieron montar una oficina comercial. Aprovechando el proyecto de libre comercio, necesitamos introducir inversores y productos españoles que ayuden a reducir el déficit comercial y tratar de compensar ese desequilibrio».
Desde su puesta en marcha, según los datos que maneja Carmona, la oficina ha firmado acuerdos con 32 empresas españolas, algunas interesadas en invertir directamente en Hainan y otras en utilizar la isla como plataforma para comercializar sus productos en China. «Con cerca del 63% de estas compañías hemos tenido un gran éxito», sostiene el empresario. «Lo que más nos están demandando son empresas turísticas«. Un sector que encaja precisamente con uno de los pilares sobre los que Pekín quiere levantar el nuevo modelo económico del territorio: una puerta de entrada para mercancías y capital extranjero, pero también el gran destino vacacional y de consumo del sur de China y de otros vecinos asiáticos.
En la entrada española en la isla también ha tenido un papel Joan Gaspart, ex presidente del FC Barcelona, nombrando por las autoridades locales «embajador global de Hainan». Y hay un tercer hombre, mucho más político, que aparece recurrentemente ligado a este lugar: José Luis Rodríguez Zapatero. El ex presidente del Gobierno lleva años viajando a Hainan, participando en el Foro de Boao, la gran cita política y económica conocida como el Davos asiático, y reuniéndose con altos cargos del Partido Comunista de la provincia.
Hainan se ha convertido así en uno de esos discretos escenarios donde se han ido tejiendo algunos de los contactos políticos y empresariales más importantes entre España y China. El salto cualitativo en las relaciones llegó en diciembre de 2025, cuando la isla comenzó a funcionar bajo un régimen aduanero separado del resto de China. En los primeros cinco meses y medio del nuevo sistema, las importaciones acogidas al arancel cero rozaron los 2.650 millones de yuanes -unos 318 millones de euros-, un incremento interanual del 120%.
Pero para entender mejor la dimensión del nuevo experimento chino hay que abandonar Haikou y recorrer unos 300 kilómetros hacia el sur, hasta Sanya, la capital turística. Playas paradisíacas, resorts de lujo, campos de golf y puertos deportivos repletos de yates. Aquí Pekín no busca únicamente atraer capital extranjero. También pretende evitar que el suyo se marche.
«Tenemos recursos marinos tropicales y un clima favorable durante todo el año», destaca Shi Lei, director del Departamento de Intercambio Internacional de la Oficina de Desarrollo Turístico de Sanya. «La estrategia pasa por conseguir que quien llegue buscando sol y mar encuentre suficientes motivos para quedarse más tiempo y, sobre todo, gastar más», añade.
En el área de Haitang Bay se levanta uno de los grandes templos de esta estrategia: el Sanya International Duty Free Shopping Complex. Un gigantesco complejo que reúne más de un millar de marcas internacionales y una oferta libre de impuestos. Los pasillos están cubiertos de escaparates de joyería, relojería, cosmética y firmas internacionales mientras grupos de turistas chinos avanzan cargados de bolsas.
Desde su apertura, explica Lei, más de 70 millones de visitantes han recorrido un espacio que mezcla tiendas, restaurantes, entretenimiento y actividades culturales. «Desde que comenzó a aplicarse la nueva política de compras libres de impuestos hasta finales de abril de 2026, casi tres millones de visitantes compraron 17,45 millones de artículos. El gasto creció un 22,6% respecto al mismo periodo del año anterior», asegura.
Los funcionarios locales insisten que la gran apuesta pasa ahora por atraer sedes empresariales, fondos, aseguradoras, compañías tecnológicas y negocios vinculados al comercio internacional. Para muchas empresas existe un impuesto de sociedades reducido al 15%. Con esto China busca demostrar que, pese a la guerra comercial con Estados Unidos, las restricciones tecnológicas y las dudas que ha generado su economía entre los inversores extranjeros, todavía puede abrir nuevas ventanas al capital internacional.
Hainan sirve ahora a Pekín como escaparate de apertura cuando la inversión extranjera lleva años mostrando señales de debilidad. Pero también funciona como un experimento controlado: China puede ensayar aquí medidas que resultarían mucho más arriesgadas si fueran aplicadas de golpe en todo el país. Una isla comunista jugando a ser puerto franco. Un territorio chino separado del resto de provincias por una frontera aduanera. Un gigantesco laboratorio donde Pekín intenta atraer capital extranjero, recuperar consumo que escapaba al exterior y ensayar hasta dónde puede abrir su economía sin perder el control sobre ella.
Hace cuatro décadas, aquel experimento se llamaba Shenzhen y era poco más que una ciudad fronteriza frente a Hong Kong. Terminó convirtiéndose en uno de los grandes motores tecnológicos del planeta. Ahora China vuelve a ensayar una apertura a gran escala, esta vez en una isla tropical de 35.000 kilómetros cuadrados. Y mientras Pekín intenta repetir parte de aquel milagro económico, España ya ha movido ficha para no quedarse fuera.
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