Los últimos oficios tradicionales piden más protección pública para salvar sus talleres ante la falta de relevo generacional, los altos costes fijos y la desaparición de la técnica Leer Los últimos oficios tradicionales piden más protección pública para salvar sus talleres ante la falta de relevo generacional, los altos costes fijos y la desaparición de la técnica Leer
«En extinción». Así describe Antoni (Toni) Moya su oficio, que aunque el título le parezca algo pomposo, es el de «maestro artesano tallador de vidrio«. Solo quedan dos en toda España, explica, y él es el último en activo. Su taller, escondido en el barrio de la Sagrada Familia, es el último vestigio de «una tradición de talladores brutal» que antes contaba con decenas de ejemplos en Barcelona.
Él aprendió el oficio de su padre, pero ninguno de sus hijos tomará el relevo. Todo parece indicar que acabará cerrando. Y con él, desaparecerá su técnica de tallado de vidrio.
Es otro eco de la crisis que lleva arrastrando el pequeño negocio desde hace décadas, con miles de cierres anuales. Los últimos datos de la Unión de Profesionales y Trabajadores Autónomos (UPTA) cifran en 13.586 los comercios locales cerrados en el último año, con una pérdida de 2.347 afiliados en el comercio minorista, y 690 en la industria manufacturera. Entre las razones, argumenta UPTA, se encuentra la falta de relevo generacional, el incremento de los costes fijos, la presión fiscal, o la competencia desigual con las grandes plataformas.
Y en el caso de la artesanía -que según estimaciones de KPMG generó un valor añadido bruto (VAB) de 7.421 millones de euros en 2023, siendo el 5% de la industria manufacturera y del 0,5% del VAB general nacional- la situación es crítica: además de un tamaño reducido (mayoritariamente microempresas y autónomos), los oficios son la antítesis de la producción en serie (más rápida, en mayor cantidad y con materiales más baratos) y una figura brilla por su escasez: la del aprendiz, que del mismo modo que un becario, lo debe costear el taller.
Toni (61 años) ha probado su contratación (llegó a tener seis aprendices a la vez) pero ya se da por vencido. Las escuelas y formaciones profesionales no se acercan al oficio artesanal. Además, y como suele ocurrir en el pequeño comercio, la suya no es la opción laboral más atractiva. «Es un trabajo muy duro», explica mientras talla una copa con una muela medida a ojo, que después pule con otra muela distinta. Comprar las copas, esbozar el diseño y simetrías, tallar el cristal y abrillantarlo conlleva unos 45 minutos por una copa mediana a 15 euros. «Y es un oficio que está mal pagado», resume rodeado de juegos de vasos, sustituciones de piezas que ya no se fabrican (como plafones de edificios clásicos). Incluso arregla las vinagreras de la Sagrada Familia. Años de técnica y muchas horas de trabajo que incluso se topan con el regateo. Nadie negocia los precios de un restaurante o un mecánico, argumenta, pero sí los del taller que se limita a encargos de particulares o restaurantes, además de la venta de stock.
«Los oficios se están perdiendo. Tiene que ser vocacional. Y hay que enseñar a las manos, y es muy duro, hay que empezar muy joven», explica Pepe Expósito (73 años). Han tirado la toalla con los aprendices en la Cuchillería Expósito, donde ya solo quedan él, su hija Puri y un tercer familiar. En este taller de Albacete se fabrican navajas clásicas y cuchillos de monte. Las escuelas de formación en cuchillería se centran en la producción industrial, pero no es la adecuada para la técnica artesanal que aprendió Pepe de su padre, su abuelo, y su bisabuelo antes que ellos.
«En Albacete, éramos 40 o 50 haciendo lo mismo» y ahora solo él, relata mientras sostiene entre sus manos -su único material de trabajo- una navaja antológica: se fabrican a partir de un cuerno de toro, astas de cebú o de ciervo, que se plancha y donde se graban figuras al precio de 120 euros en el caso de las piezas más sencillas, y 1.800 euros en las más elaboradas. El tiempo de espera suelen ser dos semanas, con venta a través de su web, especialmente a coleccionistas y particulares. Y casi siempre por encargos, dados los tiempos de fabricación.
Todos sus productos se venden con el sello AB Exposito Albacete. Pero no basta para protegerlos. Además de la competencia que cabría esperar de grandes multinacionales, tanto en el taller de Toni como en el de Pepe ha afectado (y mucho) la producción asiática, más rápida y barata.
Entre euro y euro perdido, hay otro material difícil de rescatar: la técnica de producción. Un modo de trabajo pero sobre todo una herencia cultural, subrayan desde la plataforma España Artesana, que no cuenta con instituciones que velen por la supervivencia del oficio como en Italia (Artex), Francia (Institut National des Métiers d’Art) o Reino Unido (Crafts Council).
No obstante, sí existe protección a nivel europeo. De hecho, en Cuchillería Expósito son parte de la Asociación de Cuchillería y Afines que lucha para, entre otras, lograr el reconocimiento de las Indicaciones Geográficas para productos artesanales e industriales(IGAI) y «todo lo que venga de fuera y que sea similar a esto no lo puedan vender. Y menos poner fabricado en Albacete, como hacen con algunas navajas de China», explica Puri. El registro, a cargo de la Oficina Española de Patentes y Marcas (OEPM), entró en vigor para los productos artesanales el 1 de diciembre de 2025. Su objetivo es «mejorar la posición de los productores» europeos contra la falsificación, ofrecer incentivos para invertir en el sector y mejorar su visibilidad. Los Estados reciben y examinan estas solicitudes, que trasladarán para una segunda revisión a la Oficina de Propiedad Intelectual de la UE, que aprobará o no la protección a nivel comunitario. Desde la OEPM española aclaran que la existencia de una protección a nivel europeo ya no permite aplicar otra a nivel estatal, o comunitario, y aclaran que se trata de una protección del producto, no del oficio. Y no incluye subvenciones al taller.
«No hay relevo, no. No hay torneros, fresadores, ajustadores… Son oficios que se pierden», lamenta Pepe. «Son sectores que no interesan», apunta Puri.
La artesanía emplea en torno a 200.000 personas en España, aunque esta cifra es decreciente, explica Enrique Porta, socio responsable de Consumo y Distribución de KPMG en España. La firma elaboró junto a Círculo Fortuny el estudio La artesanía en España: seña de identidad de la alta gama (2022), el último análisis sobre el sector. Pero Porta actualiza las cifras del informe: «En concreto, en 2023 había 202.240 trabajadores artesanos en España, frente a 209.000 en 2022 y 213.000 en 2019, lo que refleja algunos retos estructurales para el sector, como la falta de relevo generacional y la dificultad para atraer y fidelizar talento cualificado«. Además de un insuficiente apoyo institucional, invisibilidad y falta de reconocimiento social, prosigue.
Este es un mal endémico en Europa, valora Encarnita Berrio (67 años). En el caso de esta artesana del bordado de mantilla granadina en tul y a mano, ya ha cerrado su taller por jubilación. Le queda la defensa de la técnica -la ha llevado incluso ante al Parlamento Europeo- que aprendió a los 13 años y de manos de su madre en una época en que era lo habitual en Nigüela (Granada), e impartir cursos para enseñar su oficio. Antes de cerrar el taller, sus mantillas tenían un precio de 1.000 euros, y solo estaba ella para bordar, cuando las mantillas llevan entre dos y cuatro meses, otro obstáculo. Así que entiende el poco atractivo que su oficio pueda tener para las nuevas generaciones.
Cree que el problema para el oficio se encuentra en los precios, aumentados por un material como el tul -a 200 euros por metro-, muy caro. Y en la falta de reconocimiento social. «Aquí no se sabe distinguir lo que es a mano de lo hecho a máquina, lo que es un buen ebanista de un mueble de IKEA. En España al artesano, se le cuida cero, nada», lamenta. Su trabajo cuenta con el distintivo de calidad de la Junta de Andalucía: sus mantillas llevan una etiqueta y su firma, respetan unas dimensiones, tienen el número de registro artesano, y son hechas a mano. «¿Por qué a las asiáticas no las obligan y las venden como hechas aquí», demanda.
«Los sellos son algo que los artesanos reclamamos para no desaparecer», explican Beñat (47) y Saioa (44). En Guipúzcoa, ambos hermanos mantienen viva la casa-taller Alberdi Makila, con una técnica artesanal de 300 años de historia: la talla de madera, que su padre usó para rescatar la producción de la makila vasca (el bastón tradicional de la comunidad). Insisten en que han hecho los deberes y presentado la documentación correspondiente en su comunidad, pero que la ayuda económica, además de escasa, no es suficiente: debe ser también jurídica para que la protección del oficio sea total.
Pese a que se declinaron por otras estudios y profesiones, de verano en verano ayudando a su padre, Beñat es maestro artesano. Saioa trabaja como aprendiz. «Daba pena que esto muriera«, explican mientras muestran a EL MUNDO su taller donde la makila se fabrica a base de ramas de árboles grabadas mientras la planta crece. A esto se le añade un mango de cuero trenzado, y la talla y pulido de los casquillos metálicos al final del batón, donde se hacen las grabaciones (como el lauburu, expresiones en euskera como hitza hitz, y siempre la firma Alberdi). Y si sus clientes son variados, también lo son los tamaños, porque están hechas a medida.
Un proceso muy elaborado con un plazo de entrega de dos meses. El precio medio ronda los 440 euros para un símbolo de la cultura regional que incluso llega a manos del Lehendakari de País Vasco (tiene una propia, heredada con el cargo y hecha por el padre de Beñat y Saioa).
«El hecho a mano en España tiene la capacidad elevar la propuesta de valor y la diferenciación de marcas de distintos sectores. Cada vez vemos más movimientos en esa línea. Para aprovecharlo, es fundamental reforzar la formación, visibilidad, apoyo público, digitalización y turismo de alto valor«, valora Porta (KPMG).
Cabe destacar, como lo hace Porta, que España cuenta con 41 Zonas de Interés Artesanal distribuidas por todo el país. Se refleja «el rico y diverso legado artesanal de España, fruto de siglos de historia, tradición y saber-hacer, una fortaleza y elemento diferenciador de nuestra artesanía», agrega el experto. Según datos del INE, hay una especial concentración de empresas artesanales en La Rioja (un 8,13% sobre el total nacional), Castilla – La Mancha (6,97%) y el País Vasco (6,54%). De la misma forma, pero tomando los datos de la industria manufacturera en su conjunto (artesanal e industrial), las regiones con mayor número de empresas en 2025 son Cataluña (610.062), Andalucía (540.462) y la Comunidad de Madrid (526.588 empresas).
«En España nos falta saber poner en valor lo nuestro. Que seamos tan diversos (artesanalmente) en un mismo país, eso es una maravilla. Tenemos una riqueza que no hay en muchos lugares», reflexiona Beñat. Ellos se valen de las nuevas tecnologías y redes sociales para exponer y divulgar su trabajo, «ya que las instituciones no nos apoyan como nosotros quisiéramos».
«El mundo de la artesanía muy crítico, por prescindible», valora Roberto (53). Él, junto a sus hermanos Luis Fernando (55) y Blas Emilio (57), forma parte de la quinta generación de Alfareros Blas Casares. Y probablemente también la última, porque ni hijos ni sobrinos quieren seguir al mando de este taller fundado en 1941 en Monachil (Granada). Cuentan con un certificado de garantía otorgado por la Junta de Andalucía que no vale «absolutamente de nada», salvo el reconocimiento a su trabajo en la tradicional cerámica granadina con platos hechos y pintados a mano (entre seis y siete euros según el tamaño), pero también recreaciones de piezas antiguas (alcanzan los 70 euros). «Nuestro objetivo es que nuestros hijos tengan una vida mejor», aclara Roberto mientras enseña el trabajo de su taller, que por el momento y «con el enfoque que le hemos dado, es rentable»: pocas piezas y solo por encargo, para que el ritmo de trabajo sea manejable.
En el mercado de la artesanía, hay quien afina su estrategia y se dirige hacia donde la dedicación y el tiempo cotizan alto: «Tenía muy claro que quería trabajar para el sector de lujo, porque mi producción iba a ser pequeña», explica Caterina Roma (48) en su taller de cerámica en Púbol (Girona). No heredó la técnica, sino que la aprendió y aún la sigue desarrollando. «Un camino muy largo» que ahora se traduce en el trabajo sin pausa de varios pares de manos: en total son cinco en un taller con dos hornos, sin maquinaria grande, que produce vajillas que han acabado en restaurantes de estrella Michelin.
Su venta es por encargo, y con un plazo mínimo de dos meses, mientras que sus precios varían en función de la técnica (sea cocer con leña o utilizar porcelanas y otros materiales). «Mis piezas en general tienen un valor alto en el mercado. Por ejemplo, un plato puede costar 70 euros».
Cree que la orientación hacia el mercado del lujo le está dando estabilidad. Según Porta, en un entorno de consumo cada vez más polarizado, la artesanía y el mercado de alta gama son una buena combinación para la personalización, la calidad, la autenticidad y discreción (una tendencia conocida también como quiet luxury)».
A Caterina le ha llevado años de técnica llegar a alcanzar la estabilidad, y también una buena gestión. «El año pasado monté una empresa porque el tema de ser autónomo en este país es una locura. El propio Estado es, sin lugar a dudas, una de las grandes trabas para el desarrollo y el crecimiento de los profesionales. Burocracia complicada y muchos cargos desde el primer día, incluso en las rentas más bajas«, explica. Agrega que en el caso de los talleres, la clave está en encontrar el modelo de negocio donde pueda sobrevivir el oficio. «Hay que ir al mundo de lujo, no hay otra. Tienes que tener precios altos para que el trabajo manual de una persona sea viable«, concluye la ceramista.
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