Uno, dos, tres, cuatro, cinco… Y quien quedara por delante. En el ecuador del Puerto El Bartolo, Tadej Pogacar decidió arrancar sin atender al retrovisor, sin encontrar rival, desatado, abrumador, abrasador. Puso el esloveno el motor en marcha y, uno a uno, fue sobrepasando a los rivales con una facilidad pasmosa, boquiabiertos los ciclistas y enfervorizados los aficionados, muchos agrupados en los dos kilómetros del sterrato, tierra aplanada, aunque muro por delante, kilómetros que quemaban el poco ácido láctico que les quedaba. ¡Qué bello es el ciclismo! Parecía, en cualquier caso, una historia ya contada, una con spoiler permanente, ese que explica que Pogacar levanta los brazos y minutos después llega el resto. Pero, por una vez, no fue del todo así; Enric Mas ha vuelto, capaz de codearse con el dios de la bicicleta, capaz, incluso, de humanizarlo.
El ciclista de Movistar logra atrapar al esloveno en la ascensión a El Bartolo y solo pierde la etapa en el ‘sprint’ final
Uno, dos, tres, cuatro, cinco… Y quien quedara por delante. En el ecuador del Puerto El Bartolo, Tadej Pogacar decidió arrancar sin atender al retrovisor, sin encontrar rival, desatado, abrumador, abrasador. Puso el esloveno el motor en marcha y, uno a uno, fue sobrepasando a los rivales con una facilidad pasmosa, boquiabiertos los ciclistas y enfervorizados los aficionados, muchos agrupados en los dos kilómetros del sterrato, tierra aplanada, aunque muro por delante, kilómetros que quemaban el poco ácido láctico que les quedaba. ¡Qué bello es el ciclismo! Parecía, en cualquier caso, una historia ya contada, una con spoiler permanente, ese que explica que Pogacar levanta los brazos y minutos después llega el resto. Pero, por una vez, no fue del todo así; Enric Mas ha vuelto, capaz de codearse con el dios de la bicicleta, capaz, incluso, de humanizarlo.
Nada más despuntar el sol, el Paseo Marítimo de Alcossebre era un verdadero remanso de paz. Algún madrugador hacía paddle surf, las gaviotas sobrevolaban en círculos en busca de unas presas expuestas porque el mar apenas picaba, y los comercios levantaban las persianas al tiempo que servían los primeros cafés del día. Paseos mañaneros con encanto, benditas vacaciones. La paz, sin embargo, se tornó en caos en un santiamén. Todo empezó con el claxon de los coches que patrocinan a la carrera, advertencia de que la caravana de la Vuelta estaba por llegar. Después aparecieron los autocares de los equipos y, de repente, ya no cabía un alfiler, marabunta de aficionados que se entregaban a sus ciclistas predilectos. Como a Carapaz, aplauso atronador, magnetismo puro; como a Pogacar, siempre el mejor, el centro de las miradas; como a Marco Brenner (Tudor), que no es especialmente conocido, pero todos se arrancaron a cantarle el cumpleaños feliz; como a Sepp Kuss, la amabilidad en persona, la sonrisa como saludo; y como a Landa y su Landismo, ovacionado como ninguno. Aunque también hizo números para hacerse querer Mads Pedersen, el hombre bala del pelotón, que fue con una pistola de agua y bromeaba con quien se cruzara en su camino, incluso con un policía al que le ofreció un trueque con una de verdad. Caos feliz y guirigay que se hizo extensivo en el pelotón, siempre al dictado de Pogacar. Aunque, por una vez, el punto y aparte, el guion rebelde, fue Mas.
Quisieron Lutsenko (NSN) y Bisiaux (Decathlon) marcharse de inicio en solitario, una fuga deshilachada en el momento que llegaron las primeras pendientes del puerto de La Serratella. Fueron más los que intentaron seguir la rueda, ataques desbravados que fagocitó el pelotón, hasta que, pasada ya la hora, 14 valientes lograron poner tierra de por medio. Entre ellos, Van Aert, corredor que no entiende de grises, tren y chasis de superdotado, pedaladas de pura fuerza, aspirante a cualquier Iliada, cólera de Aquiles. Pero en este caso le cortaron el pelo como a Sansón o, simplemente, se lo cortó él porque a la que ganó sus puntos en el sprint intermedio levantó el pie. Tanto daba, con Pogacar en el tablero, las reglas cambian.
Así se aclaró, como siempre ocurre con Pogacar porque no se toma un día de asueto, al comenzar El Bartolo, 9,4 kilómetros con una pendiente media de 7,1%, pero rampas del 20%. Después de que Vine, primero, y luego Pablo Torres -excepcional el joven, trazas de campeón por llegar- imprimieran un ritmo endiablado en el puerto, después de que se quedaran sin fuerzas, Pogacar arrancó con fiereza. No lo hizo de pie sobre la bici, sino que se limitó a pisotones mecánicos, sin fallo, sin pausa, sin debilidades. Y aunque varios intentaron aguantarle la embestida, nadie fue capaz de seguirle el paso. O casi nadie. Porque Mas, desde atrás, a su ritmo, de menos a más, fue acortando metros al tiempo que agrandaba sus ambiciones e ilusiones, escalada de aúpa que le valió para atrapar a Pogacar al coronar la cima.
Gritaban los aficionados y hasta se oían berridos en la sala de prensa, pues la proeza no es baladí porque hacía mucho tiempo que nadie le echaba el lazo a Tadej, porque Mas llegaba de un Giro frustrado en el que advirtió que iba hacia el podio y se quedó en nada en las primeras subidas. “Voy día a día, pero estoy volviendo a disfrutar del sufrimiento”, decía Mas estos días, ya con la lección aprendida, que más vale ir de humilde que de presumido, que nunca se sabe cómo responderán las piernas. Ocurre, sin embargo, que Mas, después de superar una intervención por tromboflebitis y regenerar el tejido en una mano desgarrada, después de dos años en los que no ha peleado por una general, ya ha vuelto; el ciclista con cuatro podios en la Vuelta quiere cinco. Está cerca, después de sacar 46 segundos a sus perseguidores en Castellón, ya segundo en la general.
Superada la cima, Mas cogió el timón porque se conocía el descenso, al punto de que en un par de curvas sacó la mano para decirle a Pogacar que frenara, que mucho cuidado. En una de esas, Mas trazó tarde y casi se sale; en otra, fue Pogacar el que perdió el camino y por poco no se pega un tortazo, salvado como hacen los buenos, si caerse ni nada, susto efímero. Y entre los dos, ahora tiro yo y después tú, ahora meto vatios para sacar segundos y luego te sigo, bastó para que se disputaran el sprint final. Y ahí Mas ya no tiene motor ni alas, descartado en el momento que Pogacar puso el turbo. Fue la tercera victoria del esloveno en lo que va de Vuelta -la mitad de las etapas son suyas; o más porque la de Font-Romeu se anuló por la granizada-, la tarde en la que Mas dijo que él ha vuelto, que si se lo propone puede, por un día, humanizar a Pogacar.
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