El choque devastador de los dos trenes en Urda tiene culpables. La investigación quizá dé con ellos o con alguno de ellos. Pero a las pocas horas de la catástrofe ‘alguien’ del Gobierno lanzó la culpa grande filtrando audios de un técnico del Centro de Control de Atocha, quien está acaparando por entero el marronazo Leer El choque devastador de los dos trenes en Urda tiene culpables. La investigación quizá dé con ellos o con alguno de ellos. Pero a las pocas horas de la catástrofe ‘alguien’ del Gobierno lanzó la culpa grande filtrando audios de un técnico del Centro de Control de Atocha, quien está acaparando por entero el marronazo Leer
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Naturalmente, el choque devastador de los dos trenes en Urda tiene culpables. La investigación quizá dé con ellos o con alguno de ellos. Es cuestión de meses, como todo en la vida. Pero como en este momento de España no hay tiempo que perder, a las pocas horas de la catástrofe alguien lanzó la culpa grande a un técnico del Centro de Control de Atocha, quien está acaparando el marronazo de principio a fin. Un tipo que la lió muy parda, sin duda. Pero un profesional situado al final de una cadena donde fallaron todos los eslabones, de la cumbre al suelo, del Ministerio de Transportes a ese individuo expuesto a toda prisa para el largo escarnio. La filtración de los audios es un gesto fastuoso por cabrón y precipitado. Han ofrecido en sacrificio al último de la fila para hacer involuntariamente de ‘sparring’. Esto es lo que parece. El primer paso decidido del Gobierno, del socialismo, de un partido de la izquierda, esa orilla en la que me inscribo y donde algunos avivan mis desengaños.
Cómo no sentir un rechazo tan urgente como veloz con el trapicheo de los audios. Esta manera de traficar con inculpaciones es propia de los infames. Los sindicatos UGT y CCOO rechazan también ese juego de sombras chinescas. Y es que la verdad sopla por otro lado: la red ferroviaria española es un fracaso político, un fracaso de Estado, un fracaso sistémico. En esta legislatura las tragedias ferroviarias dejan ya más de un centenar de difuntos. Es un récord insoportable. Y suma cientos de heridos, y protestas profesionales, y advertencias de desidia echadas a perder, y alertas por una estructura caduca que no se renueva pese a tanto viento a favor (dicen) como sopla para el dinero. El repertorio de daño y caos es gigante. Pero a esta hora del jueves sólo un supervisor del tráfico de los trenes está pillando cacho.
La prioridad es tener ya al culpable, como si sólo fuese uno. La operación del hombre trapo no está saliendo bien del todo en medio del gallinero. Demasiados compañeros denunciando la infradotación del departamento, los turnos imposibles, las quejas silenciadas por la fatiga del sistema. También esto parece verdad. Óscar Puente solicita comparecer en el Congreso. Es la segunda vez que el ministro acude a hablar de tanta muerte por lo mismo. Eso querrá decir algo. A cambio han echado a los leones al currela, celebrando con su cuota de responsabilidad la fiesta del sacrificio del cordero. Uno por otro. Cualquier día habrá que volver a decir en voz alta que estos trucos asquean porque dejan la verdad a merced de la telaraña. A Pedro Sánchez lo acompañará en el sprint electoral el largo luto por los 69. Tendrá que retirar eslóganes y replegar el aire de verbena. Pronto empezarán los rivales a cebar la picadora. A ver quién es el más salvaje. Cómo no prever la cantidad de indecencia que algunos seres humanos son capaces de producir amortizando el dolor ajeno. Es el remedio clásico de la peor política, allí donde el odio y el fanatismo se unen. Vamos a ver si no.
El PSOE, con la húmeda perfidia del reptil, ha arrojado a un hombre al vacío precipitadamente, antes de empezar la investigación necesaria para resolver incógnitas de un accidente evitable. Un accidente de autoría compartida, repartida entre muchos. Ellos que son, hoy por hoy, la primera fuerza del Estado.
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