Cuando Bizancio se encuentra en la derrota, el paraíso oriental se hace verso. Es en el encuentro de la belleza y el olvido. Antes de que lo que importa desaparezca, borrado por el tiempo y la distancia. Anotar lo extinto de Eduard Farràs (Ril Editores, 2024) se convierte en un oráculo y en un amanuense: El estado de la cuestión, las distintas concepciones del panteón de la vida y la historia: «Los tótems han madurado/se han convertido en tótems/ascendientes» y construye cuando la fe se mezcla con los axiomas: «El único tótem precisa axiomas/para sostener la integridad de la tradición», entre eclipses y solsticios se cierran los tiempos en la estadística de lo euclídeo: «Matará al posadero y no/se hospedará en el hostal», la multinacional es la manera de convertir la tierra en un icono que desaparece. La vida se reduce frente a la simulación, sandbox de eternidad (Aquel videojuego retro), con Peter Pan sediento de calostro, niño adicto al primer nutricio y acaba: «Has compuesto la gran obra con/ornamentación ajena en el/ cénit de la casualidad». Haces de la química enumeración, un listado de chucherías del nuevo siglo, orgánico y recreativo: «Y eso que a las tres de/ la madrugada te da por sacar/de la vajilla unos ojos como platos». Venas crípticas, buscando piedras preciosas en tiempos de ofimática: «El rezagado constante/malmete minerales».
Es así, en la Declaración de intenciones, puede valer para una poética o un libro de instrucciones: «Por fin montaré en la excelencia del logro» y una extraña aparición en los versos familiares de dos hermanos, los mayores, ni padre ni hijos, leo, lees sobre Cesare Pavese y Alejandra Pizarnik, mis hermanos, sus hermanos, mayores, él y ella, así, recojo texto: «Guardarán la esquina como/alcaides de penumbra». En el penúltimo capítulo, Tratado de armas, donde comienza: «Atardece la carne debajo/de un burdeos eterno».
Plata, versos, substancias: «Neptuno se pone» y llega el problema de la medida, poco y grande: sucesión convergente que define los números reales, barbitúricos y ciencia ficción, farmacopea y estramonio. ¿Qué órganos te llevan al límite? «Puede una boca llorar» y entre el verano hay espacio para la muerte: «Con la inhalación reiterada/se contraen las laderas del retiro./Se entra en el valle de la somnolencia, /guardián de la quietud» y sigo, «Noche líquida en porcelana». Eduard termina, en la apología de la extinción, cierre y comienzo. Como un aprendizaje eterno.
El encuentro entre la belleza y el olvido en Anotar lo extinto de Eduard Farràs (Ril Editores, 2024)
Cuando Bizancio se encuentra en la derrota, el paraíso oriental se hace verso. Es en el encuentro de la belleza y el olvido. Antes de que lo que importa desaparezca, borrado por el tiempo y la distancia. Anotar lo extinto de Eduard Farràs (Ril Editores, 2024) se convierte en un oráculo y en un amanuense: El estado de la cuestión, las distintas concepciones del panteón de la vida y la historia: «Los tótems han madurado/se han convertido en tótems/ascendientes» y construye cuando la fe se mezcla con los axiomas: «El único tótem precisa axiomas/para sostener la integridad de la tradición», entre eclipses y solsticios se cierran los tiempos en la estadística de lo euclídeo: «Matará al posadero y no/se hospedará en el hostal», la multinacional es la manera de convertir la tierra en un icono que desaparece. La vida se reduce frente a la simulación, sandbox de eternidad (Aquel videojuego retro), con Peter Pan sediento de calostro, niño adicto al primer nutricio y acaba: «Has compuesto la gran obra con/ornamentación ajena en el/ cénit de la casualidad». Haces de la química enumeración, un listado de chucherías del nuevo siglo, orgánico y recreativo: «Y eso que a las tres de/ la madrugada te da por sacar/de la vajilla unos ojos como platos». Venas crípticas, buscando piedras preciosas en tiempos de ofimática: «El rezagado constante/malmete minerales».
Es así, en la Declaración de intenciones, puede valer para una poética o un libro de instrucciones: «Por fin montaré en la excelencia del logro» y una extraña aparición en los versos familiares de dos hermanos, los mayores, ni padre ni hijos, leo, lees sobre Cesare Pavese y Alejandra Pizarnik, mis hermanos, sus hermanos, mayores, él y ella, así, recojo texto: «Guardarán la esquina como/alcaides de penumbra». En el penúltimo capítulo, Tratado de armas, donde comienza: «Atardece la carne debajo/de un burdeos eterno».
Plata, versos, substancias: «Neptuno se pone» y llega el problema de la medida, poco y grande: sucesión convergente que define los números reales, barbitúricos y ciencia ficción, farmacopea y estramonio. ¿Qué órganos te llevan al límite? «Puede una boca llorar» y entre el verano hay espacio para la muerte: «Con la inhalación reiterada/se contraen las laderas del retiro./Se entra en el valle de la somnolencia, /guardián de la quietud» y sigo, «Noche líquida en porcelana». Eduard termina, en la apología de la extinción, cierre y comienzo. Como un aprendizaje eterno.
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