El país transalpino, durante años ajeno al apetito de los inversores ‘verdes’, ha emergido como una suerte de tierra prometida con todo por hacer (y mucho dinero que ganar), en la que refugiarse de un mercado ibérico saturado Leer El país transalpino, durante años ajeno al apetito de los inversores ‘verdes’, ha emergido como una suerte de tierra prometida con todo por hacer (y mucho dinero que ganar), en la que refugiarse de un mercado ibérico saturado Leer
Veni, vidi, vici. En las plantas nobles del poderío energético español sueñan con repetir la máxima que un día pronunció Julio César. Pero no son legiones lo que los gigantes patrios de las renovables están desplegando en Italia, sino un batallón silencioso de ingenieros, paneles de silicio y baterías de litio.
Desde las costas de Sicilia hasta los polos industriales del norte, el capital español ha girado la vista hacia el este en un momento en que el mercado ibérico presenta síntomas claros de saturación y canibaliza sus márgenes. En la Italia de Giorgia Meloni el megavatio se paga al doble y los proyectos verdes disfrutan de atajos administrativos que Roma ha diseñado para romper, de una vez por todas, su enorme (y cada vez más peligrosa) dependencia exterior.
Italia se había mantenido fuera del radar de los grandes jugadores españoles del negocio renovable hasta el estallido de la guerra de Ucrania. En parte, porque la falta de espacio y la densidad de población complicaban la búsqueda de localizaciones para grandes proyectos. Pero, sobre todo, por el inabarcable patrimonio arqueológico que custodia su subsuelo.
«Das una patada al terreno y sale un capitel romano o fenicio», declaran fuentes empresariales con experiencia en el país. Levantar un parque en tierras italianas exige un respeto casi reverencial por la historia y alarga durante años los tiempos de tramitación. Incluso, cuando se trata de proyectos en el mar. Algún que otro promotor ha tenido que cambiar sus planes para desarrollar eólica offshore después de tropezar en sus batimetrías marinas con barcos hundidos de antes de Cristo. En definitiva, los proyectos que salían adelante eran francamente valiosos porque partían de una bajísima garantía de éxito.
Todas esas barreras perdieron peso para los inversores tras la crisis energética de 2022, que provocó un giro de 180 grados en el orden de prioridades de Roma. La autonomía energética dejó de ser una opción y se convirtió en una cuestión de seguridad nacional y una baza para contener la inflación. El cambio no pasó desapercibido en España. Datos de la plataforma TTR Data facilitados en exclusiva a Actualidad Económica constatan que, entre enero de 2023 y el pasado mes de mayo, el capital español protagonizó 58 operaciones -compras y fusiones- de renovables en Italia, de las cuales seis aún se encuentran en curso.
En conjunto, su valor superó los 3.600 millones de euros, si bien desde TTR matizan que esa cifra solo refleja 18 operaciones en las que se desveló el precio pagado. Por tanto, el volumen real de capital español movilizado en activos verdes en Italia podría superar ampliamente -en varios miles de millones- ese dato. A ello habría que sumar el desembolso de empresas patrias para desarrollar proyectos desde cero, es decir, las inversiones orgánicas. La foto final no está mal para un mercado tradicionalmente residual que, aunque sigue lejos de grandes feudos como Estados Unidos o Brasil, está ganando terreno en los planes estratégicos de las firmas españolas.
En ese tablero de ajedrez, gigantes del Ibex conviven con grandes fondos de inversión y promotores independientes . Todos parecen tener claro cuáles son las zonas clave para poner la pica en el vecino mediterráneo. Iberdrola, la mayor eléctrica española, irrumpió en Italia en 2007, pero pisó el acelerador en renovables en 2022. A partir de entonces no ha dejado de engordar su cartera de proyectos de generación en el territorio. De parques eólicos en Basilicata a huertos solares en la región de Lacio. El grupo acaba de superar los 450 megavatios (MW) instalados y tiene otros 6.800 MW en fase de desarrollo.
Acciona Energía también ha consolidado su apuesta por el sur y las islas, aprovechando la trayectoria de su nave nodriza, el grupo constructor controlado por la familia Entrecanales que acumula 25 años de actividad en Italia, principalmente, con sus negocios de agua e infraestructuras. Hoy, opera 156 MW repartidos en cuatro parques eólicos en las regiones de Abruzzo, Calabria y Sicilia, isla en la que va a construir otros dos proyectos solares, tras adjudicarse 151 MW en la última subasta pública renovable.
Dentro de la ofensiva ibérica destaca EDP. Su presencia se remonta a 2010 y también ha disparado su apetito en los últimos años, hasta superar 600 MW instalados. Entre 2024 y 2025, destinó 700 millones en la compra de varias carteras eólicas y solares y, este año, ha sellado acuerdos en el país con la marca deportiva Decathlon y el grupo de envases de vidrio Verallia para instalar autoconsumo en los tejados de sus plantas.
Italia es una de las mayores potencias manufactureras de Europa. Su industria supone más del 22% del PIB, frente al 16% en España. A ojos del sector verde esto se traduce en un gigantesco catálogo de clientes VIP, auténticos devoradores de energía que, primero con la guerra de Ucrania y ahora con el conflicto en Oriente Medio, le han visto las orejas al lobo de la dependencia energética.
Entre una crisis y otra, Iberdrola ha suscrito en el país acuerdos de venta de energía verde a largo plazo -los llamados PPAs- con la farmacéutica Bayer, la siderúrgica Acciaierie Venete o el gigante de la distribución Grupo Selex. El pasado abril, Acciona Energía anunció también una batería de acuerdos bilaterales para suministrar 800 GWh de energía renovable a industrias electrointensivas del territorio,entre ellas, la propia Acciaierie Venete.
Para muchas energéticas foráneas, aterrizar en Italia de la mano de la industria no es solo una forma de asegurar que toda su producción está vendida de antemano. En muchos casos, es también una estrategia para sortear el embudo administrativo y las limitaciones de la red que, al igual que ocurre en España, retrasan el avance de proyectos renovables.
Alberto Martín Rivals, fundador de NetOn Power, empresa española de autoconsumo industrial, describe el modelo renovable italiano como el reverso del español. Mientras que en España el 80% del sector son macroplantas que vierten su producción a la red, en Italia el 70% de la capacidad instalada es generación distribuida. Es decir, instalaciones pegadas a la demanda, en tejados o suelos industriales, que esquivan la saturación de una red eléctrica donde, a menudo, ya no cabe un solo megavatio más.
«El permitting en Italia tiene dos modalidades. Una es la de plantas solares a menos de 350 metros de polígonos industriales o carreteras. Esta avanza muy rápido gracias a la PAS (Procedura Abilitativa Semplificata), que prácticamente con una declaración responsable y dejando 60 días de audiencia pública a los proyectos, si nadie se opone, puedes arrancar. Es una diferencia muy grande respecto a España. Fuera de estos casos, el proceso es largo y puedes tardar dos o tres años en aprobar un proyecto, similar al caso español», explica Rivals, cuya compañía ya concentra el 40% de su cartera en suelo italiano.
Este bypass a la red ahorra años de burocracia y supone una solución exprés a los altos costes energéticos que asume la industria doméstica. «Básicamente, un cliente industrial español mediano puede estar pagando en horas solares del orden de 75 euros el megavatio hora. En Italia ronda los 150», concreta el fundador de NetOn Power.
En el imaginario colectivo España e Italia están cortadas por el mismo patrón mediterráneo, pero lo cierto es que a nivel eléctrico funcionan de forma distinta. El italiano es un territorio muy alargado y montañoso que sufre fuertes problemas de interconexión interna. Sus consumidores, a diferencia de los españoles, no tienen un precio único de la electricidad, sino siete distintos en función de la zona (Norte, Centro-Norte, Centro-Sur, Sur, Calabria, Sicilia y Cerdeña).
«Esto complica el desarrollo de renovables solo con PPAs, porque produces barato en el sur, pero no puedes llevar esa electricidad al norte«, expone Rivals. Esa dinámica ha desbocado el curtailment en el sur, es decir, las veces en que las plantas tienen que dejar de producir porque no hay demanda. Para aliviar este problema, Roma ha activado un sistema de subastas que está marcando la diferencia con el modelo ibérico.
«Las subastas no son nuevas, pero están empezando a hacer Italia atractiva porque el curtailment lo asume el sistema. A los productores se les paga, se les compensa, lo que les permite hacer un ajuste muy fino de sus ofertas»,señalan fuentes del sector. En España es el generador el que asume el riesgo del curtailment.
Además, para corregir la brecha norte-sur, Roma ha diseñado otro sistema de subastas para fomentar la instalación de baterías allí donde se concentra la fotovoltaica. «Buscan utilizar la energía barata del sur durante todo el día e incentivar la relocalización de la industria en esas regiones. Es un objetivo político. Si dejasen actuar solo al mercado, eso no ocurriría», completa Rivals.
En 2022, el triunfo de Meloni puso en guardia a los inversores verdes. El tiempo ha evidenciado su capacidad para hacer «equilibrismos» entre un discurso duro con esas tecnologías, que contenta a la base de votantes rural, y su apoyo a un esquema de incentivos que acelera el desarrollo de energías limpias. Mientras extiende la vida útil de las centrales de carbón, subvenciona la factura de las industrias que consuman energía verde. La percepción empresarial es que su política energética, más que a una convicción ideológica, responde a una necesidad geopolítica acuciante.
«En su primer mandato, Trump se oponía a todo de palabra, pero no paraba nada. Del mismo modo, a Meloni le ha venido bien la inercia institucional, porque el esquema renovable le llegó dado. No lo está exponenciando, pero lo deja vivir porque limita la dependencia exterior del país», explican las fuentes. Y es que Italia necesita renovables como el oxígeno. De los 280 teravatios hora (TWh) que el país consume al año, 80 vienen del gas y el carbón. Otros 50 los tiene que importar de Francia y Suiza con un alto coste.
Paradójicamente, este mix arcaico seduce a más y más inversores verdes foráneos. Como el gas y el carbón todavía fijan el precio de la luz la mayor parte del día en Italia, sus márgenes allí son más atractivos que en España. «Los ciclos de renovables tienen sus tiempos en cada país. En Italia, quien entre ahora ya va tarde», sentencia una fuente del Ibex eléctrico. El mensaje resuena como un aviso a navegantes para aquellos que se sientan tentados a probar una ofensiva rápida en tierras transalpinas, de las que sirven de pretexto para parafrasear a Julio César.
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