Ante los incendios forestales cada vez más intensos y peligrosos, quizá haya llegado el momento de mirar más allá de la extinción y replantearnos también cómo gestionamos el territorio una vez apagado el fuego. En los últimos tiempos asistimos a un paulatino cambio de paradigma que supone abandonar la estrategia de supresión total propia de la época del “todos contra el fuego”. Empezamos a asumir que siempre va a haber igniciones, ya sean naturales o accidentales, y que cuanto más continua e inflamable sea la vegetación, menos manejables serán los incendios y peores sus consecuencias. Esa es la lógica que inspira las quemas prescritas, que no pretenden eliminar el fuego, sino utilizarlo para reducir la biomasa y, por lo tanto, la severidad de los incendios.
Mantener el ganado en zonas que han ardido modifica el tipo de vegetación que se regenera, haciendo más difícil que se repitan incendios
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Mantener el ganado en zonas que han ardido modifica el tipo de vegetación que se regenera, haciendo más difícil que se repitan incendios

Ante los incendios forestales cada vez más intensos y peligrosos, quizá haya llegado el momento de mirar más allá de la extinción y replantearnos también cómo gestionamos el territorio una vez apagado el fuego. En los últimos tiempos asistimos a un paulatino cambio de paradigma que supone abandonar la estrategia de supresión total propia de la época del “todos contra el fuego”. Empezamos a asumir que siempre va a haber igniciones, ya sean naturales o accidentales, y que cuanto más continua e inflamable sea la vegetación, menos manejables serán los incendios y peores sus consecuencias. Esa es la lógica que inspira las quemas prescritas, que no pretenden eliminar el fuego, sino utilizarlo para reducir la biomasa y, por lo tanto, la severidad de los incendios.
Las quemas prescritas que hoy empiezan a incorporarse a la gestión forestal no son una idea completamente nueva. Durante siglos, las sociedades pastoriles utilizaron el fuego como una herramienta para controlar la expansión del matorral y favorecer los pastos, aunque hoy estas prácticas están prohibidas o estrictamente reguladas. Sin embargo, una vez que un terreno se ha quemado, sea cual sea el origen del incendio, lo habitual es prohibir el pastoreo durante años. Esta regulación es heredera de una época en la que el objetivo prioritario era recuperar masas continuas de arbolado y en la que, además, se impulsaron repoblaciones forestales que favorecieron paisajes muy continuos y altamente combustibles. Esa continuidad espacial del arbolado es precisamente la que hoy empezamos a cuestionar, tanto porque favorece los grandes incendios como porque es dudoso que represente los paisajes que han caracterizado la península Ibérica durante los últimos millones de años. Probablemente, el arbolado denso y el matorral compartían el territorio con ecosistemas abiertos y, especialmente en las zonas llanas, predominaban los pastos con árboles dispersos.
Esos paisajes, que poco tienen que ver con el mito de la ardilla que saltaba de rama en rama de Tarifa a Portbou, guardan grandes similitudes con las sabanas tropicales. Y es precisamente en África donde todavía podemos observar estos ecosistemas abiertos mantenidos por procesos naturales, gracias a que allí se ha conservado la megafauna que antaño dominó todos los continentes. De ellos podemos extraer algunas claves para la gestión del territorio tras los incendios.
Las sabanas africanas se dividen en dos grandes tipos. En las secas, la mayor parte de la biomasa vegetal la consumen los herbívoros. Como adaptación al pastoreo, la hierba tiene un porte bajo, es rica en nutrientes y arde con dificultad. Ésta es la lógica que rige también intervenciones en nuestros paisajes, donde se usa el pastado dirigido del ganado para reducir el riesgo de incendio. En las sabanas húmedas, en cambio, las plantas compiten más por la luz y la hierba es alta, fibrosa y pobre en nitrógeno. Este tipo de vegetación favorece fuegos que consumen gran parte de la biomasa producida cada año. Sin embargo, el clima no es el único factor que determina la estructura y composición de las sabanas. Diferentes estudios demuestran que los grandes herbívoros también pueden modificar la comunidad vegetal y crear las condiciones que les favorecen. Cuando la presión de pastoreo es suficientemente intensa, como ocurre en los escasos lugares donde aún resisten los rinocerontes blancos, el ecosistema cambia de estado: pasan a dominar las herbáceas postradas y nutritivas y, lo que es más relevante para los grandes incendios, mucho menos inflamables. Del mismo modo, en las sabanas secas sometidas a incendios frecuentes se observa el proceso contrario: la comunidad vegetal adquiere rasgos propios de las sabanas húmedas. Tallos largos, hierba fibrosa y poco nutritiva. El fuego también modifica la vegetación de forma que favorece nuevos incendios.
Estas evidencias ecológicas tienen claros paralelismos con lo que observamos en nuestros paisajes mediterráneos y nos llevan a cuestionar las políticas que restringen el pastoreo en los terrenos quemados. La evidencia disponible sugiere que estas restricciones pueden favorecer un cambio de estado: desde una vegetación menos inflamable, mantenida por el pastoreo, hacia otra comunidad vegetal mucho más inflamable y propensa a incendios más severos. Entre los muchos factores que explican el aumento de los grandes incendios, como el calentamiento climático, es probable que impedir el pastoreo tras el fuego contribuya también a agravar el problema. Si los rebaños se reconocen cada vez más como una herramienta fundamental para reducir la inflamabilidad del paisaje, quizá haya llegado el momento de empezar, también, a pastar lo quemado.
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