Anthropic habla de comprar inteligencia como sinónimo de usar la IA. Pero gran parte de la inteligencia no se compra, se cultiva. Se libra un pulso entre la pereza disfrazada de productividad y la filosofía disfrazada de lentitud Leer Anthropic habla de comprar inteligencia como sinónimo de usar la IA. Pero gran parte de la inteligencia no se compra, se cultiva. Se libra un pulso entre la pereza disfrazada de productividad y la filosofía disfrazada de lentitud Leer
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Una de las primeras sensaciones transmitidas por Raskólnikov, el estudiante sin dinero de Crimen y Castigo, es que el tiempo libre solía dedicarse al pensamiento. Un ciudadano pobre pero formado tampoco tenía en la época de la novela demasiadas posibilidades. Desde luego, no había en el bolsillo del pantalón un teléfono móvil, ni contaba con datos ilimitados y conexión ultraveloz, así que, en lugar de distraerse con el scroll infinito de las redes sociales o el alpiste de Amazon, al hombre no le quedaba más remedio que darle vueltas a la cocorota.
La automatización agéntica de la que tanto se habla y a la que tantas empresas y profesionales aspiran es un arma de doble filo. A la vez que acelera los flujos de tareas de poca monta, suplanta el esfuerzo humano en aspectos donde la contribución de la máquina no es diferencial. Es fácil observarlo hoy: de repente, LinkedIn, las notas de prensa y los informes de esta o aquella organización se han convertido en ejercicios estilísticos sospechosamente parecidos entre sí, como si todos fuésemos John Malkovich en la peli de Spike Jonze.
Si uno se desacostumbra a reflexionar, aparte de volverse más tonto, corre el riesgo de entregar su confianza a algoritmos diseñados por compañías radicadas en EEUU y China. Dichas empresas, como cualquier otra en cualquier otra hilera del ábaco capitalista, quieren dinero, el suyo, el mío y el de todos los demás, así que las respuestas estarán sometidas al sesgo de sus propios intereses, y creer en ellas como si fuesen pasajes bíblicos (o, mejor, teorías irrefutables de física cuántica) termina resultando peligroso.
En los jóvenes e incluso en los niños, muchas de las big tech de las citadas latitudes ven carne de cañón. Tiene que ser casi siempre Europa la coral institución que pone puertas a algo que nos quieren hacer creer que es el campo, aunque no lo sea. Como con otras drogas de diseño, la prohibición parece la única forma de hacer que personas como Mark Zuckerberg o Elon Musk decreten un rediseño. Con la IA y los grandes modelos de lenguaje han ingresado en el club nuevos multimillonarios y nuevos trucos de magia, pero el problema sigue siendo el mismo: avanzar sin escrúpulos hacia el secuestro mental para que llegue un momento en que nadie se vea capaz de vivir sin ChatGPT o Claude, del mismo modo que nadie se separa sin notable angustia del smartphone.
No parece muy inteligente, por otra parte, comprar el discurso de la emancipación de los agentes autónomos y el efecto colateral de sus perrerías. Es como lo del mando único en Ceuta: si el Gobierno tiene la potestad de asumirlo, el humano y la compañía donde aquel se integra deben configurar ese ramillete agéntico para que nada se les vaya de las manos. Ellos son la autoridad y la tecnología está a su servicio. O eso nos repiten a diario.
El quid de la cuestión está en el pulso que libran pereza disfrazada de productividad y filosofía disfrazada lentitud. Se ha insertado en el debate, de modo muy anecdótico, el espejo corrector de la ontología, pero pasa como en el instituto, donde el alumno sabía que las asignaturas más clásicas de las letras contaban sin contar, como la gimnasia, y no moverían ninguna de las manecillas de su futuro. Nadie habla hoy durante la sobremesa de Hegel o Spinoza (quizás tampoco fuera así en sus épocas de máxima influencia). Si la alarma pita no es porque seamos menos cultos, menos observadores, menos pacientes. Pita, casi con total certeza, porque una porción cada vez mayor del caudal intelectual se externaliza. Ya lo dijo en estas páginas Chloe Lubinski (Anthropic): «Lo que se compra cuando se invierte en IA es, literalmente, inteligencia». Una sentencia esperanzadora cuando se piensa en usos médicos o en posibilidades en la lucha contrarreloj frente al cambio climático. Una profecía hórrida si se atiende a la descompensación del balancín. Toda la inteligencia encargada a un tercero en forma de servicio, suscripción y token constituye simultáneamente una autolesión, cuando menos en aquellos casos donde la plasticidad, la inventiva y la memoria diferencian al organismo vivo y meditabundo del código frío y voraz.
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