“No hay que despedirse estando enfadados… por si pasa algo”. “Hasta ahora no ha pasado nada”. Apenas unos minutos después, Natascha fue secuestrada. Ocho años, cinco meses y 21 días de cautiverio. La noche anterior había discutido con su madre, esa mañana no quiso hacer las paces con ella y fue al colegio sola. Tenía 10 años cuando Wolfgang la raptó de camino a clase en el distrito vienés de Donaustadt. Hasta que un descuido, el primero de su captor, propició su huida tal día como hoy, un 23 de agosto de hace 20 años.
Ella notó algo. Vio aquel hombre de 35 años apoyado en su coche a unos metros de distancia. Pensó en cambiar de acera, pero quiso luchar contra su instinto. Siguió. Y él la agarró. No fue capaz de emitir ningún sonido. La empujó dentro del vehículo y le dijo que era un secuestro, que si sus padres pagaban volvería con ellos. Entendió pronto que eso no iba a ocurrir.
El sótano era oscuro. No había ventanas. El sonido del ventilador, constante, la atormentaba casi más que la claustrofobia provocada por el zulo en el que se encontraba. Estaba enfadada consigo misma por no haber ido al colegio con su madre y por no haber cruzado la calle cuando vio aquel hombre. Lloraba de impotencia. Estrelló las botellas de agua mineral contra la pared, golpeó cada esquina hasta comprender que nadie podría escucharla. Así que decidió sobrevivir.
Durante muchos meses esos 5m² fueron su cárcel. No podía salir, el secuestrador apenas le daba comida, no le estaba permitido ver las noticias y él mismo la lavaba en una palangana. Al tiempo, la prisión se alargó unos metros. Le permitió subir al aseo, a veces al salón, hasta que, poco a poco, le fue dejando acceder a otras zonas de la casa. Unos años más tarde pudo tener una radio. Al principio los únicos periódicos que leía eran los semanales. Después, los diarios. Se los daba tras analizarlos y percatarse de que no hubiese escrito nada en ellos.
Tiempo después le fue concedido salir a la calle, siempre pegada a él y bajo la amenaza de que, si intentaba huir, mataría a su familia y a todo aquel a quien pidiese ayuda. En entrevistas, Natascha cuenta que miraba fijamente a los ojos de las personas con las que se cruzaba, siempre vigilada y a centímetros de su captor. Sonreía, como solía hacer en las fotos, con la esperanza de que alguien la reconociera por las imágenes que, pensaba, habría distribuido su familia a lo largo de la búsqueda.
La primera entrevista en televisión que ofreció Natascha es muy distinta a las más recientes. Entonces tenía poco más de 18 años y había pasado prácticamente la mitad de su vida, incluso más si pensamos en años plenamente conscientes, bajo el yugo de un desconocido. Todo su mundo, más allá de los recuerdos y la imaginación, giraba en torno a las paranoias, apetencias, decisiones y narrativas de aquel hombre. Es imposible comprender qué tipo de relación se crea, a esa edad y bajo tales condiciones, entre víctima y verdugo. Y aun así la criticaron. Especialmente en redes sociales, muchos juzgaron sus palabras, sus actos, sus explicaciones. La acusaban de no haber escapado antes por el síndrome de Estocolmo y de mostrar demasiada empatía por el secuestrador.
En aquella entrevista ella recuerda que celebraban los cumpleaños, la Navidad, Año Nuevo. Que de vez en cuando le daba chocolate, le regalaba calcetines o una nueva pasta de dientes. Esos atisbos de supuesta recompensa, que a ojos de una niña pueden parecer actos de benevolencia, venían precedidos de momentos de humillación y abuso. En apariciones posteriores, Natascha fue añadiendo detalles.
Tenía que ocuparse de la casa, limpiar, hacerle la comida o simplemente asentir a cada capricho. La grababa, vejaba y golpeaba. Para él era importante que ella repitiese las cosas que le decía, a modo de mantra. Según Natascha, él necesitaba sentirse un protector generoso. Cuando le concedía privilegios, tenía que alabarle y decirle lo bondadoso que era. Estaba obligada a llamarle “maestro”. Llegó cambiarle el nombre, aunque ella nunca perdió su identidad.
El control, la obediencia y la dominación eran los pilares de su captor. Ella decidió hablar con él, conocerle, ahondar en su mente. Contó que era un hombre inestable, inseguro, que le faltaba algo con lo que ella había nacido: el amor. Estaba convencida, al menos al principio, que él a veces se sentía culpable por lo que hacía. Incluso, en alguna ocasión, tuvo la sensación de que quería que escapase. Entre medias, su mayor miedo era morir de hambre. Ni siquiera ser asesinada porque, a fin de cuentas, pensaba, eso podría ser su salvación. Aprovechó los años de secuestro para estudiar y aprender, desarrollar habilidades. Hizo un pacto con su yo del futuro: que esa mujer vendría y liberaría a la niña.
El 23 de agosto de 2006 Natascha estaba en el jardín. Llevaba tiempo diciéndole a Wolfgang que no podían seguir viviendo de esa manera, que acabaría alejándose de él. El teléfono sonó. Él se despistó un segundo. La joven aprovechó que la verja del jardín estaba abierta para salir corriendo. Huyó hasta una casa cercana donde vivía una anciana. Se presentó como Natascha Kampusch y llamaron a la policía. Wolfgang se dio cuenta enseguida de la huida. Contactó con un amigo suyo y unas horas después se arrojó a las vías de un tren.
Natascha era consciente de que el día que huiría le sentenciaría a muerte. Había amenazado con quitarse la vida si ella se marchaba. En entrevistas cuenta que no quería hacerle daño a la madre de su captor. En cierto modo la conocía. La escuchaba cuando venía de visita a casa, estando ella retenida en el zulo. No quería que la madre descubriera el lado oscuro de su hijo. Años más tarde, Natascha compró la casa de Wolfgang. Parte de la vivienda era la indemnización, así que compró la otra parte que faltaba a la madre, la propietaria. No quería que aquel lugar se convirtiera en zona de peregrinaje, temía que se volviese una especie de museo del secuestro así que cerró el sótano, se quedó la vivienda, pero nunca vivió en ella.
Natascha Kampusch ha escrito varios libros. El primero, 3.096 días, narra los ocho años y medio que pasó cautiva. En el segundo, Diez años de libertad, reflexiona sobre la década vivida después de huir. El acoso mediático. La dificultad para recuperar su vida. Sus entrevistas posteriores van reflejando la madurez de una mujer que ya comprende y asume lo que ocurrió. Le han preguntado muchas veces si recuerda a su secuestrador. Y aunque admita que a veces le sobrevienen recuerdos, trata de salir adelante.
El psicólogo clínico Andreas Maercker, entrevistado en una publicación oficial del Ministerio del Interior austríaco, rechazó hacer un diagnóstico a distancia. Explicó que no consideraba adecuado concluir que Kampusch padeciera síndrome de Estocolmo simplemente porque pudiera tener una visión compleja o diferenciada de su captor, al menos, en sus primeros años de libertad. Ni siquiera aquel profesional se atrevió a catalogar lo que su mente gestionó para sobrevivir a ocho años y medio de cautiverio. Nadie puede comprender lo que aquella niña sufrió. Y nadie debería juzgar lo que, siendo mujer, contó.
Natascha Kampusch tenía 10 años cuando Wolfgang Přiklopil la raptó. Pasó ocho años, cinco meses y 21 días de cautiverio.
“No hay que despedirse estando enfadados… por si pasa algo”. “Hasta ahora no ha pasado nada”. Apenas unos minutos después, Natascha fue secuestrada. Ocho años, cinco meses y 21 días de cautiverio. La noche anterior había discutido con su madre, esa mañana no quiso hacer las paces con ella y fue al colegio sola. Tenía 10 años cuando Wolfgang la raptó de camino a clase en el distrito vienés de Donaustadt. Hasta que un descuido, el primero de su captor, propició su huida tal día como hoy, un 23 de agosto de hace 20 años.
Ella notó algo. Vio aquel hombre de 35 años apoyado en su coche a unos metros de distancia. Pensó en cambiar de acera, pero quiso luchar contra su instinto. Siguió. Y él la agarró. No fue capaz de emitir ningún sonido. La empujó dentro del vehículo y le dijo que era un secuestro, que si sus padres pagaban volvería con ellos. Entendió pronto que eso no iba a ocurrir.
El sótano era oscuro. No había ventanas. El sonido del ventilador, constante, la atormentaba casi más que la claustrofobia provocada por el zulo en el que se encontraba. Estaba enfadada consigo misma por no haber ido al colegio con su madre y por no haber cruzado la calle cuando vio aquel hombre. Lloraba de impotencia. Estrelló las botellas de agua mineral contra la pared, golpeó cada esquina hasta comprender que nadie podría escucharla. Así que decidió sobrevivir.
Durante muchos meses esos 5m² fueron su cárcel. No podía salir, el secuestrador apenas le daba comida, no le estaba permitido ver las noticias y él mismo la lavaba en una palangana. Al tiempo, la prisión se alargó unos metros. Le permitió subir al aseo, a veces al salón, hasta que, poco a poco, le fue dejando acceder a otras zonas de la casa. Unos años más tarde pudo tener una radio. Al principio los únicos periódicos que leía eran los semanales. Después, los diarios. Se los daba tras analizarlos y percatarse de que no hubiese escrito nada en ellos.
Tiempo después le fue concedido salir a la calle, siempre pegada a él y bajo la amenaza de que, si intentaba huir, mataría a su familia y a todo aquel a quien pidiese ayuda. En entrevistas, Natascha cuenta que miraba fijamente a los ojos de las personas con las que se cruzaba, siempre vigilada y a centímetros de su captor. Sonreía, como solía hacer en las fotos, con la esperanza de que alguien la reconociera por las imágenes que, pensaba, habría distribuido su familia a lo largo de la búsqueda.
La primera entrevista en televisión que ofreció Natascha es muy distinta a las más recientes. Entonces tenía poco más de 18 años y había pasado prácticamente la mitad de su vida, incluso más si pensamos en años plenamente conscientes, bajo el yugo de un desconocido. Todo su mundo, más allá de los recuerdos y la imaginación, giraba en torno a las paranoias, apetencias, decisiones y narrativas de aquel hombre. Es imposible comprender qué tipo de relación se crea, a esa edad y bajo tales condiciones, entre víctima y verdugo. Y aun así la criticaron. Especialmente en redes sociales, muchos juzgaron sus palabras, sus actos, sus explicaciones. La acusaban de no haber escapado antes por el síndrome de Estocolmo y de mostrar demasiada empatía por el secuestrador.
En aquella entrevista ella recuerda que celebraban los cumpleaños, la Navidad, Año Nuevo. Que de vez en cuando le daba chocolate, le regalaba calcetines o una nueva pasta de dientes. Esos atisbos de supuesta recompensa, que a ojos de una niña pueden parecer actos de benevolencia, venían precedidos de momentos de humillación y abuso. En apariciones posteriores, Natascha fue añadiendo detalles.
Tenía que ocuparse de la casa, limpiar, hacerle la comida o simplemente asentir a cada capricho. La grababa, vejaba y golpeaba. Para él era importante que ella repitiese las cosas que le decía, a modo de mantra. Según Natascha, él necesitaba sentirse un protector generoso. Cuando le concedía privilegios, tenía que alabarle y decirle lo bondadoso que era. Estaba obligada a llamarle “maestro”. Llegó cambiarle el nombre, aunque ella nunca perdió su identidad.
El control, la obediencia y la dominación eran los pilares de su captor. Ella decidió hablar con él, conocerle, ahondar en su mente. Contó que era un hombre inestable, inseguro, que le faltaba algo con lo que ella había nacido: el amor. Estaba convencida, al menos al principio, que él a veces se sentía culpable por lo que hacía. Incluso, en alguna ocasión, tuvo la sensación de que quería que escapase. Entre medias, su mayor miedo era morir de hambre. Ni siquiera ser asesinada porque, a fin de cuentas, pensaba, eso podría ser su salvación. Aprovechó los años de secuestro para estudiar y aprender, desarrollar habilidades. Hizo un pacto con su yo del futuro: que esa mujer vendría y liberaría a la niña.
El 23 de agosto de 2006 Natascha estaba en el jardín. Llevaba tiempo diciéndole a Wolfgang que no podían seguir viviendo de esa manera, que acabaría alejándose de él. El teléfono sonó. Él se despistó un segundo. La joven aprovechó que la verja del jardín estaba abierta para salir corriendo. Huyó hasta una casa cercana donde vivía una anciana. Se presentó como Natascha Kampusch y llamaron a la policía. Wolfgang se dio cuenta enseguida de la huida. Contactó con un amigo suyo y unas horas después se arrojó a las vías de un tren.
Natascha era consciente de que el día que huiría le sentenciaría a muerte. Había amenazado con quitarse la vida si ella se marchaba. En entrevistas cuenta que no quería hacerle daño a la madre de su captor. En cierto modo la conocía. La escuchaba cuando venía de visita a casa, estando ella retenida en el zulo. No quería que la madre descubriera el lado oscuro de su hijo. Años más tarde, Natascha compró la casa de Wolfgang. Parte de la vivienda era la indemnización, así que compró la otra parte que faltaba a la madre, la propietaria. No quería que aquel lugar se convirtiera en zona de peregrinaje, temía que se volviese una especie de museo del secuestro así que cerró el sótano, se quedó la vivienda, pero nunca vivió en ella.
Natascha Kampusch ha escrito varios libros. El primero, 3.096 días, narra los ocho años y medio que pasó cautiva. En el segundo, Diez años de libertad, reflexiona sobre la década vivida después de huir. El acoso mediático. La dificultad para recuperar su vida. Sus entrevistas posteriores van reflejando la madurez de una mujer que ya comprende y asume lo que ocurrió. Le han preguntado muchas veces si recuerda a su secuestrador. Y aunque admita que a veces le sobrevienen recuerdos, trata de salir adelante.
El psicólogo clínico Andreas Maercker, entrevistado en una publicación oficial del Ministerio del Interior austríaco, rechazó hacer un diagnóstico a distancia. Explicó que no consideraba adecuado concluir que Kampusch padeciera síndrome de Estocolmo simplemente porque pudiera tener una visión compleja o diferenciada de su captor, al menos, en sus primeros años de libertad. Ni siquiera aquel profesional se atrevió a catalogar lo que su mente gestionó para sobrevivir a ocho años y medio de cautiverio. Nadie puede comprender lo que aquella niña sufrió. Y nadie debería juzgar lo que, siendo mujer, contó.
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