Donald Trump inicia este miércoles un viaje hacia China que se ha convertido en uno de los momentos clave en lo que lleva de segundo mandato como presidente de Estados Unidos. Buena prueba de la importancia de la visita está en que irá ‘escoltado’ por Elon Musk y por Tim Cook, consejero delegado de Apple. Además de por otros 14 magnates entre los que no estará el CEO de Nvidia, Jensen Huang. El líder estadounidense, de hecho, no va al gigante asiático desde 2017, durante su primer mandato en la Casa Blanca; ahora, como entonces, se verá con Xi Jinping.
Según han confirmado desde la Administración Trump, en la comitiva de claro corte empresarial estarán también, entre otros, Robert Kelly Ortberg, CEO de Boeing; Ryan McInerney, de Visa; Larry Fink, de Blackrock; Stephen Schwarzman, de Blackstone; Brian Sikes, de Cargill, o Jane Fraser, de Citi. Asimismo, habrá también representantes de Meta, de Mastercard e incluso de Goldman Sachs.
Estados Unidos, y Trump en concreto, quieren marcar músculo estratégico frente a China, su gran rival global en términos no solo políticos, sino también, y sobre todo, económicos y tecnológicos. Las tensiones, eso sí, no son explícitas esta vez. «Tengo muchas ganas de viajar a China, un país increíble, con un líder, el presidente Xi, respetado por todos. ¡Nos esperan grandes cosas a ambos países», compartió el propio Trump en redes sociales y espera, dijo, «grandes resultados» de la reunión cara a cara que tendrá con su homólogo chino.
Corea del Sur servirá como pausa previa para preparar ese encuentro, con las delegaciones de los dos países citadas en el vecino asiático de China para prepararlo. «Ambas partes abordarán temas comerciales y económicos de interés mutuo, guiadas por el importante consenso alcanzado en la reunión de Busan y las conversaciones telefónicas previas entre los dos jefes de Estado», explicaron desde la Administración de Pekín, en un esquema de cierta relajación sobre todo después de la tregua comercial firmada precisamente en Busan a finales del año pasado.
El viaje no está empañado, por tanto, por las diferencias sobre la guerra en Irán. La alianza sino-iraní es de las más importantes de Asia en los últimos tiempos y Pekín es el principal comprador de petróleo iraní. En ese escenario, en 2021 ambos gobiernos firmaron un acuerdo de cooperación de 25 años que incluye inversiones chinas en energía, puertos, ferrocarriles, tecnología y telecomunicaciones, a cambio de un suministro estable de crudo. Ahora, respecto al conflicto China ha preferido tener una posición casi equidistante, aunque mantiene con Teherán colaboración en maniobras militares conjuntas en los últimos años, las cuales también incluyeron a Rusia.
Pero las buenas palabras contrastan con los hechos. Y es que la Administración Trump aprobó la pasada semana sanciones cuatro entidades, incluidas tres empresas con sede en China, por proporcionar imágenes satelitales sensibles que permiten ataques militares iraníes contra fuerzas de Estados Unidos en Oriente Medio. Antes, el Departamento del Tesoro estadounidense intervino para sancionar a refinerías chinas acusadas de comprar petróleo a Teherán, así como a las entidades encargadas de transportar ese crudo. «Las sanciones desconectan a las empresas del sistema financiero de Estados Unidos y penalizan a cualquiera que haga negocios con ellas», incidieron desde la Casa Blanca.
El foco está puesto en evitar una guerra comercial: el planeta camina en el alambre y el viaje de Trump a China aspira a estabilizar las relaciones con quien más sencillo parece el choque nivel estratégico. El presidente chino, de hecho, ya hizo un llamamiento indirecto a Trump a cuenta de la guerra en Oriente Medio. «El mundo no puede volver a la ley de la selva», sostuvo, y además mostró su disposición a ayudar en la medida de lo posible a la reapertura del Estrecho de Ormuz. Es más, en Washington creen que el daño del conflicto es mayor sobre Pekín que sobre la economía estadounidense. «China es una economía impulsada por las exportaciones. Eso significa que dependen de que otros países les compren», avisó al respecto el Secretario de Estado, Marco Rubio.
La realidad global se llena en los últimos tiempos de fotos históricas y la de Donald Trump en China con Xi Jinping será una más. Tras lo visto el pasado verano en Alsaka con Vladimir Putin, ahora Trump quiere dejar atrás casi una década de choques y empezar el deshielo también con China. Xi espera la visita desde la equidistancia y desde una implicación indirecta en escenarios que van contra los intereses de Washington, sea en Rusia o en Irán… o al menos eso parece.
El presidente de Estados Unidos no va al gigante asiático desde 2017, durante su primer mandato en la Casa Blanca; ahora, como entonces, se verá con Xi Jinping.
Donald Trump inicia este miércoles un viaje hacia China que se ha convertido en uno de los momentos clave en lo que lleva de segundo mandato como presidente de Estados Unidos. Buena prueba de la importancia de la visita está en que irá ‘escoltado’ por Elon Musk y por Tim Cook, consejero delegado de Apple. Además de por otros 14 magnates entre los que no estará el CEO de Nvidia, Jensen Huang. El líder estadounidense, de hecho, no va al gigante asiático desde 2017, durante su primer mandato en la Casa Blanca; ahora, como entonces, se verá con Xi Jinping.
Según han confirmado desde la Administración Trump, en la comitiva de claro corte empresarial estarán también, entre otros, Robert Kelly Ortberg, CEO de Boeing; Ryan McInerney, de Visa; Larry Fink, de Blackrock; Stephen Schwarzman, de Blackstone; Brian Sikes, de Cargill, o Jane Fraser, de Citi. Asimismo, habrá también representantes de Meta, de Mastercard e incluso de Goldman Sachs.
Estados Unidos, y Trump en concreto, quieren marcar músculo estratégico frente a China, su gran rival global en términos no solo políticos, sino también, y sobre todo, económicos y tecnológicos. Las tensiones, eso sí, no son explícitas esta vez. «Tengo muchas ganas de viajar a China, un país increíble, con un líder, el presidente Xi, respetado por todos. ¡Nos esperan grandes cosas a ambos países», compartió el propio Trump en redes sociales y espera, dijo, «grandes resultados» de la reunión cara a cara que tendrá con su homólogo chino.
Corea del Sur servirá como pausa previa para preparar ese encuentro, con las delegaciones de los dos países citadas en el vecino asiático de China para prepararlo. «Ambas partes abordarán temas comerciales y económicos de interés mutuo, guiadas por el importante consenso alcanzado en la reunión de Busan y las conversaciones telefónicas previas entre los dos jefes de Estado», explicaron desde la Administración de Pekín, en un esquema de cierta relajación sobre todo después de la tregua comercial firmada precisamente en Busan a finales del año pasado.
El viaje no está empañado, por tanto, por las diferencias sobre la guerra en Irán. La alianza sino-iraní es de las más importantes de Asia en los últimos tiempos y Pekín es el principal comprador de petróleo iraní. En ese escenario, en 2021 ambos gobiernos firmaron un acuerdo de cooperación de 25 años que incluye inversiones chinas en energía, puertos, ferrocarriles, tecnología y telecomunicaciones, a cambio de un suministro estable de crudo. Ahora, respecto al conflicto China ha preferido tener una posición casi equidistante, aunque mantiene con Teherán colaboración en maniobras militares conjuntas en los últimos años, las cuales también incluyeron a Rusia.
Pero las buenas palabras contrastan con los hechos. Y es que la Administración Trump aprobó la pasada semana sanciones cuatro entidades, incluidas tres empresas con sede en China, por proporcionar imágenes satelitales sensibles que permiten ataques militares iraníes contra fuerzas de Estados Unidos en Oriente Medio. Antes, el Departamento del Tesoro estadounidense intervino para sancionar a refinerías chinas acusadas de comprar petróleo a Teherán, así como a las entidades encargadas de transportar ese crudo. «Las sanciones desconectan a las empresas del sistema financiero de Estados Unidos y penalizan a cualquiera que haga negocios con ellas», incidieron desde la Casa Blanca.
El foco está puesto en evitar una guerra comercial: el planeta camina en el alambre y el viaje de Trump a China aspira a estabilizar las relaciones con quien más sencillo parece el choque nivel estratégico. El presidente chino, de hecho, ya hizo un llamamiento indirecto a Trump a cuenta de la guerra en Oriente Medio. «El mundo no puede volver a la ley de la selva», sostuvo, y además mostró su disposición a ayudar en la medida de lo posible a la reapertura del Estrecho de Ormuz. Es más, en Washington creen que el daño del conflicto es mayor sobre Pekín que sobre la economía estadounidense. «China es una economía impulsada por las exportaciones. Eso significa que dependen de que otros países les compren», avisó al respecto el Secretario de Estado, Marco Rubio.
La realidad global se llena en los últimos tiempos de fotos históricas y la de Donald Trump en China con Xi Jinping será una más. Tras lo visto el pasado verano en Alsaka con Vladimir Putin, ahora Trump quiere dejar atrás casi una década de choques y empezar el deshielo también con China. Xi espera la visita desde la equidistancia y desde una implicación indirecta en escenarios que van contra los intereses de Washington, sea en Rusia o en Irán… o al menos eso parece.
20MINUTOS.ES – Internacional
