Egipto me pareció fascinante la primera vez que lo visité en octubre de 1982. Viajé con poco presupuesto, compartí habitaciones en hostales muy básicos, me desplacé en transporte público y llegué a Abu Simbel desde Asuán después de dormir en el suelo de una barcaza durante tres noches, rodeado de inmigrantes sudaneses que regresaban a sus lugares de origen. En aquel primer viaje mágico fui el primero en entrar en los impresionantes templos de Ramses II casi al amanecer y el último en salir de tumbas milenarias cuando estaban a punto de cerrarse en el Valle de los Reyes, tras recorrer decenas de kilómetros desde Luxor en bicicleta.
Aunque entonces tenía poca experiencia viajera, el impacto fue tan deslumbrante que me comprometí a viajar regularmente a Egipto, pero tuve que esperar hasta 2004 para regresar de nuevo y hasta este año para realizar mi tercer viaje. He recorrido la mayoría de los países que ofrecen maravillas construidas por civilizaciones antiquísimas, pero el país de los faraones es el que más me ha seducido.
Hay un Egipto que transcurre colindante al Nilo. Es el más espectacular por el despliegue de las muy conocidas pirámides de Guiza, Sakkara, Dahsur o las menos visitadas de Medium , los templos de Karnak, el complejo religioso más grande del antiguo Egipto, Luxor, Esna, Edfu, Kom Ombo, Abu Simbel, visitados por millones de turistas al año, y los menos conocidos de Abydos o Dendera, pero igual de asombrosos, las tumbas del Valle de los Reyes, donde fueron enterrados los faraones que gobernaban como dioses, y las poco visitadas de Ahmose o Ankhtifi, altos cargos militares de gran prestigio, o las necrópolis de Ashmunein y Tuna el Gebel, donde enterraban todo tipo de animales momificados.
En este Egipto también está la gran capital El Cairo, la ciudad de los mil alminares, con su Gran Museo Egipcio, ubicado a solo dos kilómetros de las famosas pirámides, abierto oficialmente el 1 de noviembre de 2025 tras una inversión millonaria y más de dos décadas de espera, que obliga, si quieres verlo bien, a pasar una jornada completa en él, sin olvidar que todavía quedan piezas icónicas en el viejo museo de la Plaza Tahrir en el centro de la capital. Las momias reales fueron llevadas al Museo Nacional de la Civilización Egipcia. Otro lugar imprescindible.
Hay otro Egipto del desierto del Sáhara o varios más que se extienden por el 94% de la superficie total del país y que se divide en varias regiones. Al llamado Desierto Occidental, el más grande, se puede viajar desde El Cairo por una ruta poco explorada y transitada con paradas en los oasis de El Bawiti, Farafra, El Dakhla, Kharga, recorriendo los desiertos Negro y Blanco, conociendo aldeas beduinas, formaciones geológicas de caliza que parecen de otro mundo, singulares montículos en forma de volcán rodeados de un paisaje árido. O El templo de Hibis, el más importante y mejor conservado, construido a 200 kilómetros del Valle del Nilo en un punto clave de antiguas rutas comerciales y militares que conectaban el país con África central. El templo fue ampliado durante el periodo persa bajo el rey Dario I.
Otro viaje excepcional es ir desde El Cairo al oasis de Siwa en un recorrido de 755 kilómetros que permite paradas en el Cementerio Británico de El Alamein, donde descansan 7.240 soldados de países aliados (Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica e India), que murieron en 1942 durante la famosa batalla del mismo nombre contra las fuerzas de Adolf Hitler y Benito Mussolini. Un osario alemán contiene los restos de unos 4.200 soldados alemanes del Afrika Korps y un mausoleo italiano recoge los nombres de desaparecidos de esta nacionalidad en aquella batalla.
El oasis Siwa, a cincuenta kilómetros de la frontera con Libia, es un remoto vergel con grandes palmerales, lagos de sal turquesas, piscinas termales y campesinos de origen bereber. Los hoteles están cimentados con ladrillos de sal y la fortaleza de Shali, del siglo XIII, fue construida con madera de palma y kershef, un material tradicional hecho de barro, sal y piedra. Vale la pena visitar la necrópolis de Gebel al Mawta y su conjunto de tumbas excavadas en la roca y también el famoso oráculo de Amón, visitado en el año 331 a.C. por Alejandro Magno para reafirmar su origen divino como hijo de dioses y fortalecer su poder como el nuevo faraón en Egipto.
Un espectáculo inolvidable es circular con un 4×4 por el Gran Mar de Arena donde se pueden ver fósiles marinos en lo que fue un antiguo océano. Subir y bajar las dunas a gran velocidad como si estuvieras en una montaña rusa o en una prueba de rally es inolvidable, igual que deslizarse con una tabla de sandboarding desde las dunas más altas, visitar manantiales de agua dulce como Bir Wahed para nadar después de una jornada muy calurosa o darse un baño termal si hace frío.
La ciudad más cercana es Marsa Matruh, a 300 kilómetros en la costa mediterránea, inmejorable para comer pescado fresco. Su principal atractivo es la cueva de Erwin Rommel, el cuartel general que utilizó el mariscal del Afrika Korps durante la Segunda Guerra Mundial para planificar sus operaciones militares, situada en una colina frente al mar Mediterráneo.
Alejandria, la segunda gran ciudad egipcia, tiene un paseo marítimo o malecón kilométrico conocido como La Corniche que mide 17 kilómetros. Unas espectaculares catacumbas, el Serapeum, la Biblioteca y el Museo Cavafis, dedicado al poeta griego que nació en la ciudad y se sentía como un auténtico egipcio, son suficientes para una visita obligatoria a esta milenaria ciudad.
Aunque ocupa cerca del 8% del territorio del país, el Desierto Arábigo se puede convertir en otro viaje singular a Egipto. Une el valle del Nilo, la región del Canal de Suez, la península del Sinaí y el mar Rojo. Hay ciudades muy turísticas con lujosos hoteles y vida nocturna como Sharm el-Sheij, Hurgada, Dahab, El Gouna y Marsa Alam, famosas por sus arrecifes de coral y su vida marina donde se puede bucear entre paredes verticales de coral, tiburones martillo y una gran diversidad de peces, especialmente en el llamado Blue Hole (Agujero Azul) de Dahab, un poblado beduino de 10.000 habitantes.
En la península del Sinai es imprescindible el monasterio de Santa Catalina, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2002, construido por orden del emperador bizantino Justiniano I en el siglo IV en el mismo lugar donde, según la tradición bíblica, se apareció Dios a Moises en forma de zarza ardiente.
Las pirámides fueron las tumbas elegidas por los faraones del Antiguo Egipto cerca de su capital Menfis para alcanzar el inframundo al morir y lograr la eternidad. A lo largo de sus tres mil años de historia, la capital cambió su sede según la dinastía y el periodo. Durante los Imperios Medio y Nuevo, la capital se trasladó al sur a la ciudad de Tebas, donde estaban las raíces dinásticas de los faraones.
Entre 1539 y 1078 a.C. casi todos los faraones fueron enterrados en el Valle de los Reyes en tumbas subterráneas excavadas en la roca de una montaña cuya altura principal se asemeja a una pirámide. El enclave podía ser vigilado más fácilmente por centinelas y así evitar a los saqueadores. Desde principios del siglo XIX se han descubierto más de sesenta tumbas, muchas de ellas reales, la inmensa mayoría saqueada.
También se merece una visita Tell el-Amarna, ciudad religiosa fundada por el faraón hereje Akenatón (Amenofis IV) y su esposa Nefertiti en el siglo XIV a.C para adorar en exclusiva al dios solar Atón. Akenatón fue el padre de Tutankamón.
Egipto es inabarcable aunque se le dedique semanas, incluso meses. Cuando crees que lo has visto todo, aparecen nuevos descubrimientos arqueológicos. El historiador Herodoto contó hace 2.500 años que había 20.000 ciudades habitadas en Egipto, una exageración evidente. Pero, para quien es considerado el padre de la Historia tal como la conocemos en el mundo occidental, los egipcios habían existido «desde que surgió el género humano».
Egipto es fascinante e inabarcable aunque se le dedique semanas o meses porque aparecen, a menudo, nuevos descubrimientos arqueológicos. Es el país de los faraones con gran influencia de persas, griegos, romanos, bizantinos, árabes.
Egipto me pareció fascinante la primera vez que lo visité en octubre de 1982. Viajé con poco presupuesto, compartí habitaciones en hostales muy básicos, me desplacé en transporte público y llegué a Abu Simbel desde Asuán después de dormir en el suelo de una barcaza durante tres noches, rodeado de inmigrantes sudaneses que regresaban a sus lugares de origen. En aquel primer viaje mágico fui el primero en entrar en los impresionantes templos de Ramses II casi al amanecer y el último en salir de tumbas milenarias cuando estaban a punto de cerrarse en el Valle de los Reyes, tras recorrer decenas de kilómetros desde Luxor en bicicleta.
Aunque entonces tenía poca experiencia viajera, el impacto fue tan deslumbrante que me comprometí a viajar regularmente a Egipto, pero tuve que esperar hasta 2004 para regresar de nuevo y hasta este año para realizar mi tercer viaje. He recorrido la mayoría de los países que ofrecen maravillas construidas por civilizaciones antiquísimas, pero el país de los faraones es el que más me ha seducido.

Hay un Egipto que transcurre colindante al Nilo. Es el más espectacular por el despliegue de las muy conocidas pirámides de Guiza, Sakkara, Dahsur o las menos visitadas de Medium , los templos de Karnak, el complejo religioso más grande del antiguo Egipto, Luxor, Esna, Edfu, Kom Ombo, Abu Simbel, visitados por millones de turistas al año, y los menos conocidos de Abydos o Dendera, pero igual de asombrosos, las tumbas del Valle de los Reyes, donde fueron enterrados los faraones que gobernaban como dioses, y las poco visitadas de Ahmose o Ankhtifi, altos cargos militares de gran prestigio, o las necrópolis de Ashmunein y Tuna el Gebel, donde enterraban todo tipo de animales momificados.
En este Egipto también está la gran capital El Cairo, la ciudad de los mil alminares, con su Gran Museo Egipcio, ubicado a solo dos kilómetros de las famosas pirámides, abierto oficialmente el 1 de noviembre de 2025 tras una inversión millonaria y más de dos décadas de espera, que obliga, si quieres verlo bien, a pasar una jornada completa en él, sin olvidar que todavía quedan piezas icónicas en el viejo museo de la Plaza Tahrir en el centro de la capital. Las momias reales fueron llevadas al Museo Nacional de la Civilización Egipcia. Otro lugar imprescindible.
Hay otro Egipto del desierto del Sáhara o varios más que se extienden por el 94% de la superficie total del país y que se divide en varias regiones. Al llamado Desierto Occidental, el más grande, se puede viajar desde El Cairo por una ruta poco explorada y transitada con paradas en los oasis de El Bawiti, Farafra, El Dakhla, Kharga, recorriendo los desiertos Negro y Blanco, conociendo aldeas beduinas, formaciones geológicas de caliza que parecen de otro mundo, singulares montículos en forma de volcán rodeados de un paisaje árido. O El templo de Hibis, el más importante y mejor conservado, construido a 200 kilómetros del Valle del Nilo en un punto clave de antiguas rutas comerciales y militares que conectaban el país con África central. El templo fue ampliado durante el periodo persa bajo el rey Dario I.
Otro viaje excepcional es ir desde El Cairo al oasis de Siwa en un recorrido de 755 kilómetros que permite paradas en el Cementerio Británico de El Alamein, donde descansan 7.240 soldados de países aliados (Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica e India), que murieron en 1942 durante la famosa batalla del mismo nombre contra las fuerzas de Adolf Hitler y Benito Mussolini. Un osario alemán contiene los restos de unos 4.200 soldados alemanes del Afrika Korps y un mausoleo italiano recoge los nombres de desaparecidos de esta nacionalidad en aquella batalla.

El oasis Siwa, a cincuenta kilómetros de la frontera con Libia, es un remoto vergel con grandes palmerales, lagos de sal turquesas, piscinas termales y campesinos de origen bereber. Los hoteles están cimentados con ladrillos de sal y la fortaleza de Shali, del siglo XIII, fue construida con madera de palma y kershef, un material tradicional hecho de barro, sal y piedra. Vale la pena visitar la necrópolis de Gebel al Mawta y su conjunto de tumbas excavadas en la roca y también el famoso oráculo de Amón, visitado en el año 331 a.C. por Alejandro Magno para reafirmar su origen divino como hijo de dioses y fortalecer su poder como el nuevo faraón en Egipto.
Un espectáculo inolvidable es circular con un 4×4 por el Gran Mar de Arena donde se pueden ver fósiles marinos en lo que fue un antiguo océano. Subir y bajar las dunas a gran velocidad como si estuvieras en una montaña rusa o en una prueba de rally es inolvidable, igual que deslizarse con una tabla de sandboarding desde las dunas más altas, visitar manantiales de agua dulce como Bir Wahed para nadar después de una jornada muy calurosa o darse un baño termal si hace frío.
La ciudad más cercana es Marsa Matruh, a 300 kilómetros en la costa mediterránea, inmejorable para comer pescado fresco. Su principal atractivo es la cueva de Erwin Rommel, el cuartel general que utilizó el mariscal del Afrika Korps durante la Segunda Guerra Mundial para planificar sus operaciones militares, situada en una colina frente al mar Mediterráneo.

Alejandria, la segunda gran ciudad egipcia, tiene un paseo marítimo o malecón kilométrico conocido como La Corniche que mide 17 kilómetros. Unas espectaculares catacumbas, el Serapeum, la Biblioteca y el Museo Cavafis, dedicado al poeta griego que nació en la ciudad y se sentía como un auténtico egipcio, son suficientes para una visita obligatoria a esta milenaria ciudad.
Aunque ocupa cerca del 8% del territorio del país, el Desierto Arábigo se puede convertir en otro viaje singular a Egipto. Une el valle del Nilo, la región del Canal de Suez, la península del Sinaí y el mar Rojo. Hay ciudades muy turísticas con lujosos hoteles y vida nocturna como Sharm el-Sheij, Hurgada, Dahab, El Gouna y Marsa Alam, famosas por sus arrecifes de coral y su vida marina donde se puede bucear entre paredes verticales de coral, tiburones martillo y una gran diversidad de peces, especialmente en el llamado Blue Hole (Agujero Azul) de Dahab, un poblado beduino de 10.000 habitantes.
En la península del Sinai es imprescindible el monasterio de Santa Catalina, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2002, construido por orden del emperador bizantino Justiniano I en el siglo IV en el mismo lugar donde, según la tradición bíblica, se apareció Dios a Moises en forma de zarza ardiente.

Las pirámides fueron las tumbas elegidas por los faraones del Antiguo Egipto cerca de su capital Menfis para alcanzar el inframundo al morir y lograr la eternidad. A lo largo de sus tres mil años de historia, la capital cambió su sede según la dinastía y el periodo. Durante los Imperios Medio y Nuevo, la capital se trasladó al sur a la ciudad de Tebas, donde estaban las raíces dinásticas de los faraones.
Entre 1539 y 1078 a.C. casi todos los faraones fueron enterrados en el Valle de los Reyes en tumbas subterráneas excavadas en la roca de una montaña cuya altura principal se asemeja a una pirámide. El enclave podía ser vigilado más fácilmente por centinelas y así evitar a los saqueadores. Desde principios del siglo XIX se han descubierto más de sesenta tumbas, muchas de ellas reales, la inmensa mayoría saqueada.

También se merece una visita Tell el-Amarna, ciudad religiosa fundada por el faraón hereje Akenatón (Amenofis IV) y su esposa Nefertiti en el siglo XIV a.C para adorar en exclusiva al dios solar Atón. Akenatón fue el padre de Tutankamón.
Egipto es inabarcable aunque se le dedique semanas, incluso meses. Cuando crees que lo has visto todo, aparecen nuevos descubrimientos arqueológicos. El historiador Herodoto contó hace 2.500 años que había 20.000 ciudades habitadas en Egipto, una exageración evidente. Pero, para quien es considerado el padre de la Historia tal como la conocemos en el mundo occidental, los egipcios habían existido «desde que surgió el género humano».
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