Residente en Cataluña, acababa de llegar a Lubrín para sus vacaciones, pero la Guardia Civil vino a buscar a su familia para evacuarla. «Hemos llorado mucho» Leer Residente en Cataluña, acababa de llegar a Lubrín para sus vacaciones, pero la Guardia Civil vino a buscar a su familia para evacuarla. «Hemos llorado mucho» Leer
Mari Molina, a sus 80 años y con ayuda de un andador, entró de nuevo a su casa de la pequeña pedanía de El Chive, perteneciente al municipio de Lubrín (1.453 habitantes), tras dos días agotadores. Dos horas antes, un autobús de la UME les había dejado a ella, a su hijo Ginés y a su marido (86) de vuelta en el tanatorio municipal después de haber pasado la noche en un apartamento de Pueblo Indalo, en Mojácar. El pasado viernes, y debido a un repentino y fuerte cambio en la dirección del viento, las autoridades ordenaron también el desalojo de los residentes de Jauro, El Marchal, El Campico, La Alcarria y La Alameda, dependientes de este término municipal. Cuando se declaró el incendio, acababa de llegar para pasar unas vacaciones desde Malgrat de Mar (Barcelona), localidad en la que reside, hacía escasos minutos.
Apenas les había dado tiempo a descargar las maletas de su coche cuando, sobre las 17.30 horas, la UME, la Guardia Civil y la Policía los vinieron a buscar. Eran los últimos que quedaban. «Estábamos intentando coger cosas para ver si podíamos llevarnos un vestido o algo, pero me cogió un agente del brazo y me subió al coche». Su destino era el tanatorio, acondicionado provisionalmente para acoger a los desalojados y que está situado a unos ochos kilómetros de distancia. «Estaba muy bien preparado. Pusieron camas y llevaron comida para todo el mundo. No faltó el agua ni la fruta. No faltó nada. Nos atendieron de maravilla. Pusieron colchones, almohadas y mantas de Cruz Roja, todos nuevos», relata. Aun así, no pudieron dormir bien. «No podía con todo el gentío que había».
Un respiro que sí llegaría al día siguiente, el sábado, gracias a ese traslado a Mojácar, donde al fin, pudieron descansar mucho mejor y darse una ducha. «Hemos estado con el miedo en el cuerpo porque el fuego ha llegado muy cerca de unos cortijos donde antes residía gente», explica Mari. Cuenta que la Guardia Civil se había encargado de ir revisando todas las casas para comprobar los posibles daños causados por las llamas. Afortunadamente, todo estaba bien. «Ha estado muy cerquita», añade. «He estado llorando en cada momento, porque en Malgrat se han quedado mi hija Kelly y mi otro hijo Adrián y te da pena. Da mucha pena lo que han encontrado aquí. El incendio ha sido muy grave y muy rápido».
«Nunca pensamos que nos iban a desalojar porque, como se hablaba de Los Gallardos y de Bédar, nunca lo imaginamos. El viento hizo dar la vuelta al fuego rápidamente. Pero, por suerte, estamos ya aquí», comenta visiblemente emocionada.
«Cuando hemos sabido que El Chive estaba a salvo, hemos estado un poco más contentos, porque hemos llorado mucho. En los Gallardos han vivido mis padrinos, que nos han bautizado a todos. Murieron su hijo y su nuera, de forma natural, y ahora solo quedan dos nietos. Y eso me duele mucho. Cuando dijeron Los Gallardos…me dolió. Me dolió el pueblo», dice al borde de las lágrimas. «Todo lo que se haya quemado duele».
Sentado justo enfrente, su hijo Ginés interrumpe momentáneamente la conversación: «Los españoles somos la hostia». «Ha sido una pasada la solidaridad que ha habido. Yo me he emocionado mucho. Había voluntarios, psicólogos… la gente ha venido de todos sitios. También un cura nos ha estado ayudando», relata algo emocionado.
Una es Vanessa Muñoz (45 años), que, vestida con un chaleco de emergencias, se ha encargado de recibir en la puerta del autobús a todos los desalojados en su vuelta a casa. Todos la conocen y la quieren. «Gracias por todo», le dice una vecina mientras la da un abrazo. «Te queremos», le dice otra emocionada. Ella se sabe todos sus nombres. Para cada consulta, ella tiene una respuesta. «¿Vanessa, sabes dónde ha llevado La Cruz Roja a Rosica y a su hermano?, le preguntan. «Les habrán llevado a Chive», responde para tranquilizarla.
Con 20 años a sus espaldas trabajando en el Ayuntamiento, Vanessa dedica todo su tiempo a su labor como teniente de alcalde del PSOE en su municipio (Lubrín). Según relata en una conversación con EL MUNDO, la pesadilla y la angustia comenzó alrededor de las 18:30 de la tarde del viernes, cuando el viento trajo a las llamas a las puertas de las casas. «Fueron momentos muy duros», asegura.
Su labor entonces se acentuó. La misión era doble: informar a los habitantes de la orden de confinamiento y desalojar a los residentes de todas las pedanías, que, angustiados, veían las llamas a la puerta de sus casas. Para la llevar a cabo la primera, a través de Facebook y de un grupo de WhatsApps al que todo el mundo tiene acceso, pudieron hacer saber a toda la población cuál era la decisión que se había tomado. Para la segunda, en cambio, tuvo que ir puerta por puerta. «La madrugada fue muy dura». Con la oscuridad de la noche, el reflejo de las llamas se veía con mucha más intensidad.
Para los vecinos del núcleo poblacional de Lubrín, la situación se vivió con un poco más de tranquilidad, aunque muchos de ellos tuvieron que pasar la jornada con una mascarilla ante el peligro de inhalar demasiado humo. «Hubo un momento en el que era horroroso estar allí», apunta Vanessa, al tiempo que le advierte a José, que pasaba por allí en ese momento, que su hija le estaba esperando justo a su espalda. «Todas las persianas estaban bajadas, estaba todo cerrado y además, con el humo, el sol estaba como medio apagado», comenta. «Tenía el teléfono colapsado, más de trescientos y pico de mensajes… y no teníamos cobertura desde fuera, se cayó la red», añade. Para entonces, la máxima preocupación se centraba en lo que podía pasar de madrugada. «Los medios aéreos, sobre las 20:00 horas más o menos se van, menos mal que tiempo cambió y amainó».
Sobre el tiempo que conllevará la recuperación del terreno, Vanessa explica que todo dependerá de las lluvias. «El año pasado tuvimos tres incendios y este año hemos tenido la suerte de que ha llovido y se ha recuperado bastante. «El fuego no ha llegado a las casas por la importancia de tener los alrededores desbrozados y los cultivos de secano (olivos y almendros) arados. Esto hay que verlo para creérselo. Cuando el fuego llega a un sitio donde está arado, lo que hace es rodear la zona», añade.
Son las 20:15 de la tarde en la pequeña plaza de Lubrín. Poca gente en la calle. El pueblo, por fin, descansa tranquilo.
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