El que suscribe no es un novato. Eso tiene una infinidad de ventajas que ya imaginarán, como no ir por la vida de pardillo, pero el peaje se paga en forma de pequeños cachitos de capacidad de asombro. Eso te va abocando poco a poco al barrio de los que están de vuelta de todo. Y qué aburrido es ser impermeable a la sorpresa.
Y luego llega Netflix y se le ocurre presentar la serie Berlín y la Dama del armiño (estreno el 15 de mayo) en Sevilla y montar el mayor evento que se recuerde. La lluvia de ideas para esta premiere mundial debió ser como una lista a los Reyes Magos. Pide por esa boquita y nunca dejes de soñar. Y te sorprende. Y te asombra. Y te emociona.
Como la ciudad hispalense es escenario privilegiado de esta nueva serie, donde Pedro Alonso vuelve a interpretar al genial Berlín, en esta ocasión enfrentado a un malvado aristócrata y con el robo del cuadro de Leonardo Da Vinci como acicate, pues era de rigor que se presentara en Sevilla.
Las riveras del Guadalquivir llevaban días oliendo a azahar y a alfombra roja recién desenrollada. Entre turistas buscando sombra en las callejuelas del Arenal o cubriéndose de una furibunda lluvia, y curiosos locales asomados al Guadalquivir para ver qué leches estaba montando Netflix frente a la Torre del Oro, la ciudad se convirtió este fin de semana en un gigantesco decorado de sí misma. Un decorado barroco, luminoso y exagerado, exactamente como le gusta a Berlín.
Del Guadalquivir surgió un enorme escenario que acabaría siendo el trono de Rosalía I de España. Pero eso llegará después, pues la cantante era la guinda del pastel y la dejaremos para más tarde, porque, en una ciudad que se cimenta en su historia, es de recibo contar las cosas como sucedieron y en su orden.
La operación empezó el viernes en las Setas de Sevilla, convertidas en una alfombra roja futurista bajo la que se hacían arrumacos sin ponerse colorados los flashes, los abanicos, los influencers, el reparto de la serie y turistas desconcertados preguntando qué era aquello y sevillanos que ésto cuándo sale. De ahí a una proyección en el auditorio Joaquín Turina, donde Pedro Alonso se despedía de este universo (al menos de momento, que nunca se sabe), le daba las gracias a Netflix, a la productora, Vancouver, y hasta a su madre y se emocionaba con el resto de compañeros de su banda.
Pedro Alonso lleva siempre consigo ese aire de Berlín que le ha convertido en una mezcolanza entre villano y héroe que a ratos abofetearías y que siempre seguirías a un robo. Pero menos peloteo y más salseo. Por la noche llegó La Fiesta. No está en mayúsculas porque sí, es porque el autor no ha visto algo así en su vida.
Fue en la Casa Palacio de Pilatos, un enorme y laberíntico complejo del siglo XV que en pleno corazón de Sevilla enlaza palacetes con patios, salas llenas de azulejería mudéjar y enormes buganvillas. Allí no se montan presentaciones, ni eventos, ni meetings, ni hello, ni ningún afternoon. Aquí se monta una jarana. Así lo llamó Netflix: La jarana.
Allí cerca de 700 invitados (según datos estimativos a ojo de buen cubero) vivieron la fiesta de la que se hablará por años. En cada sala, un set tematizado. En cada patio, recreaciones y escenarios que reproduciendo pasajes de la serie de Netflix. Por donde pasaron, por qué no, si no estamos reparando ni en gastos ni en chulería, Estrella Morente y su hermana Soleá o Israel Fernández, e incluso la actriz Inma Cuesta, incorporación estrella de Berlín y la Dama del armiño, que se echó unos cantes con el arte flamenco que ella tiene, entre otros artistas. Hasta mariachi hubo.
El autor de este artículo ya ha tachado de la lista ver a una mujer-cebra bailar sobre un piano, una fila de señores de color dorado tocando el cajón flamenco en un túnel de flores, o una sala llena de lienzos famosos con una cama redonda en medio. (¿Ikea vende colchones redondos? Es para un amigo). «Yo esto no lo he visto nunca», la frase que se podían haber tatuado los invitados. Parecía una contraseña cuando te acercabas a hablar con alguien.
¿Qué alguien? Pues famosos de toda índole, condición y procedencia. Allí lo mismo había creadores de contenido que actores, actrices, empresarios, políticos, celebrities, modelos, artistas y Anabel Pantoja y Belén Esteban, que son ambas una categoría en sí mismas.
Pero el verdadero golpe de efecto llegó el sábado. El Pa’ chulo yo de Netflix. Más de seis meses con el equipo de prensa y eventos de la plataforma volcados, cinco agencias de medios, centenares de personas, azafatos, conductores, técnicos y hasta patrones de yate liados para montar el espectáculo en medio del Guadalquivir. Otro dato intuido pero seguramente no infundado: el presupuesto de esto tiene seis ceros y apuesto algo que no empieza por 1.
Antes de que apareciera Rosalía el reparto llegó en barco, haciendo el paseíllo por ambas riveras del río sevillano. Pedro Alonso tomó la palabra tras desembarcar triunfal: «Hay ocasiones en las que una secuencia de ficción se convierte en un recuerdo directo de tu propia vida», decía. «En esta saga he tenido varios de esos momentos, pero me quedo con este último, y que sea en Sevilla, atravesando este río, me parecía una experiencia alucinógena. Netflix te pasaste», espetaba, poniéndole palabras a lo que muchos pensaban.
Después, Álvaro Morte, convertido de nuevo en El Profesor, aparecía en una barcaza llena de atracadores de mono rojo y al ritmo de Bella ciao. Y es que «el universo de La casa de Papel continúa», según anunciaron. Se vienen cositas. Bueno, o se roban cositas, que a esto se dedica esta gente, para regocijo del suscriptor.
La lluvia estuvo jugando al gato y al ratón, amagando con amargar la velada, pero al final dijo: hágase la Rosalía. Y se hizo. De blanco. Como una dama del lago. Cabe recordar que su nombre no se conoció hasta pocos días antes, cuando mantener el secreto del «artista internacional» que cantaría en la jarana ya se hizo imposible. ¿Una de las más astutas investigadoras? La progenitora del propio Pedro Alonso: «Íbamos paseando por Sevilla y mi madre me dice: Pedro he visto a Rosalía, yo creo que va a actuar esta noche», contó. Pleno, señora.
Durante días Netflix había jugado al despiste, aunque media ciudad ya daba por hecho que la artista catalana sería la gran sorpresa de La Jarana en el Guadalquivir. Las entradas gratuitas desaparecieron en minutos y las gradas, las dos orillas, el puente de San Telmo y todo balcón y azotea practicable se llenó de público. Incluso las vallas con malla negra que cubrían algunos tramos para evitar aglomeraciones acabaron por quedarse desnudas, impidiendo pasar, pero sí ver.
Rosalía se cantó Reliquia para empezar, con toda la banda sinfónica incorporada y poniendo énfasis en el verso que dice: «Crecí y el descaro lo aprendí por ahí por Barcelona» donde añadió a la ciudad anfitriona: «Crecí y el descaro lo aprendí en Sevilla y Barcelona». Poco se puede decir ya de cómo la voz de Rosalía se pega a todo. Cómo recorre el agua, las piedras y los ladrillos centenarios, y te sube, te trepa y se te anida en el corazón.
Después, habló. «Cuando Netflix me dijo de cantar aquí, en esta celebración, yo no lo dudé ni un segundo. Y os preguntaréis por qué. Pues porque era aquí, en Sevilla. Es un honor para mí cantar sobre el Guadalquivir. Los músicos y yo, que os voy a cantar de corazón, esperamos que lo disfrutéis muchísimo», añadió. Y arrancó con La Perla. La canción, por cierto, más pedida por los famosos que pasaron por la alfombra roja. ¿Quién no tiene un perla en su vida al que dedicarle ese tema?
Con algo de ‘quieromáspordiosquieromás’ que habría estado ahí aunque el concierto hubiera durado ocho horas, se cerró el escenario. Y claro, otra jarana inmensa a orillas del Guadalquivir. Más música, bailoteo y un debut exclusiva mundial: Belén Esteban subiéndose a la cabina del DJ para pincharse unos temas. O, bueno, para que se los pusieran y ella enciscarse con el botón de mute, para que la gente cantara.
Netflix ha utilizado Sevilla para la serie y para la campaña de promoción de Berlín y la Dama del armiño. Más mil de aura. La ciudad no aparece solo como localización de fondo, sino como un personaje por derecho propio: sensual, excesiva, romántica y un poco teatral, pasional hasta el incendio.
El universo de Berlín necesitaba un lugar capaz de sostener un robo imposible y una historia de seducción elegante. Y Sevilla, con sus palacios aristocráticos, sus callejones y esa manera tan suya de convertir cualquier evento en ceremonia, parecía escrita desde el principio para ello y para ser el sitio ideal para este evento, para esta premiere mundial. Global. De Sevilla para el mundo.
A veces, la historia se hace con conquistas, descubrimientos, conflictos, literatura o arte. A veces, se hace simplemente con una jarana.
«Netflix, te pasaste»: el fin de semana de locura en Sevilla con ‘Berlín’ y Rosalía del que se hablará durante años
El que suscribe no es un novato. Eso tiene una infinidad de ventajas que ya imaginarán, como no ir por la vida de pardillo, pero el peaje se paga en forma de pequeños cachitos de capacidad de asombro. Eso te va abocando poco a poco al barrio de los que están de vuelta de todo. Y qué aburrido es ser impermeable a la sorpresa.
Y luego llega Netflix y se le ocurre presentar la serie Berlín y la Dama del armiño (estreno el 15 de mayo) en Sevilla y montar el mayor evento que se recuerde. La lluvia de ideas para esta premiere mundial debió ser como una lista a los Reyes Magos. Pide por esa boquita y nunca dejes de soñar. Y te sorprende. Y te asombra. Y te emociona.
Como la ciudad hispalense es escenario privilegiado de esta nueva serie, donde Pedro Alonso vuelve a interpretar al genial Berlín, en esta ocasión enfrentado a un malvado aristócrata y con el robo del cuadro de Leonardo Da Vinci como acicate, pues era de rigor que se presentara en Sevilla.
Las riveras del Guadalquivir llevaban días oliendo a azahar y a alfombra roja recién desenrollada. Entre turistas buscando sombra en las callejuelas del Arenal o cubriéndose de una furibunda lluvia, y curiosos locales asomados al Guadalquivir para ver qué leches estaba montando Netflix frente a la Torre del Oro, la ciudad se convirtió este fin de semana en un gigantesco decorado de sí misma. Un decorado barroco, luminoso y exagerado, exactamente como le gusta a Berlín.
Del Guadalquivir surgió un enorme escenario que acabaría siendo el trono de Rosalía I de España. Pero eso llegará después, pues la cantante era la guinda del pastel y la dejaremos para más tarde, porque, en una ciudad que se cimenta en su historia, es de recibo contar las cosas como sucedieron y en su orden.
La operación empezó el viernes en las Setas de Sevilla, convertidas en una alfombra roja futurista bajo la que se hacían arrumacos sin ponerse colorados los flashes, los abanicos, los influencers, el reparto de la serie y turistas desconcertados preguntando qué era aquello y sevillanos que ésto cuándo sale. De ahí a una proyección en el auditorio Joaquín Turina, donde Pedro Alonso se despedía de este universo (al menos de momento, que nunca se sabe), le daba las gracias a Netflix, a la productora, Vancouver y hasta a su madre y se emocionaba con el resto de compañeros de su banda.

Pedro Alonso lleva siempre consigo ese aire de Berlín que le ha convertido en una mezcolanza entre villano y héroe que a ratos abofetearías y que siempre seguirías a un robo. Pero menos peloteo y más salseo. Por la noche llegó La Fiesta. No está en mayúsculas porque sí, es porque el autor no ha visto algo así en su vida.
Fue en la Casa Palacio de Pilatos, un enorme y laberíntico complejo del siglo XV que en pleno corazón de Sevilla enlaza palacetes con patios, salas llenas de azulejería mudéjar y enormes buganvillas. Allí no se montan presentaciones, ni eventos, ni meetings, ni hello, ni ningún afternoon. Aquí se monta una jarana. Así lo llamó Netflix: La jarana.
Allí cerca de 700 invitados (según datos estimativos a ojo de buen cubero) vivieron la fiesta de la que se hablará por años. En cada sala, un set tematizado. En cada patio, recreaciones y escenarios que reproduciendo pasajes de la serie de Netflix. Por donde pasaron, por qué no, si no estamos reparando ni en gastos ni en chulería, Estrella Morente y su hermana Soleá o Israel Fernández, e incluso la actriz Inma Cuesta, incorporación estrella de Berlín y la Dama del armiño, que se echó unos cantes con el arte flamenco que ella tiene, entre otros artistas. Hasta mariachi hubo.
El autor de este artículo ya ha tachado de la lista ver a una mujer-cebra bailar sobre un piano, una fila de señores de color dorado tocando el cajón flamenco en un túnel de flores, o una sala llena de lienzos famosos con una cama redonda en medio. (¿Ikea vende colchones redondos? Es para un amigo). “Yo esto no lo he visto nunca”, la frase que se podían haber tatuado los invitados. Parecía una contraseña cuando te acercabas a hablar con alguien.
¿Qué alguien? Pues famosos de toda índole, condición y procedencia. Allí lo mismo había creadores de contenido que actores, actrices, empresarios, políticos, celebrities, modelos, artistas y Anabel Pantoja y Belén Esteban, que son ambas una categoría en sí mismas.
Pero el verdadero golpe de efecto llegó el sábado. El Pa’ chulo yo de Netflix. Másde seis meses con el equipo de prensa y eventos de la plataforma volcados, cinco agencias de medios, centenares de personas, azafatos, conductores, técnicos y hasta patrones de yate liados para montar el espectáculo en medio del Guadalquivir. Otro dato intuido pero seguramente no infundado: el presupuesto de esto tiene seis ceros y apuesto algo que no empieza por 1.
Antes de que apareciera Rosalía el reparto llegó en barco, haciendo el paseíllo por ambas riveras del río sevillano. Pedro Alonso tomó la palabra tras desembarcar triunfal: «Hay ocasiones en las que una secuencia de ficción se convierte en un recuerdo directo de tu propia vida», decía. «En esta saga he tenido varios de esos momentos, pero me quedo con este último, y que sea en Sevilla, atravesando este río, me parecía una experiencia alucinógena. Netflix te pasaste», espetaba, poniéndole palabras a lo que muchos pensaban.
Después, Álvaro Morte, convertido de nuevo en El Profesor, aparecía en una barcaza llena de atracadores de mono rojo y al ritmo de Bella ciao. Y es que «el universo de La casa de Papel continúa», según anunciaron. Se vienen cositas. Bueno, o se roban cositas, que a esto se dedica esta gente, para regocijo del suscriptor.
La lluvia estuvo jugando al gato y al ratón, amagando con amargar la velada, pero al final dijo: hágase la Rosalía. Y se hizo. De blanco. Como una dama del lago. Cabe recordar que su nombre no se conoció hasta pocos días antes, cuando mantener el secreto del “artista internacional” que cantaría en la jarana ya se hizo imposible. ¿Una de las más astutas investigadoras? La progenitora del propio Pedro Alonso: «Íbamos paseando por Sevilla y mi madre me dice: Pedro he visto a Rosalía, yo creo que va a actuar esta noche», contó. Pleno, señora.
Durante días Netflix había jugado al despiste, aunque media ciudad ya daba por hecho que la artista catalana sería la gran sorpresa de La Jarana en el Guadalquivir. Las entradas gratuitas desaparecieron en minutos y las gradas, las dos orillas, el puente de San Telmo y todo balcón y azotea practicable se llenó de público. Incluso las vallas con malla negra que cubrían algunos tramos para evitar aglomeraciones acabaron por quedarse desnudas, impidiendo pasar, pero sí ver.
Rosalía se cantó Reliquia para empezar, con toda la banda sinfónica incorporada y poniendo énfasis en el verso que dice: «Crecí y el descaro lo aprendí por ahí por Barcelona» donde añadió a la ciudad anfitriona: «Crecí y el descaro lo aprendí en Sevilla y Barcelona». Poco se puede decir ya de cómo la voz de Rosalía se pega a todo. Cómo recorre el agua, las piedras y los ladrillos centenarios, y te sube, te trepa y se te anida en el corazón.
Después, habló. «Cuando Netflix me dijo de cantar aquí, en esta celebración, yo no lo dudé ni un segundo. Y os preguntaréis por qué. Pues porque era aquí, en Sevilla. Es un honor para mí cantar sobre el Guadalquivir. Los músicos y yo, que os voy a cantar de corazón, espero que lo disfrutéis muchísimo», añadió. Y arrancó con La Perla. La canción, por cierto, más pedida por los famosos que pasaron por la alfombra roja. ¿Quién no tiene un perla en su vida al que dedicarle ese tema?
Con algo de ‘quieromáspordiosquieromás’ que habría estado ahí aunque el concierto hubiera durado ocho horas, se cerró el escenario. Y claro, otra jarana inmensa a orillas del Guadalquivir. Más música, bailoteo y un debut exclusiva mundial: Belén Esteban subiéndose a la cabina del DJ para pincharse unos temas. O, bueno, para que se los pusieran y ella enciscarse con el botón de mute, para que la gente cantara.
Netflix ha utilizado Sevilla para la serie y para la campaña de promoción de Berlín y la Dama del armiño. Más mil de aura. La ciudad no aparece solo como localización de fondo, sino como un personaje por derecho propio: sensual, excesiva, romántica y un poco teatral, pasional hasta el incendio.
El universo de Berlín necesitaba un lugar capaz de sostener un robo imposible y una historia de seducción elegante. Y Sevilla, con sus palacios aristocráticos, sus callejones y esa manera tan suya de convertir cualquier evento en ceremonia, parecía escrita desde el principio para ello y para ser el sitio ideal para este evento, para esta premiere mundial. Global. De Sevilla para el mundo.
A veces, la historia se hace con conquistas, descubrimientos, conflictos, literatura o arte. A veces, se hace simplemente con una jarana.
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